Número 26. Mayo de 2009

Dedos en la Laboral

Joaquín Fuertes

En mi actividad postrera de cuidador de nietos paso varias veces a la semana por el pasillo de la Laboral, camino del Conservatorio, dejando a la derecha dos entes que me producen un profundo respeto; si fuera en otra ocasión hasta me quitaría la gorra. La escuela de teatro se encuentra separada de mí por una barrera de piedras y cristales, algún cartel de prohibición, y, sobre todo por una barrera generacional, por lo tanto no la conozco. Me hablan de algunos métodos didácticos que me producen estupor, pero eso a mis años es normal y nadie debe tenerlo en cuenta. Dejemos para más adelante algunas consideraciones sobre la escuela de teatro, cuyas siglas no recuerdo, por ignorante y enemigo de galimatías. Con razón en el pasado rechacé por dos veces, dos, hacerme cargo del invento, cuando todavía el entonces instituto no ocupaba los nobles reductos de Cabueñes y los naipes de la dramaturgia no se jugaban con carnés. Siempre estuve subyugado por el apellido Marx; por eso sigo la máxima de Groucho, de que por nada del mundo querría figurar en un club donde admitieran a tipos como yo.

En cuanto al teatro, viejo reducto donde Asturias conoció por primera vez a Els Joglars y los teatros independientes madrileños, mientras los jesuitas aún aleteaban las sotanas, todo hay que decirlo, está pero no está. Está, pero como dice Boni Ortiz, no va nadie. O mejor dicho, van aquellos que no entienden que los teatros debieran ser subvencionados en primer lugar a través de la taquilla, y en segundo lugar por el reconocimiento contrastado de que prestan un servicio al pueblo que los sostiene, o sea, el mantenimiento del espacio para que no se pudra con las goteras, como el anterior, y el mantenimiento de sus gestores digitales, no de número sino de dedo, para que encima a ese pueblo soberano le vuelvan la espalda con la programación de ocurrencias y rarezas que más que atraer espantan. Quizá a estas alturas alguien ya me haya expulsado al limbo de la nostalgia a latigazos verbales en compañía de Boni Ortiz, con el cual agradezco al destino tener al menos algunas concomitancias, aparte de la opinión sobre la nula trascendencia del teatro de la Laboral.

A Boni Ortiz lo conocí cuando tenía 15 años, y estudiaba precisamente en el edificio del que estamos hablando. A esa edad tanto él como Eladio de Pablo ya poseían el halo de rebeldía y circulaban alrededor del retrato del “Che” Guevara muerto que había pintado Manolo Arenas. Los tres en la misma edad, 15 o 16 años, en que Benedicto XVI y Günter Grass se afiliaban a las juventudes hitlerianas. Primero Díaz Faes, luego este superviviente y por último Boni fuimos cayendo de lo que se llama crítica teatral en los periódicos asturianos, estoy seguro que con indiferencia por bastantes y con regocijo por algunos que no permiten que nadie se meta a juzgar su virtud artística como no sea su abuela. Ramón J. Sender en su novela En la vida de Ignacio Morel, introduce una piececita dramática y a este respecto no dice su abuela sino su puta abuela. Pues bien, he aquí una de las razones por las que considero que la crítica es imprescindible para el pueblo a quien debe iluminar y para los herederos de la antigua farsa que debe atemperar. Aunque sea lanzando cargas de profundidad, como hizo Boni Ortiz al presentar el Anuario del Teatro en Asturias.

Por el patio de la antigua Universidad Laboral se mueven muchos estudiantes de distintas materias destinados a un vuelo de corto o largo recorrido. Todos ellos se enfrentarán a la vida en sus respectivas labores, si es que esta crisis no nos llega a poner a todos con un cazo, para que nos echen la garfiellada. Digo, que asumirán responsabilidades derivadas de cualquier profesión de las que tendrán que rendir cuentas si se desvían de su trayectoria. Si el médico actúa con negligencia en el diagnóstico, el abogado manipula, el juez prevarica, el arquitecto mete más arena que cemento, el electricista da al interruptor cuando no debe, el maquinista no frena… Todos ellos en sus respectivas profesiones se pueden ver en el banquillo y posteriormente en la cárcel. Todos ellos pueden ser despedidos de su trabajo si no cumplen con lo exigido por la empresa, o al menos advertidos y amonestados. Sin embargo, en más de cuarenta años emborronando cuartillas sobre teatro he visto sobre los escenarios montajes, sobre todo interpretaciones, en que debía intervenir de inmediato el juzgado de guardia. Nulidades, que llevan una vida entera arrastrándose por las tablas, amparados en mafias familiares del teatro u otras mafias. Da que pensar que algunos actores digan que ellos no se retirarán jamás de la escena, y lo cumplen; la única profesión en la que a uno no hace falta que lo nombren emérito para seguir a los 90 años arrastrando los pies por el escenario y tirándose en la primera silla que encuentran.

No sólo es en esta profesión de los cómicos donde hay reyes que circulan desnudos, como el del cuento, sin que nadie se atreva a decirlo, por sobra de abulia o falta de valor; hasta que alguien como Boni Ortiz tira de la manta. No sólo es la Laboral la que se gobierna con chiringos, como alguien dijo, pero ese costosísimo reducto que paga el pueblo sigue de espaldas al pueblo y sólo al servicio de algunos. Ya es triste que de los entes que alberga el edificio, me refiero concretamente a la televisión, se la haya bautizado con el nombre del preboste que supuestamente la manipula. Es más triste todavía que la caterva de alumnos que se forman para trabajar en los escenarios, vivan pegados a un complejo que técnicamente les da la espalda, y a dos pasos de una televisión que les es ajena. Observen las cadenas gallegas, andaluzas, catalanas y hasta madrileñas y verán de la mañana a la noche a los grupos autóctonos actuando en comedias y series.

Como metáfora, y abreviando, yo también digo que al teatro de la Laboral no va nadie. Al menos no van los que deberían ir. Tanto la televisión como el teatro que alberga el gran complejo tienen en común la ampulosidad del producto y el ocultismo del medio. Unos medios sin fachadas de resalte, que ni yo mismo, que circulo varias veces a la semana por delante conozco a ciencia cierta las puertas de acceso. Son como arcanos que están al servicio en catacumbas del restringido mundo de los elegidos. Y sin embargo el teatro en Asturias crece, si nos fijamos en el número de grupos que figuran en el anuario. No siempre hacia arriba, como el roble autóctono, también hacia abajo como la mandrágora extraña. Y la crisis, afectando, como a todo, va dejando espacios vacíos en las salas que comienzan a preocupar. Será preciso llevar la imaginación a los escenarios además de al poder. Me lo decía Antonio Ripoll, a raíz del último estreno de Margen en el teatro Palacio Valdés: hubo que luchar durante bastantes años para atraer a la gente y conseguir llenar la sala; si la crisis los aparta, va a ser muy difícil recuperarlos. Malos tiempos para la lírica.

 

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