Número 22. Enero de 2008

La violencia cotidiana

Boni Ortiz

Vecinos

de Eladio de Pablo

Entresijo Teatro

Dirección: Joaquín Amores

Intérpretes: Enrique Villanueva y Mari Juani G. Hernández

Espacio escénico: Eladio de Pablo

Iluminación: Fernando García

Vestuario: Manuela Sánchez

Maquillaje: Carmen Belén Jiménez

Carpintería: Juan García

Diseño gráfico: María Díaz Perera

Sobre un escenario vacío, po-cas cosas hay más sugerentes, más fascinantes, que una puerta cerrada y montada en su marco. En una función que arranca así, ya están sucediendo cosas. Nos emplaza a identificar el lugar, conjugándolo con el resto de elementos presentes: a la derecha y delimitando el espacio, una esquina de pared con los enseres propios de una cocina, con sus fogones de encimera, sus armarios, la pila y demás cachivaches; a la izquierda una mesa de la cocina sencilla, con su silla a juego. Por esa puerta central, cerrada y practicable, si las cosas van bien, puede entrar el mundo. Y así será cuando se detengan la luz ascendente y el ruido del ascensor, en el rellano imaginado tras la puerta, que una vez abierta, permitirá la entrada de los dos únicos personajes de esta historia sobre la cara y la cruz de la muerte.

Vecinos es una pequeña tragedia tensa y emocionante de la vida cotidiana, en la que su autor tiene el buen gusto de no poner nombre, ni apellido, a una violencia organizada que hoy pudiera responder a determinados asuntos políticos no resueltos, pero también a las innumerables desesperaciones que esta sociedad sin alma, va generando en sus márgenes. El tiro en la nuca hace algún tiempo que dejó de ser la monstruosa y exclusiva expresión del "gudari" iluminado por una ideología redentora de patrias oprimidas, para convertirse en la resolución de un impago, de una traición, una delación, o el ajuste de cuentas en otros negocios alejados del de las patrias mancilladas. Ese acto miserable, sin remisión ni vuelta atrás para víctima y verdugo, mañana expresará otras infamias alentadas por las nuevas exclusiones que el capitalismo genera. Pero siempre con el mismo resultado: el fin del mundo para el que muere y el dolor eterno para los suyos. Y para el verdugo, que no resulte víctima de su propia medicina, tarde o temprano, le llegará el momento en que la pena no entre en su corazón de "yonqui" del miedo y la muerte del otro.

La historia, presentada como un "thriller", mantiene la tensión hasta un final, en el que se resuelven de golpe las incógnitas abiertas —algunas traídas un poco por los pelos—, pero defendida extraordinariamente por los dos que la interpretan. Mari Juani G. Hernández encarna a Leticia, la "anciana vecina de la silla de ruedas" que decide servirse la justicia como plato frío, haciendo una exhibición de sus extraordinarias dotes de actriz vigorosa y rigurosa. Llenando el difícil texto —a veces muy literario— de intención y sentimiento, ahora se nos presenta como actriz revelación y "característica" imprescindible del teatro asturiano, después de toda la vida sobre los escenarios. Enrique Villanueva (Juan), no le anda a la zaga, dándole magnífica réplica, así como la dirección de Joaquín Amores, discreta, eficaz y al servicio de historia e intérpretes. Vecinos es una buena función, muy bien producida y que confirma la importancia que las compañías asturianas comienzan a darle a cuestiones como la correcta iluminación (Fernando García) y los espacios sonoros, en el desarrollo de la dramaturgia.

Justo un año después de su estreno, Vecinos retoma con brío su terrible actualidad. El asesinato-ejecución a manos de ETA, de los guardia civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero, en el sur de Francia, deja sin aliento a cualquiera con entrañas, por su inutilidad, la fría crueldad, el capricho, la cobardía, incluso por el hecho de ser mujer la que, según parece, apretó el gatillo en las cabezas de dos jóvenes desarmados. La ETA que hoy asesina improvisando, a salto de mata y al margen del más elemental manual de guerrilla urbana, es la misma que hace cuarenta años, protegida en su estructura militar superclandestina, apenas sufría los palos represivos del estado franquista. No digamos ya, en los Estados de Excepción que ella misma provocaba con sus atentados, donde las pocas garantías existentes desaparecían, dando paso a una represión sin paliativos que caía con todo su rigor, sobre la resistencia antifranquista en barrios, tajos, o colectivos culturales. Su sinrazón, su culto a la muerte, no es de ahora, sino de siempre: el 13 de septiembre de 1974, poco más de media docena de presos políticos veíamos la televisión después de cenar en la Cárcel de Torrero en Zaragoza. El Telediario arrancaba con la noticia y las imágenes del atentado en la Cafetería Rolando en la calle del Correo y, de manera inmediata los dos o tres de ETA que estaban allí, comenzaron a cantar el Eusko Gudariak, estimulados por la destrucción, la muerte y los bofes de la gente esparcidos. En aquel momento y ni siquiera ahora, pasados más de treinta años, se sabe quiénes fueron los autores, al margen de confesiones sacadas bajo torturas y sentencias de tribunales ilegítimos. Entonces y ahora, la misma cosa. El Estado Español, con su ejército, sus jueces, sus diferentes policías, sus partidos, sus sindicatos..., amplía bases y alianzas en su proyecto de consolidación y de perpetuación, gracias a los tiros en la nuca y bombazos, con los que ETA pretende destruirlo. Nunca se lo agradecerán bastante.

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