Joaquín Fuertes
En mi actividad postrera de cuidador de nietos paso varias
veces a la semana por el pasillo de la Laboral, camino del
Conservatorio, dejando a la derecha dos entes que me
producen un profundo respeto; si fuera en otra ocasión hasta
me quitaría la gorra. La escuela de teatro se encuentra
separada de mí por una barrera de piedras y cristales, algún
cartel de prohibición, y, sobre todo por una barrera
generacional, por lo tanto no la conozco. Me hablan de
algunos métodos didácticos que me producen estupor, pero eso
a mis años es normal y nadie debe tenerlo en cuenta. Dejemos
para más adelante algunas consideraciones sobre la escuela
de teatro, cuyas siglas no recuerdo, por ignorante y enemigo
de galimatías. Con razón en el pasado rechacé por dos veces,
dos, hacerme cargo del invento, cuando todavía el entonces
instituto no ocupaba los nobles reductos de Cabueñes y los
naipes de la dramaturgia no se jugaban con carnés. Siempre
estuve subyugado por el apellido Marx; por eso sigo la
máxima de Groucho, de que por nada del mundo querría figurar
en un club donde admitieran a tipos como yo.
En cuanto al teatro, viejo reducto donde Asturias conoció
por primera vez a Els Joglars y los teatros independientes
madrileños, mientras los jesuitas aún aleteaban las sotanas,
todo hay que decirlo, está pero no está. Está, pero como
dice Boni Ortiz, no va nadie. O mejor dicho, van aquellos
que no entienden que los teatros debieran ser subvencionados
en primer lugar a través de la taquilla, y en segundo lugar
por el reconocimiento contrastado de que prestan un servicio
al pueblo que los sostiene, o sea, el mantenimiento del
espacio para que no se pudra con las goteras, como el
anterior, y el mantenimiento de sus gestores digitales, no
de número sino de dedo, para que encima a ese pueblo
soberano le vuelvan la espalda con la programación de
ocurrencias y rarezas que más que atraer espantan. Quizá a
estas alturas alguien ya me haya expulsado al limbo de la
nostalgia a latigazos verbales en compañía de Boni Ortiz,
con el cual agradezco al destino tener al menos algunas
concomitancias, aparte de la opinión sobre la nula
trascendencia del teatro de la Laboral.
A Boni Ortiz lo conocí cuando tenía 15 años, y estudiaba
precisamente en el edificio del que estamos hablando. A esa
edad tanto él como Eladio de Pablo ya poseían el halo de
rebeldía y circulaban alrededor del retrato del “Che”
Guevara muerto que había pintado Manolo Arenas. Los tres en
la misma edad, 15 o 16 años, en que Benedicto XVI y Günter
Grass se afiliaban a las juventudes hitlerianas. Primero
Díaz Faes, luego este superviviente y por último Boni fuimos
cayendo de lo que se llama crítica teatral en los periódicos
asturianos, estoy seguro que con indiferencia por bastantes
y con regocijo por algunos que no permiten que nadie se meta
a juzgar su virtud artística como no sea su abuela. Ramón J.
Sender en su novela En la vida de Ignacio Morel,
introduce una piececita dramática y a este respecto no dice
su abuela sino su puta abuela. Pues bien, he aquí una de las
razones por las que considero que la crítica es
imprescindible para el pueblo a quien debe iluminar y para
los herederos de la antigua farsa que debe atemperar. Aunque
sea lanzando cargas de profundidad, como hizo Boni Ortiz al
presentar el Anuario del Teatro en Asturias.
Por el patio de la antigua Universidad Laboral se mueven
muchos estudiantes de distintas materias destinados a un
vuelo de corto o largo recorrido. Todos ellos se enfrentarán
a la vida en sus respectivas labores, si es que esta crisis
no nos llega a poner a todos con un cazo, para que nos echen
la garfiellada. Digo, que asumirán responsabilidades
derivadas de cualquier profesión de las que tendrán que
rendir cuentas si se desvían de su trayectoria. Si el médico
actúa con negligencia en el diagnóstico, el abogado
manipula, el juez prevarica, el arquitecto mete más arena
que cemento, el electricista da al interruptor cuando no
debe, el maquinista no frena… Todos ellos en sus respectivas
profesiones se pueden ver en el banquillo y posteriormente
en la cárcel. Todos ellos pueden ser despedidos de su
trabajo si no cumplen con lo exigido por la empresa, o al
menos advertidos y amonestados. Sin embargo, en más de
cuarenta años emborronando cuartillas sobre teatro he visto
sobre los escenarios montajes, sobre todo interpretaciones,
en que debía intervenir de inmediato el juzgado de guardia.
Nulidades, que llevan una vida entera arrastrándose por las
tablas, amparados en mafias familiares del teatro u otras
mafias. Da que pensar que algunos actores digan que ellos no
se retirarán jamás de la escena, y lo cumplen; la única
profesión en la que a uno no hace falta que lo nombren
emérito para seguir a los 90 años arrastrando los pies por
el escenario y tirándose en la primera silla que encuentran.
No sólo es en esta profesión de los cómicos donde hay reyes
que circulan desnudos, como el del cuento, sin que nadie se
atreva a decirlo, por sobra de abulia o falta de valor;
hasta que alguien como Boni Ortiz tira de la manta. No sólo
es la Laboral la que se gobierna con chiringos, como alguien
dijo, pero ese costosísimo reducto que paga el pueblo sigue
de espaldas al pueblo y sólo al servicio de algunos. Ya es
triste que de los entes que alberga el edificio, me refiero
concretamente a la televisión, se la haya bautizado con el
nombre del preboste que supuestamente la manipula. Es más
triste todavía que la caterva de alumnos que se forman para
trabajar en los escenarios, vivan pegados a un complejo que
técnicamente les da la espalda, y a dos pasos de una
televisión que les es ajena. Observen las cadenas gallegas,
andaluzas, catalanas y hasta madrileñas y verán de la mañana
a la noche a los grupos autóctonos actuando en comedias y
series.
Como metáfora, y abreviando, yo también digo que al teatro
de la Laboral no va nadie. Al menos no van los que deberían
ir. Tanto la televisión como el teatro que alberga el gran
complejo tienen en común la ampulosidad del producto y el
ocultismo del medio. Unos medios sin fachadas de resalte,
que ni yo mismo, que circulo varias veces a la semana por
delante conozco a ciencia cierta las puertas de acceso. Son
como arcanos que están al servicio en catacumbas del
restringido mundo de los elegidos. Y sin embargo el teatro
en Asturias crece, si nos fijamos en el número de grupos que
figuran en el anuario. No siempre hacia arriba, como el
roble autóctono, también hacia abajo como la mandrágora
extraña. Y la crisis, afectando, como a todo, va dejando
espacios vacíos en las salas que comienzan a preocupar. Será
preciso llevar la imaginación a los escenarios además de al
poder. Me lo decía Antonio Ripoll, a raíz del último estreno
de Margen en el teatro Palacio Valdés: hubo que luchar
durante bastantes años para atraer a la gente y conseguir
llenar la sala; si la crisis los aparta, va a ser muy
difícil recuperarlos. Malos tiempos para la lírica.