
Pitié!, de Les Ballets C. de la B. (Foto de Chris
Van der Burght.)
Adolfo Simón
Madrid es, a día de hoy,
una ciudad plagada de festivales y muestras. El año
transcurre por su paisaje como un río que cada cierto tiempo
descansa en un paraje particular de expresiones escénicas.
Hay veces que el caudal de la cartelera no permite apreciar
lo que esos espacios puntuales ofrecen, en otras ocasiones,
la orilla se vuelve firme y amplia, dejando constancia de
cuál es el perfil actual de lo escénico en el mundo. En 2008
y 2009 hubo dos riveras contundentes que han situado a la
ciudad como escaparate mundial del teatro, la danza y la
música. Hacia el final del año pasado, en la época a la que
corresponde su denominación, se desarrolló el Festival de
Otoño, con un abanico impecable de espectáculos de danza y
poco antes de la primavera del siguiente año, se ha mostrado
la novena edición de Escena Contemporánea, con Paz Santa
Cecilia como nueva directora. Con el nuevo diseño de esta
muestra, llegó una mirada y programación distintas a las de
ediciones anteriores, más elaborada, con un denominador
común en todo lo presentado y sobre todo, con una finalidad,
acercar la idea de contemporaneidad al público de hoy, hacer
accesibles los nuevos lenguajes de la escena al patio de
butacas. Y así, Madrid ha podido bandearse entre dos orillas
potentes de expresión.
Bailando sobre cuchillos
Debería estar prohibido subir a un escenario si no se baila
sobre cuchillos afilados, si no se está al borde del
precipicio. Por suerte, al final del verano de 2008,
acudieron a nuestros escenarios una serie de creadores que
nos han gritado en silencio, sacándonos así de la apatía.
Durante mucho tiempo, los bailarines han paseado por la
escena como por un campo de césped recién cortado, con pasos
lentos y suaves, dejándose acariciar por la tierra húmeda,
no hay posibilidad de un mal paso, todo está medido y
controlado, se baila con la cabeza. Tuvo que llegar Carmen
Werner con El privilegio de morir, Florencio Campo
con Fiódor, capítulo VII o Daniel Abreu con Perro
para empujarnos al abismo de los miedos ocultos, del
silencio cruzado de sonrisas amargas, estos coreógrafos se
encontraron en Territorio Danza, muestra que viene
organizando, con acierto, Cuarta Pared. En este ciclo
salieron a pasear por la escena con sus monstruos, bailando
sobre navajas, sin pudor, mirando de frente al público,
cuerpo a cuerpo con él.
Hacía
tiempo que no teníamos, los aficionados a la danza, ocasión
de disfrutar de tantos cuchillos afilados sobre la escena,
durante la celebración de los veinticinco años del Festival
de Otoño hemos podido saborear un gran caudal de violencia,
locura y entrega desde los cuerpos de los ejecutantes del
baile. Salvo un par de trabajos amanerados, aburridos y
antiguos sobre los que no voy a escribir, el resto estuvo
instalado en el desasosiego y el vértigo. Luna llena
de Pina Bausch se encontraba en la frontera de estos dos
planos escénicos, por momentos tuvo la energía de sus buenos
tiempos para en otros, recurrir a los recursos habituales.
En cambio, propuestas como las de los grupos Sankai Juku y
Sadler´s Wells London, ambas con aroma de oriente, nos
instalaron en atmósferas místicas y de energías renovadas;
sigue habiendo esperanza en alguno de los trabajos que
llegan de tan remotos lugares. Otra compañía, inglesa en
este caso, Hofesh Shechter Company aportó también una
propuesta donde todos sus integrantes estaban en escena a
muerte, como digo, algo atravesó la última edición de este
Festival, una violencia subterránea que no permitía que nos
acomodásemos en el patio de butacas. Pero no sólo de fuera
llegó el vértigo y el compromiso, compañías de creadores
españoles como las de Man Drake/Toméo Vergès con Idiotas
y Olga Mesa-Association Hors Champ-Fuera de Campo con
Solo a ciegas (con lágrimas azules) nos invitaron a
caminar, piel con piel, con seres inocentes y espontáneos,
esos que viven al margen de la realidad o eso parecía
pretender Vergès con su último trabajo; Olga Mesa, en
cambio, se instaló en un espacio frío y mental desde el que
fue taladrándose lentamente la cabeza y el alma con una
historia tatuada en su piel, cargada de sonidos y pequeños
movimientos extraídos de su memoria, una historia de
fantasmas corporales que no se evaporaban si no se les daba,
a cambio, lo que el creador tenía en sus manos y pies, el
vacío. Y de fantasmas de época, haciendo un paréntesis en el
transcurrir del Festival de Otoño, trataba Baile de
máscaras 1808, traición, poder y arte de la Compañía
Rojas y Rodríguez, una manera distinta y sugerente de
mostrar los acontecimientos del Bicentenario que se celebró
el año pasado en Madrid. Volviendo a las piezas exquisitas
presentadas en nuestra ciudad en este otoño seco y frío,
hubo que destacar dos por encima de todas las demás,
Pitié! de Les Ballets C. de la B. en la que Alain Platel
abre el universo de la locura ante nuestros ojos, sin
concesiones, deja a los bailarines, cantantes y músicos que
habiten la escena como si fuera un país de locos, caminando
sobre el filo de mil cuchillos que cortaban el aire. Platel
construyó un inmenso poema doloroso, barroco y terrible;
salir de esa representación sin haber sido arañado por lo
que allí ocurrió, era imposible. Y en otro orden, el Grupo
de Rua con H2, creado por Bruno Belträo nos trasladó
a un universo en apariencia imposible, el de la poesía
llevada del asfalto a la hoja en blanco del escenario, un
trabajo lleno de contrastes donde se encuentran el hip hop
en su máxima expresión callejera con la sofisticación de la
escena contemporánea, un matrimonio excelente a través del
cual se dignifica el discurso de los sin lugar,
instalándoles en el escaparate sagrado de un teatro.
Bailando al oído
A
menudo, el espectador medio, sale del teatro con la
sensación de que es tonto, de que no tiene la capacidad para
recibir y analizar según qué trabajos contemporáneos. De
este modo, muchas veces, se le hace un flaco favor a la
escena, pues ese público que sale frustrado porque cree no
haber entendido nada o porque no ha tenido ningún tipo de
estimulación intelectual o emocional, tardará, si es que
vuelve, en pisar un teatro. No sé si ése ha sido un objetivo
de la dirección de este año de Escena Contemporánea, la
cuestión es que, sin bajar el listón sobre esa cuestión
denominada, lo contemporáneo, que tal vez ahora
empecemos a entender mejor, hemos asistido a espectáculos
que nos han tenido en cuenta como público, nos han propuesto
juegos diferentes a los que habitualmente encontramos en la
programación de este tipo de certámenes, con reglas
compartidas en esta ocasión, entre el escenario y el patio
de butacas, quiero decir, no se caía en la abstracción sin
más, había un referente o planteamiento debajo de cada
propuesta y una vez vista, podría estar más o menos
acertada, podía interesar o no, pero no salíamos con la
sensación de haber asistido a la ocurrencia del ingenioso de
turno, sin poder apreciar nada sobre el fondo y la forma de
lo que nos querían mostrar. Creo que el arte contemporáneo
tiene un gran problema hoy en día, no se ha entendido bien
que un bidet en un rincón de una sala puede ser arte, la
razón que movió al artista a hacer ese gesto tenía toda una
fundamentación, hoy se cree que eso lo puede hacer
cualquiera y que sustituyendo el bidet por un zapato se es
igual o más creativo. En esta edición del Festival había
ideas y razones tras los espectáculos programados, no se
caía en el efectismo por el mero hecho de provocar o hacerse
el moderno, todo tenía una razón de partida que se
clarificaba al exponerse ante los ojos del público… o al
oído, si, ha sido un programa de susurros, todo, incluso las
propuestas más violentas o ásperas, se convertían en
caricias detrás de nuestras orejas. Paz Rojo en el Centro de
Arte Reina Sofía creaba signos suspendidos en el aire a un
palmo de nuestra mirada, respirando todos el mismo aliento,
su pieza It´s my ass you´ve been thinking about nos
involucraba en una burbuja de golpes y saltos violentos. De
igual modo, Claudia Faci nos incluyó en A.n.a. con la
excusa de habitar un espacio que no le pertenecía, haciendo
que nosotros fuésemos también ocupas del espacio y la
intimidad de unos desconocidos, en ese lugar, terminaríamos
encontrando frases y objetos que pasarían a ser así parte de
nuestra memoria. Faci baila con el público una danza
impúdica donde desnuda su alma y sus secretos. En otro orden
misterioso, de esa línea que apuntaba más arriba, en la que
como espectadores fuimos emocionalmente asaltados por
sorpresa por los intérpretes, Miguel Pereira con Doo
en Casa de América, nos introduce, lenta y relajadamente,
desde el relato anecdótico de un encuentro amistoso, en
parajes ancestrales en los que el cuerpo y la mente pierden
la frontera sobre el bien y el mal, otro viaje abismal y
sugerente en este abanico de mundos subversivos. Rachid
Ouramdane que presentó Loin… en Cuarta Pared y que
impartió un taller en Casa Encendida, tuvo como denominador
común de ambos trabajos los lenguajes audiovisuales en juego
con el cuerpo, con el objetivo de hacer un trayecto
comprometido. A Rachid no le sirve el movimiento en sí ni el
video como formato expresivo, necesita que ambos se fusionen
en un discurso común de denuncia. Pere Faura cerraba el
Festival con una pequeña pieza presentada en Lagrada,
Striptease, un juguete irónico de encargo que nos
colocaba a los presentes en un espacio de nuevo vertiginoso
ya que, si íbamos a ver la desnudez de un cuerpo, nos
encontramos con una deconstrucción sobre este tipo de
espectáculos deshinibidos para, finalmente, dejar al desnudo
nuestra mirada sorprendida delante de la cadencia y
sensualidad de la anatomía del bailarín. Estos, sin duda,
han sido los trabajos más compactos y elaborados del
Festival y que, al tiempo, han sido entendidos por nuestra
nuca, trabajos imaginativos, elaborados, que nos
reconciliaban con la escena, creo, contemporánea.
Otra experiencia interesante, poco habitual en nuestro país,
fue la programación de Gustavia en el Instituto
Francés con dos grandes de la danza y la performance,
Mathilde Monnier y La Ribot. Un trabajo que no sólo estuvo
expuesto en la escena sino que también se abrió al público
que acudió a un encuentro-diálogo que se estableció con
ellas. En ambos espacios pudimos descubrir y escuchar las
razones de la necesidad de encontrarse en una pieza común,
ambas manifestaron también en la breve entrevista que les
realicé, que han tardado casi veinte años en conseguir ese
cruce de experiencias, evidentemente se conocen desde hace
mucho y sin embargo, han esperado el momento oportuno, tal
vez, ése en el que La Ribot quería retomar el cuerpo para
bailar y la Monnier estaba interesada en conocer de cerca la
experiencia performática de La Ribot. El clown y lo grotesco
han sido, de algún modo, la excusa para realizar una pieza
poco habitual en la danza ya que han tenido en cuenta, todo
el tiempo, que querían trabajar sobre el humor y contar
cosas. Y así surge el habla como una manera de búsqueda
sobre el lenguaje verbal, los sonidos y las onomatopeyas
para derivar al lenguaje del cuerpo sobre el que
improvisaron en un espacio, probablemente predeterminado por
el lugar donde ensayaron, y crearon Gustavia. Las dos
están muy satisfechas por haber tenido la posibilidad de, a
pesar de las dificultades, conseguir que sus trayectorias y
lenguajes propios no impidieran que surgiera ese lugar
común, un territorio que tal vez debería ser más natural y
habitual entre los creadores europeos; fue un proceso
difícil pero posible, por tanto, en otro lugar han de
hacerse cargo de crear el espacio donde sean posibles estas
aventuras creativas. De momento, Gustavia, es el
viaje de dos creadoras que han sabido escucharse y poner en
común un trayecto vital a través de la danza.