
Vania. La
realidad y el deseo
Teatro del Norte
Boni
Ortiz
El título del último
montaje de Teatro del Norte contiene su propia naturaleza.
Por una parte —y de manera principal— la tragicomedia de
Antón Chéjov, en la que el propio Vania da cuenta de su
sacrificio y el de Sonia (personaje que no existe en la
propuesta de Etelvino), a favor de la carrera literaria del
profesor Serebriakov que ya viejo, vuelve a casa en compañía
de su joven mujer Elena, deseada por el médico Astrov y el
propio Vania. Por otra, el título del libro de Cernuda La
realidad y el deseo, del que Etelvino recoge el poema
Libertad no conozco. Pero nos quedaríamos en la anécdota
si sólo viésemos las coincidencias en el título. Lo
realmente importante en este montaje —como en otros de
Etelvino y de manera singular en su Pasajero de las
sombras— es la reflexión sobre “la vida gastada”, la
búsqueda del sentido de lo hecho, del camino tomado, de lo
vivido. Se trata pues del Ser y el Tiempo, o si se quiere
del Haber Sido en el Tiempo. Éstas sí son preguntas de un
humanista radical que manifiesta su esperanza, dando la vida
por buena. Aquí sobra la metafísica implícita en el
ontologismo retórico, contenida en las preguntas “¿quiénes
somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?”, tratadas
con el rigor merecido por Siniestro Total, en su disco
Menos mal que nos queda Portugal. Confundir la Realidad
y el Deseo, es una constante del que vive y del que desea.
Aunque probablemente vida y deseo sean lo mismo, o deberían
serlo.
Etelvino Vázquez reduce a
los cuatro ya mentados: Elena, el médico Astrov, el profesor
Serebriakov y Tío Vania, los nueve personajes de la obra
original, sin que ello signifique una mutilación del texto.
Se trata de un replanteamiento de los diálogos que refuerzan
la presencia de Vania, sin que se pierdan las “relaciones”.
Porque el teatro de Chéjov en general y Tío Vania en
particular, es un teatro de personajes relacionados y
Etelvino, con total acierto, desarrolla esta función por el
camino de las relaciones, profundizándolas, abriendo puertas
al texto y mediante improvisaciones actorales, avanza en la
interrelación de los personajes y en la propia construcción
de esta historia de relaciones.
La acción se desarrolla
en el salón de la hacienda: único escenario creado por
Carlos Lorenzo con cámara negra, alfombras en el suelo y en
cuyo fondo hay un amplio aparador conteniendo botellas de
licor, vasos, un juego de té y un aparato doméstico
reproductor de música muy presente, accionado por los
actores y desde el que se oye, la ecléctica selección
musical que siempre acompaña los montajes de Teatro del
Norte, que en esta ocasión va de Vivaldi a Avalanch, pasando
por Bach, Beethoven o Gloria Gaynor. Delante del aparador,
un sillón y una lámpara de pie y más a la derecha una mesa
de comedor con cuatro sillas. En ese lugar y cerca del
público, una puerta al jardín acristalada al modo antiguo,
es la referencia del exterior. Desde allá algunos personajes
observan el interior sin ser vistos; iluminada a la
perfección, a veces los vemos venir; otras y desde el
interior, se contemplan la libertad, el camino sugerido y la
posibilidad de la huída de ese mundo que se derrumba sobre
quienes lo habitan y lo han construido. En el lado opuesto
del escenario, un micrófono instalado en su pie será el
lugar desde el que los habitantes de ese mundo, nos lancen
sus dolidos pensamientos, sus deseos frustrados,
distanciados por los tonos y actitudes actorales y el sonido
del propio artilugio megafónico.
Obligatoriamente tengo
que detenerme en la extraordinaria interpretación de todos,
empezando por el propio Etelvino incorporando a Vania sin
necesidad de enfundarse ninguna otra piel; la bella Elena
corporizada por Carlos Mesa con tanto rigor que logró
perfumar la sala de feromonas. Memorable el juego de ambos
de “la sirenita” por la autenticidad, la ternura y la
emoción lograda; el Profesor Serebriakov puesto en pie por
David González, el actor más joven del reparto que con mucha
sabiduría, estereotipó al viejo profesor para que lo
viéramos claro. Y por último quiero mencionar a Cristina
Lorenzo que nos sirvió a un baldío médico Astrov definitivo
en su desesperanza y complemento perfecto de Vania. La
extraordinaria función ofrecida por Teatro del Norte, está a
juego con el realismo de la historia, sin renunciar a la
evocación de la intrahistoria de la “vida gastada”, para la
que se usan unos lenguajes más abstractos. Todo es adecuado;
perfecto en su ritmo y en su factura; magnífico en su
significado y singular la sintonía con las preocupaciones de
los que pasamos con creces del medio siglo. Cuántas veces
nos asaltan las incógnitas de Vania, tan justas, tan claras,
tan inquietantes. Qué difícil las respuestas francas, sin
imposturas. Puede que en ellas también confundamos Realidad
y Deseo.