Cuando escribo esto, es noviembre, martes y trece, acordándome una vez más de que se cumplen cincuenta años de los comienzos de "La Máscara", aquel grupo que nació cargado de ilusión, y nada más que de ilusión, en la curva más ascendente de la Dictadura. Y no sólo eso, sino que la institución que nos cobijaba, debajo de un mal techo, estaba regida por los más conspicuos valedores del régimen. Aún así, en cierto modo "La Máscara" creció y se reprodujo, y de lo que aquel día de noviembre, hace medio siglo, se puso en marcha, no son ajenas cuantas manifestaciones teatrales ocurren en estos tiempos en Gijón y en Asturias. Sí, ya sé que respecto al teatro todo el que se apasiona cree que es su inventor, como los adolescentes suponen que inventan el amor el día que se les revuelven las hormonas; pero todo está inventado, y es tan viejo como la historia misma. Cuando este otoño anduve pateando las piedras de Grecia (Dionisos, Herodes, Epidauro, Delfos, Olimpia…) me di cuenta de que el teatro fue condenado a una vida vegetativa en el momento en que sacrificaron aquellos dioses amables y tolerantes, sustituyéndolos por otros, más crueles y vengativos. Desde los juglares, hasta los más modernos, siempre existirá la lucha de los iluminados, hijos de Apolo y Artemisa, contra los hijos de los dioses del resentimiento y la melancolía. Lo más triste de todo es que la gente que ahora hace teatro parece vivir a gusto, en el regazo de estos últimos dioses, recibiendo de vez en cuando algunas migajas a cambio de la sumisión y el acatamiento de los dogmas. Desgraciadamente en el teatro ni siquiera ha tenido eco el Renacimiento: mientras Miguel Ángel modelaba hermosos torsos, emulando a Fidias, y Botticelli descubría la hermosura de Venus en sus cuadros, en España primaba lo sacramental y la honra, y la moral isabelina inglesa no permitía subir mujeres al escenario.
¿Qué ha cambiado desde entonces en el teatro? En algunos aspectos, aunque las apariencias engañen, el cambio no ha sido muy grande. Fernando Fernán Gómez decía no hace mucho, que la consideración social de los actores no había variado gran cosa desde los tiempos en que no se permitía enterrarlos en sagrado. Antes, se marcaba la legua, con mojones, para establecer a los cómicos a la distancia prudente de la gente de bien vivir, y ahora se les trazan barreras invisibles, sometidos a unas ciertas reglas de vasallaje. Lo más lamentable es que estas reglas implican una autocensura, que es la peor de las censuras. Contra el tirano externo se puede luchar, como lucharon con astucia y valor algunos dramaturgos y cómicos, desde la Inquisición hasta el franquismo. Al tirano que se te mete dentro es más difícil plantarle cara, porque algunas veces ni siquiera sabes que te lo han inoculado. Por ejemplo, cada peseta de subvención se puede trocar por una palabra o un gesto perdido. La mano de la política, puesta en la nuca del cómico, es como el yugo del consciente o del inconsciente del que recibe la caricia. Sócrates y Pericles, los más diestros y más sabios en lo suyo, se sentaban en las gradas del teatro de la Hélade para escuchar la palabra de los dioses y los mitos. Hoy, el teatro, más bien puede convertirse en agente de prebendas y de votos. O sea, de algún que otro "chiringo", como diría Daniel Gutiérrez Granda.
Desde aquel noviembre de 1957 en que "La Máscaraª estrenó Panorama desde el puente de Arthur Miller, desde aquella nada que quisimos convertir en algo, nos encontramos a finales del 2006, y seguro que alguna más habrá engrosado el 2007, con que en Asturias hay 31 grupos profesionales. Lo dije otras veces, y lo repito ahora, que además hay excelentes profesionales, en cualquiera de los apartados que figuran en un programa de mano. Aunque también hay profesionales y no profesionales mediocres, y realmente malos, empeñados en ocupar un lugar en el espacio. Ahora bien, los años 2006 y 2007 se caracterizaron porque Asturias, su paisaje y algún paisanaje a voleo, fue convertida en plató de cine y televisión. Al menos, que yo sepa, cuatro películas fueron macizadas con dinero público por los gestores que nos representan. ¿Quieren decirme, si han visto en el reparto, en papel digno, a alguno de los actores salidos del ITAE o de la ESAD? ¿Exigieron los políticos al dar el dinero, que había que acordarse de los profesionales o no profesionales asturianos, mil veces mejores que algunos de los que vinieron de fuera? ¿La Unión de Actores no tiene pito que tocar, exigiendo que si la Administración da dinero para hacer películas, debe también proporcionarles a ellos trabajo? Vamos, otro trabajo distinto al de dejarles asomar el careto por cuatro perras. Por lo menos hacer como las minorías en Hollywood, negros e hispanos, que imponen una cuota para trabajar en el cine.
Han pasado cincuenta años, y parece que fue hace cincuenta años. Va siendo hora de pedir disculpas, si se ofendió, y pensar en dejarlo todo.