Número 26. Mayo de 2009

Sugestivo, dialéctico y discursivo

 

el encuentro de descartes con pascal joven

De Jean-Claude Brisville

Traducción: Mauro Armiño

Versión y dirección: Josep-María Flotats

Intérpretes: Josep-María Flotats y Albert Triola

Teatro Español. Madrid, 22/02/09

Roberto Corte

Si tuviera tiempo, la cabeza mejor amueblada y más formación, utilizaría esta crítica para disparar contra el último desfase de Gustavo Bueno (inteligentísimo y diabólico donde los haya, ya mitad bufón mitad rey Lear), ese despropósito mayestático en el que acaba de incurrir usando y abusando de la sinécdoque a conveniencia para mejor cuadraturar el círculo: en esta ocasión enjabonar a S.S. Benedicto XVI incluyendo un artículo en el libro que acaba de salir, Dios salve la razón, con motivo de la conferencia que el sumo pontífice (“lección magistral”, G.B. dixit, ver El Catoblepas) dio en la Universidad de Regensburg. Mi intención no sería otra que, aprovechando el, también “forzado”, maniqueo planteamiento de la pieza de Brisville, tratar de combatirlo hablándole de la sinrazón de la razón dialéctica de la Trinidad, o del autismo estoico de Pascal. Pero claro, si ninguno de sus colegas y aquiescentes discípulos —de Alberto Hidalgo a las nuevas generaciones— se lanza al ruedo, ¿quién demonios soy yo —mísero de mí y lector aficionado— para replicarle? Así que a Flotats y al teatro, y a esta bonita pieza de Brisville, que es lo que nos concierne.

Todo el mobiliario es una mesa con dos vasos, dos sillas y un banco. Al fondo hay otra mesa con un cirio encendido, que luego pasará a primer término, y otra silla con manuscritos para darle profundidad al espacio. La pieza es de una hora y diez minutos de duración. No hay música ni efectos, y el leve cambio de luz que se produce casi es imperceptible. Los intérpretes entran, se sientan, y apenas se levantan. El espectador ya tiene claro desde el comienzo que la austeridad escénica se pone al servicio de un teatro de ideas. O, como suele decirse, de tesis.

De Brisville hemos visto La cena, también con Flotats. Aunque ahora los protagonistas no son los apaños urdidos entre asesinos y villanos, ni esos dos ímprobos políticos oportunistas de la Ilustración, Fouché y Taillerand, sino dos mentes privilegiadas: Descartes y Pascal. Quizá los pensadores más grandes que ha dado el siglo XVII. Jean-Claude Brisville los utiliza para discutir sobre el papel que la religión, Dios, el conocimiento científico y lo que los relaciona, ha de ocupar en nuestras vidas. La anécdota parece sacada de un probable encuentro celebrado en 1647, en el convento parisino de Los Mínimos, momento en que el autor de El Método acepta el mecenazgo que le ofrece la reina Cristina de Suecia. Aunque, en rigor, no hay documento que lo acredite, sino la abundante correspondencia mantenida por los protagonistas con terceros, que bien podría darle verosimilitud al suceso. La admiración que el joven Blaise Pascal siente por Descartes propicia la visita, y el “conflicto” aparece cuando le solicita su firma para un manifiesto en defensa de Antoine Arnauld, también matemático brillante y jansenista perseguido. Momento álgido de la representación que quiebra la mutua simpatía intelectual, y donde se despliega toda una artillería dialéctica de sobremesa acerca de la ética y la política entre los herejes de Port-Royal y los jesuitas.

Las objeciones que cabe hacerle al texto vienen no tanto de lo extremado en que se presenta el debate religioso y político, en lo que concierne a la anécdota histórica —aunque también—, como del reduccionismo y la adulteración de coyunturas ideológicas a que obliga una tesis que se quiere útil para dar cuenta de un debate contemporáneo. Es decir, la de aquellos que esgrimen una mística fundamentalista aquí representada por Pascal, y los partidarios de una iglesia alicaída en sus obligaciones prácticas, defendida por Descartes, que convive “armónicamente” con postulados sociales racionalistas (tal como ha hecho el profesor Bueno). Planteamiento que incide directamente en una exposición de caracteres bien diferenciados y que en la función se acrecientan merced a la propuesta de dirección. Un Descartes/Flotats muy solvente, maestro de ironía en su acendrada afectación teatral, y un Pascal/Triola mucho más recogido y exuberante en un naturalismo radical. Caracteres y modos de interpretar que, sorprendentemente, no por lo extraños y distantes que aparezcan, rebajan la verosimilitud en la convención escénica. Como así lo confirma la buena acogida del público en esta representación, los cálidos aplausos recibidos, y el anuncio de localidades ya agotadas para los próximos días de exhibición.

Hay que recordar que el debate razón versus religión no se acaba en una exposición escénica que, por la premura con que nos acosa la naturaleza del medio, siempre se representará sesgada. Al fin y al cabo Pascal —basta con leer sus Pensées—, al igual que otros muchos filósofos deístas, teístas y panteístas, con su clarividente insistencia en otorgarle a Dios lo que es de Dios, no hizo más que franquearle el paso a la razón para mejor definir sus competencias. Argumento e hipótesis de mayor calado que, en ningún momento, era el objetivo de esta pieza. Como la obra es de dos únicos intérpretes y de “foto fija”, tampoco hace falta insistir en que cuanto mayor sea la proximidad entre el espectador y el escenario, más se disfrutará de la función. Hay que agradecerle a Brisville, a Flotats y al Español, el montaje de El encuentro de Descartes con Pascal joven, aunque sólo sea para confirmar que el teatro histórico y de ideas aún existe en el siglo XXI. Incluso para discrepar.

 

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