Número 22. Enero de 2008

‘Rosencrantz y Guildenstern han muerto’
Estreno en la Universidad de Oviedo

Eladio de Pablo

Se me pide que, con ocasión del 400 aniversario de la Universidad de Oviedo, haga recordatorio del montaje que realizamos un grupo de estudiantes de Filosofía y Letras, en el año 70 del siglo pasado, de la obra del autor británico nacido en Checoeslovaquia Tom Stoppard Rosencrantz y Guildenstern han muerto. Y casi me da vértigo. Porque, aun habiendo sido una experiencia teatral y humana francamente intensa para mí, el tiempo ha ido deshilachando su recuerdo, difuminando nombres, emborronando rostros, como sólo sabe hacerlo la gangrena del olvido. Pero, en fin… Rescataré lo más que pueda.

Recuerdo que, llegado a la Facultad de Filología, ubicada en la recoleta plaza Feijoo, unos compañeros me pusieron en las manos un librito (de aquella bendita colección de teatro de Cuadernos para el Diálogo) con la obra de Tom Stoppard. Acudieron a mí porque yo venía de realizar, en apenas tres años, una intensa labor teatral en el grupo de Teatro La Máscara, en el que ingresé en 1967, y, más tarde, en el grupo de teatro independiente Vagantes, volcado en hacer un teatro infantil digno y no infantilizador de los pequeños espectadores. Para empezar por lo más breve, en Vagantes, que fundaron Paco Abril y Victoria Rodríguez, montamos, Historia de una muñeca abandonada, de Alfonso Sastre y Asamblea General, de Lauro Olmo entre otras, que constituían un teatro infantil didáctico y comprometido, que realizábamos con un esmero técnico y formal grande. Con La Máscara, y en el curso de poco más de dos años, participé como actor y de la mano, sucesivamente, de Joaquín Fuertes y Jesús Urrutia, en montajes como Sacrilegio, de Valle-Inclán, Aceite, de O’Neill, La curva, de Tankred Dorst, El montacargas, de Harold Pinter, Sobre el daño que hace el tabaco y El canto del cisne, de Anton Chéjov, El caballo del caballero y Miserere para medio fraile, de Carlos Muñiz, La guerra y el hombre, de Alberto Miralles, La lección, de Ionesco… Me recuerdo, a mis diecinueve años, interpretando al viejo profesor de La lección, con la inestimable ayuda en el estreno de una gripe que le dio a mi voz quiebros y sonoridades más propios del personaje que de mi corta edad.

En fin, digo que aquellos compañeros —creo que fue concretamente Javier Rea— pusieron en mis manos Rosencrantz y Guildenstern han muerto, por ver si me apetecía dirigir el montaje. A la primera lectura —no conocía el texto— la decisión estaba tomada. Comenzamos inmediatamente a reclutar actores y actrices, esto es, estudiantes que quisieran llenar el amplio elenco de la obra. No tardamos en cubrir el reparto. Y, desgraciadamente, cuando no quedaba ni un miserable papel por repartir, nuestro compañero Nacho Martínez, en cuanto olió a actividad teatral, vino a solicitarnos integrarse en el grupo. No hubo papel para Nacho, pero asistía a la mayor parte de los ensayos y nos deleitaba con imitaciones e improvisaciones con aquel humor suyo que tenía la virtud de relajar el ambiente a veces (in)tenso de los ensayos y de oxigenar aún más el indudable clima de camaradería que presidió el trabajo hasta el estreno final. Nacho no salió a escena en Rosencrantz y Guildenstern han muerto, pero ya tenía en la sangre esa hambre de escena que lo llevó a ser un gran actor. Vaya por Nacho este retazo de recuerdo emocionado.

El montaje de Rosencrantz y Guildenstern han muerto debía, cómo no, hacerse, si no con la estética del "teatro pobre", sí con el hándicap —el acicate, más bien— de los escasísimos recursos. Pedimos una ayuda al Decano de la Facultad, a la sazón don Álvaro Galmés de Fuentes, que, aportó una ayuda económica modesta, pero con la que hicimos milagros.

Nuestra propuesta escénica escapaba de todo realismo, como —entendíamos— correspondía a una obra que basa su mecanismo en la metateatralidad (entonces no le poníamos este nombre, pero sí comprendíamos la sustancia), una obra fundada en un juego de espejos donde realidad y representación se funden, confunden y suplantan. Rosencrantz y Guildenstern, como es sabido, son personajes secundarios del Hamlet de Shakespeare, a quienes el príncipe Hamlet empuja a la muerte sin importarle un rábano, como no les importa tampoco a todos los demás grandes y pequeños personajes de la obra de Shakespeare. Tom Stoppard coloca a estos personajes en primer plano, en el camino hacia esa muerte decretada, y haciéndose la gran pregunta sobre la existencia humana, una pregunta que recibe respuestas a través de los cómicos que saben vivir mil vidas vicarias y fingir mil muertes, y a través de los fragmentos del Hamlet shakesperiano que reproduce el autor. Rosencrantz y Guildenstern son esa pregunta en carne viva y en carne de escenario que llega al espectador para dejarlo sin aliento.

Pues bien, nosotros, en nuestro montaje, quisimos subrayar esa dimensión metateatral de la obra, y así utilizamos como elementos escenográficos un cubo y un plano inclinado blancos que, combinados de distintas maneras, podían sugerir desde un banco, un lecho, un trono, un ataúd, una colina lejana… Las escenas tomadas del Hamlet las "enmarcábamos" mediante un gran marco blanco de enormes dimensiones que hacíamos descender del techo (el teatro de las Dominicas, donde hicimos el estreno, no tenía peine, claro está). Ni un solo elemento más de decoración. Escenario desnudo, escenario presente, como entendíamos que quería el autor, que sitúa de entrada a sus personajes en un espacio "without character".

Hicimos el estreno, como digo, tras largos meses de ensayos, en el teatro que las Dominicas de Oviedo nos cedieron graciosamente (es decir, gratis et amore). Juan Cueto, a la sazón profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, Vidal Peña, profesor de Filosofía, Carlos Clavería, catedrático de Crítica Literaria en la misma Facultad, Álvaro Galmés, su Decano, que asistieron a la representación, elogiaron nuestro trabajo, así como el numeroso público que asistió a la única representación del "estreno absoluto" en España de Rosencrantz y Guildenstern han muerto —puesto que, ciertamente, nosotros la estrenamos en este país1—, y ello debido a que por esas fechas se desencadenó en la Universidad de Oviedo una huelga contra la Ley de Educación de Villar Palasí. Por razones que no vienen al caso, esto paralizó las posibilidades de proyectar nuestro trabajo fuera de la Universidad.

Los principales intérpretes de la obra fueron Javier Rea (Rosencrantz), Lluis Xabel Álvarez —que entonces era Luis Javier, claro—, hoy profesor de Estética en la Universidad de Oviedo (Cómico), Félix Blanco (Hamlet), Ángeles Rodríguez (Gertrudis), Ildefonso Rodríguez, hoy laureado poeta y músico leonés (Claudio), Eladio de Pablo (Guildenstern).

La música que utilizamos era el por entonces famoso In A Gadda Da Vida, de Iron Butterfly, cuya percusión servía de fondo a las preguntas angustiadas de Rosencrantz y Guildenstern.

Una última anécdota. Sabedores los miembros del grupo de teatro que en Londres ponían Rosencrantz y Guildenstern han muerto bajo la dirección de Lawrence Olivier, allí nos desplazamos algunos (Lluis Xabel Álvarez, Ángeles Rodríguez y yo, con otros compañeros de la facultad), a ver y a comparar. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando se abre el telón y vemos a Rosencrantz y Guildenstern en medio de un bosque al que sólo le faltaba la aparición de algún rebeco o algún jabalí para convencernos de que era un bosque de los de verdad. Al poco, nuestro asombro llegó (casi) al límite al ver cómo el bosque ascendía hacia el cielo del escenario (aquí sí había peine, y peineta, y lo que hiciera falta) para ver inmediatamente cómo descendía, sin faltarle una esquirla, un flamante salón del castillo de Elsinor con todo lo que hay que tener. No es mala leche, pero sacamos la conclusión de que Olivier había hecho con la obra de Stoppard un montaje más de Shakespeare, que de eso él entendía un rato. Pero, entre tanto realismo y tanto boato resultaban inaudibles los ecos angustiados de Vladimiro y Estragón reencarnados en Rosencrantz y Guildenstern, el vacío cósmico de esos dos individuos arrojados a un escenario sin referencias sabiendo de antemano su papel pero sin comprenderlo. En suma, que quedamos muy satisfechos de nuestra "propuesta" como se diría hoy. Soberbia juvenil seguramente.

Para mí, Rosencrantz y Guildenstern han muerto fue el último acto de una primera etapa —corta e intensa— de mi vida teatral. En otra Universidad que no fuera la de la Dictadura tal vez la experiencia podría haber tenido continuidad, haber sido embrión y fermento de algo. No fue así. Pero eso es ya historia. Historia antigua, claro.

1 Y no la compañía de Cristina Rota, que "estrenó" esta obra en el Teatro Palacio Valdés hace algunos años.

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