Número 21. Septiembre de 2007

Carta de Pinito del Oro a los Tonetti

Las viudas de los Hermanos Tonetti, Paquita y Chelo, la hija del augusto Pepe Tonetti, Marietta, y su nieto, Samuel, junto a familiares y amigos después de la inauguración del conjunto escultórico que Santander ha dedicado a estos inolvidables payasos.

Pinito del Oro

La leyenda del trapecio, Pinito del Oro, evoca a los Hermanos Tonetti, tras la inauguración del conjunto escultórico dedicado a su memoria en Santander, su tierra natal.

Payasos ha habido muchos. España ha sido una buena cuna de ellos: Pompoff y Thedy, los hermanos Díaz, los Rudy-Llata, Fofó, Popey… Pero que causaran tanta risa y aplausos como los Tonetti con su parodia "la Sardinera", no he conocido a otros. Se la hacían repetir, y Pepe siempre improvisaba algo nuevo.

Unos amigos de Santander me han comunicado que el 14 de abril se inauguraron unas estatuas a los Hermanos Tonetti. Ha sido una de las mejores noticias que me han dado últimamente, pues quise y admiré a esta bien acoplada pareja de payasos que divirtieron a todo el país.

Recuerdo mejor a Pepe, al que siempre llamé, como la mayoría de sus amigos, por su nombre artístico. La última vez que lo vi fue el veintidós de junio de 1999, en Santiago de Compostela. Yo iba a recoger la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, bajo la presidencia de Sus Majestades los Reyes.

Pasado el evento, en el patio del Seminario Mayor Diocesano, en la plaza San Martín, nos reunieron a los premiados, familiares y amigos, para servirnos una copa de champán y unos canapés. Yo me aparté un poco del barullo que rodeaba a Don Juan Carlos y Doña Sofía, como generalmente he hecho en estos casos. De pronto, se me acerca alguien con los brazos abiertos y con esa espontaneidad que le caracterizaba chilló: "¡Coño, Pinito! Déjame que te abrace, quiero darte la enhorabuena, te lo has merecido."

Era mi buen amigo Tonetti. Poco después me dijo que él también tenía este premio. Mi compañero Lucas y yo le invitamos a comer; él mismo escogió el lugar. Nos divertimos con su fácil conversación, sacando frases llenas de buen humor, que nos hicieron reír llamando la atención del resto de comensales.

Al terminar nos acompañó al autobús que nos llevaría de vuelta a Madrid. Casi llegamos tarde, y eso que nos llevaba al trote, por la gente que le reconocía y le paraba: "Adiós, Tonetti". "Pero si es Tonetti, el payaso"… De este modo acaparaba la atención del público que llenaba la plaza que hay frente a la catedral. Y es que tenía "el corazón más grande que un armario", como él mismo decía. Se ganaba el cariño de todos, no sólo como payaso, sino como ser humano, por su honestidad y sus espléndidas sonrisas, que repartía como si fuesen caramelos.

Cuando les descubrieron ese monumento que les dedica su Santander querido, me hubiese gustado estar junto a sus familiares y compañeros que nos les han olvidado. Sé que fueron muchos los que les rindieron ese postrero homenaje.

Los niños al pasar cerca los miran curiosamente, preguntando quiénes fueron. Y Pepe y Manolo, desde arriba hacen un agujero en cualquier nube para contemplar la escena. Abren unas sonrisas grandísimas y algunas lágrimas rojas y blancas, teñidas por sus maquillajes, se deslizan por sus mejillas en señal de agradecimiento.

Descansad en paz, Hermanos Tonetti, amigos.

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