
Versus, último espectáculo de Rodrigo García. (Foto
de Christian Berthelot.)
Carlos Marquerie
Texto escrito para ser leído en Wrocław (Polonia) en el
seminario realizado en torno a la obra de Rodrigo García con
motivo de haber sido galardonado con la concesión del XI
Premio Europa Nuevas Realidades Teatrales.
La
obra de Rodrigo se me aparece como una ristra de morcillas,
de ésas en las que una pequeña cuerda separa una de otra. A
diferencia de éstas, hay otras morcillas de ración
individual, que uno degusta con total asepsia y es capaz de
diferenciar sus aromas con el magisterio de un gourmet de
laboratorio. Sin embargo las primeras, las de las ristras de
Rodrigo, me invitan a comerlas todas a la vez. Para mí, a
pesar de todo, cada morcilla es diferente, pero
inevitablemente está unida a otra, y digo a otra y no a la
anterior o a la siguiente, para evitar dar a la ristra un
carácter cronológico, que aun existiendo, para mi no está
del todo claro. Las obras o las morcillas de Rodrigo surgen
en mi cabeza a modo de sarta caótica y desordenada, de la
misma manera que vienen a mi cabeza las obras de Fellini, o
los tan diferentes poemas de Antonio Machado escritos a
orillas del Duero. Y ésta es la manera de ver o de
registrar, o mejor aún, la manera en que estas obras se
registran en mi memoria, formando lo que aparenta ser un
galimatías. Mi mente carece de esa manera que tienen tantas
otras mentes —por mí admiradas— de ordenarse las cosas en
compartimentos estancos ¡en la mía no! Desgraciadamente en
mi cabeza todo está mezclado y enmarañado. Tengo que añadir
a todo esto, por si no fuera poco lío, una obsesión en mi
vida, o quizá la única manera que esta mente mía tiene de
percibir los hechos, entre ellos el arte, y que me ha hecho
vivir con ese empeño en eliminar las fronteras entre la vida
y el trabajo, de tal forma que a la mencionada ristra de
morcillas u obras de mi amigo Rodrigo, se le enreda otra de
manera intrincada, adherida, casi cohesionada, formada por
conversaciones, botellas de vino compartidas y todo aquello
que rodea los procesos de creación que hemos compartido los
dos. Y a la hora de mirar y analizar, olvido cualquier
tentación de análisis crítico y me reafirmo en una
observación a caballo entre una hermenéutica de andar por
casa y esas sensaciones primarias y absolutamente subjetivas
con que los hechos nos salpican y luego nos bañan, con la
sola e inmensa misión de comprender, comprender obras para
comprender personas, para en definitiva comprender la vida y
la muerte, la naturaleza de las cosas y la existencia.
La
memoria es compleja y me gusta así.
Al
pensar en Los tres cerditos (Rodrigo García, 1993) no
puedo alejar la obra del olor a comida que se guisaba en
escena, ni de mi misión de planchador de pantalones y
camisas de los actores, ni mucho menos de la angustia de
Rodrigo y todo el equipo a la hora de volver a pintar el
suelo del teatro de negro después de decidir que el esquema
de la memoria pintado sobre el suelo, con trazos azules y
que ocupaba toda la superficie de la sala, se debía
suprimir.
O en
la larga conversación de los dos, el día siguiente al
estreno de Agamenón, con una botella de grapa en la
mesa, desgranando palabras hasta el atardecer, en un
chiringuito al borde del mar de Sicilia, a nuestras espaldas
las ruinas de un templo griego y las manos oliéndonos a
pescado y sintiéndonos absolutamente privilegiados, por
continuar creando obras y hablando en ellas con libertad y
poesía.
O en
la sensación de inmensidad al presentar en Pradillo
Carnicero Español con mi hijo Javier de 8 años leyendo a
Schopenhauer y disparando con una pistola sobre una pirámide
de copas de champaña suspendidas del techo, y el miedo de
los dos en la cabina de control del teatro, cuando el
locutor que debería entrar en un momento preciso para leer
el texto no aparecía, y discutíamos los dos por ver quién
saldría a sustituirle.
Conocí
a Rodrigo en 1988 en un bar a las puertas de la antigua Sala
Olimpia de Madrid, donde yo presentaba Medea material
de Heiner Müller, un enemigo común nos presentó y nos
auguró, con cierto tono paternalista de dramaturgo
consagrado, un buen entendimiento y un mutuo interés por
nuestro trabajo. Yo no le hice caso, la verdad, por aquello
de buenos consejos de buen enemigo: mejor obviarlos. No cabe
duda que era un honrado enemigo, pues los años demostraron
su razón y hoy no puedo dejar de agradecerle con afecto su
acertada premonición.
En el
año 1990 se inauguraba en Madrid por iniciativa de La
Tartana Teatro el Teatro Pradillo, del que yo me
responsabilicé de la dirección artística hasta el año 1995.
En un principio debía ser un espacio para presentar el
repertorio de la compañía, y tenía un ambicioso plan de
apoyo económico pactado con el Ministerio de Cultura. Pero
en los meses de reformas del antiguo garaje, la idea se
trasformó en un teatro cuyo contenido fuera no una compañía
y sí un movimiento que pudiera alterar la vida artística de
una ciudad. Después ese ambicioso proyecto de financiación
pactado con el Ministerio empezó a encogerse, hasta
convertirse tan sólo en una ayuda para el mantenimiento de
la infraestructura.
Algún
día de 1989 fui a ver un ensayo abierto en un garaje del
madrileño barrio de Tetuán; sin luz eléctrica se presentaba
Acera Derecha, primera obra propia puesta en escena
por Rodrigo García. No sé si me gustó o no, nunca me ha
interesado mucho ese tipo de opiniones, sé que estuve
absolutamente convencido de que estaba ante una obra
diferente a todo el teatro, basado en un texto, que yo había
visto; ante la obra de un artista con personalidad y
carácter; y que aquella pieza del sótano oscuro era el
comienzo de un proceso que crecería. Si yo dirigía un
teatro, el contenido de dicho teatro debería estar
construido por obras como aquella o mejor dicho: con
artistas como aquel.
En
abril de 1991 Rodrigo estrenó Matando horas en
Pradillo con la coproducción de el CNNTE (Centro Nacional de
Nuevas Tendencias Escénicas), el Teatro Obert (Cataluña) y
nosotros, construyendo el espacio escénico y aportando local
de ensayos, infraestructura y conversaciones, intentando con
modestia coordinar esfuerzos. Aquí comenzó una colaboración
y amistad que me llevó una vez abandonado el Teatro Pradillo
a trabajar con Rodrigo como iluminador y en el periodo entre
After sun y Ronald llevar la dirección técnica
de La Carnicería Teatro. De alguna forma puedo decir que he
estado presente en todos los procesos de creación de Rodrigo
exceptuando tres o cuatro. Primero como director del teatro
que le acogía y luego como iluminador.
Contextualizar esos momentos de principios de los 90 es
complejo, pero intentaré situar los comienzos de Rodrigo en
el contexto de Madrid y el teatro español de aquellos años.
Rodrigo pertenece a esa generación de artistas surgida en
Madrid a los 15 años de la muerte del dictador Francisco
Franco. En esos 15 años se ha desarticulado totalmente el
llamado Teatro Independiente (movimiento teatral de
oposición a la dictadura, sumamente interesante como
agitador social, pero con una aportación escénica o
artística endeble y escasa, que no superó la llegada de la
democracia), simultáneamente a esta desaparición comenzó de
manera aislada en todo el estado español, una serie de
grupos y artistas con unos presupuestos estéticos y éticos
en oposición a la tradición reinante en el teatro español, y
como renovación del caduco teatro independiente. Éramos
pocos. Citaré, sabiendo que como toda lista es incompleta, a
Esteve Grasset, la compañía Zotal, Elena Armengol, Toni
Cots, Toni Tordera y la Tartana Teatro compañía de la que
fui fundador y en aquel periodo dirigía. Creo que fuimos
puente y hoy quedamos pocos, unos murieron y otros
abandonaron la escena o su práctica al margen de la
tradición. En este contexto comienza la actividad el Teatro
Pradillo y como contenido natural una generación
extraordinaria de artistas jóvenes con algunas
características en común: Rodrigo sale de Argentina y se
instala en Madrid. Oscar Gómez regresa a su Irún natal
después de estudiar en Ginebra y encuentra en Madrid su
entorno natural para la creación. En la danza igual: Elena
Córdoba regresa a Madrid después de cuatro años en París,
Olga Mesa de Nueva York; y en Madrid María Ribot decide
trabajar como artista independiente fuera de una estructura
de compañía de danza, y aparecen los primeros trabajos,
fuera te toda norma de la danza, fruto de una búsqueda
absolutamente personal, de la canaria instalada en Madrid
Mónica Valenciano. Estos artistas se convierten en el mayor
argumento del teatro Pradillo. Madrid ciudad de acogida,
desarraigada, cuya identidad es su carencia de identidad.
Todos llegan o regresan con ideas nuevas, una sólida
formación, ilusión y un compromiso ético con su trabajo
extraño en la España postfranquista, que estaba tan perdida
jugando a ser Europa democrática, pero sin historia, con la
historia amputada por la dictadura, y lo peor: con soberbia
y sin quererlo reconocer. En definitiva artistas jóvenes que
destrozaron la idea del actor astuto y casposo, hijo de la
farándula, cuyo valor estaba depositado en el oficio y en la
acumulación de trucos y apariencias. Con ellos se acababa el
cartón piedra y el teatro comenzaba a caminar al lado del
pensamiento y la estética del momento. Pero todo esto no fue
fácil. La oposición del entramado formado por profesionales
(siempre defendiendo su parcelita de poder), las
administraciones culturales y la crítica, fue sumamente
agresivo (y lo sigue siendo en la actualidad), no aceptando
las nuevas propuestas y marginándolas en guetos fuera de los
circuitos por los que rodaba el dinero, y excluidas de los
medios de difusión y comunicación.
Los
primeros trabajos de García todavía conservaban una
estructura basada en el texto y se podía hablar de puesta en
escena de un texto. La opinión del entramado del poder
teatral siempre respetó al Rodrigo escritor, pero despreció
su manera de entender la escena. (Hace dos o tres años un
crítico en el diario El País pedía entre signos imperativos
que atasen a Rodrigo a la pata de una mesa para que
escribiera y no hiciera tonterías). Con Los tres
cerditos Rodrigo rompe totalmente por primera vez con la
estructura dramática basada en el texto literario y lo
libera de la estrangulante obligación de vertebrar una obra.
Para mí esta obra es un punto de inflexión en la obra de
Rodrigo, en la vida del teatro madrileño y del Teatro
Pradillo, y de nuestra amistad. Al terminar la temporada de
1993 ó 94, no recuerdo bien... nos damos cuenta en el teatro
que tenemos una pequeña cantidad de dinero sobrante.
Proponemos a Rodrigo hacer algo, tenemos el teatro vacío en
verano y a esa pequeña partida de dinero, podríamos sumar el
trabajo del equipo técnico, los talleres del teatro y yo me
ofrezco para hacer el diseño de luz y ahorrar esa partida a
la producción. Rodrigo se encierra el verano en el teatro
con la idea de abrir las puertas e inaugurar la temporada
con el resultado de este periodo de trabajo (entonces no
hablábamos de residencias). Rodrigo plantea un espacio
central. Los actores escriben el texto con tiza en las
paredes negras del teatro, los espectadores lo leen
(anticipo sin duda de esa búsqueda de comunicación directa
con el espectador sin pasar por la voz del actor, que al
cabo de los años aparecerá en las proyecciones de sus
obras). Trabaja con textos de artistas plásticos, cineastas
o poetas, los actores adquieren una corporeidad en la escena
impensable en los anteriores trabajos, su presencia está
fuera de la representación. La obra respira una actualidad
hiriente, violenta e irónica y una belleza extraña y por
momentos melancólica. Y de manera paralela la convulsión
extrema que vive Rodrigo causada por el desprendimiento de
una manera de construir teatro y el descubrir que el proceso
debe ser revelador de la materia de la escena. No existe el
diseño previo de la obra. El teatro se escribe en el
escenario.
La
obra se estrena sin aparente pena ni gloria, la crítica la
ignora, y una vez más el público parece remiso. Pero su
fuerza es inapelable, el público termina, con el paso de los
días, abarrotando el teatro a pesar de que la obra tiene una
duración en torno a las tres horas, y su última escena era
un largo monologo que se presenta en la oscuridad total del
teatro, hechos que nunca han atraído en exceso al público.
Llevaba seis meses sin escribir antes de comenzar estas
notas, y tengo que reconocer que es un gran placer retomar
la pluma y más aun sumergirme en mis archivos desordenados y
polvorientos en busca de datos e ideas para regresar al
pasado y poder contar algo de los comienzos de Rodrigo. He
encontrado proyectos estupendos que no vieron la luz, otros
que se trasformaron, programas, notas de reuniones y con
ellos también aparece el sabor de unas morcillas fantásticas
que Rodrigo traía siempre a casa y que devorábamos con
placer mientras cocinábamos. Intento no ser nostálgico, no
añoro en absoluto ese periodo, ser productor sin dinero es
un imposible amargo. Pero con el aroma de la sangre del
cerdo aparece una idea que hasta ahora no había pensado. Hay
un periodo en la obra de Rodrigo que busca huir del texto
—ojo, nunca de la palabra— sí de la férrea estructura del
texto teatral. Mi formación viene de las artes plásticas. En
los orígenes de mi teatro no existía la palabra y mi afán de
aquella época era buscar palabras para mis obras y el
sentimiento tremendo de utilización y manipulación de las
palabras ajenas no me abandonaba. Yo siempre he sentido que
mi decisión tardía de escribir se la debo a Rodrigo y a
Antonio Fernández Lera, escritor, director de escena, editor
de textos imposibles y compañero en el equipo de dirección
de los primeros años del Teatro Pradillo. El caso es que de
igual manera que Rodrigo se deshacía de la carga del texto,
yo suprimía retórica de la imagen y buscaba la palabra.
Procesos opuestos y paralelos. Convivencia y muchas
morcillas compartidas.