
romeo y julieta
Compania: Kidbrooke School
Directora: Lucy Cuthbertson
Greenwich Theatre, Londres
27 de marzo de 2009
Patricia Rodríguez Méndez
Desde que me mudé a Londres en enero de 2006 he visto muchos espectáculos. Los he visto de varios precios, sabores y colores, más o menos valientes, de mayor o menor carácter innovador, con cualidades artísticas de mayor o menor valor y, casi siempre, con actores increíbles. Hasta aquí mi resumen de tres años en el que seguro podría detenerme en momentos especiales, como cuando me cautivó una temblorosa Vanessa Redgrave en su monólogo The Year of Magical Thinking o cuando acudí al 50 Aniversario de la Fiesta de Cumpleaños de Harold Pinter, con actores que parecían malabaristas y que me tuvieron con la boca abierta una hora y media.
Pero lo de este Romeo y Julieta no tiene parangón. Yo nunca había visto teatro antes del 27 de marzo de 2009, ni en Londres, ni en Madrid, ni en Barcelona, ni en Gijón. La historia de Shakespeare es de sobra conocida: dos familias, los Montescos y los Capuletos, un amor imposible y un plan.
Lo significativo del espectáculo al que asistí es que estaba íntegramente interpretado por actores cuyas edades no superaban los 16 años. Los actores en cuestión son alumnos de una escuela del sur de Londres llamada Kidbrooke que el año pasado sorprendió a todos con una obra llamada Hotel World en el Festival de Edimburgo.
Antes de que se levantase el telón, a juzgar por el cartel, creí que iba a presenciar una versión contemporánea de Shakespeare, dentro del estilo de aquella película protagonizada por Leonardo Di Caprio. Sabía que iba a escuchar Rock & Roll y que la mayor parte del reparto iba a vestir chándal y capucha. Acerté. Y el espectáculo comenzó tal cual.
Sin embargo fue la brutalidad de las primeras escenas lo que me conmovió. Supongo que ver a los chavales representando situaciones que forman parte de su vida real fue algo que, extrañamente, no esperaba. El espectáculo comienza con una sucesión de peleas entre bandas de adolescentes, encerronas y palizas continuadas. Navajazos y muertes a golpe de guitarra y batería mientras ramos de flores, peluches y tarjetas de despedida se acumulan en una valla. Un juego macabro que se graba en el móvil entre risas y lágrimas y que este grupo de actores resuelve con una destreza física y emocional admirable.
En este Shakespeare no hay caballos, hay muchas bicicletas y mucha imaginación y sobre todo una arrolladora necesidad de hacer algo que valga la pena y que signifique algo, no sólo para los que ven, también para los que están sobre el escenario.
Romeo es un chico de dieciséis años, con un ceceo que no me extrañaría descubrir que pertenece al actor que lo interpreta. Es un chulito de barrio, de clase baja. Julieta es una niña respondona y rebelde, una adolescente tirando a pesada, con la irascibilidad y temperamento propios de su edad. Son dos personajes reales y con una relación creíble de principio a fin. Como de todos es conocido, se enamoran en una fiesta. La escena de este encuentro es uno de los alardes de dirección más brillantes que he visto. En la fiesta en cuestión todos los invitados bailan una coreografía muy sencilla de una canción moderna. Cuando, de repente, los dos protagonistas cruzan miradas, la música baja el volumen y todo el reparto se tira al suelo, manteniendo con los pies el ritmo de la canción, así se mantiene la ilusión de que la acción continúa en un segundo plano. Es entonces cuando Romeo lanza las líneas más bellas escritas para un flechazo. Y luego, claro, el beso, y claro, el teatro se viene abajo. La obra continúa a un ritmo trepidante, las escenas corales son magníficas, hay una profesionalidad que me avergüenza casi en la misma medida que la capacidad de compromiso. Allí lloró hasta el apuntador.
Cuando se cierra el telón, como un resorte, todo el mundo se levanta para aplaudir, gritar, silbar y celebrar la tragedia. Los niños salen a recibir aplausos y hay una sensación de orgullo tan espesa que se podría cortar con cuchillo y tenedor.
El sur de Londres es una de esas zonas olvidadas que llena los periódicos de sucesos y donde ser un niño o un adolescente no es fácil. El año pasado 28 menores murieron en muertes violentas en la capital británica y gran parte de ellos en esta zona.
Un día después de que este espectáculo abandonase el teatro, a pocos metros, un hombre de 25 años fue asesinado brutalmente a las puertas de una iglesia.
La vida sigue.