Número 22. Enero de 2008
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José Luis Campal FernándezRIDEA
Hasta el próximo 15 de agosto nos hallaremos, en puridad, dentro del "año del centenario" que conmemora el primer siglo de vida de la escritora murciana Carmen Conde Abellán (1907-1996). Reconocida y difundida/analizada su labor como poetisa y narradora, no lo ha sido en igual medida su faceta teatral, a la cual se han acercado, en contadas ocasiones, los estudiosos. Por este motivo, y para resarcir a su figura de un olvido inmerecido, solicitamos a los catedráticos de Literatura Española Mariano de Paco y Virtudes Serrano, ambos acreditados especialistas en el ámbito teatral contemporáneo, que nos iluminaran esa parcela literaria de la primera mujer que entró en la RAE.
Pregunta. ¿Qué papel ocupa el teatro de Carmen Conde dentro de la producción general de la escritora murciana?
Respuesta. Llama la atención que una autora con una cantidad tan grande de textos escritos para el teatro no haya sido considerada en su faceta de dramaturga como se le han reconocido las de narradora, ensayista y poeta. Ahora, con los materiales que posee y ofrece a lectores e investigadores el Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver en Cartagena, podemos afirmar que Carmen Conde tuvo una decidida vocación dramática. Esta parcela de su obra no ocupa un lugar tan destacado como el de otros géneros, sobre todo el poético, pero no merece el desconocimiento que ha sufrido y ha de ser tratada y valorada en el conjunto de su producción y en el del panorama teatral de su tiempo.
No es difícil suponer a Carmen Conde víctima, como tantas otras autoras, del común prejuicio que hasta los años ochenta del siglo XX declaraba a la mujer poco capaz para la expresión dramática aunque hubiese demostrado sobrada competencia en lírica o narrativa. Con escasas excepciones, críticos e historiadores de la literatura contribuyeron a radicar esta idea, haciendo caso omiso de la producción teatral femenina, de tal forma que la ausencia informativa generaba la noción de inexistencia.
P. ¿En qué etapa de su vida surge su dedicación teatral, se concentra en un período determinado o recorre toda su biografía?
R. Carmen Conde escribió teatro durante toda su vida. El primer premio que recibió fue precisamente por una obrita dramática, A los acordes de la pavana, en 1925, y en esa década compone otros textos hasta ahora desconocidos. El texto premiado se publicó en el número 54 (noviembre de 1925) de la revista Lecturas de Barcelona. Y unos meses después (marzo de 1926) aparece en el número 58 de la misma revista Cuando las rosas mueren, título que no se ha recogido hasta ahora en ninguna de sus bibliografías y cuyo texto nos facilitó el profesor Antonio Fernández Insuela. En 1929, fecha de publicación de Brocal, su primer libro, ya tenía publicados, pues, dos textos teatrales. Y no cesó de cultivar el género hasta que en 1982 compone el último: Teresa de Jesús y su divina pasión, en "un prólogo y seis trances", que constituye un homenaje con motivo de la conmemoración del cuarto centenario de la santa fundadora, a la que Carmen tuvo desde niña tanto afecto y admiración.
P. ¿Podría establecerse, a su juicio, una clasificación del teatro de Carmen Conde?
R. A pesar de la dificultad de clasificación, por las constantes revisiones y reutilizaciones a las que Carmen Conde sometió sus textos, podemos realizar una aproximación a su teatro dividiéndolo en tres etapas: piezas de juventud anteriores a la guerra civil; textos compuestos durante la guerra; y obras escritas desde la posguerra hasta su muerte, además de los del teatro infantil y juvenil. Después de los dos textos a los que nos hemos referido de 1925 y 1926, desde el año 1929 comienza a redactar una serie de tentativas que, bajo el título de Teatro inútil: bocetos, conforman una serie de originales inéditos (Rebelión, Oíd a la vida, El amante, El ser y su sombra, El arrebatado, El infinito) considerados por la autora "no válidos", aunque ella misma desgajó pronto algunos del conjunto como piezas sueltas y, además, empleó el título general –Teatro inútil– para otras tres piececitas escritas entre 1968 y 1971. Mientras tiene lugar la composición de esos "bocetos" se inicia, en 1932, la escritura de Mineros, un drama de férrea reivindicación social, situado en La Unión, que se trata en su origen de un trabajo en colaboración entre Carmen Conde y María Cegarra Salcedo, aunque, finalmente, desapareció el nombre de María.
Durante la guerra (1937), aunque el terrible acontecimiento no surge en ningún momento de este drama, producto, como Mineros, de una colaboración, escribe un interesante texto, inédito, cuyo título, Teatro de Amanda Junquera y Carmen Conde, apunta la relación biográfica existente entre ambas escritoras.
Al tiempo que el libro de poemas en prosa Mientras los hombres mueren, escribió Carmen Conde tres obras en las que late también el profundo desconsuelo que siente ante el horror que la rodeaba. En Oíd a la vida (1936), "auto civil contra la guerra", se cuestiona la finalidad y el sentido de las muertes y se defiende la vida. Tras de la perdida gente (1937) es un breve monólogo en el que una mujer se lamenta tras ser evacuada por haber quedado sin hogar, hasta que se da cuenta del mayor pesar del hombre a cuya casa ha sido trasladada porque él conserva los bienes pero ha perdido a su hijo. En El Llanto (1938) el simbólico personaje que le da título muestra su dominio sobre la tierra, cubierta por el dolor. De los años de la guerra, pero sin referirse directamente a ésta, son El arrebatado, El amante, El ser y su sombra, El infinito (Trasmundo) y Con el sino.
P. ¿Continúa escribiendo teatro durante los años de posguerra?
R. Para Carmen Conde es esta época particularmente difícil, como muestra su biografía. Se ve obligada a utilizar diversos seudónimos en sus publicaciones, el más conocido de los cuales es el simbólico Florentina del Mar, que evoca su procedencia cartagenera. Escribe, sin embargo, para el teatro, al igual que otras muchas autoras (Dora Sedano, Mercedes Ballesteros, Carmen Troitiño, Araceli de Silva, Luisa María Linares, Isabel Suárez de Deza, Carmen Martín Gaite), aunque sólo algunos de sus espectáculos para niños puedan subir a la escena. Compone entonces diversos textos con caracteres muy diferentes. Un mensaje, escrito en 1940 y publicado en Soplo que va y no vuelve, está concebido como "homenaje al inolvidable poeta Antonio Machado", personaje de la obra, y supone también un recuerdo de las tierras de Baeza visitadas por Carmen durante la lucha. Prólogo (Óleo), de 1946, critica con valentía la intolerancia que genera el rencor contra el caído; de 1950 es Enunciación, una especie de Anunciación laica en la que un ángel (figura tan familiar para la escritora) "revela" a una mujer lo que en realidad constituyen sus más íntimos deseos.
P. ¿Cuál les parece la más destacable de sus piezas teatrales?
R. Podríamos mencionar unos títulos que escribió en la década siguiente. El primero, Nada más que Caín, de 1960, en el que Carmen Conde se aproxima a la corriente vanguardista revitalizadora de los "autos sacramentales", con una perspectiva invertida de la historia bíblica del Paraíso. Si con un gran libro de poemas, Mujer sin Edén, se había enfrentado a la creencia de la culpa original de la mujer, defendiendo su carácter de víctima de los designios divinos, con este drama reinterpreta los sentimientos y actitudes de los hijos de Adán y Eva modificando su sentido tradicional, en abierta transgresión del mito bíblico. Es ésta quizá su obra dramática más ambiciosa y la más conocida, porque fue publicada en 1995.
Por otra parte, fechados entre 1968 y 1971, encontramos de nuevo los textos Teatro inútil I, Teatro inútil Dos, Teatro inútil Tres, que forman un interesante conjunto de teatro neovanguardista en el que domina la abstracción y los personajes han perdido casi todas sus señas de identidad para representar seres genéricos.
P. ¿Cuál fue su aportación al teatro infantil?
R. La escritura del teatro infantil de Carmen Conde se remonta a 1935 y de ese año y del siguiente hay correspondencia con gestiones editoriales para la publicación de algunos textos. ¡Kikirikí! y La madre de los vientos son títulos que engloban varias piezas con diversas agrupaciones que la autora realizó en distintos momentos, del mismo modo que se conservan versiones diferentes y páginas complementarias que se iban añadiendo. Con el seudónimo de Florentina del Mar se edita el primero de sus libros de teatro infantil, Aladino (1944), una escenificación del cuento de Las mil y una noches que se había estrenado en el Teatro Español de Madrid, por el Teatro Nacional Lope de Rueda, el año anterior. También se estrenó con éxito su auto de Navidad Belén (1950).
Tras la consecución del Premio Doncel 1961, la editorial del mismo nombre publicó ese año A la estrella por la cometa, que reunía tres textos de Carmen Conde (El monje y el pajarillo, El lago y la corza y El conde Sol) y uno de Antonio Oliver (Morir sino sin miedo); los de Carmen aparecieron años más tarde en ediciones ilustradas en Escuela Española. Esta misma editorial publicó en 1979 Una niña oye una voz, volumen en el que, junto al del título, figura El Rey de Bastos y las tres hijas del Rey de Copas, obra que, como otras infantiles y juveniles de la escritora, se había emitido a finales de la década de los sesenta por Televisión Española.
P. ¿Qué otras participaciones tuvo en el mundo de la escena y en el medio televisivo?
R. Para el programa "Teleclub TVE" realizó, entre 1968 y 1970, una serie de guiones, algunos relacionados con anteriores escritos, entre los que cabe destacar los de asunto literario clásico como La llama de amor viva (San Juan de la Cruz) y El caballero de Olmedo. También llevó a cabo las adaptaciones de Reunión de familia, de T. S. Eliot, y de Historia del soldado, de C. F. Ramuz, estrenadas en 1956 por Dido, Pequeño Teatro; y El amor y la muerte de Calixto y Melibea (refundición y síntesis de La Celestina), Entre aceitunas y coplas (arreglo del paso séptimo de Lope de Rueda) y Las tapias (sobre poemas de su marido, Antonio Oliver).
P. ¿Cuáles creen ustedes que son las fuentes en las que bebe la dramaturga y quiénes serían sus referentes coetáneos?
R. No debemos olvidar que la autora de Cartagena no vive aislada del resto del movimiento literario del momento, ni de las mujeres que escriben durante los años veinte y treinta; como refieren sus biografías y puede deducirse de la numerosa documentación epistolar archivada en el Patronato que lleva su nombre, sostuvo una más que extensa correspondencia con Ernestina de Champourcín; en Madrid estableció contactos, por cierto no muy bien aceptados por quien había de ser su esposo, con Maruja Mallo, y conoció a Concha Méndez, Consuelo Berges, Elena Fortún, mujeres muy avanzadas y escritoras de la vanguardia con las que asistió a las sesiones del Lyceum Club Femenino.
Numerosos indicios nos llevan a pensar que Conde estuvo muy relacionada con el ambiente teatral en el que las autoras se mueven y al que alguien tan comprometida con su tiempo no podía ser extraña.
P. ¿Se aprecian características especiales en sus creaciones, comparado con el teatro de su tiempo, por el hecho de ser obras escritas por una mujer?
R. Se advierte su carácter transgresor, como se advierte en tantas mujeres que inician su trayectoria en ese primer tercio de siglo en el que las escritoras buscan un lugar para ellas pero también para la mujer en su espacio y en su tiempo. Donde la lucha por la dignificación del género y el deseo de eliminar las etiquetas con las que han sido clasificadas por el patriarcado dominan no sólo la literatura sino la política, la educación, etc. Recuerde el voto femenino.
Volviendo a nuestra autora, ella, cuando acomete el teatro social, es tajante ante el abuso y contra los explotadores –nos estamos refiriendo a Mineros–; cuando los temas son bíblicos o religiosos opone a las creencias canónicas la rebeldía ante los papeles predeterminados, lo que comentábamos de su versión del mito de Caín o la transgresión que supone una pieza como Enunciación. Desde este punto de vista, es ilustrativo volver a aludir a su interés por Teresa de Jesús, una mujer que rompió los moldes de su tiempo y de su género. También merece atención su obra La madre del hombre, una visión de la pasión de Cristo desde la óptica actual de María, madre de un hombre perseguido. Y el giro final de esta obra con la petición de justicia, que María hace a su hijo, a favor de los que son oprimidos por el poder, para que su muerte no haya sido en vano. Por no hablar de su constante reivindicación al derecho de ser ella misma, a través de sus personajes (masculinos o femeninos) siempre en lucha para asumir su condición y para labrarse el camino de la vida en libertad.
P. ¿Podrían señalarnos las principales virtudes y los defectos que, a su entender, se detectan en la obra dramática de Conde?
R. Carmen Conde posee en su teatro unas características especiales que quizá lo han alejado de la escena a pesar de su decidida vocación dramática, que queda patente en el número de obras que compuso y en su interés por practicar todas las fórmulas del teatro de su tiempo. Aunque es clara su voluntad de que algunos de sus trabajos permaneciesen en el silencio, es notable su interés por aparecer ante el público, cosa que consiguió con las obras para niños, con las adaptaciones para el teatro y en la televisión. En sus textos originales, que recogen los temas clave de su producción poética y narrativa, Carmen Conde compone obras literariamente muy cuidadas para las que escoge situaciones con intensos conflictos, en muchas ocasiones relacionados con su propia experiencia; ello les concede valor de autorreferencia y los muestra imprescindibles para llevar a cabo el análisis sobre la autora.
P. ¿Admitirían estas piezas, en nuestros días, una recuperación y puesta en escena? ¿Tendría eco hoy una publicación completa de las obras teatrales de Carmen Conde?
R. El no haber pasado el filtro de la escena hace que la producción dramática de Carmen Conde adolezca, en general, de la adecuada construcción dramática, por lo que su interés mayor reside en la belleza lírica, en la hondura humana y el compromiso que plantea; no obstante, la riqueza de los textos permite esperar "la mano de nieve" de un director capaz de arrancar las posibilidades que encierran. No creemos conveniente una publicación de todos los títulos existentes sin una ponderada consideración previa, aunque el rescate y la adecuada valoración de los mismos eran absolutamente necesarios, como nos lo parece la edición de algunos y lo es, sin duda, la nueva visión de la autora que la labor del Patronato y la celebración del centenario de su nacimiento están propiciando.
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