Número 26. Mayo de 2009

Crisis, invocación y ultraje

 

días mejores

De Richard Dresser

Traducción: Ignacio García May

Dirección: Àlex Rigola

Intérpretes: Ernesto Arias, Irene Escolar, Lino Ferreira, Ana Otero, Tomás Pozzi y Marc Rodríguez

Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià

Teatro de La Abadía

Madrid, 21/02/09 

Roberto Corte

Leemos en el programa que Dresser escribió esta obra a finales de los 80, tras un viaje a Massachusetts, con la ciudad en declive. La crisis laboral comenzaba a hacer estragos, como ahora, y la juventud sobrevivía buscándose la vida como podía. En la pieza la anécdota se extrema, empiezan traficando con pieles de perros atropellados en la carretera, quemando coches para cobrar el seguro, y acaban incendiando toda la ciudad. Aunque al espectador que no conoce la pieza original —como es mi caso— no le será difícil deducir los importantes gags y peripecias que le añadió Rigola. El humor y la ironía que le pone tiene fuerza para desmarcarla de la corriente americana a la que pertenece, y a la que estamos muy acostumbrados a través del teatro y una parte del cine americano. Como los desplantes derivan hacia el realismo sucio y unas exageradas acciones y relaciones degradadas por una estética cómic semiunderground, lo que se pierde en convención dramática se gana en amenidad y frescura, en un espectáculo que sostiene igualmente los caracteres a través de una poética gamberra, que no por gamberra es menos poética. Hay, pues, solvencia y creatividad de la buena en esta propuesta que para nada merma un ápice —como algunos piensan— la excelente trayectoria curricular de Rigola.

La pieza es muy coral y la voz cantante la lleva Marc Rodríguez haciendo de Ray. Un personaje que se conecta una antena portátil a la cabeza para sintonizar un canal televisivo y… encuentra una señal mesiánica, con interferencias, que hace pensar a sus amigos que la salvación y el futuro de sus vidas es posible. A partir de ahí empieza toda una serie de apaños laborales delictivos, de subsistencia, a través de una picaresca destroyer que va en aumento, para mejor retratar un pedazo de sociedad marginal en descomposición, rumbo a peor. Ana Otero interpreta muy bien a la mujer de Ray, y hace las delicias del espectador introduciéndose por el horno cuando limpia la cocina de gas. Al igual que Irene Escolar, jovencísima, que esnifa un spray de cualquier cosa que le produce una compulsión libidinosa insaciable, que trata de sofocar masturbándose con una violencia y verosimilitud de espasmo. Y también el juego que se le saca a la poca estatura de Tomás Pozzi y sus extravagantes acciones (a quien, por cierto, no hace mucho vimos de Totó, en Gijón, con Nuria Espert), de porte gansteril, que le hace supurar a la pieza un humor que, a todas luces, en el original no aparece. Exageraciones, trampantojos y desplantes ingeniosos con que Rigola teje y pervierte situaciones para llevar el argumento a su molino, para hacer el pan del día y dárnoslo en comunión crítica. Porque, aunque no lo parezca, su teatro, que va a ras de suelo y con otra hechura, no se queda en mera prestidigitación grunge. Presenta con lucidez las relaciones interpersonales y el tono de exposición aunque lleve su impronta —repito—, no le roba a la pieza nada del rigor con que han de trascender los contenidos.

Con la misma solvencia que sus compañeros, Ernesto Arias y Lino Ferreira, cierran el grupo delictivo. Al final la catástrofe refuerza la incertidumbre. Apenas hay esperanza. Hace tiempo que el destartalado living room de los 80 donde se desarrolla la acción es una nevera y ya no hay leña para la calefacción. Además, afuera, hace un frío que pela. Pero como Ray tiene en su cabeza la voz y la verdad de la nueva iglesia de la Divina Garantía, todavía hay tiempo para un último intento. Así que, al lado de sus colegas, se ofrenda un trozo de pizza a las ondas en busca de una señal salvífica… Y en esas estamos. Ellos, y los ciento cincuenta espectadores que en este día disfrutamos con la representación.  

 

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