Número 26. Mayo de 2009

Hablamos con David T. Gies y Juan A. Ríos Carratalá
200 años de Nicasio Á. de Cienfuegos


David T Gies.

José Luis Campal Fernández
ridea

El fallecimiento, hace dos siglos, en la localidad francesa de Orthez, del dramaturgo madrileño Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764-1809) constituye una apoyatura relevante para detener nuestra atención en esta figura de la escena dieciochesca e ilustrada, de quien conservamos cuatro tragedias (Pítaco, Zorayda, Idomeneo y La condesa de Castilla) y una comedia (Las hermanas generosas). A fin de profundizar en las claves textuales de su teatro, hemos mantenido una conversación con dos de los expertos en el universo de Cienfuegos: Juan Antonio Ríos Carratalá, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante, y David T. Gies, que desempeña la docencia como catedrático en la Universidad estadounidense de Virginia y es el director de la revista especializada Dieciocho.

Pregunta. ¿Cómo ha envejecido el teatro de Nicasio Á. de Cienfuegos?

Respuesta (JARC). Ha envejecido mal, pero no peor que la mayor parte del teatro coetáneo, salvo algunos casos concretos de la comedia neoclásica y el teatro breve, que son los únicos presentes en las carteleras durante las últimas décadas. La prueba es que, salvo que esté mal informado, nunca ha habido un intento de volver a llevar a la escena las obras de Nicasio Álvarez de Cienfuegos, que ni siquiera aparece como autor teatral en la última y muy amplia historia del teatro español (Javier Huerta Calvo, 2003).

P. ¿Apuñala de muerte al teatro de Nicasio Á. de Cienfuegos el respeto a las tres unidades neoclásicas?

R (DTG). De ninguna manera. Como hemos aprendido del teatro no sólo de Leandro Fernández de Moratín (que sigue teniendo su actualidad hoy en día) o, por ejemplo, Buero Vallejo o incluso Arthur Miller, las tres unidades ni apoyan ni “apuñalan de muerte” una obra literaria. La obra es buena o mala de por sí, con o sin las reglas de arte. Una obra bien construida, bien pensada y bien escrita puede servirse de las tres unidades neoclásicas o puede suprimirlas, pero lo que queda es el arte (tema, dicción, escritura, forma). Cienfuegos es buen dramaturgo, con o sin las reglas de arte. Su teatro está lleno de innovaciones: véase, por ejemplo, lo que explica el profesor Monroe Hafter sobre la técnica del silencio –técnica de la que se quejó Francisco Martínez de la Rosa pero de la que se aprovechó Rivas en su espectacular Don Álvaro o la fuerza del sino– en sus tragedias. Los expertos que han estudiado la materia con más profundidad (Andioc, Glendinning, Hafter, McClelland, Coughlin, Cano, Cook, Ríos, etc.) reconocen el valor de su obra, tanto dramática como poética.

P. ¿Ve excesiva la imputación hecha al teatro de Cienfuegos de ser retórico y discurseador y, en consecuencia, poco efectivo y algo artificioso?

R (JARC). El teatro de Nicasio Álvarez de Cienfuegos es retórico en la medida que también lo es casi todo el teatro coetáneo. Se trata de un teatro que descansa en la palabra y, además, en absoluto dependiente de un público, por lo que la tendencia a convertirlo en pura literatura dramática aumenta considerablemente. No obstante, esos rasgos sólo llamarían la atención a un lector poco acostumbrado a leer textos de la época.

P. ¿Qué representó la tragedia de Cienfuegos dentro del organigrama estético del siglo XVIII?

R (DTG). Cienfuegos participa en la vida intelectual-literaria de su época, pero anticipa el nuevo mundo filosófico-estético que llamamos el Romanticismo. Sus tragedias, con forma neoclásica y temática romántica, sugieren los conflictos y el caos que marca toda la época. Lamentó la ausencia de hombres de “virtud” en la tragedia de su tiempo, pero las suyas incorporan esa característica para demostrar su importancia (y en su comedia Las hermanas generosas los cuatro personajes principales son ejemplos de la virtud).

P. ¿Qué opinión le merece Las hermanas generosas?

R (JARC). En el artículo que publiqué en 1983 no le concedí demasiada importancia y tampoco tengo constancia de que haya merecido la atención de otros especialistas. Recuerdo que la obra conservaba cierto interés para conocer la cosmovisión del autor y los conceptos morales que defendía, pero teatralmente el género, con sus numerosas denominaciones, apenas funcionó en el teatro español. La obra de Nicasio Álvarez de Cienfuegos no es una excepción.

P. ¿Se podría realizar una lectura actualizada de Pítaco como una propuesta de gobernante filósofo que no alberga, ni en las peores condiciones, rencor por los desestabilizadores del poder?

R (DTG). Sin duda. Lo moderno de su temática nos hace cuestionar los manuales de literatura, que o ni lo mencionan o lo agrupan con los “antiguos” neoclásicos (lo que es una forma de hacerlo desaparecer ante los ojos de la juventud contemporánea). Pítaco es un gobernador modélico que sufre el odio implacable de un enemigo (Alceo, como el Yago de Shakespeare, se obsesiona por destruir al rey). ¿Cómo no van a ser temas modernos los de la traición, la venganza, la ambición, el egoísmo? Sólo tenemos que leer los titulares de los periódicos para darnos cuenta de la (terrible) contemporaneidad de las tragedias de Cienfuegos, saturadas de emoción, de pasiones y de moralidad.

P. ¿Qué diferencias cree usted que se dan entre La condesa de Castilla y la cadalsiana Don Sancho García, que tocan idéntico asunto histórico?

R (JARC). Hace muchos años que las leí y no le podría precisar ninguna diferencia concreta. No obstante, el teatro de Cadalso es la parte menos estudiada de su obra y no precisamente por un capricho de los especialistas. Ambos autores eran mejores poetas líricos que dramaturgos.

P. ¿Hasta dónde estima usted que llega la influencia del Edipo rey de Sófocles en el Idomeneo de Cienfuegos?

R (DTG). Cienfuegos, un hombre bien educado y culto, estaba en contacto con Cadalso, Meléndez Valdés y otros intelectuales de la época, todos dedicados a la literatura clásica. El mito de Idomeneo también se difundió mucho en el siglo XVIII. Cienfuegos tradujo o adaptó obras del francés y del italiano. Conocería la obra de Sófocles (¿la conocerá a través del francés?), sin duda. Existen muchos paralelismos y puntos de contacto entre las dos obras, como los hay entre Pítaco y la Electra de Sófocles.

P. ¿Participa usted de la corriente que indica que con Idomeneo se avanza una estética romántica?

R (JARC). No creo. Por entonces, hubo una tendencia a suponer avances del Romanticismo donde, en realidad, había un clasicismo capaz de admitir variantes y alejado del canon más purista. Habría sido anacrónico que Nicasio Álvarez de Cienfuegos hubiera escrito sujeto a la poética aristotélica de manera estricta, pero no creo que fuera un “prerromántico”, ni siquiera en su obra lírica. Preferiría, en todo caso, hablar de un neoclasicismo sentimental.

P. ¿Para quién compuso sus obras Cienfuegos?

R (DTG). Se supone que Cienfuegos escribió sus tragedias pensando en el público culto que acudía a los teatros, un público capaz de reconocer la belleza dramática envuelta en obras de corte clásico. Sabemos que varias obras suyas se estrenaron en el teatro privado de su mecenas, la condesa-duquesa de Fuerte-Híjar y que el máximo actor del momento, Isidoro Máiquez, presenció varias obras suyas.

P. ¿Cómo se relacionaría, a su entender, la Zorayda de Cienfuegos con el Aliatar del Duque de Rivas?

R (DTG). Imposible no conectar los temas de los gobernadores corruptos, el abuso del “otro”, la tiranía, el amor frustrado y lo exótico “romántico” con Cienfuegos. No se sabe si Rivas tomó directamente estos temas de su antecedente dieciochesco, pero es indudable que estaban “en el aire” en ese período tan ajetreado y conflictivo que fue la transición entre el Antiguo Régimen y el mundo moderno.

P. ¿Es “justo” el eclipsamiento sufrido en los últimos dos siglos por la propuesta dramática de Cienfuegos?

R (JARC). No me plantearía esta pregunta en términos de “justicia”, sino de comprensión de los motivos que nos han alejado de una producción dramática que, por otra parte, tampoco concitó un notable interés en su época. No obstante, los historiadores del teatro debemos estudiar a estos autores por encima de su hipotético valor como clásicos, puesto que conocerles es una forma de entrar en contacto con la realidad siempre heterogénea de los escenarios de la época. Otra posibilidad, completamente distinta, es que ese interés historicista lo pretendamos convertir en una supuesta actualidad de la propuesta teatral. Por otra parte, para que algo quede eclipsado antes debe haber estado en el cénit. No recuerdo ahora los datos de las representaciones de las obras de Nicasio Álvarez de Cienfuegos, pero serían esporádicas en el mejor de los casos y tampoco despertó demasiado interés entre sus colegas y críticos.

 

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