Número 26. Mayo de 2009

La gran innovación

EL MERCADER DE VENECIA

de William Shakespeare

Compañía de Fernando Conde

Versión de Rafael Pérez Sierra

Dirección: Denis Rafter

Intérpretes: Juan Gea, Natalia Millán, Luis Rallo, Jorge Lucas, Camilo Rodríguez, Luz Nicolás, Carlos Moreno, Dritan Biba, Ángel García Suárez, Ruth Salas, Carlos Ibarra, David Fernández, José Hervás

Teatro Jovellanos

23 de enero de 2009

Néstor Villazón

Cuando aún tenemos en cartel el espléndido trabajo de Blanca Portillo en Hamlet —al igual que hizo en su momento Nuria Espert con no poca trascendencia— nos llega este Mercader de Venecia puro, fiel a su época, sin demasiados cambios, algo que en los tiempos que corren pueda llegar a ser la gran innovación sobre las tablas. Sin embargo, su realismo es al mismo tiempo su mayor acierto y un posible mal menor. Su ritmo excesivamente pausado llegaba, en ocasiones, a sacar al espectador de la acción, siendo quizá necesaria la supresión de algunas escenas sin demasiada trascendencia. Aún así, este es el peligro de mostrarnos el original al completo, con sus grandezas y fisuras, porque todo, al fin y al cabo, se ve vulnerado con el paso del tiempo, hasta el propio Shakespeare.

El mercader de Venecia se basa en dos grandes conflictos para provocar la emoción en el espectador: la lucha del judío Shylock por sus derechos ante la sociedad que lo aísla y maltrata, y la relación algo confusa que mantienen Antonio y Bassanio. Realmente no sabemos si Antonio llora la juventud perdida, la falta de amor en su vejez o es que realmente ama a Bassanio, como en algún montaje se ha sugerido. Por él daría su vida en el juicio y permite que le sea extraída una libra de carne humana (tal era el pacto que había hecho con Shylock si no devolvía su dinero en el tiempo previsto), por él empeña su fortuna y reniega de la felicidad desde el primer instante de la obra hasta el momento final de su tragedia, en que ha de presenciar la unión con Portia. En la representación esta cuestión no se resuelve, se mantiene la duda de si todo está realizado por un acto de amistad o existe alguna otra razón, conservando de este modo la fidelidad al texto original. Por otra parte, escenas como la de las tres criadas (una de ellas representada por un actor) retorciéndose alrededor de los tres cofres de forma un tanto dantesca y pobre parecían no tener mucho sentido, anulando la concepción realista de la obra que en un primer momento parecía tener su director.

Sin embargo, nos encontramos ante una propuesta amable y bien ejecutada. En ella los actores estuvieron correctos, destacando especialmente las figuras de Fernando Conde en el papel de Shylock y de Juan Gea en el de Antonio, que guiaron en todo momento la tónica general de la obra y sus momentos más dramáticos. Ellos y la gran producción que la Compañía de Fernando Conde trajo al Jovellanos conllevaron una noche agradable, una vuelta al encomiable universo de Shakespeare, un resurgimiento de la innovación, en ocasiones, más necesaria: los errores y fisuras de la pureza original.

 

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