
el encuentro de descartes con
pascal joven
De Jean-Claude Brisville
Traducción: Mauro Armiño
Versión y dirección: Josep-María Flotats
Intérpretes: Josep-María Flotats y Albert
Triola
Teatro Español. Madrid, 22/02/09
Roberto Corte
Si tuviera tiempo, la cabeza mejor amueblada y más
formación, utilizaría esta crítica para disparar contra el
último desfase de Gustavo Bueno (inteligentísimo y diabólico
donde los haya, ya mitad bufón mitad rey Lear), ese
despropósito mayestático en el que acaba de incurrir usando
y abusando de la sinécdoque a conveniencia para mejor
cuadraturar el círculo: en esta ocasión enjabonar a S.S.
Benedicto XVI incluyendo un artículo en el libro que acaba
de salir, Dios salve la razón, con motivo de la
conferencia que el sumo pontífice (“lección magistral”, G.B.
dixit, ver El Catoblepas) dio en la Universidad de
Regensburg. Mi intención no sería otra que, aprovechando el,
también “forzado”, maniqueo planteamiento de la pieza de
Brisville, tratar de combatirlo hablándole de la sinrazón de
la razón dialéctica de la Trinidad, o del autismo estoico de
Pascal. Pero claro, si ninguno de sus colegas y aquiescentes
discípulos —de Alberto Hidalgo a las nuevas generaciones— se
lanza al ruedo, ¿quién demonios soy yo —mísero de mí y
lector aficionado— para replicarle? Así que a Flotats y al
teatro, y a esta bonita pieza de Brisville, que es lo que
nos concierne.
Todo el mobiliario es una mesa con dos vasos, dos sillas y
un banco. Al fondo hay otra mesa con un cirio encendido, que
luego pasará a primer término, y otra silla con manuscritos
para darle profundidad al espacio. La pieza es de una hora y
diez minutos de duración. No hay música ni efectos, y el
leve cambio de luz que se produce casi es imperceptible. Los
intérpretes entran, se sientan, y apenas se levantan. El
espectador ya tiene claro desde el comienzo que la
austeridad escénica se pone al servicio de un teatro de
ideas. O, como suele decirse, de tesis.
De Brisville hemos visto La cena, también con Flotats.
Aunque ahora los protagonistas no son los apaños urdidos
entre asesinos y villanos, ni esos dos ímprobos políticos
oportunistas de la Ilustración, Fouché y Taillerand, sino
dos mentes privilegiadas: Descartes y Pascal. Quizá los
pensadores más grandes que ha dado el siglo XVII.
Jean-Claude Brisville los utiliza para discutir sobre el
papel que la religión, Dios, el conocimiento científico y lo
que los relaciona, ha de ocupar en nuestras vidas. La
anécdota parece sacada de un probable encuentro celebrado en
1647, en el convento parisino de Los Mínimos, momento en que
el autor de El Método acepta el mecenazgo que le
ofrece la reina Cristina de Suecia. Aunque, en rigor, no hay
documento que lo acredite, sino la abundante correspondencia
mantenida por los protagonistas con terceros, que bien
podría darle verosimilitud al suceso. La admiración que el
joven Blaise Pascal siente por Descartes propicia la visita,
y el “conflicto” aparece cuando le solicita su firma para un
manifiesto en defensa de Antoine Arnauld, también matemático
brillante y jansenista perseguido. Momento álgido de la
representación que quiebra la mutua simpatía intelectual, y
donde se despliega toda una artillería dialéctica de
sobremesa acerca de la ética y la política entre los herejes
de Port-Royal y los jesuitas.
Las objeciones que cabe hacerle al texto vienen no tanto de
lo extremado en que se presenta el debate religioso y
político, en lo que concierne a la anécdota histórica
—aunque también—, como del reduccionismo y la adulteración
de coyunturas ideológicas a que obliga una tesis que se
quiere útil para dar cuenta de un debate contemporáneo. Es
decir, la de aquellos que esgrimen una mística
fundamentalista aquí representada por Pascal, y los
partidarios de una iglesia alicaída en sus obligaciones
prácticas, defendida por Descartes, que convive
“armónicamente” con postulados sociales racionalistas (tal
como ha hecho el profesor Bueno). Planteamiento que incide
directamente en una exposición de caracteres bien
diferenciados y que en la función se acrecientan merced a la
propuesta de dirección. Un Descartes/Flotats muy solvente,
maestro de ironía en su acendrada afectación teatral, y un
Pascal/Triola mucho más recogido y exuberante en un
naturalismo radical. Caracteres y modos de interpretar que,
sorprendentemente, no por lo extraños y distantes que
aparezcan, rebajan la verosimilitud en la convención
escénica. Como así lo confirma la buena acogida del público
en esta representación, los cálidos aplausos recibidos, y el
anuncio de localidades ya agotadas para los próximos días de
exhibición.
Hay que recordar que el debate razón versus religión
no se acaba en una exposición escénica que, por la premura
con que nos acosa la naturaleza del medio, siempre se
representará sesgada. Al fin y al cabo Pascal —basta con
leer sus Pensées—, al igual que otros muchos
filósofos deístas, teístas y panteístas, con su clarividente
insistencia en otorgarle a Dios lo que es de Dios, no hizo
más que franquearle el paso a la razón para mejor definir
sus competencias. Argumento e hipótesis de mayor calado que,
en ningún momento, era el objetivo de esta pieza. Como la
obra es de dos únicos intérpretes y de “foto fija”, tampoco
hace falta insistir en que cuanto mayor sea la proximidad
entre el espectador y el escenario, más se disfrutará de la
función. Hay que agradecerle a Brisville, a Flotats y al
Español, el montaje de El encuentro de Descartes con
Pascal joven, aunque sólo sea para confirmar que el
teatro histórico y de ideas aún existe en el siglo XXI.
Incluso para discrepar.