
Cuadro de
Bacon: Estudio para la niñera del Acorazado Potemkin.
Adolfo Simón
Asistir a la exposición conmemorativa del centenario del
nacimiento de Francis Bacon, que le han dedicado en el Museo
del Prado, fue una experiencia inolvidable; situarse frente
a la figura, por ejemplo, del “Estudio para la niñera del
Acorazado Potemkin” es el equivalente a asistir a todo el
horror del mundo condensado en un cuadro. Además es la
teatralidad en estado puro.
La
exposición que se ha desarrollado en el Museo del Prado
sobre una de las figuras más importantes del arte pictórico
del siglo XX ha sido todo un acontecimiento, sobre todo si
tenemos en cuenta que es la primera vez que se celebra una
antológica de alguien que habría cumplido cien años si
siguiera vivo, en la Pinacoteca clásica más importante de
nuestro país. Por fin se abren las puertas de nuestro templo
del arte a creadores que pueden conseguir del público, una
mirada distinta sobre el clasicismo, abriendoles la mente
sobre la idea de que el arte de otra época es aburrido y
rancio.
Seguramente, nunca soñó Bacon con la posibilidad de que sus
cuadros se expusiesen cerca de su admirado Goya, de este
modo, el Prado cierra de alguna manera el círculo, por el
cual, los fantasmas de Goya se reencarnan en el imaginario
de Bacon, haciendo así una pirueta en el tiempo y
acercándonos rabiosamente la mirada de ambos sobre el horror
del mundo que habitaron.
Francis Bacon no mira el universo del hombre de frente, lo
mira de soslayo, a contra raíz… No puede trasladar al lienzo
lo que ve, tal cual se aloja en su retina, porque no le
interesa esa mirada plana, necesita mirar sobre lo que surge
de la herida de la realidad como si la cortásemos con un
bisturí en una autopsia imposible. De este modo, aparecen,
en sus lienzos, esos cuerpos que se desvanecen o estallan
sin compasión, instalados en momentos de dolor y nunca de
alivio. La sensación que nos invade ante su obra es la de
estar asistiendo al exorcismo de los demonios del autor.
Todo huele a teatro en su obra, los colores parecen
dibujados por filtros lumínicos exquisitos, los espacios
tienen la perspectiva diseñada por un arquitecto disléxico
y sobre todo, los personajes, esos seres que vagan en un
mundo sin definición, instalados en el horror y la desidia,
preñados de una emoción y psicología imposible. Como decía
en otro momento de este artículo… Teatro en estado puro:
La escena monstruosa.
No sé
qué daría yo por conseguir una de sus secuencias en alguno
de mis montajes… por tropezarme con un texto alimentado por
los colores, olores y secuencias de su obra. Si el teatro se
nutre de todas las artes, en algunas ocasiones debería
empaparse de algunos creadores, otra escena tendríamos
frente a nuestra mirada actual del mundo.
El
conjunto de setenta y ocho obras entre pinturas y objetos de
su archivo que se expusieron, se agruparon siguiendo un
orden, en parte cronológico, en varios apartados temáticos,
que seguían conceptos derivados de los asuntos que trató en
distintas etapas de su vida: Animal, Zona, Aprensión,
Crucifixión, Crisis, Archivo, Retrato, Memorial, Épico y
Final.
Siguiendo cada una de estas grandes divisiones, el visitante
se podía adentrar en el mundo particular de las obsesiones
del artista. La contemplación de la pintura de Bacon exige
la concentración máxima, el alejamiento de los
prejuicios…abrir los ojos y la mente a la belleza de su
técnica y a su descarnada y veraz aproximación al ser
humano, que le ha hecho un creador universal.
En su condición de ateo, Bacon se propuso expresar lo que
era vivir en un mundo sin Dios ni otra vida. Yuxtaponiendo
la relajación sensual y la compulsión física a la
desesperanza y la irracionalidad, mostró al ser humano como
un animal más. En respuesta al reto que la fotografía
lanzaba a la pintura, desarrolló un singular realismo, capaz
de comunicar más acerca de la existencia que la
representación fotográfica del mundo percibido. En una época
dominada por el arte abstracto, reunió y consultó un vasto
fondo de imágenes visuales que abarcaba el arte del pasado,
la fotografía y el cine. Esas inquietudes artísticas y
filosóficas fueron el hilo conductor de la exposición.
Las
referencias a la poesía y al teatro fueron centrales en la
obra de Bacon desde la segunda mitad de los años sesenta.
Junto a imágenes de amigos y figuras sueltas, a menudo
autorretratos, pintó una serie de obras grandiosas que se
identificaban con la gran literatura. La poesía de T. S.
Eliot, transida por la inevitabilidad y la presencia
constante de la muerte, fue una fuente de inspiración
predilecta en él. En cierto modo, las palabras de su
personaje Sweeney, reflejaban la perspectiva del pintor
sobre la vida:
Nacimiento, copulación y muerte.
Son
lo que hay cuando se desciende a lo esencial:
Nacimiento, copulación y muerte.