Número 22. Enero de 2008

Ecos críticos
El teatro de ‘Adeflor’ (III)

José Luis Campal Fernández
RIDEA

La primera obra de Alfredo García y García, Adeflor, fue la titulada Eterna lucha, y cuya fecha de estreno se da erróneamente en diversos lugares (uno de los más recientes, una monografía de más de 500 páginas sobre el teatro costumbrista asturiano editada en 2004 por una institución académica, y que sigue, en este particular, las informaciones inexactas de Constantino Suárez, Españolito), ya que la primera representación del texto no tuvo lugar en 1903, sino el martes 3 de abril de 1900, si bien uno de los comentaristas teatrales de este debut señala que Adeflor tenía escrito el libreto desde 1896.

La puso en escena, en el teatro Dindurra de Gijón, la compañía de Miguel Cepillo, con un elenco en el que tomaron parte actores y actrices dramáticas como Alejandrina Caro, Miguel Muñoz, Emilia Llorente, Enriqueta Val, Amalia Gómez, José Gil, José Sala y Francisco Gómez. La pieza plantea la necesidad de superar, en el plano sentimental pero también en lo social, la diferencia de clases. Tuvo un resonante éxito en su puesta de largo, como recordaba en octubre de 1970 el erudito gijonés Patricio Adúriz, al recoger las palabras del crítico Ricardo Pastor, quien afirmó en su día que el estreno «fue esperado con verdadero deseo por todos los amigos y no amigos de su autor», y que Eterna lucha estaba «llena de pensamientos inspirados, de esos que conmueven y se dejan oír con religioso silencio». Tal fue el impacto de la puesta de largo de Adeflor (el cual, cuando arranca el siglo XX, ya era, en la prensa local de Gijón, un consumado comentarista teatral), que, tras la función, un diario regional reprodujo el texto íntegro de escenas o cuadros del libreto.

Al verificarse la subida a las tablas de Eterna lucha se registraron las primeras valoraciones, altamente negativas en su mayoría o cuando menos anteponiendo los recelos y deficiencias a los aciertos, pese a que le reconocen arrojo y aciertos aislados. Recogemos aquí tres: dos aparecidas en el diario republicano El Noroeste (una al día siguiente del estreno y firmada por Enrique Miranda y Tuya, y otra, quince días más tarde, en forma de carta abierta para Adeflor, y debida a Agustino Vélez Albo, seudónimo del cronista Luis Vigil Escalera), y una más de El Comercio, a los dos días del debut teatral, firmada por Luisil, quien manifestaba en su crítica del jueves 5 de abril de 1900 lo que sigue:

«La idea de la obra es, por lo menos, trascendental (trascendental por tratarse de psicología de la sociedad entera, no de un individuo), pero su cristalización escénica, los personajes que la viven en el teatro, son harto menos sugestivos para el común del público, al tratarse de demostrar lo ruin de la humana condición, que todo lo sacrifica al egoísmo del momento estrecho, no siquiera al egoísmo de las conveniencias en toda la vida; pero por fuerza, en lo que en la masa no iniciada toca, el drama no es más que una preparación, porque su tesis de ‘alta filosofía social’ ni logra demostrar, ni consigue para el ensayo la fe y el interés del público.

»Para hacer un drama se necesita la marcha de una idea en toda su evolución, desde el punto en que la concibe el cerebro hasta que cristaliza, al través de luchas que son el drama o la comedia en resoluciones para la vida.

»No hay el drama que anunciaba el título, ni hay tampoco uno de tantos dramas sobre el manoseado conflicto entre la autoridad paternal y el amor sexual.

»Por parte de Margarita no hay conflicto, pues inmediatamente cede a las advertencias de su madre cuando le hace ver que Octavio es plebeyo.

»Los amores de Margarita y Octavio podrían haber servido para otro drama de razas, en grado más diferencial y por un aspecto social más hondo, pero éste se escapa de la musa del autor, vacilante y temeroso por influencia del error inicial.

»En el primer acto, todo es allí confuso laberinto de muchos personajes, que el autor forzosamente presenta como preparación de los dos sucesivos. Esto constituye defecto gravísimo, jamás por el público dispensado. Muchas escenas son ‘pólvora en salvas’, porque desfilan ante el auditorio sin un carácter bien trazado, un episodio sugestivo, algo, en fin, que inicie el calor, la vida, el atractivo que la obra dramática debe empezar trazando.

»En el segundo acto, producto de una de esas fases en que el autor se sintió más afectado, hay escenas que podrían pasar si las que le suceden no vinieran a demoler su valor, reduciéndolas a ser incongruencias del drama que inspiró a obrar al autor.

»Fuera de esto, la obra tiene notabilísimas condiciones de plasticidad. Mejor diríamos, en cuanto a lo primero, que es una acción refleja por... ‘referencias’, pues excepción hecha de algunas escenas no "pasa" nada sobre la escena; todo se lo cuentan los personajes entre sí, para que el público se entere.

»Ya, por lo general, el público no gusta de semejantes procedimientos. Bien que el argumento de una obra se lo refieran los periódicos al día siguiente del estreno, pero en el teatro, asistiendo a la representación, no le convence el relato, porque quiere vida, pasión, caracteres, verosimilitud; acción, en una palabra.

»Algo exagerado, trató un convencionalismo que no aparece por ninguna parte; a su vez determinados pasajes "lunares" de la obra hicieron que algunos personajes no lograran mantenerse en el grado de interés y que no alcanzara al final triunfo franco y completo.

»Es, sin embargo, "Eterna lucha" obra que en un buen cuadro luciría el marco, porque está trazado con desenfadado vigor, con atrevimientos de perspectivas. Tiene delicadeza y tiene energía. Pero no, "no llega" porque no interesa, porque además de adivinar el auditorio demasiado pronto cuanto allí ha de ocurrir, la ausencia de verdadera acción produce algo que si no es, se parece mucho al cansancio.

»En cuanto al desenlace, nos parece frío, quizá porque viene sin la debida preparación, sin haber causado previamente en el espectador emoción de ningún género, porque "no ha sentido" con ‘aquella gente’, ni se ha identificado con la situación por que atraviesan.

»"Eterna lucha", en la cosecha espléndida de un cerebro bien equilibrado, "pasaría por encima de ciertas reservas mentales que pide la imaginación".

»Cierto que algunos sacaron la cosa de su quicio y anduvieron por ahí diciendo que el autor de la "Eterna lucha" se puede tener como un ‘sociólogo’ de nuestros tiempos, ¡como que ha resuelto la cuestión social!, pero tales desatinos no quitan nada del mérito de su obra, siquiera extravíen respecto del juicio del público.

»Ni Adeflor resuelve nada, ni creo fuese su propósito. Siga el autor estudiando, no se duerma sobre estos pocos de laureles y acoja mi entusiasta aplauso, quizá más sincero que muchos que le halagan mucho más.»

Por su lado, el crítico teatral de El Noroeste Enrique Miranda y Tuya ofreció, el miércoles 4 de abril de 1900, su benevolente juicio sobre el debut dramatúrgico de Adeflor en una larga reseña de la que extractamos sus partes más destacables:

«Algo más que un ensayo dramático es "Eterna lucha"; es un cuadro, si no perfectísimo, acabado, de tipos que encarnan personajes reales, que todos conocemos y con los cuales nos codeamos, mezclamos y confundimos todos los días (...) ¿Cómo se desarrolla la acción? Un día que el conde de Torrálvez paseaba a caballo por El Retiro, aquél se desbocó, emprendiendo una carrera vertiginosa cuyo fin hubiera sido desgraciado sin el arrojo y valor de un joven obrero de la inteligencia, Octavio, que, sin reparar en el peligro a que se exponía, logró contener al fogoso animal y librar al conde de una muerte segura. El reconocimiento y la gratitud de éste abrieron las puertas de la mansión condal al generoso salvador, que muy pronto hubo de simpatizar con Margarita, para terminar amándola con verdadera pasión. No le contrariaban al conde, antes bien aparentaba patrocinar tales relaciones que constituían la felicidad de su hija. El marqués de Júcar, a quien las deudas contraídas en el juego apremiaban, concibe la idea de unirse a Margarita, y con la dote abonar al conde de la Peña una crecida cantidad que le adeuda y cuyo pago debía hacer inmediatamente si no quería exponerse a la vindicta pública. Resuelto a ello, escribe al de la Peña una misiva anunciándole sus proyectos, y presentándose en casa de los de Torrálvez, solicita la mano de Margarita. Se la concede la condesa, no sólo para halagar sus vanidades, sino para oponer un rival a Octavio: Margarita se sacrifica ante el deseo de su madre. Los celos de Octavio despiertan y aguzan el ingenio para deshacer la tempestad que contra su felicidad se cierne. Indignado el conde de la Peña, amigo de Octavio, ante la carta de Gonzalo, se la entrega a aquél: vuela con ella a casa de D. Rodrigo, donde los condes y otros convidados celebran con un té su exaltación a la Academia de la Historia. Leída la carta de Gonzalo la indignación se apodera de todos los invitados, y la condesa, confesando su error, bendice la unión de Octavio y Margarita.

»Tal es el desarrollo del ensayo dramático; durante el mismo cumple el autor los preceptos literarios realizando las unidades de tiempo y acción. De tiempo, porque los hechos se desarrollan simultáneamente en las tres horas que dura la ejecución de la obra; de acción, porque ningún otro episodio o incidente viene a entorpecer la principal, ni dilatar ésta, que se sucede y marcha gradualmente a su natural desenlace.

»Si feliz y airoso con su cometido estuvo el amigo Adeflor en la elección del fondo y en la ejecución de la forma interna, no raya a igual altura en el desarrollo escénico. No nos sorprende. "Eterna lucha" es la primera producción dramática del novel autor, escrita hace cuatro años y ahora entregada a la compañía del Sr. Cepillo para su lectura, pasando acto seguido, por la premura del tiempo, al escenario.

»Los escollos que ha de salvar el autor dramático son muchos y muy diversos, y pretender orillarlos en el primer ensayo sería el colmo de la perfectibilidad. No basta, como algunos creen, conocer todos, absolutamente todos los preceptos literarios, haber cumplido con ellos; es necesaria la experiencia teatral, hija de la lectura de buenos modelos, el conocimiento pleno de los recursos escénicos, de los efectos cómicos, de las situaciones dramáticas, todo lo cual no hemos de exigírselo al autor de "Eterna lucha". Por esta razón, la escena languidece en algunas ocasiones, no mucho por cierto; por eso el autor abusa de los monólogos y de los extensos parlamentos, formas externas que hubiera trocado por el juego escénico, el diálogo rápido y animado, a tener el Sr. García ‘más mundo teatral’, más dominio de la escena. Sin embargo, ha hecho muchísimo; lo que no suelen hacer los principiantes. Ha dado un bofetón a los que pudieran haber asistido al teatro con fines pedantescos, y ha dado una satisfacción a sus amigos verdaderos y a sus admiradores.

»De los tres actos, el mejor trabajado es el segundo. El monólogo de Margarita está hecho y pensado con verdadero amor, conmueve al público, impresiona y hace sentir con el personaje los distintos afectos con que lucha. La escena siguiente entre Margarita y Octavio en nada desdice de aquél: es fluida, natural y animada, palpitando en toda ella el tema capital de la obra. Todo el acto primero, de mera exposición, gusta y entretiene, sobresaliendo la escena primera y en la que Gonzalo se declara a la hija de los condes de Torrálvez. En ésta usa el autor de algunos chistes de buen género, traídos con oportunidad y demuestra sus actitudes para lo cómico, haciendo resaltar la displicencia de Margarita con la cortedad hipócrita y fingida del marqués. Las escenas con que empieza y termina el tercer acto se oyen con fruición por su naturalidad, por su sabor realista. La obra está, según se dice en el argot teatral, bien hablada. En suma: "Eterna lucha" es una de tantas obras que, con iguales o inferiores méritos, figuran en todos los carteles de temporada y en los repertorios de muchas compañías dramáticas. Es una obra sin pretensiones, es un ensayo aplaudido por el público, cuyas muestras de aprobación servirán de estímulo al autor para emprender otras de más altos vuelos y donde, seguramente, alcanzará nuevos triunfos.»

Semanas después de estrenada la obra, concretamente el viernes 20 de abril de 1900, desde las páginas de El Noroeste, Vigil Escalera publica un larguísimo artículo a cinco columnas en forma de carta dirigida a Adeflor y titulado "Mi cuarto a espadas", del cual entresacamos los siguientes párrafos alusivos al bautizo escénico del periodista gijonés:

«Al discurrir sobre tu comedia (que no llega a los lindes del drama, aunque a ello se aproxima), y al tratar de aquilatar su verdadero y justo mérito, preciso se hace que quien lo intente se coloque en un punto de vista ‘muy relativo’, si se me permite la frase: el que exigen y determinan las circunstancias todas que han concurrido en la producción de la obra. La escribiste, en primer término, hace ya unos cuatro años, cuando cabe afirmar que aún eras un niño y no poseías, por ello, ni el desarrollo intelectual que la edad trae consigo aparejado, ni el caudal de ideas y conocimientos que el estudio suministra, ni la educación del gusto que para empresas de ese género proporciona la copiosa, asidua y atenta lectura de los buenos modelos, ni la experiencia, en fin, que se adquiere mediante la profunda observación de lo que es el teatro, de sus recursos, de sus secretos, de sus extraños y sorprendentes ‘efectismos’. No la compusiste tampoco con el deliberado intento de llevarla a las tablas, sino por el único, natural e irresistible deseo que experimenta todo aquel que siente bullir en su cerebro una concepción artística, de darle forma externa y sensible, para recrearse con ella en la dulce soledad del espíritu, y gozarse en la contemplación de lo que ha sido obra de su propio, íntimo y personalísimo esfuerzo.

»(...) Alzóse el telón y dio principio el primer acto. Pude observar, desde luego, que se escuchaba con profundo silencio y atención extraordinaria. No era mal síntoma. Al descender la cortina, el público estaba ganado; acababa de experimentar ‘una grata decepción’ y no quiso ni pudo disimularlo. Resonaron, pues, los aplausos espontáneos y sinceros; no de mero cumplimiento ni obligada cortesía, pero tampoco calurosos ni efusivos; fiel reflejo esta última nota del especial estado de ánimo de quien ve frustrado un intento y rectificado un falso juicio. A la conclusión del segundo acto arreciaron las muestras de simpatía y se repitieron las llamadas al autor; y al finalizar el tercero, el feliz éxito de la obra estaba confirmado: se había sorteado el peligro.

»(...) De puros sabidos, tengo ya casi olvidados los lunares todos que se han señalado a tu obra. Que carece de novedad el argumento; que tres actos resultan muy ancho marco para una acción que pudo lograr en dos total y completo desenvolvimiento; que aquella ‘lucha’ es ficticia; borrosas ciertas figuras; indecisos y hasta mal sostenidos determinados caracteres; falsos algunos pensamientos; descuidado e incorrecto el lenguaje en no pocos pasajes...

»(...) ¡Qué fácil pero qué enojosa tarea es la de apuntar defectos! ¡Cuánto más grato y deleitable hacer resaltar bellezas!... Y que tu ensayo las tiene no cabe ponerlo en duda. La perfecta unidad de acción, encerrada dentro de otra no menos acertada unidad de tiempo; la total ausencia de inútiles episodios, que distrayendo el ánimo del espectador tienden a aminorar el defecto que en aquél está llamada a producir la idea predominante en la comedia; la bien entendida estructura escénica, y el carácter marcadamente ‘teatral’ de la obra entera son, entre otras, condiciones que avaloran, y no poco, tu trabajo.

»¿Quiero con esto decir que debas reputarte ya por un verdadero dramaturgo? ¡Dios me libre de proferir semejante dislate! Ni ‘por soñación’ se te ha ocurrido a ti tampoco semejante cosa: estoy seguro de ello. Necesitas leer mucho y estudiar más; reflexionar; educar el gusto, ‘saturándote’ (ésta es la palabra) de buenos modelos, que no escasean por fortuna, antes bien abundan prodigiosamente en nuestra incomparable literatura dramática. Me place que en tus horas de ocio cultives las letras; no hay ocupación que más ilustre la inteligencia y ennoblezca el espíritu. Pero no te envanezcas con tus adelantos, ni te engrías con tus triunfos; porque hay algo que vale mucho más todavía que la ciencia, y es la modestia y la sencillez de alma.»

[Se concluirá en el próximo número de La Ratonera]

Arriba