Número 26. Mayo de 2009

'Iphigenia', una apuesta arriesgada

Toño Caamaño
Inma Rodríguez


Iphigenia, de Producciones Nun Tris. Todas las fotos de Citoula.

El espectáculo “Iphigenia”, texto de Jean Racine, traducido por G.M. de Jovellanos, fue estrenado por la compañía Producciones Nun Tris en el Teatro Jovellanos de Xixón el 5 de febrero de 2009.

El texto traducido, del que se desconocía su existencia, aparece en la Biblioteca de San Millán de la Cogolla en el año 2007, y coordina el trabajo de recuperación el Sr. Menéndez Peláez, profesor, investigador y estudioso de la historia del teatro asturiano.

Jovellanos traduce el texto de Racine, uno de los maestros del teatro francés de la Ilustración, y de todos los tiempos, y lo toma como modelo a seguir en sus disquisiciones sobre lo que debería ser el teatro en su época, un teatro contrario a los excesos del Siglo de Oro, y que debía tener una función educativa. Así escribe Memorias para el arreglo de la policía de espectáculos y diversiones públicas…, el primer tratado sobre política teatral (discutible o no) en el estado español, y posiblemente uno de los últimos que se hayan escrito; así nos va. Esto no es tontería; el sistema de política cultural de Francia está basado en los criterios de la Ilustración, y lleva funcionando desde aquella época; aquí no se planificó nada hasta entrada la democracia y así es que está casi todo por hacer.

En todo caso, lo interesante era acercarse a la figura de Jovellanos como hombre de teatro, a su tiempo, y a las referencias que tuvo como dramaturgo, y que le sirvieron para sus obras posteriores. La oportunidad era clara. La oportunidad para no hacerlo, quiero decir.

Es un texto del siglo de Oro francés, con lo que ello implica, esto es: verso endecasílabo, lenguaje muy rebuscado (lo que Racine y Jovellanos interpretaban que tenía que llegar a un público “culto” de su época), bellísimo, pero muy complicado. No hay acción; la acción es palabra. Ni una sola acotación. Una historia vista por ojos de la burguesía de aquellos años, con un mensaje claramente religioso, jansenista. No vale cámara negra, es un espectáculo de Centro Dramático Asturiano, que no lo hay, o francés, que no es el caso. Ocho o nueve actores con una labor muy difícil de resolver. Una puesta en escena que no puede ser una reconstrucción arqueológica del teatro clásico francés, que era sólo el verso dicho por los actores, casi como una versión concierto de una ópera. Un accésit del Premio Jovellanos, que nos dio cierto respaldo económico, pero no el suficiente, ya que el proyecto estaba pensado para la dotación económica completa, y no para un accésit, que supuso la mitad del presupuesto (a punto estuvo de no poder hacerse); tuvo que ser completado por el propio Aytu. de Xixón y la Conseyería de Cultura, lo cual suponía centrar la actividad de la compañía sólo en un proyecto, dejando el resto de la actividad anual al debalu… Una llocura. A quién se-y ocurre. Imposible.

Era nuestro proyecto.

la idea

Se parte de un texto de teatro clásico, que recoge el argumento de la tragedia homónima de Eurípides, pero con otra poética; respeta la leyes aristotélicas, tiempo (todo sucede en un día), lugar (en un mismo espacio) y de acción. Además de las unidades dieciochescas de verosimilitud y decoro.

No se trata de reconstruir un espectáculo del Siglo de Oro Francés, y tampoco sería lícito para nosotros alterar el sentido del texto y hacer una versión contemporánea, ya que se intenta difundir precisamente el texto y la figura de Jovellanos. Por tanto trabajamos sobre la idea de que si Jovellanos viviera en nuestros días, la obra debería ser de su gusto. Aunque respetamos la estructura de la obra, en cinco actos, sí que nos permitimos prescindir de algunas partes del texto, demasiado reiterativas, o retorcidas, o que podrían inducir al despiste y a la confusión.

Es una obra clasicista, en la que la palabra es la acción y lo importante del drama, al igual que postulaba Gluck, contemporáneo de nuestro protagonista, para la reforma de la ópera. Hoy para nosotros, un tipo de espectáculo así es difícil de digerir, estamos habituados a otro tipo de estímulos; por tanto, tratamos de buscar el equivalente clasicista, formalista, a la palabra, en la interpretación y presencia de los actores, así como en el plano visual. El resultado debía ser similar a una ópera, cambiando la música por el verso y la emoción de los actores. Se ve el espectáculo, aunque no se comprenda todo el texto; solo la música del verso ya transmite emoción de por sí.

El drama nos habla de la justicia, como casi todas las tragedias griegas, pero para Racine-Jovellanos la justicia divina vuelve a estar por encima de la humana, Dios todo lo soluciona, y el hombre no es más que un títere en sus manos. El autor crea un personaje, Eriphile, que no pertenece al grupo familiar de Agamenón, y es prisionera y extranjera; al final es la víctima elegida por los dioses para solucionar el conflicto, en vez de la cervatilla de Diana con la que soluciona Eurípides la tragedia primigenia. Así pues nosotros nos preguntamos por qué el crimen divino se justifica cuando se comete contra los débiles, por qué no todos tienen o tenemos la suerte que tiene Iphigenia.

Los personajes viven todos en su propio mundo, en su propia contradicción, y en la imposibilidad de que sus decisiones, disputas y sufrimientos les conduzcan a ninguna parte. Haremos resaltar por tanto el personaje de Eriphile, como portadora de los valores que interesa destacar desde el ideario de montaje. Es la extranjera, la rebelde, la prisionera, que quiere estar dentro del clan y no puede, y además es castigada por ello; en contraposición a la protagonista Iphigenia, personaje que quisimos hacer más creíble para nosotros en el sentido de que hoy no se consideraría verosímil una entrega incondicional a la sociedad, o a la autoridad paterna-divina, como la que el autor plantea; por ello Iphigenia, dándole la vuelta a la unidad de decoro, es dura con su padre, se muestra rebelde, y no sumisa y recatada; y acepta la imposición de la muerte sumida en un caos psicológico, después de que su huída, el propio terror, la llevara a la frontera de la locura. Autodestruyéndose es la única forma de que pudiera aceptar creíblemente una muerte injusta.

la escenografía

El espacio de la obra se plantea en el campamento de Agamenón. No hay más datos. Para nosotros el espacio debía reflejar el mundo humano, roto, débil, aislado, en contraposición al mundo divino, poderoso, dueño del destino; y éste debía estar presente y visible en el espectáculo; así se plantea un espacio exterior, un cerro al lado del puerto de Áulide, un espacio sagrado, un templo en ruinas, más sugerido que hiperrealista, donde se intenta reflejar la necesidad que tienen las tropas de Áulide de invadir Troya para encontrar un mundo mejor, y cuyos bloques, por otra parte, también recuerdan a las basas de las estatuas de un museo (no olvidemos que en el teatro de Racine, los actores son como estatuas parlantes.) En lo alto, sobre el mundo humano está suspendido el friso del templo, inclinado, inaccesible, omnipresente, amenazante. No hay columnas que lo sostengan; se perciben en el sentido vertical los mástiles elevándose hacia el cielo, suplicantes, ahora barcos, o lanzas. El ambiente es de calma tensa, de rabia contenida, de tormenta a punto de caer. Todo envuelto en cierta atemporalidad, (hablamos de conflictos humanos, eternos) visible en el contraste de materiales (madera, tela, metacrilatos…), en el empleo de micro-escenas de orden onírico, en la iluminación…

actores y actrices

Como adelantamos, para llevar a cabo nuestra idea es preciso trabajar especialmente en la puesta en escena la composición visual y corporal. Dentro de una perspectiva clasicista que no distorsione el sentido ni el estilo de la obra original. El reparto ha de ser capaz de defender estos personajes básicamente con la emoción, pero se necesita un fuerte apoyo físico. Por ello se plantea un trabajo exterior a la emoción propia del actor (estatuas parlantes). Para la creación de los personajes, sus posturas y composiciones corporales, nos hemos basado en un banco de alrededor de 600 imágenes referidas, en principio, a la iconografía griega sobre el mito de Iphigenia; más tarde fue ampliada a toda la obra escultórica de la Grecia clásica y también a la obra pictórica del S XVIII francés. Algo así como el Louvre en movimiento.

Desde prácticamente el inicio se ensayó con un espacio similar al definitivo. El proceso de construcción de los movimientos y colocaciones de los personajes en el escenario llevó solamente cinco ensayos (si quitamos todo el trabajo de diseño y análisis previo). Algo más llevó la composición de los personajes; cada intérprete hubo de memorizar secuencias corporales complejas, basadas en los cambios y contradicciones de los propios personajes, y asociar cada cambio a una figura diferente y al texto correspondiente; y luego dotarlas de ritmo, tensión, y de una calidad de movimiento determinada. Esto, posteriormente se tuvo que “humanizar”, relativamente. La interpretación será muy emotiva, pero sobria y contenida, dentro de lo posible, con mucha atención a la plasticidad y limpieza en los movimientos de los intérpretes, tendiendo al teatro-danza, al minimalismo...

Intentamos que la línea escogida para esta propuesta redundara en beneficio de la plasticidad corporal, uniéndola a la de la palabra; que aportara mayor dosis de presencia actoral y limpieza de movimientos; y sobre todo, unificar la forma de interpretar de los ejecutantes, establecer un código común.

la iluminación

Hablar de clasicismo y de iluminación hoy en día nos lleva irremediablemente a Bob Wilson como referencia, muy amigo también de óperas clasicistas y del minimalismo. No podíamos conformarnos con una iluminación realista que ilustrara el paso del día que plantea la unidad de tiempo del drama; se plantea pues a partir de las situaciones generadas por los propios personajes, destacando su situación dentro del entorno y reforzando su emoción. Ilustrando los diferentes cambios de los personajes y resaltando también planos de carácter onírico. Jugamos con el efecto de cerámica roja griega, que nos permite crear ambientes con fuertes contraluces y contrastes para micro-escenas y destaques. Todo ello sirve para crear movimiento y ritmo en la escena, y para que la luz sea algo vivo y con una estética determinada.

el vestuario

el espacio sonoro

Los personajes de este drama, al igual que los de la tragedia, son de alto rango social.

Interesaba que esto se viera reflejado en el vestuario y por ello buscamos inspiración en una estética próxima a la griega pero que no fuera la griega clásica. Así, después de buscar referencias, resulta estar más cerca de civilizaciones como la turca o la búlgara, que seguramente tuvieron y tienen mucho que ver con la griega antigua; y que nos aporta, además de presencia y vistosidad, por los colores elegidos para cada personaje, contraste con la aridez y tensión sugerida por la escenografía.

Para el espacio sonoro, aparte de los efectos destinados a potenciar la atmósfera, se siguió el mismo criterio; se usa música tradicional búlgara y antigua griega, sobretodo de carácter vocal y popular, que con líneas melódicas y armonías tensas, y efectos vocales que acercan lo popular a la lírica (como sería el caso de la tonada asturiana) aportan primitivismo y ritualidad. La introducción y el epílogo fueron compuestas por el músico también ilustrado Gluck, y pertenecen a la ópera Iphigenia in Aulis.

la distribución

Como todos los lectores sabrán, está bastante fastidiado distribuir espectáculos y más éste, con reparto amplio y gastos. No obstante haremos lo que hacemos siempre, intentar acercarlo a los teatros de las grandes ciudades asturianas, a los espacios del circuito asturiano, y también, aunque es más difícil, a los del resto del estado español. Los festivales de teatro clásico casi todos se dedican al teatro del Siglo de Oro, y aquí hablamos de un clásico de la Ilustración; y en el ámbito de la Universidad es difícil, por presupuestos. Así todo, nos gustaría llevarlo, porque pensamos que es algo especial y entrañable, como plan de distribución, a los lugares en los que Jovellanos haya tenido más presencia en su vida.

la recepción

Uno de los momentos que no se podrán olvidar, por lo emotivo, en este proceso fue cuando nos personamos en los locales del Foro Jovellanos para contarles el proyecto. No tenían ni idea, y la sorpresa de todos fue mayúscula, como el interés en colaborar y ayudar que nos mostraron; así fue que se presentó el espectáculo en mesa redonda que ellos organizaron, moderada por el Sr. Menéndez Peláez, profesor de la Universidad, estudioso del teatro en Asturias y presidente del citado Foro. Se publicaron artículos antes y después del estreno, pero, sin embargo, en general tenemos la impresión de que las críticas o comentarios se centraron más en el texto de Racine que en nuestro trabajo, en la literatura por encima del teatro, (aunque nuestra labor, modestia aparte, sí que fue resaltada positivamente).

Hubo críticas de todo tipo; hacia el trabajo de los actores y la dictadura a la que los somete el director de escena; hacia la ideología de Jovellanos; hacia el teatro clásico; hacia “la estatuaria”; hacia la calidad del texto de Racine (un maestro de las letras francesas, a pesar de todo)… Hubo elogios de todo tipo, también, claro; creo que muchos más que críticas.

Sí que se observa que el espectáculo gusta más a gente que habitualmente no está habituada a ver teatro que a la gente de la profesión, cosa que anima; se observa también que hubo miedo al estreno, y desconfianza por parte de algunas personas hacia la posterior recepción, o hacia nuestra capacidad… Y se percibe bastante poca costumbre por parte del público de ver teatro clásico, en general.

Se publicaron artículos antes y después del estreno, pero, en general, tenemos la impresión de que en la prensa se habla más de la conveniencia o no de poner a Racine-Jovellanos en escena, o tiene más importancia la ideología de los críticos, o pesan más los prejuicios que ofrece al comentarista el análisis de un clásico (se llegó a decir que había que tirar el texto a la basura como todas las otras obras de Jovellanos), en fin, que pesa más el texto que nuestro trabajo.

Todas estas cosas son normales; pero percibimos que algo muy positivo vibró el día del estreno.

Los objetivos se cumplieron; una compañía profesional, pero modesta, recupera un texto clásico con todos los problemas que ello plantea; un texto nunca presentado para su exhibición, texto que puede considerarse una referencia para el teatro y para el teatro asturiano, en cuanto que fue traducido y tomado como modelo a seguir por los creadores de su tiempo. Es parte de nuestra memoria.

Comprobamos que montar un clásico como éste tiene sentido. Y que pudimos realizar su puesta en escena sobre todo gracias al interés y esfuerzo del propio equipo artístico, que confió en nosotros. Y gracias a las ayudas públicas, que sí que ayudan a perfilar un nuevo tipo de producciones de más presupuesto y riesgo en Asturies, gracias a iniciativas como la del Premio Jovellanos. Y comprobamos, por la favorable reacción del público y de los organismos implicados (hubo cerca de mil personas en el estreno; jamás, y llevamos bastantes años trabajando, vino tanta gente a vernos, muchos más de los que éramos el otro día en la Laboral viendo no se qué de Spoken Word), que en Asturies estamos capacitados para hacer lo que sea, sin complejos, y que es necesario un centro dramático para recuperar y difundir dignamente la cultura teatral asturiana clásica y contemporánea. Y sinó facémoslo nosotros.  

 

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