
los figurantes
de
Sanchis Sinisterra
Dirección: Nacho Ortega
Escuela
Superior de Arte
Dramático
Promoción 2005-2009
Teatro
Filarmónica de Oviedo
27 de
marzo 2009
Francisco Díaz-Faes
No
tengo a mano saber ahora de qué año es esta pieza sobre el
tema de los actores. Figurantes, que no llegan a
secundarios, ni, a segundones, que ha tratado un teatro fin
de curso y de estudios de una promoción de rango superior de
la Escuela de Gijón. Nacho Ortega ha dirigido, en su
maestría y dramaturgia, casi lo improbable: un gran teatro
colectivo, un difícil y espléndido texto, más un elenco
magnífico de once actores. Y nos es fácil congratularnos con
tamaña envergadura, visto el resultado que celebró con
entusiasmo el público. Por el problema derivado de la
movilización de actores, el diseño de la escenografía (de
Miguel S. Cegarra) y el vistoso vestuario (Azucena Rico). O
la iluminación (incluida una proyección en ciclorama de
Alberto Ortiz), y otros datos de dificultad técnica (la
subdirección y el sonido de esa gran profesional que es
Gemma de Luis) dentro del ámbito de una escuela. Por más que
estemos hablando de una de carácter superior, de rango
universitario, la ESAD, que por supuesto en nada desdice de
los mejores ejemplos que ha dado el ITAE, cuando no se
vanagloriaba como oficial, de tiempos del pretérito Sueiras.
Desde
luego no es injusto significar a Sinisterra tal vez como el
más grande de los autores vivos en España en la cualidad de
su multiplicidad de significaciones textuales. Con Los
figurantes se reafirma cuanto decimos. La riqueza de lo
que nos presenta, está más allá de lo que se representa.
Edificio coreográfico así montado. Incansable. Pero
insondable en el rasero de las alusiones por supuesto de los
personajes que buscan a Pirandello, o los que se regodean en
nuestro teatro más disparatado de Arniches a los Quintero,
de Tono a Jardiel, de Mihura a Paso o Muñoz Seca, por qué
no. Pero con ese regusto de tesis que el teatro de Sanchis
tiene. Tal vez en su carácter inescrutable, hermético e
indescifrable, precisamente, y esto es lo chocante, por la
notoriedad de su evidencia. Porque ese sentido paradójico
nos envuelve con las sonrisas. Y por las risas que este
teatro de gentes perdidas emana de actores, intérpretes que
no saben qué es lo que el propio autor les demanda. Saltando
la cuarta pared para hacernos partícipes de que están allí
para interpretar algo de lo que no son protagonistas. Los
figurantes, son auténticos bultos (no bustos) parlantes,
coristas, comparsas, extras de algo que desconocen. Esa
busca, esa pesquisa no aparece como apremiante ni angustiosa
sino como una averiguación dentro de un juego escénico, un
teatro que envuelve a otro teatro y que nos hace cómplices
como espectadores, es decir, nos complica.
¿Es lo que quería el propio Sanchis Sinisterra, autor tan
puntilloso, tan meticuloso en los detalles, que ha podido
incluso ver este estreno? Me imagino que no se habrá sentido
defraudado. El reparto no ha podido ser más unánime en
cuanto al prestigio de la representación: porque si he
participado con entusiasmo de Lucía Menéndez, el arquetipo
que ha lucido Nuria Santos no puede dejar indiferente, ni
por supuesto Azahara Alfaraz, o Irene López. Ni Michel Díaz,
David Aguilar, Paloma F. Yllana, Ana Bercianos, María
Prendes, David Soto o Marta Rosado. Recreando personajes,
confundiéndose, o fundiéndose con ellos sin trastocar ni un
instante el enrevesamiento de los pasajes y parlamentos, de
las réplicas y contrarréplicas. Sea como guardas,
postulantes, paje, prisionero tercero, comensal cuarta,
aldeana segunda, frailes capuchinos, dama sexta o quinta o
metalúrgico octavo, formando ese dramatis personae
que le iría tan bien a cualquier film de los
Bardem-Berlanga, o en otro orden de cosas al teatro de
Nieva. Puede uno advertir algo que se figura bien, o figurar
algo que se advierte mal. He conocido de primera mano ese
mundo tan subliminal (sublimado raramente) de los comparsas,
los figurantes del título de la obra, llamados a última hora
a un papel intrascendente, he pasado un tiempo (diminuto en
Gijón hace mucho) en las charlas de Sinisterra para
enigmatizar lo imposible de enseñar la poesía dramática, y,
habiendo descreído de que el arte se pueda transmitir con
tanto provecho, once actores y un director me han sacado de
mis casillas y me han transformado. Cautivándome.