
Foto de Rodrigo García del espectáculo
Accidens.
Roberto
Corte
Rodrigo García acaba de ser galardonado con uno de los
Premios Europa de Nuevas Realidades Teatrales. Es el
reconocimiento a una obra que ha sido representada en los
escenarios internacionales a partir del año 2000. Pero su
trayectoria comienza mucho antes —como Carlos Marquerie y
Antonio Fernández Lera nos recuerdan en los artículos que
vienen a continuación—, en un contexto teatral español que
favorecía muy poco este tipo de expresión.
Pregunta. Alguno de tus espectáculos con La Carnicería
Teatro se han visto en el Teatro Jovellanos, las
programaciones de Cajastur y Laboral Escena. ¿Cuál es tu
relación con Asturias?
Respuesta. Vivo en Espinareu desde hace ocho años.
Profesionalmente mi relación ha sido casi nula y ahora
cambia, con la Laboral. Una vez actuamos en el Jovellanos,
pero no me han vuelto a llamar. Ahora con la Laboral, la
situación es distinta, fueron socios en la producción de mi
última obra, Versus. La ensayamos allí.
P. Acabo de ver Accidens: Matar para comer en la Sala
Gotycka de Wrocław
(Polonia). Es una performance que muestra, entre otras
cosas, una acción cotidiana que se nos esconde: el
sacrificio de animales para resolver un problema alimenticio
de subsistencia. Aunque la representación va mas allá de la
mera subsistencia al tratarse de un bogavante que será
digerido en compañía de un buen vino blanco. Se trata, pues,
de un acto de placer gastronómico. Y si se quiere de un acto
social, ya que pocas son las personas que se comen un
bogavante en soledad. En el coloquio una espectadora te
preguntó si no habías pensado en añadirle otras acciones a
la performance para desplazarla de la contundente asepsia en
que se presenta y derivarla hacia otros significados que se
relacionen con nuestro comportamiento en sociedad. ¿Qué
dices al respecto?
R. La obra es así. Intenté crear un ambiente sugerente donde
el hecho de cocinar y comer el bogavante funcione como un
disparador… que de esa acción se puedan interpretar muchas
otras cosas. Creo que es una reflexión sobre la tortura
—aunque estamos lejos de torturar al animal, sólo es una
ilusión— y también sobre la agonía… pero sobre todo es un
universo con sus propias leyes, un universo hecho de sonido
(el corazón amplificado del bogavante), de densidades (el
humo del cigarro de Juan), de tensión (el tiempo que
transcurre), de olores (de la cocina)…
P. La comida, los alimentos, el acto de meter y sacar cosas
del cuerpo es una constante que aparece en varias de tus
obras (pienso en Notas de cocina o Compré una pala
en Ikea para cavar mi tumba). El propio nombre de tu
anterior compañía, La Carnicería, lo corrobora. Carlos
Marquerie, en la presentación que hizo de tu obra al
concedérsete el Premio de Nuevas Realidades Teatrales,
utiliza las “morcillas” como metáfora para referirse a tu
trabajo. De entrada puede parecer un término sin
trascendencia, pero no lo es. En un poema de Ángel González
se dice aquello de “Nada es lo mismo, nada permanece. Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con
sangre, se repiten”. Al margen de lo apropiado o no que
resulte este ejemplo: ¿crees que la sangre, la violencia, y
todo lo que de representación tiene como alimento simbólico,
sería un ideograma apropiado para referirse a tu teatro?
R. Mi obra suele tacharse de violenta, pero no estoy tan de
acuerdo. La violencia está en la calle, en la política, en
países enteros que la sufren… yo sólo me expreso usando mis
herramientas, a veces son duras, pero nunca tanto como la
vida. Señalar la violencia —que es distinto de ser violento—
es más importante que ocultarla. Señalando la violencia
podemos hacer algo, replantearnos cosas. Ocultándola no le
damos el valor que tiene, ocultar la violencia es pesimista,
señalarla es, creo, algo positivo. Yo intento que en mi obra
también haya un sitio para el amor y la esperanza. Ahora leo
un pequeño libro de un filósofo francés, se llama André
Compte-Sponville. Dice que la desesperación e incluso muchos
suicidios llegan porque uno se hace una idea falsa de la
vida, porque uno tiene demasiadas buenas expectativas… y
como la vida es dura, llega esa realidad como algo brutal y
decepcionante. Dice que lo mejor es ser conscientes de lo
trágico y doloroso que tiene la vida y que de esa manera la
decepción no será tan grande y la vida entonces nos
resultará más soportable y le daremos más valor a lo bueno,
a las alegrías, al amor. Al mostrar lo crudo de la realidad,
creo que contribuyo a pensar que la vida puede ser más
agradable, si somos conscientes de que no todo es color de
rosa.
P. En el coloquio que mantuviste en el Teatr Lalek de
Wrocław también se hizo alusión a la “moralidad” que tienen
algunas de tus obras, una moralidad de combate que se
presenta como lastre, que te persigue, y de la que no puedes
desprenderte, porque la consideras parte sustancial de tu
discurso. A mí me gusta la contundencia que tienen algunos
de tus textos. Nos son muy necesarios. Sin embargo también
soy de los que consideran que algunas frases que utilizas en
los últimos espectáculos —y no estoy pensando en Matar
para comer— entran en las acciones como ráfagas
desestabilizadoras que, por maniqueas e ingenuas, le restan
fuerza y claridad a la coherencia que ha de tener la
expresión. No sé si estarás de acuerdo.
R. Cada individuo es diferente. Por genética y por cultura.
Lo que unos consideran obvio, resulta que para otros es
necesario. Yo tengo una tendencia… a evitar lo elitista y lo
oscuro… tal vez quite fuerza poética a mi obra, pero es lo
que hay. Cada artista expone en su obra sus limitaciones.
Con ellas trazo mi peculiar caligrafía. Creo que es una
caligrafía reconocible y ya es algo.
P. En tu intervención has agradecido el apoyo que has
recibido de todo tu equipo de trabajo y de las personas que,
de una y otra manera, te han ayudado. El camino hasta aquí
ha sido difícil. Esperemos que este galardón sirva, al
menos, para que a partir de ahora tus espectáculos se
representen en España con más asiduidad. Durante el verano
estrenarás en Gijón, en Laboral Escena, tu próximo trabajo.
Avánzanos un poco los contenidos.
R. Dije, efectivamente, que el teatro es un trabajo en
equipo. Es fácil encontrar un equipo para hacer Shakespeare
o una obra que aspire a “triunfar”, pero es muy difícil
encontrar un equipo que participe en poéticas como la mía,
donde el éxito no existe, por más premios que me den. Porque
siempre mi obra genera controversia, nunca tengo consenso, y
eso me gusta, me hace sentir vivo, que hago un teatro vivo,
un teatro que hace preguntas a veces incómodas, a veces,
como apuntas, superfluas y lo lamento de veras. Versus
la pieza que vamos a presentar en la Laboral, sigue en esta
línea y creo que es una obra excesiva, con muchas zonas que
invitan a la controversia. Coexisten muchos temas en la
obra, y no puedo resumirlos ni apuntarlos.