
días mejores
De
Richard Dresser
Traducción: Ignacio García May
Dirección: Àlex Rigola
Intérpretes: Ernesto Arias, Irene Escolar, Lino Ferreira,
Ana Otero, Tomás Pozzi y Marc Rodríguez
Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià
Teatro
de La Abadía
Madrid,
21/02/09
Roberto Corte
Leemos
en el programa que Dresser escribió esta obra a finales de
los 80, tras un viaje a Massachusetts, con la ciudad en
declive. La crisis laboral comenzaba a hacer estragos, como
ahora, y la juventud sobrevivía buscándose la vida como
podía. En la pieza la anécdota se extrema, empiezan
traficando con pieles de perros atropellados en la
carretera, quemando coches para cobrar el seguro, y acaban
incendiando toda la ciudad. Aunque al espectador que no
conoce la pieza original —como es mi caso— no le será
difícil deducir los importantes gags y peripecias que le
añadió Rigola. El humor y la ironía que le pone tiene fuerza
para desmarcarla de la corriente americana a la que
pertenece, y a la que estamos muy acostumbrados a través del
teatro y una parte del cine americano. Como los desplantes
derivan hacia el realismo sucio y unas exageradas acciones y
relaciones degradadas por una estética cómic semiunderground,
lo que se pierde en convención dramática se gana en amenidad
y frescura, en un espectáculo que sostiene igualmente los
caracteres a través de una poética gamberra, que no por
gamberra es menos poética. Hay, pues, solvencia y
creatividad de la buena en esta propuesta que para nada
merma un ápice —como algunos piensan— la excelente
trayectoria curricular de Rigola.
La
pieza es muy coral y la voz cantante la lleva Marc Rodríguez
haciendo de Ray. Un personaje que se conecta una antena
portátil a la cabeza para sintonizar un canal televisivo y…
encuentra una señal mesiánica, con interferencias, que hace
pensar a sus amigos que la salvación y el futuro de sus
vidas es posible. A partir de ahí empieza toda una serie de
apaños laborales delictivos, de subsistencia, a través de
una picaresca destroyer que va en aumento, para mejor
retratar un pedazo de sociedad marginal en descomposición,
rumbo a peor. Ana Otero interpreta muy bien a la mujer de
Ray, y hace las delicias del espectador introduciéndose por
el horno cuando limpia la cocina de gas. Al igual que Irene
Escolar, jovencísima, que esnifa un spray de cualquier cosa
que le produce una compulsión libidinosa insaciable, que
trata de sofocar masturbándose con una violencia y
verosimilitud de espasmo. Y también el juego que se le saca
a la poca estatura de Tomás Pozzi y sus extravagantes
acciones (a quien, por cierto, no hace mucho vimos de Totó,
en Gijón, con Nuria Espert), de porte gansteril, que le hace
supurar a la pieza un humor que, a todas luces, en el
original no aparece. Exageraciones, trampantojos y
desplantes ingeniosos con que Rigola teje y pervierte
situaciones para llevar el argumento a su molino, para hacer
el pan del día y dárnoslo en comunión crítica. Porque,
aunque no lo parezca, su teatro, que va a ras de suelo y con
otra hechura, no se queda en mera prestidigitación grunge.
Presenta con lucidez las relaciones interpersonales y el
tono de exposición aunque lleve su impronta —repito—, no le
roba a la pieza nada del rigor con que han de trascender los
contenidos.
Con la
misma solvencia que sus compañeros, Ernesto Arias y Lino
Ferreira, cierran el grupo delictivo. Al final la catástrofe
refuerza la incertidumbre. Apenas hay esperanza. Hace tiempo
que el destartalado living room de los 80 donde se
desarrolla la acción es una nevera y ya no hay leña para la
calefacción. Además, afuera, hace un frío que pela. Pero
como Ray tiene en su cabeza la voz y la verdad de la nueva
iglesia de la Divina Garantía, todavía hay tiempo para un
último intento. Así que, al lado de sus colegas, se ofrenda
un trozo de pizza a las ondas en busca de una señal
salvífica… Y en esas estamos. Ellos, y los ciento cincuenta
espectadores que en este día disfrutamos con la
representación.