
Alfredo Rodríguez López-Vázquez, especialista en el
teatro del Siglo de Oro.
José Luis
Campal Fernández
ridea
El
catedrático coruñés de Literatura Española Alfredo Rodríguez
López-Vázquez es el estudioso que, con mayor perseverancia,
en sus documentadas calas investigadoras, ha tratado de
reponer al dramaturgo Andrés de Claramonte como autor
fidedigno de la célebre obra atribuida a Tirso de Molina
El burlador de Sevilla. En la siguiente conversación,
Rodríguez López-Vázquez, suministrando una amplia gama de
elementos para su comprobación científica, no escatima
argumentos a fin de sustentar su línea de trabajo y hacer
accesibles unas coordenadas cronológicas y estilísticas que
domina a la perfección. Como complemento a las robustas
opiniones del profesor Rodríguez López-Vázquez insertamos,
al final de esta entrevista, un juicio que ratifica la
hipótesis de éste y que aporta en exclusiva para
La Ratonera
otro
gran especialista en el teatro del Siglo de Oro, el
catedrático de la Universidad de Bolonia Piero Menarini.
Pregunta. ¿Cuándo comenzó a sospechar usted que Tirso de
Molina podía no estar detrás de la autoría de El burlador
de Sevilla, la pieza que le ha dado fama?
Respuesta: Los comienzos de la sospecha proceden de la
lectura de la tesis doctoral de Serge Maurel, L’univers
dramatique de Tirso de Molina, en donde este estudioso
de Tirso admite que apoyar la atribución de El burlador
de Sevilla a partir de otra obra también de atribución
dudosa, como es El condenado por desconfiado, plantea
un problema metodológico evidente. Me preocupé entonces de
revisar la atribución de El condenado y las críticas
hechas a esa atribución, especialmente las que ha expuesto
Ruth Lee Kennedy, que me parecen muy solventes. Esta última
obra está en un volumen, la Segunda Parte de Tirso,
en el que el propio Tirso señala que tan sólo cuatro, de las
doce obras que contiene, son suyas. Tres de ellas son
indiscutibles, y la cuarta, a partir de distintos tipos de
análisis, debe ser La mujer por fuerza. La evidencia
de que seguramente las otras ocho no son de Tirso la daban
dos comedias: Cautela contra cautela, que conocemos
en un manuscrito que da como autor a Mira de Amescua, y
La virgen de los Reyes, que ya había sido publicada unos
años antes de la aparición de la Segunda Parte de
Tirso, con el nombre de su verdadero autor, Hipólito de
Vergara. Esto me hizo pensar que la sospecha metodológica de
Serge Maurel permitía abordar el problema de la atribución
del Burlador (que Tirso nunca incluyó en sus Cinco
Partes de Comedias, ni dijo que fuera suya en ningún
momento) a partir de un principio básico: no utilizar obras
de atribución dudosa para apoyar otra atribución dudosa. En
esa revisión me di cuenta de que la mayor parte de los
apoyos para atribuir El burlador a Tirso proceden de
otras obras todavía más dudosas: La ninfa del Cielo,
de la que hay manuscrito a nombre de Luis Vélez de Guevara y
que Tirso nunca incluyó entre sus obras; El rey don Pedro
en Madrid, de la que hay dos manuscritos a nombre de
Claramonte, una edición a nombre de Lope y otra tardía a
nombre de Calderón, y que tampoco Tirso incluyó en sus
obras. Se la atribuyó Hartzenbusch, por su cuenta y riesgo,
basado en que la obra se parecía mucho al Burlador de
Sevilla. A partir de ahí mi planteamiento es verificar
si, a falta de documentación, se puede encontrar alguna
prueba objetiva que apoye la autoría de Tirso. Lo que yo
pretendía, en un primer momento, era buscar pruebas
objetivas a favor de la atribución a Tirso. Pero tanto los
análisis de frecuencia léxica (que ya había utilizado para
Calderón) como los de usos métricos (que ya habían estudiado
Morley y Bruerton) estaban en contra de Tirso. Así que tuve
que plantearme que tal vez el autor no era Tirso y que debía
de haber algún otro autor alternativo que respondiera a los
rasgos métricos y léxicos típicos del Burlador de Sevilla.
Lógicamente, empecé por revisar a Vélez de Guevara y a Mira
de Amescua, que parecían los autores más próximos en estilo.
Cualquiera de ellos presentaba unos índices de estilo más
cercanos a esta obra que los que presentaba Tirso, con lo
que hube de rendirme a la evidencia de que Tirso no podía
ser el autor y que había que buscar por otras vías. El
cuándo de este momento es muy fácil de fechar: 1982.
P.
¿Quién es Andrés de Claramonte?
R.
Andrés de Claramonte es un dramaturgo al que ya se había
propuesto como autor de una obra importante del teatro del
Siglo de Oro atribuida hasta 1920 a Lope de Vega: La
estrella de Sevilla. Es la tesis doctoral de S. E.
Leavitt, que se leyó y analizó más de doscientas obras del
Siglo de Oro y propuso en 1931 que su autor era Andrés de
Claramonte. Pero no sólo había esto: un gran especialista en
Tirso, Gerald E. Wade, había observado ya que la obra más
similar al Burlador de Sevilla era una de Claramonte,
Deste agua no beberé, en donde aparecía la familia
Tenorio (Don Diego y Doña Juana) en la época de Pedro I el
Cruel, hijo de Alfonso XI, el rey de El burlador de
Sevilla. Además de ellos, había una sorprendente
coincidencia de versos y de usos léxicos. Esto, según Wade,
sólo se podía explicar si se admitía que Claramonte era el
responsable de modificar el texto primitivo, Tan largo me
lo fiáis, supuestamente original de Tirso, para
dar la versión última, la que conocemos como El burlador
de Sevilla. En realidad, esto es una hipótesis mínima
sobre la intervención de Claramonte. Pero como resulta
que este dramaturgo estuvo afincado muchos años en Sevilla,
era actor y director de compañía y además estaba protegido
por la familia Ulloa, que en la historia de Don Juan Tenorio
y en la de La estrella de Sevilla es una familia
presentada con tintes muy favorables, la conclusión se
impone: además de la hipótesis de que Claramonte pueda ser
el refundidor de un supuesto texto original de Tirso, hay
que contrastar la hipótesis alternativa de que también pueda
ser el autor de la obra original.
P.
¿Cuáles son sus argumentos de peso para reponer a Claramonte
la paternidad del Burlador?
R. El
primer argumento es que, si consideramos las obras
fidedignas de Claramonte sin ningún prejuicio, no hay
ninguna razón para poner en duda su categoría como autor
dramático. Esto ya lo había hecho Alva V. Ebersole, que en
su Selección de comedias del Siglo de Oro incluye
Deste agua no beberé como una de las diez mejores obras
de esa época y que publica un amplio artículo en 1973
reivindicando la calidad estética de esta comedia dramática.
Más recientemente, David Castillejo, que estudia ocho obras
de este autor (las más asequibles editorialmente), considera
que cuatro de esas ocho son de gran interés dramático. La
mitad del conjunto de obras de Claramonte que él selecciona.
Un porcentaje similar al que otorga a Tirso, Vélez o Mira de
Amescua.
P. ¿Y
el segundo argumento?
R. El
segundo argumento es que hoy en día sabemos documentalmente
que Tan largo me lo fiáis se representa ya en 1617 en
Écija y Córdoba. En esta fecha Claramonte reside en Sevilla
y Tirso lleva más de un año en la isla de Santo Domingo.
Dado que Jerónimo Sánchez, el empresario teatral que la
representa, tiene también en ese momento dos obras de
Claramonte (El secreto en la mujer y El mayor rey
de los reyes) y no tiene ninguna de Tirso en su
repertorio de 17 obras teatrales, la documentación apunta a
Claramonte y no a Tirso. Es decir, hay argumentos objetivos
de frecuencia léxica y tipología métrica, y hay también
documentos y fechas que concuerdan con esto. Y hay un tercer
argumento que me parece muy sólido. Tanto El burlador de
Sevilla como Tan largo me lo fiáis utilizan
situaciones y escenas que proceden de una obra de Lope de
Vega, La fuerza lastimosa, que Baltasar de Pinedo
había representado como mínimo durante medio año en 1604. En
ese año Claramonte, además de actor ya era dramaturgo, pues
al menos una de sus obras, El nuevo rey Gallinato, se
representa ese año tanto en marzo como en septiembre, y en
ambos casos en dos días consecutivos, como pasa también con
La fuerza lastimosa. El hecho de que se repita la
representación de una obra al día siguiente indica que había
tenido un gran éxito; lo normal es que cada obra se
representara un solo día. En ese año de 1604 Andrés de
Claramonte formaba parte del elenco de actores de la
compañía de Pinedo, probablemente como uno de los actores
principales, por lo cual debía de conocer muy bien la obra
de Lope y saber que determinadas escenas, situaciones y
tipología de personajes funcionaban muy bien de cara al
público. Conoce esa obra no a partir de su lectura, sino de
su representación durante, al menos, una temporada completa.
La evidencia de que La fuerza lastimosa es fuente de
composición de El burlador pero también de Deste
agua no beberé apunta a la autoría de Claramonte.
Apunta, diría yo, de forma muy insistente.
P.
Usted lleva mucho tiempo sosteniendo, en libros, artículos y
ponencias congresuales, la autoría de Claramonte y
acumulando datos y suposiciones que refuerzan tal
atribución. ¿Cree que hay campo para sumar más pruebas a
favor de Claramonte y en contra de Tirso?
R. Me
parece que sí, pero voy a matizar algo en la formulación de
su pregunta. No he acumulado datos y suposiciones. He
formulado hipótesis, que es algo diferente, y he basado las
hipótesis en datos objetivos y contrastables. De vez en
cuando aparece algún documento que confirma o descarta unas
hipótesis u otras, como ha sido el descubrimiento
documental, de archivo, de que Tan largo me lo fiáis
se representó en 1617, y su descubridor, Ángel García Gómez,
ha hecho ver que esto avala mi propuesta con respaldo
documental. En el Dictionnaire de Don Juan (Paris,
1999), en la entrada “Claramonte” yo apuntaba que la obra
debía de estar escrita en 1617 y el descubrimiento de
archivo, seis años después, lo que ha confirmado es una
hipótesis que yo he propuesto y desmentido otra que han
propuesto otros investigadores. Obviamente, no se trata de
prácticas adivinatorias, sino de proponer hipótesis
consistentes. La hipótesis de que el texto del Burlador
es obra de Tirso se basa en meras suposiciones y no se apoya
en documentos, sino en interpretaciones basadas en juicios
de valor y en confianza en una transmisión cultural que
simplemente no se había sometido a crítica. Ahora mismo creo
que hay más campo para afinar los datos en materia de léxico
específico de autores y hay también investigación de archivo
que debería centrarse en verificar la actividad teatral de
la compañía de Jerónimo Sánchez en el período 1616-17 en
Sevilla, Écija y probablemente Toledo y otras capitales. Y
desde luego, comprobar el elenco de su compañía teatral en
esas fechas y las ventas o cesiones de comedias hasta llegar
al repertorio de Roque de Figueroa que en una fecha como
1624 no dispone de esta obra, pero que en 1629 es el que se
la vende a los editores sevillanos Sandi y Lyra. En el caso
del texto original, Tan largo me lo fiáis, que se
edita en 1634-1635 en Sevilla, a nombre de Calderón, también
hay vías de investigación de archivo que hasta ahora no se
han rastreado. La revisión documental que están ahora mismo
llevando a cabo investigadores como Teresa Ferrer en
Valencia, Pablo Jauralde Pou en Madrid o Héctor Urzáiz en
Valladolid debería poder aportar novedades de importancia
para este tipo de cuestiones. Y en cuanto a modelos de
análisis, yo estoy trabajando ahora con la aplicación de
matrices de álgebra lineal para el tratamiento de
microestructuras léxicas en el caso de comedias de
atribución dudosa entre Lope de Vega y Vélez de Guevara y
creo que los resultados obtenidos confirman que es un modelo
muy fiable. Para el caso de El niño diablo y de El
vaso de elección la atribución a Vélez parece
definitiva.
P.
¿Cree sinceramente que se han discutido sus teorías porque
apuesta por un dramaturgo un tanto desconocido y no por un
peso pesado de la época?
R. Me
parece muy claro. Si la propuesta de atribución alternativa
a Tirso hubiera sido Vélez de Guevara no se podría haber
manejado, como ha hecho y sigue haciendo una parte del
tirsismo ortodoxo, el argumento de que el autor que se
propone no es de entidad suficiente. De igual modo que
cuando se propuso a Mira de Amescua como autor alternativo
de El condenado por desconfiado se produjo un debate
en el que nadie utilizó el prejuicio de falta de
competencia. Tanto Vélez como Mira son autores,
considerados, como mínimo, del mismo nivel estético que
Tirso, de modo que los argumentos han tenido que atenerse a
bases objetivas y contrastables. Por eso nadie ha objetado
la reatribución de Cautela contra cautela a Mira de
Amescua, ni creo que haya argumentos para objetar tampoco la
devolución de La ninfa del Cielo a Vélez de Guevara,
propuesta ya por Courtney Bruerton en 1952.
P. ¿Acepta de buen grado el mundo académico la sustitución
de paternidades o prefiere seguir remando contra la
corriente de los hechos probados?
R.
Excelente pregunta. Me voy a centrar en uno de mis autores
preferidos, Rojas Zorrilla, a quien se le ha venido
atribuyendo Del rey abajo, ninguno. Germán Vega,
minucioso investigador y experto en teatro del Siglo de Oro,
ha provocado cierto revuelo al sostener que esa obra no es
de Rojas, autor en todo caso espléndido, sin necesidad de
que le atribuyan esa obra que a mí me parece que corresponde
al período 1625-30 y que tiene más trazas de ser de Vélez de
Guevara que de cualquier otro, tal vez en colaboración con
algún otro dramaturgo, práctica muy corriente en esas
fechas. Y la argumentación del profesor Vega es muy
solvente. O el caso de la primera versión de El alcalde
de Zalamea, atribuida rutinariamente a Lope de Vega,
pero que George Peale ha propuesto como de Vélez de Guevara.
Atribuirla a Lope de Vega le permitía a don Marcelino
Menéndez y Pelayo atacar a Calderón (uno de sus
entretenimientos favoritos) como un mero refundidor de una
idea original de Lope. Pero si la obra es de Vélez (y
también me parece bien fundamentada esta atribución) las
cosas cambian. Entre otras cosas porque Calderón escribió
varias obras en colaboración con Mira de Amescua, con el
mismo Vélez y con Rojas Zorrilla A estas alturas ya hay
muchas rutinas que hay que revisar en torno a nuestras ideas
sobre los dramaturgos del Siglo de Oro. Una parte del mundo
académico está abierta a estas revisiones; otra parte no lo
está.
P.
¿Están decididos a pensar en voz alta los estudiosos del
teatro? ¿Podría decirnos quiénes apoyan su tesis y quiénes
la refutan? ¿Qué opinión le merecen?
R.
Respecto a la cuestión del Burlador/Tan largo,
algunos estudiosos, como Francisco Rico o Maurice Molho, ya
dejaron escrito desde fecha muy temprana (en torno a 1990)
que la atribución a Tirso era “más que suspecta” (Rico) o
que dependía del crédito que nos pudiera ofrecer un editor
fraudulento. Más recientemente, Jacobo Cortines o Piero
Menarini se han expresado de forma rotunda, no sólo en
contra de la atribución a Tirso, sino a favor de la autoría
de Claramonte. Menarini, catedrático de la Universidad de
Bolonia, ha escrito (junio 2008) que la querella de la
autoría ya ha quedado resuelta con mis ediciones de Tan
largo me lo fiáis y El condenado por desconfiado.
Respecto a la importancia del documento de 1617, Luis
Iglesias Feijóo me ha apuntado, en conversación personal,
que, a su juicio, es “determinante, aunque no definitivo” y
otros expertos en la época, como George Peale o Trevor
Dadson, tienen una opinión también muy clara sobre el
problema. Supongo que Fray Luis Vázquez, que sigue
admitiendo los prejuicios como un elemento argumental
básico, es inmune al uso de criterios objetivos. Entiendo
que defienda puntos de vista o simplemente creencias y
opiniones tradicionales. Naturalmente, todas las creencias
son respetables. Aunque no creo que deban emplearse como
criterio científico. El debate debería centrarse en datos
objetivos, no en creencias subjetivas.
P.
Como guinda final a sus sugerentes opiniones, me gustaría
saber cómo se encuentra, a su juicio, la cuestión de las
atribuciones dudosas en nuestro teatro clásico.
R. De acuerdo con lo que acabo de decir, pero también con lo
que he expuesto en mis últimas ediciones de El burlador
de Sevilla, Tan largo me lo fiáis, El
condenado por desconfiado y La ninfa del Cielo
(Cátedra, 2007 y 2008), y la próxima revisión de La
estrella de Sevilla (Cátedra, 2009, en prensa), el
problema va mucho más allá de atribuir el mito de Don Juan a
Claramonte o Tirso. Hay que revisar por completo la
evolución del teatro de la época, sobre todo en el período
1620-30, y replantearse la importancia de autores como Mira
de Amescua o Vélez de Guevara, que, junto a Calderón y
Claramonte, están proponiendo un tipo de teatro que ya no
responde a los cánones del Arte Nuevo de Lope.
Estéticamente renuevan el lenguaje teatral tanto en el uso
del verso como en el tratamiento de la escenografía o de las
fórmulas de composición. El invento, creo que formidable, de
Mira de Amescua, de las comedias en colaboración entre
varios autores, que ha sido tan denostado desde Menéndez y
Pelayo, creo que ha contribuido a renovar la conciencia
creadora de los dramaturgos al menos tanto como la
publicación del Arte Nuevo, del que, por cierto, este
año se conmemora el cuarto centenario.
MENARINI Y EL BURLADOR DE SEVILLA
J.
L. C. F.
A
instancias de
La Ratonera
el catedrático de la Universidad de Bolonia Piero
Menarini nos ha trasladado su juicio respecto al
problema de autoría en El burlador de Sevilla. El
parecer del especialista italiano es el siguiente:
«Estoy siguiendo desde hace ya casi veinte años los
estudios y ediciones de Alfredo Rodríguez López-Vázquez
acerca de los problemas relacionados con El burlador
de Sevilla y Tan largo me lo fiáis. Estoy
convencido de que sus tesis acerca de la autoría y
datación de ambas versiones no sólo son acertadas, sino
que van teniendo cada día más apoyos documentales y
validez científica.
En
cuanto a la anterioridad de Tan largo me lo fiáis
sobre El burlador de Sevilla ya no puede haber
dudas de que López-Vázquez tenía razón, como demuestra
el descubrimiento por parte de Ángel García Gómez de esa
lista de comedias representadas en 1617 por la compañía
de Jerónimo Sánchez.
En cuanto a la autoría, aunque todos sentimos la
“desaparición” del nombre de Tirso de Molina, también me
parece cierto que el análisis estilístico, léxico y
metafórico, junto con los demás elementos
historiográficos-textuales, apunta acertadamente hacia
la atribución a Andrés de Claramonte de la autoría de
ambas versiones, quien no sólo puso en escena la
comedia, sino que también la escribió.
Todo ello nos permite por fin explicar cómo va a ser
posible que el mismo texto, Tan largo me lo fiáis,
pueda aparecer tan profundamente reformado y
perfeccionado desde el punto de vista teatral en la
segunda versión. En efecto, El burlador de Sevilla
es el resultado final, o la fase definitiva, de la misma
obra, Tan largo me lo fiáis, fruto de todas las
modificaciones realizadas por el mismo autor y
variaciones ocurridas a lo largo de años de puestas en
escena de la versión primitiva (intertexto).»