Número 26. Mayo de 2009

Lo que uno se figura

 

los figurantes

de Sanchis Sinisterra

Dirección: Nacho Ortega

Escuela Superior de Arte

Dramático

Promoción 2005-2009

Teatro Filarmónica de Oviedo

27 de marzo 2009

Francisco Díaz-Faes

No tengo a mano saber ahora de qué año es esta pieza sobre el tema de los actores. Figurantes, que no llegan a secundarios, ni, a segundones, que ha tratado un teatro fin de curso y de estudios de una promoción de rango superior de la Escuela de Gijón. Nacho Ortega ha dirigido, en su maestría y dramaturgia, casi lo improbable: un gran teatro colectivo, un difícil y espléndido texto, más un elenco magnífico de once actores. Y nos es fácil congratularnos con tamaña envergadura, visto el resultado que celebró con entusiasmo el público. Por el problema derivado de la movilización de actores, el diseño de la escenografía (de Miguel S. Cegarra) y el vistoso vestuario (Azucena Rico). O la iluminación (incluida una proyección en ciclorama de Alberto Ortiz), y otros datos de dificultad técnica (la subdirección y el sonido de esa gran profesional que es Gemma de Luis) dentro del ámbito de una escuela. Por más que estemos hablando de una de carácter superior, de rango universitario, la ESAD, que por supuesto en nada desdice de los mejores ejemplos que ha dado el ITAE, cuando no se vanagloriaba como oficial, de tiempos del pretérito Sueiras.

Desde luego no es injusto significar a Sinisterra tal vez como el más grande de los autores vivos en España en la cualidad de su multiplicidad de significaciones textuales. Con Los figurantes se reafirma cuanto decimos. La riqueza de lo que nos presenta, está más allá de lo que se representa. Edificio coreográfico así montado. Incansable. Pero insondable en el rasero de las alusiones por supuesto de los personajes que buscan a Pirandello, o los que se regodean en nuestro teatro más disparatado de Arniches a los Quintero, de Tono a Jardiel, de Mihura a Paso o Muñoz Seca, por qué no. Pero con ese regusto de tesis que el teatro de Sanchis tiene. Tal vez en su carácter inescrutable, hermético e indescifrable, precisamente, y esto es lo chocante, por la notoriedad de su evidencia. Porque ese sentido paradójico nos envuelve con las sonrisas. Y por las risas que este teatro de gentes perdidas emana de actores, intérpretes que no saben qué es lo que el propio autor les demanda. Saltando la cuarta pared para hacernos partícipes de que están allí para interpretar algo de lo que no son protagonistas. Los figurantes, son auténticos bultos (no bustos) parlantes, coristas, comparsas, extras de algo que desconocen. Esa busca, esa pesquisa no aparece como apremiante ni angustiosa sino como una averiguación dentro de un juego escénico, un teatro que envuelve a otro teatro y que nos hace cómplices como espectadores, es decir, nos complica.

¿Es lo que quería el propio Sanchis Sinisterra, autor tan puntilloso, tan meticuloso en los detalles, que ha podido incluso ver este estreno? Me imagino que no se habrá sentido defraudado. El reparto no ha podido ser más unánime en cuanto al prestigio de la representación: porque si he participado con entusiasmo de Lucía Menéndez, el arquetipo que ha lucido Nuria Santos no puede dejar indiferente, ni por supuesto Azahara Alfaraz, o Irene López. Ni Michel Díaz, David Aguilar, Paloma F. Yllana, Ana Bercianos, María Prendes, David Soto o Marta Rosado. Recreando personajes, confundiéndose, o fundiéndose con ellos sin trastocar ni un instante el enrevesamiento de los pasajes y parlamentos, de las réplicas y contrarréplicas. Sea como guardas, postulantes, paje, prisionero tercero, comensal cuarta, aldeana segunda, frailes capuchinos, dama sexta o quinta o metalúrgico octavo, formando ese dramatis personae que le iría tan bien a cualquier film de los Bardem-Berlanga, o en otro orden de cosas al teatro de Nieva. Puede uno advertir algo que se figura bien, o figurar algo que se advierte mal. He conocido de primera mano ese mundo tan subliminal (sublimado raramente) de los comparsas, los figurantes del título de la obra, llamados a última hora a un papel intrascendente, he pasado un tiempo (diminuto en Gijón hace mucho) en las charlas de Sinisterra para enigmatizar lo imposible de enseñar la poesía dramática, y, habiendo descreído de que el arte se pueda transmitir con tanto provecho, once actores y un director me han sacado de mis casillas y me han transformado. Cautivándome.  

 

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