Número 26. Mayo de 2009

Dos orillas de expresión en Madrid


Pitié!, de Les Ballets C. de la B. (Foto de Chris Van der Burght.)

Adolfo Simón

Madrid es, a día de hoy, una ciudad plagada de festivales y muestras. El año transcurre por su paisaje como un río que cada cierto tiempo descansa en un paraje particular de expresiones escénicas. Hay veces que el caudal de la cartelera no permite apreciar lo que esos espacios puntuales ofrecen, en otras ocasiones, la orilla se vuelve firme y amplia, dejando constancia de cuál es el perfil actual de lo escénico en el mundo. En 2008 y 2009 hubo dos riveras contundentes que han situado a la ciudad como escaparate mundial del teatro, la danza y la música. Hacia el final del año pasado, en la época a la que corresponde su denominación, se desarrolló el Festival de Otoño, con un abanico impecable de espectáculos de danza y poco antes de la primavera del siguiente año, se ha mostrado la novena edición de Escena Contemporánea, con Paz Santa Cecilia como nueva directora. Con el nuevo diseño de esta muestra, llegó una mirada y programación distintas a las de ediciones anteriores, más elaborada, con un denominador común en todo lo presentado y sobre todo, con una finalidad, acercar la idea de contemporaneidad al público de hoy, hacer accesibles los nuevos lenguajes de la escena  al patio de butacas. Y así, Madrid ha podido bandearse entre dos orillas potentes de expresión.

Bailando sobre cuchillos

Debería estar prohibido subir a un escenario si no se baila sobre cuchillos afilados, si no se está al borde del precipicio. Por suerte, al final del verano de 2008, acudieron a nuestros escenarios una serie de creadores que nos han gritado en silencio, sacándonos así de la apatía.

Durante mucho tiempo, los bailarines han paseado por la escena como por un campo de césped recién cortado, con pasos lentos y suaves, dejándose acariciar por la tierra húmeda, no hay posibilidad de un mal paso, todo está medido y controlado, se baila con la cabeza. Tuvo que llegar Carmen Werner con El privilegio de morir, Florencio Campo con Fiódor, capítulo VII o Daniel Abreu con Perro para empujarnos al abismo de los miedos ocultos, del silencio cruzado de sonrisas amargas, estos coreógrafos se encontraron en Territorio Danza, muestra que viene organizando, con acierto, Cuarta Pared. En este ciclo salieron a pasear por la escena con sus monstruos, bailando sobre navajas, sin pudor, mirando de frente al público, cuerpo a cuerpo con él.

Hacía tiempo que no teníamos, los aficionados a la danza, ocasión de disfrutar de tantos cuchillos afilados sobre la escena, durante la celebración de los veinticinco años del Festival de Otoño hemos podido saborear un gran caudal de violencia, locura y entrega desde los cuerpos de los ejecutantes del baile. Salvo un par de trabajos amanerados, aburridos y antiguos sobre los que no voy a escribir, el resto estuvo instalado en el desasosiego y el vértigo. Luna llena de Pina Bausch se encontraba en la frontera de estos dos planos escénicos, por momentos tuvo la energía de sus buenos tiempos para en otros, recurrir a los recursos habituales. En cambio, propuestas como las de los grupos Sankai Juku y Sadler´s Wells London, ambas con aroma de oriente, nos instalaron en atmósferas místicas y de energías renovadas; sigue habiendo esperanza en alguno de los trabajos que llegan de tan remotos lugares. Otra compañía, inglesa en este caso, Hofesh Shechter Company aportó también una propuesta donde todos sus integrantes estaban en escena a muerte, como digo, algo atravesó la última edición de este Festival, una violencia subterránea que no permitía que nos acomodásemos en el patio de butacas. Pero no sólo de fuera llegó el vértigo y el compromiso, compañías de creadores españoles como las de Man Drake/Toméo Vergès con Idiotas y Olga Mesa-Association Hors Champ-Fuera de Campo con Solo a ciegas (con lágrimas azules) nos invitaron a caminar, piel con piel, con seres inocentes y espontáneos, esos que viven al margen de la realidad o eso parecía pretender Vergès con su último trabajo; Olga Mesa, en cambio, se instaló en un espacio frío y mental desde el que fue taladrándose lentamente la cabeza y el alma con una historia tatuada en su piel, cargada de sonidos y pequeños movimientos extraídos de su memoria, una historia de fantasmas corporales que no se evaporaban si no se les daba, a cambio, lo que el creador tenía en sus manos y pies, el vacío. Y de fantasmas de época, haciendo un paréntesis en el transcurrir del Festival de Otoño, trataba Baile de máscaras 1808, traición, poder y arte de la Compañía Rojas y Rodríguez, una manera distinta y sugerente de mostrar los acontecimientos del Bicentenario que se celebró el año pasado en Madrid. Volviendo a las piezas exquisitas presentadas en nuestra ciudad en este otoño seco y frío, hubo que destacar dos por encima de todas las demás, Pitié! de Les Ballets C. de la B. en la que Alain Platel abre el universo de la locura ante nuestros ojos, sin concesiones, deja a los bailarines, cantantes y músicos que habiten la escena como si fuera un país de locos, caminando sobre el filo de mil cuchillos que cortaban el aire. Platel construyó un inmenso poema doloroso, barroco y terrible; salir de esa representación sin haber sido arañado por lo que allí ocurrió, era imposible. Y en otro orden, el Grupo de Rua con H2, creado por Bruno Belträo nos trasladó a un universo en apariencia imposible, el de la poesía llevada del asfalto a la hoja en blanco del escenario, un trabajo lleno de contrastes donde se encuentran el hip hop en su máxima expresión callejera con la sofisticación de la escena contemporánea, un matrimonio excelente a través del cual se dignifica el discurso de los sin lugar, instalándoles en el escaparate sagrado de un teatro.

Bailando al oído

A menudo, el espectador medio, sale del teatro con la sensación de que es tonto, de que no tiene la capacidad para recibir y analizar según qué trabajos contemporáneos. De este modo, muchas veces, se le hace un flaco favor a la escena, pues ese público que sale frustrado porque cree no haber entendido nada o porque no ha tenido ningún tipo de estimulación intelectual o emocional, tardará, si es que vuelve, en pisar un teatro. No sé si ése ha sido un objetivo de la dirección de este año de Escena Contemporánea, la cuestión es que, sin bajar el listón sobre esa cuestión denominada, lo contemporáneo, que tal vez ahora empecemos a entender mejor, hemos asistido a espectáculos que nos han tenido en cuenta como público, nos han propuesto juegos diferentes a los que habitualmente encontramos en la programación de este tipo de certámenes, con reglas compartidas en esta ocasión, entre el escenario y el patio de butacas, quiero decir, no se caía en la abstracción sin más, había un referente o planteamiento debajo de cada propuesta y una vez vista, podría estar más o menos acertada, podía interesar o no, pero no salíamos con la sensación de haber asistido a la ocurrencia del ingenioso de turno, sin poder apreciar nada sobre el fondo y la forma de lo que nos querían mostrar. Creo que el arte contemporáneo tiene un gran problema hoy en día, no se ha entendido bien que un bidet en un rincón de una sala puede ser arte, la razón que movió al artista a hacer ese gesto tenía toda una fundamentación, hoy se cree que eso lo puede hacer cualquiera y que sustituyendo el bidet por un zapato se es igual o más creativo. En esta edición del Festival había ideas y razones tras los espectáculos programados, no se caía en el efectismo por el mero hecho de provocar o hacerse el moderno, todo tenía una razón de partida que se clarificaba al exponerse ante los ojos del público… o al oído, si, ha sido un programa de susurros, todo, incluso las propuestas más violentas o ásperas, se convertían en caricias detrás de nuestras orejas. Paz Rojo en el Centro de Arte Reina Sofía creaba signos suspendidos en el aire a un palmo de nuestra mirada, respirando todos el mismo aliento, su pieza It´s my ass you´ve been thinking about nos involucraba en una burbuja de golpes y saltos violentos. De igual modo, Claudia Faci nos incluyó en A.n.a. con la excusa de habitar un espacio que no le pertenecía, haciendo que nosotros fuésemos también ocupas del espacio y la intimidad de unos desconocidos, en ese lugar, terminaríamos encontrando frases y objetos que pasarían a ser así parte de nuestra memoria. Faci baila con el público una danza impúdica donde desnuda su alma y sus secretos. En otro orden misterioso, de esa línea que apuntaba más arriba, en la que como espectadores fuimos emocionalmente asaltados por sorpresa por los intérpretes, Miguel Pereira con Doo en Casa de América, nos introduce, lenta y relajadamente, desde el relato anecdótico de un encuentro amistoso, en parajes ancestrales en los que el cuerpo y la mente pierden la frontera sobre el bien y el mal, otro viaje abismal y sugerente en este abanico de mundos subversivos. Rachid Ouramdane que presentó Loin… en Cuarta Pared y que impartió un taller en Casa Encendida, tuvo como denominador común de ambos trabajos los lenguajes audiovisuales en juego con el cuerpo, con el objetivo de hacer un trayecto comprometido. A Rachid no le sirve el movimiento en sí ni el video como formato expresivo, necesita que ambos se fusionen en un discurso común de denuncia. Pere Faura cerraba el Festival con una pequeña pieza presentada en Lagrada, Striptease, un juguete irónico de encargo que nos colocaba a los presentes en un espacio de nuevo vertiginoso ya que, si íbamos a ver la desnudez de un cuerpo, nos encontramos con una deconstrucción sobre este tipo de espectáculos deshinibidos para, finalmente, dejar al desnudo nuestra mirada sorprendida delante de la cadencia y sensualidad de la anatomía del bailarín. Estos, sin duda, han sido los trabajos más compactos y elaborados del Festival y que, al tiempo, han sido entendidos por nuestra nuca, trabajos imaginativos, elaborados, que nos reconciliaban con la escena, creo, contemporánea.

Otra experiencia interesante, poco habitual en nuestro país, fue la programación de Gustavia en el Instituto Francés con dos grandes de la danza y la performance, Mathilde Monnier y La Ribot. Un trabajo que no sólo estuvo expuesto en la escena sino que también se abrió al público que acudió a un encuentro-diálogo que se estableció con ellas. En ambos espacios pudimos descubrir y escuchar las razones de la necesidad de encontrarse en una pieza común, ambas manifestaron también en la breve entrevista que les realicé, que han tardado casi veinte años en conseguir ese cruce de experiencias, evidentemente se conocen desde hace mucho y sin embargo, han esperado el momento oportuno, tal vez, ése en el que La Ribot quería retomar el cuerpo para bailar y la Monnier estaba interesada en conocer de cerca la experiencia performática de La Ribot. El clown y lo grotesco han sido, de algún modo, la excusa para realizar una pieza poco habitual en la danza ya que han tenido en cuenta, todo el tiempo, que querían trabajar sobre el humor y contar cosas. Y así surge el habla como una manera de búsqueda sobre el lenguaje verbal, los sonidos y las onomatopeyas para derivar al lenguaje del cuerpo sobre el que improvisaron en un espacio, probablemente predeterminado por el lugar donde ensayaron, y crearon Gustavia. Las dos están muy satisfechas por haber tenido la posibilidad de, a pesar de las dificultades, conseguir que sus trayectorias y lenguajes propios no impidieran que surgiera ese lugar común, un territorio que tal vez debería ser más natural y habitual entre los creadores europeos; fue un proceso difícil pero posible, por tanto, en otro lugar han de hacerse cargo de crear el espacio donde sean posibles estas aventuras creativas. De momento, Gustavia, es el viaje de dos creadoras que han sabido escucharse y poner en común un trayecto vital a través de la danza.

 

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