
David T Gies.
José Luis
Campal Fernández
ridea
El
fallecimiento, hace dos siglos, en la localidad francesa de
Orthez, del dramaturgo madrileño Nicasio Álvarez de
Cienfuegos (1764-1809) constituye una apoyatura relevante
para detener nuestra atención en esta figura de la escena
dieciochesca e ilustrada, de quien conservamos cuatro
tragedias (Pítaco, Zorayda, Idomeneo y
La condesa de Castilla) y una comedia (Las
hermanas generosas). A fin de profundizar en las claves
textuales de su teatro, hemos mantenido una conversación con
dos de los expertos en el universo de Cienfuegos: Juan
Antonio Ríos Carratalá, catedrático de Literatura Española
en la Universidad de Alicante, y David T. Gies, que
desempeña la docencia como catedrático en la Universidad
estadounidense de Virginia y es el director de la revista
especializada Dieciocho.
Pregunta. ¿Cómo ha envejecido el teatro de Nicasio Á. de
Cienfuegos?
Respuesta (JARC). Ha envejecido mal, pero no peor que la
mayor parte del teatro coetáneo, salvo algunos casos
concretos de la comedia neoclásica y el teatro breve, que
son los únicos presentes en las carteleras durante las
últimas décadas. La prueba es que, salvo que esté mal
informado, nunca ha habido un intento de volver a llevar a
la escena las obras de Nicasio Álvarez de Cienfuegos, que ni
siquiera aparece como autor teatral en la última y muy
amplia historia del teatro español (Javier Huerta Calvo,
2003).
P.
¿Apuñala de muerte al teatro de Nicasio Á. de Cienfuegos el
respeto a las tres unidades neoclásicas?
R (DTG).
De ninguna manera. Como hemos aprendido del teatro no sólo
de Leandro Fernández de Moratín (que sigue teniendo su
actualidad hoy en día) o, por ejemplo, Buero Vallejo o
incluso Arthur Miller, las tres unidades ni apoyan ni
“apuñalan de muerte” una obra literaria. La obra es buena o
mala de por sí, con o sin las reglas de arte. Una obra bien
construida, bien pensada y bien escrita puede servirse de
las tres unidades neoclásicas o puede suprimirlas, pero lo
que queda es el arte (tema, dicción, escritura, forma).
Cienfuegos es buen dramaturgo, con o sin las reglas de arte.
Su teatro está lleno de innovaciones: véase, por ejemplo, lo
que explica el profesor Monroe Hafter sobre la técnica del
silencio –técnica de la que se quejó Francisco Martínez de
la Rosa pero de la que se aprovechó Rivas en su espectacular
Don Álvaro o la fuerza del sino– en sus tragedias.
Los expertos que han estudiado la materia con más
profundidad (Andioc, Glendinning, Hafter, McClelland,
Coughlin, Cano, Cook, Ríos, etc.) reconocen el valor de su
obra, tanto dramática como poética.
P. ¿Ve
excesiva la imputación hecha al teatro de Cienfuegos de ser
retórico y discurseador y, en consecuencia, poco efectivo y
algo artificioso?
R (JARC).
El teatro de Nicasio Álvarez de Cienfuegos es retórico en la
medida que también lo es casi todo el teatro coetáneo. Se
trata de un teatro que descansa en la palabra y, además, en
absoluto dependiente de un público, por lo que la tendencia
a convertirlo en pura literatura dramática aumenta
considerablemente. No obstante, esos rasgos sólo llamarían
la atención a un lector poco acostumbrado a leer textos de
la época.
P.
¿Qué representó la tragedia de Cienfuegos dentro del
organigrama estético del siglo XVIII?
R
(DTG). Cienfuegos participa en la vida intelectual-literaria
de su época, pero anticipa el nuevo mundo
filosófico-estético que llamamos el Romanticismo. Sus
tragedias, con forma neoclásica y temática romántica,
sugieren los conflictos y el caos que marca toda la época.
Lamentó la ausencia de hombres de “virtud” en la tragedia de
su tiempo, pero las suyas incorporan esa característica para
demostrar su importancia (y en su comedia Las hermanas
generosas los cuatro personajes principales son ejemplos
de la virtud).
P.
¿Qué opinión le merece Las hermanas generosas?
R (JARC).
En el artículo que publiqué en 1983 no le concedí demasiada
importancia y tampoco tengo constancia de que haya merecido
la atención de otros especialistas. Recuerdo que la obra
conservaba cierto interés para conocer la cosmovisión del
autor y los conceptos morales que defendía, pero
teatralmente el género, con sus numerosas denominaciones,
apenas funcionó en el teatro español. La obra de Nicasio
Álvarez de Cienfuegos no es una excepción.
P. ¿Se
podría realizar una lectura actualizada de Pítaco
como una propuesta de gobernante filósofo que no alberga, ni
en las peores condiciones, rencor por los desestabilizadores
del poder?
R
(DTG). Sin duda. Lo moderno de su temática nos hace
cuestionar los manuales de literatura, que o ni lo mencionan
o lo agrupan con los “antiguos” neoclásicos (lo que es una
forma de hacerlo desaparecer ante los ojos de la juventud
contemporánea). Pítaco es un gobernador modélico que sufre
el odio implacable de un enemigo (Alceo, como el Yago de
Shakespeare, se obsesiona por destruir al rey). ¿Cómo no van
a ser temas modernos los de la traición, la venganza, la
ambición, el egoísmo? Sólo tenemos que leer los titulares de
los periódicos para darnos cuenta de la (terrible)
contemporaneidad de las tragedias de Cienfuegos, saturadas
de emoción, de pasiones y de moralidad.
P.
¿Qué diferencias cree usted que se dan entre La condesa
de Castilla y la cadalsiana Don Sancho García,
que tocan idéntico asunto histórico?
R (JARC).
Hace muchos años que las leí y no le podría precisar ninguna
diferencia concreta. No obstante, el teatro de Cadalso es la
parte menos estudiada de su obra y no precisamente por un
capricho de los especialistas. Ambos autores eran mejores
poetas líricos que dramaturgos.
P.
¿Hasta dónde estima usted que llega la influencia del
Edipo rey de Sófocles en el Idomeneo de
Cienfuegos?
R (DTG).
Cienfuegos, un hombre bien educado y culto, estaba en
contacto con Cadalso, Meléndez Valdés y otros intelectuales
de la época, todos dedicados a la literatura clásica. El
mito de Idomeneo también se difundió mucho en el siglo XVIII.
Cienfuegos tradujo o adaptó obras del francés y del
italiano. Conocería la obra de Sófocles (¿la conocerá a
través del francés?), sin duda. Existen muchos paralelismos
y puntos de contacto entre las dos obras, como los hay entre
Pítaco y la Electra de Sófocles.
P.
¿Participa usted de la corriente que indica que con
Idomeneo se avanza una estética romántica?
R
(JARC). No creo. Por entonces, hubo una tendencia a suponer
avances del Romanticismo donde, en realidad, había un
clasicismo capaz de admitir variantes y alejado del canon
más purista. Habría sido anacrónico que Nicasio Álvarez de
Cienfuegos hubiera escrito sujeto a la poética aristotélica
de manera estricta, pero no creo que fuera un
“prerromántico”, ni siquiera en su obra lírica. Preferiría,
en todo caso, hablar de un neoclasicismo sentimental.
P.
¿Para quién compuso sus obras Cienfuegos?
R
(DTG). Se supone que Cienfuegos escribió sus tragedias
pensando en el público culto que acudía a los teatros, un
público capaz de reconocer la belleza dramática envuelta en
obras de corte clásico. Sabemos que varias obras suyas se
estrenaron en el teatro privado de su mecenas, la
condesa-duquesa de Fuerte-Híjar y que el máximo actor del
momento, Isidoro Máiquez, presenció varias obras suyas.
P.
¿Cómo se relacionaría, a su entender, la Zorayda de
Cienfuegos con el Aliatar del Duque de Rivas?
R (DTG).
Imposible no conectar los temas de los gobernadores
corruptos, el abuso del “otro”, la tiranía, el amor
frustrado y lo exótico “romántico” con Cienfuegos. No se
sabe si Rivas tomó directamente estos temas de su
antecedente dieciochesco, pero es indudable que estaban “en
el aire” en ese período tan ajetreado y conflictivo que fue
la transición entre el Antiguo Régimen y el mundo moderno.
P.
¿Es “justo” el eclipsamiento sufrido en los últimos dos
siglos por la propuesta dramática de Cienfuegos?
R (JARC).
No me plantearía esta pregunta en términos de “justicia”,
sino de comprensión de los motivos que nos han alejado de
una producción dramática que, por otra parte, tampoco
concitó un notable interés en su época. No obstante, los
historiadores del teatro debemos estudiar a estos autores
por encima de su hipotético valor como clásicos, puesto que
conocerles es una forma de entrar en contacto con la
realidad siempre heterogénea de los escenarios de la época.
Otra posibilidad, completamente distinta, es que ese interés
historicista lo pretendamos convertir en una supuesta
actualidad de la propuesta teatral. Por otra parte, para que
algo quede eclipsado antes debe haber estado en el cénit. No
recuerdo ahora los datos de las representaciones de las
obras de Nicasio Álvarez de Cienfuegos, pero serían
esporádicas en el mejor de los casos y tampoco despertó
demasiado interés entre sus colegas y críticos.