almaelectra
Factoría Norte
Dramaturgia y dirección: Borja Roces
Reparto: Ana Morán, Chili Montes, Sonia Vázquez, Cris
Puertas, Pepe Mieres, Juan Blanco, Paula Alonso
Escenografía, Vestuario y Diseño Gráfico: Bandua Creative
Concept
Coreografía y Movimiento Escénico: Manuel Badás
Música: Mariano Lozano-P.
6
de julio de 2009
Teatro de Pola de Siero
Visualmente espléndida, actoralmente bien desarrollada, con
una acertada adaptación del original y dotada de un nuevo
aspecto que realza aún más su trágico contenido. Su director
y adaptador, Borja Roces, opta en su mayor medida por el
texto de Eurípides, otorgando de este modo una mayor
presencia a la soberanía de los dioses o creando una
Clitemnestra más dura, menos “humana”.
Su
Electra (Ana Morán) y su Orestes (Juan Blanco) llegaron a
ser notablemente interpretados, no defraudando ante el reto
que a los actores les había sido impuesto. Ya Electra nos
guía desde los comienzos de la obra a través de su
desesperación, buscando en todo momento resarcirse de su
propia madre tanto por el asesinato de su padre a manos de
Egisto como por la vida que se ha visto obligada a llevar
junto al humilde campesino (Pepe Mieres), que la acoge en su
hogar tras ser despreciada. Llega entonces el reencuentro
entre los dos hermanos, ambos perdidos y desorientados,
buscando un camino noble para su ira. Orestes, expulsado de
la ciudad por su familia, regresa para culminar el asesinato
de Egisto y de su madre, incitado por los deseos de venganza
de su hermana, presa de las dudas, perdido en esta tragedia
siempre contemporánea.
Pero
si algo debe ser mencionado especialmente —además de la
actuación de la pareja protagonista— es la inclusión de las
bufonas (Sonia Vázquez, Cristina Puertas y Chili Montes),
que, a modo de coro, introducían al espectador en una
atmósfera fría y desoladora, rodeada por “el fruto infecto”.
Excelente su participación, acompañada en todo momento por
los pesados mayos que portaban, marcando la tensión
que interiormente mostraba el resto de personajes.
Todo vino acompañado por un gran juego de luces y sombras,
en una escenografía conformada casi en todo momento por seis
plataformas que, guiadas por el coro de las bufonas,
delimitaban el espacio en cada momento. Así, aparece
finalmente Clitemnestra exhibiendo todo su poder —más tarde
todo su temor— para acudir a la cita con sus hijos y la
justicia. Notable también el trabajo de Manuel Badás en el
aspecto coreográfico, mostrando el desconcierto de los
hermanos al reencontrarse o fusionando el devenir de las
bufonas en un ambiente caótico y desconcertante, acompañado
de la imperecedera poesía de Eurípides, recitada por un
consumado elenco de actores, engrandecida con el
sobresaliente marco escenográfico, reconocida por una
calurosa ovación final.