El seis de enero de 1936, un día después de la muerte de Valle-Inclán, César Muñoz Arconada desde las páginas del Mundo Obrero decía: "Valle-Inclán muere cuando vivía aún, cosa que casi nunca sucede. Esto es lo excepcional. Muy rara vez la obra de un escritor se mantiene firme, en pie, y en marcha a través de los años. Aunque parezca mentira, la obra envejece antes que su propio autor". Razón tenía el más feo de los periodistas enamorados de Greta Garbo, corresponsal y vecino de Gijón durante nuestra guerra civil y ganador con su comedia La conquista de Madrid, del Premio de Textos Teatrales de la Consejería de Propaganda del Gobierno Soberano de Asturias en 1937; tanta razón, como frescura, juventud o atrevimiento mantiene la obra toda del manco con barbas de chivo, sin desfase alguno en este tercer milenio, exigiéndonos con ello su misma rebeldía, su ánimo subversivo y sus ganas de putear.
En el centro del Ruedo Ibérico, una mujer torera con traje campero, se prepara para recibir al morlaco con el capote. Citando al natural, va acercándose a la puerta del chiquero hasta la misma corbata, recibiendo al bicho a porta gayola. Es que, para los actores, el público es quien enviste y al que hay que torear de la forma y la manera que cantaron algunos poetas del arte de Cúchares: "Sin miedo a que salga el toro más fiero, cuando sus rodillas se hincan en la arena, solo el torero en el enorme ruedo hasta que el brillo del animal suena".
En el coso taurino se libran, y librarán mientras España no españe, las más grandes faenas nacionales. Bendita sea la mano —temblona y azogada por conocer su responsabilidad— que convierte al cristal, azogando su boba transparencia, en el espejo que nos muestra el Ruedo Ibérico donde todos estamos. Cada uno en su lugar. Presidiendo y cambiando los tercios: Aznar o Zapatero, Rajoy o la Reina castiza, Francisco de Asís o el padre Claret, ¡qué más da!; en el callejón y burladeros, los que mandan o saben; en el tendido de sombra quien puede; al sol los más y que dios nos dé salud. Al son del Gallito, el más torero de los pasodobles, bailamos monosabios, almohadilleros y alguacilillos, mientras nuestros héroes clásicos meten el capote en la cara del morlaco, haciéndose con él y poco a poco bajarle la cabeza, como a la Vida, para que no se venga arriba y nos largue una corná en toda la cruz de la taleguilla, que es donde más duele.
Don Estrafalario y Don Manolito, areneros de pro, igualan el piso de la plaza después de la lidia de cada toro, para que la corrida transite por buen camino... ¡Y vaya si fue! Con espadas como Carballido, o Villanueva; toreras como la Vázquez, Mercedes, Begoña o Roxana, y banderilleros como el Bedriñana, Quique o Cancio, cualquiera triunfa.
Una tarde buena en general, que hubiese merecido la Puerta Grande, de nos ser por los nervios de todo estreno, aumentados por la responsabilidad de la plaza, la falta de entrenamiento y algunas rachas de viento que deslucieron algunas partes de la faena. Me refiero a la frágil apariencia del decorado y la simpleza en la realización de los elementos móviles; también a los largos e innecesarios oscuros de transición, pudiendo hacerse esos pequeños cambios a vista del público o incorporándolos a la acción. Por su mucho fundamento, recomendaría sacar a la mismísima corbata el conclave de "los tenientes", amarrando el grotesco y templando texto y movimiento. ¿Y qué decir del Romance de Ciego final? Pues ni más ni menos, que debe entenderse y que está para cambiar del todo, porque ahora es un pinchazo en el morrillo.