Número 26. Mayo de 2009

Francis Bacon: ‘La escena monstruosa’


Cuadro de Bacon: Estudio para la niñera del Acorazado Potemkin.

Adolfo Simón

Asistir a la exposición conmemorativa del centenario del nacimiento de Francis Bacon, que le han dedicado en el Museo del Prado, fue una experiencia inolvidable; situarse frente a la figura, por ejemplo, del “Estudio para la niñera del Acorazado Potemkin” es el equivalente a asistir a todo el horror del mundo condensado en un cuadro. Además es la teatralidad en estado puro.

La exposición que se ha desarrollado en el Museo del Prado sobre una de las figuras más importantes del arte pictórico del siglo XX ha sido todo un acontecimiento, sobre todo si tenemos en cuenta que es la primera vez que se celebra una antológica de alguien que habría cumplido cien años si siguiera vivo, en la Pinacoteca clásica más importante de nuestro país. Por fin se abren las puertas de nuestro templo del arte a creadores que pueden conseguir del público, una mirada distinta sobre el clasicismo, abriendoles la mente sobre la idea de que el arte de otra época es aburrido y rancio.

Seguramente, nunca soñó Bacon con la posibilidad de que sus cuadros se expusiesen cerca de su admirado Goya, de este modo, el Prado cierra de alguna manera el círculo, por el cual, los fantasmas de Goya se reencarnan en el imaginario de Bacon, haciendo así una pirueta en el tiempo y acercándonos rabiosamente la mirada de ambos sobre el horror del mundo que habitaron.

Francis Bacon no mira el universo del hombre de frente, lo mira de soslayo, a contra raíz… No puede trasladar al lienzo lo que ve, tal cual se aloja en su retina, porque no le interesa esa mirada plana, necesita mirar sobre lo que surge de la herida de la realidad como si la cortásemos con un bisturí en una autopsia imposible. De este modo, aparecen, en sus lienzos, esos cuerpos que se desvanecen o estallan sin compasión, instalados en momentos de dolor y nunca de alivio. La sensación que nos invade ante su obra es la de estar asistiendo al exorcismo de los demonios del autor.

Todo huele a teatro en su obra, los colores parecen dibujados por filtros lumínicos exquisitos, los espacios tienen la perspectiva diseñada  por un arquitecto disléxico y sobre todo, los personajes, esos seres que vagan en un mundo sin definición, instalados en el horror y la desidia, preñados de una emoción y psicología imposible. Como decía en otro momento de este artículo… Teatro en estado puro: La escena monstruosa.

No sé qué daría yo por conseguir una de sus secuencias en alguno de mis montajes… por tropezarme con un texto alimentado por los colores, olores y secuencias de su obra. Si el teatro se nutre de todas las artes, en algunas ocasiones debería empaparse de algunos creadores, otra escena tendríamos frente a nuestra mirada actual del mundo.

El conjunto de setenta y ocho obras entre pinturas y objetos de su archivo que se expusieron, se agruparon siguiendo un orden, en parte cronológico, en varios apartados temáticos, que seguían conceptos derivados de los asuntos que trató en distintas etapas de su vida: Animal, Zona, Aprensión, Crucifixión, Crisis, Archivo, Retrato, Memorial, Épico y Final.

Siguiendo cada una de estas grandes divisiones, el visitante se podía adentrar en el mundo particular de las obsesiones del artista. La contemplación de la pintura de Bacon exige la concentración máxima, el alejamiento de los prejuicios…abrir los ojos y la mente a la belleza de su técnica y a su descarnada y veraz aproximación al ser humano, que le ha hecho un creador universal.

En su condición de ateo, Bacon se propuso expresar lo que era vivir en un mundo sin Dios ni otra vida. Yuxtaponiendo la relajación sensual y la compulsión física a la desesperanza y la irracionalidad, mostró al ser humano como un animal más. En respuesta al reto que la fotografía lanzaba a la pintura, desarrolló un singular realismo, capaz de comunicar más acerca de la existencia que la representación fotográfica del mundo percibido. En una época dominada por el arte abstracto, reunió y consultó un vasto fondo de imágenes visuales que abarcaba el arte del pasado, la fotografía y el cine. Esas inquietudes artísticas y filosóficas fueron el hilo conductor de la exposición.

Las referencias a la poesía y al teatro fueron centrales en la obra de Bacon desde la segunda mitad de los años sesenta. Junto a imágenes de amigos y figuras sueltas, a menudo autorretratos, pintó una serie de obras grandiosas que se identificaban con la gran literatura. La poesía de T. S. Eliot, transida por la inevitabilidad y la presencia constante de la muerte, fue una fuente de inspiración predilecta en él. En cierto modo, las palabras de su personaje Sweeney, reflejaban la perspectiva del pintor sobre la vida:

Nacimiento, copulación y muerte.

Son lo que hay cuando se desciende a lo esencial:

Nacimiento, copulación y muerte.

 

Arriba