Número 22. Enero de 2008

El protagonismo del director de escena
Temporada de Oviedo 07-08

Aurelio M. Seco

A falta de ver el último título de la 60 temporada de ópera del Campoamor, se puede ir haciendo balance de las producciones vistas hasta la fecha. Cuatro títulos en los que el aspecto más evidente es el gran peso, para bien y para mal, que han tenido las producciones escénicas, que si en algunos casos han logrado empañar las versiones musicales y líricas, en otros han ayudado a arreglar algo el desaguisado. El 60 cumpleaños del Festival de Ópera de Oviedo comenzó con un Tristán e Isolda (15-IX-07) que rompió con brillantez ciertos tópicos relativos a la conservadora programación del Campoamor, ofreciendo una versión lírica y musical de quilates, pero con bastantes desaciertos escénicos. Y prosiguió con Thaïs (14-X-07), ópera que ya de por sí rebaja el interés, si no fuera porque ese protagonismo se lo quiso adjudicar el director de escena Joseph Franconi Lee, que ofreció una propuesta escénica desatinada, que logró empañar las notables versiones vocal y musical. El tenor Jon Frederic West fue un Tristán ciertamente impactante. Su actuación fue a más hasta el tercer acto, donde se encontró a sus anchas dentro del corsé dramático y lírico del personaje. West conquistó al Campoamor porque demostró ser un verdadero tenor heroico. No desmereció la Isolda de Jayne Casselman, cuyo magisterio lírico no hizo olvidar que su línea de canto podría haberse trazado con más belleza, más o menos al estilo de Lioba Braun, con West la otra gran triunfadora de la producción. Quien defraudó fue Christopher Robertson, que ofreció un rey Marke con evidentes limitaciones líricas. Bien el resto del reparto. Alfred Kirchner, por su parte, vino a Oviedo a conservar su prestigio. El concepto que ideó fue abstracto, dentro de una conocida y trillada tradición que no puede valorarse por original, sino por profesional. Otra cosa fue la opción de desdoblar a los protagonistas con una pareja de actores que molestaban mucho, haciendo de los momentos dramáticos una auténtica novela alternativa que hacía perder el hilo del drama. La idea tuvo que ver con la necesidad del director de facilitar a Jane Eaglen, la Isolda original, los movimientos en escena, dada su envergadura y dificultad de movimientos, pero como la Eaglen acabó por no venir al Campoamor, el esfuerzo quedó en agua de borrajas. De cualquier forma, que una decisión artística de este calado se base en este tipo de criterios sólo podía traer irregulares resultados. Y más si contradicen la propia poética de Wagner, meridianamente claro en su poética operística. Esto no gustó nada de nada, pero como la producción atrajo por su estética, Kirchner se lleva un aprobado raspado, y su prestigio, que conserva. En la versión musical de Max Valdés faltó nitidez en la construcción del preludio y más expresión y creatividad para uno de los pasajes más importantes de la historia. Pero no conviene destacar tanto lo que podía haber sido como lo que fue: una versión general bien construida, que fue a más a medida que la obra avanzaba, ganando en dramatismo y expresión wagneriana, incluso con menos contrabajos de los debidos, dado lo apretado del foso. Como segundo título de la temporada se ofreció Thaïs, ópera justamente relegada a un segundo término en el repertorio operístico. La impresión fue negativa por culpa de la concepción escénica de Joseph Franconi Lee, totalmente desatinada y puritana a más no poder. Lee sesgó todo el poder sensual de la obra y lo cambió por una ñoñería infantil, con desatinos dramáticos que clamaban al cielo, ballets pueriles y faltos de interés, decorados reutilizados y poco lucidos, y un vestuario que parecía estar diseñado por las más castas hermanas mercedarias, si bien resultones en su estética. En lo relativo a la versión vocal sólo se pueden decir cosas buenas. Volvió Pamela Armstrong al Campoamor para triunfar. Ofreció una Thaïs más serena y católica que sensual, resaltando el lirismo de su cuerda, que es el que mejor la caracteriza. El Athanaël de Ángel Odena puso a prueba toda la magnitud de sus posibilidades líricas, que gustaron mucho incluso cuando no terminaron de explorar su registro más dramático. Soberbios también Stefano Palatchi y Reinaldo Macías, excelente tenor que ofreció contadas pero importantes intervenciones. El resto del reparto acompañó con calidad, desde la creatividad escénica y capacidad lírica de Sandra Fernández y María José Suárez, a la buena participación de Olatz Saitua, José Manuel Díaz y José Tablada. Acertada participación del Coro de la Ópera, con fragmentos complejos que gustaron por su refinamiento. Alain Guingal sólo fue algo más allá de la corrección. Ofreció una versión reposada y sentida, con momentos ciertamente conseguidos y bien interpretados por una Oviedo Filarmonía solvente.

La decepción llegó con el tercer título de la temporada, en parte provocada por los propios protagonistas de la producción y de la asociación, que durante las semanas previas al estreno no escatimaban elogios hacia una versión que poco menos iba a ser antológica. El resultado fue malo, así que se espera más responsabilidad de cara al futuro, porque ciertamente esta Lucia de Lammermoor (15-XI-07) se sirvió entre luces y sombras. Las luces vinieron de la versión escénica de Emilio Sagi, que si bien no terminó de encajar del todo con la historia, sí la complementó brillantemente, gracias a una lectura sesuda y apasionante, y una estética atractiva, entre sangrienta, oscura y gótica. Las sombras estuvieron directamente unidas al trabajo de Roberto Rizzi Brignoli en la dirección musical. A esto hay que sumarle el mal estado de salud con que José Bros vino a Oviedo, según se anunció por megafonía, con una traqueitis que sólo le permitió seguir cantando tras el segundo acto, "por respeto al público".

La versión musical de Roberto Rizzi con la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias no gustó nada de nada. Rizzi buscó un sonido exageradamente brusco de los músicos, hasta el punto de volverse descuidado. Tampoco funcionó la relación con los cantantes y coro, titubeante a más no poder. El director quería acercarse más al Verismo que al Romanticismo, y lo que obtuvo fue una versión muy poco acertada, por momentos preocupante en lo que al sonido del conjunto se refiere. Sagi trasladó la acción del XVII al XIX, en una vuelta de tuerca de lo más compleja de interpretar. El director se basa en dos historias monstruosas escritas en el s. XIX, Frankenstein de Shelley, y Drácula de Stoker, para centrar la estética entre el blanco, negro y rojo, y sembrar la vida de Lucia de vampiros vestidos al estilo de Gary Oldman en la de Coppola. Lucia se muestra como Don Quijote o poco menos, que de tanto leer novelas de terror, ya parece ver gigantes, o más bien vampiros, donde sólo hay molinos, o más bien cortesanos. La versión lírica fue correcta. Désirée Rancatore asumió el papel de Lucia con limitaciones en el registro agudo. Su bello timbre y evidentes cualidades líricas hicieron creíble al personaje de varias maneras diferentes, pero sin poder aprovechar sus cualidades dramáticas, que nunca llegaron a arrebatar. Bros vino tocado, pero su Edgardo logró, aún así, llenar las expectativas líricas de su público favorito. Al tenor se le quiere en Oviedo, pero tampoco hacía falta ponerse paternalista para destacar las virtudes de un cantante de gran altura, que si en la función no estuvo perfecto, parecía disimularlo muy bien. Dalibor Jenis demostró ser un cantante notable. Su Enrico estuvo mejor que bien, pero un más expresivo registro grave y un más apropiado gusto interpretativo hicieron que al final los aplausos fueran menos de los esperados. Se aplaudió mucho el trabajo de Felipe Bou, que ofreció un Raimondo de gran belleza lírica, con una línea de canto plena y homogénea. También al trabajo de María José Suárez como Alisa, excelente en su papel, cantado y actuado. Mikeldi Atxalandabaso y Jon Plazaola estuvieron correctos como Normando y Arturo. Soberbio por su parte el Coro de la Ópera de Oviedo, sin duda uno de los alicientes líricos de la noche, por encima del propio reparto.

El cuarto y penúltimo título de la 60 temporada de ópera del Campoamor ha conseguido convertirse en la producción más completa y mejor resuelta de lo que va de año. Iphigénie en Tauride (16-XII-07) de Christoph Willibald von Gluck, con libreto de Nicolas-François Guillard, partía como el patito feo de la temporada, con una producción del propio Festival de Ópera de Oviedo, que no desbordaba recursos. Ni el estilo sobrio de Gluck ni la hermosa sencillez de su música parecían presagiar el gran éxito obtenido, que se sustentó sobre dos bases: la formidable concepción escénica de Emilio Sagi y la interesante dirección musical de Jane Glover. En el plano vocal hubo para todos los gustos: notables participaciones, entre las que sobresale la portuguesa Elisabete Matos como Iphigénie, y otras bastante más discutibles, de parte del reparto, que si bien no lució proporcionalmente a la escena y la versión musical, sí obtuvo un destacado resultado dramático. Jane Glover cuidó las voces y las dejó cantar a gusto, rebajando bastante el volumen de la orquesta. La versión de la directora británica fue depurada, estilísticamente cerca de las visiones historicistas, pero sin instrumentos de época, dentro de un concepto que potencia la limpieza y el contraste sonoro, que la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias matizó convenientemente: cuando la directora creía oportuno acelerar los tempi, o cuando cuidaba los planos orquestales. Sagi sacó partido de los escasos recursos puestos a su servicio para poner sobre la escena buena parte de su lenguaje. Estéticamente concedió importancia al negro y al rojo, que usó pintando armas y manos del coro, resaltando el carácter más oscuro de una tragedia que también tuvo su atractivo sensual. Además interpreta como incestuosa la relación entre los hermanos Iphigénie y Oreste, y no escatima medios de su personal lenguaje –estrellas, bellos efectos de luces, sutiles y elegantes movimientos del coro- para hacer atractiva la escena. Así que enseña el torso desnudo de parte del elenco, poniendo en primer plano al hercúleo Gabriel Bermúdez, joven cantante de espectacular aspecto físico que ofreció una lucida interpretación del Oreste más miedoso e inseguro. Gustó el barítono, que lo dio todo sobre la escena y resolvió en lo lírico con notable gusto interpretativo. Elisabete Matos logró convencer en todo. Su participación ofreció una versión sin contemplaciones del fuerte carácter de la hija de Agamenón. Fue interesante la aproximación escénica de Paul Nilon como Pylade, con una línea vocal dibujada con notable criterio. Víctor García Sierra reflejó muy bien el carácter del miedoso rey Thoas, aunque vocalmente no estuvo al mismo nivel. No se encontró a gusto con el personaje en lo lírico, porque rebasaba un poco sus cualidades. Completaron el reparto Marta Ubieta como una solvente sacerdotisa y mujer griega, y una Liliana Rugiero llena de virtudes escénicas. Luís Cansino apareció poco en la producción, como escita y como el ministro. Supo a poco su actuación por el tiempo que permaneció en escena, donde estuvo templado y generoso. Hay que destacar, una vez más el gran trabajo del Coro de la Ópera, con mucho protagonismo lírico y escénico. Se dedicó el estreno y las próximas representaciones al recientemente fallecido Luís G. Iberni, figura sin la cual resulta imposible entender el reciente destino de esta temporada de ópera, así como el reconocido ambiente musical ovetense. Un justo y sentido homenaje.

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