Número 21. Septiembre de 2007

Anotaciones a su muerte
De cómo Martín Recuerda

Francisco Díaz-Faes

Visitaba a diario días atrás una pequeña librería convertida por los vientos de la actualidad en modesta papelería de revistas y periódicos en Nerja. Me lastimaba por entonces el tener que hacer un trabajo sobre el fallecido reciente José Martín Recuerda (Granada, 1922), que había prometido para estas páginas, sin acopio de su obra, toda o mínima. Y arrinconados en una estantería que otrora fue llena, me encaramé a una enorme escalera haciendo equilibrios para llegar a lo más alto de seis escalones donde yacía adormecida una pequeña colección de libros de Letras Hispánicas de Cátedra, más otra de Alianza Editorial que había quedado en despojos. Mientras, sujetaba una revoltosa yorkshire-terrier de mi tía que fui a cuidar apuradamente durante unos días, y que hacía difícil mi equilibrio pocas veces estable, algunas inestable y las más indiferente, con grave peligro mío y de quien no dejaba de pasar por debajo buscando la línea amarilla de los chismes. El caso es que como bien se ve, pudiera ahorrarme todo este circunloquio para decir que el primer libro que avisté allá en lo alto fue el de, ¡oh casualidades!, Martín Recuerda en edición de Ruiz Ramón, luego fueron cayendo otros 60 en mis manos. Días atrás los periódicos ¿celebraban? otra muerte más en sus obituarios, y ahora me tocaba a mí. ¿Y qué recordaba yo de este hombre? Bien poco. Que unos años atrás tuve oportunidad de asistir, con Roberto Corte, a un merecido homenaje en el Círculo de Bellas Artes con ocasión de una de las ferias de editoriales y publicaciones del libro de teatro en Madrid, y alguna de sus piezas por televisión.

Sin duda conocía ya vagamente (como conozco vagamente todo, no por difuso, sino por vago) la pieza Las arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca, cuyo título siempre me pareció tan de Francisco Nieva, a veces de Arrabal o de Antonio Gala (toda vez que a su actriz fetiche, Concha Velasco, se la premie con el protagonismo de tan singular teatro de Recuerda también) y que ahora, leyendo este libro, comprobé que había sido una elucubración histórica con grandes visos de verosimilitud. Así lo dice, con fundamento el catedrático de historia Emilio Orozco Díaz: "He aquí, pues, que la descarnada y desgarrada visión humana que del interior de este convento, prisión y correccional nos ofrece Recuerda, sin más apoyo documental que el que le suministraba la biografía y la versión poética de la tradición y de la obra de Lorca, quedaba en el fondo mucho más cerca de la realidad histórica que la que había ofrecido esa misma literatura y la misma erudición. Naturalmente que todo se deforma, desmesura y extrema...". Ésta es una de las cosas a destacar resumidas en esta frase final que acaban de leer, y en las que incide José Monleón para estribar la diferencia precisamente con la obra de Lorca: "...las cosas no están ni mejor ni peor que en los dramas de García Lorca, aunque sí exista una diferencia importante; Lorca se preocupa de personajes en descomposición, de gentes que cuidan aún su fachada, mientras Recuerda se asoma a una realidad ruinosa (...) de gentes que tienen bastante menos que defender."

Dos etapas atribuyen Monleón y Ruiz Ramón al Recuerda miembro de la generación Realista (que nada tiene que ver con su defensión de la realeza o del Rey Oprobio, Fernando VII, a quien dedica sus andanadas del Beaterio, sino, como saben, con esa enjundia de realidad en la que se clasifica buena parte del teatro español de mediados del siglo pasado para su estudio). La primera de ellas protagonizada por "personajes agonizantes, víctimas de un medio hostil, que no llegan a rebelarse" y otra en la "que sin abandonar esa realidad hostil, los personajes resisten y plantan cara". A la primera pertenecen: La llanura, Los átridas, El payaso y los pueblos del sur, El teatrito de don Ramón, a la otra: Como las secas cañas del camino, Las salvajes en Puente San Gil, El Cristo o Las arrecogías ...

El caso es que sucumbe a la negrura de los tiempos nuestro autor, que había cursado estudios de Filosofía y Letras en su ciudad natal y posteriormente en la parisina Sorbona, ampliando estudios específicos de teatro. Desde su primera obra, El enemigo, de 1943, a su Amadís, o La Garduña de 1986. En él está la huella de Valle-Inclán, también el cabizbajo y taciturno Goya, luminoso y tétrico por igual en sus sátiras, y el mismo Galdós que describe a la sombra más funesta (y literaria del XIX) a la que debe tanto el Beaterio, su Mariana Pineda y la misma obra toda de Recuerda: "Fernando VII fue el monstruo más execrable que ha abortado el derecho divino (...) es terrible la infinita abundancia de retratos de aquella cara repulsiva que nos legó su reinado. España está infestada de efigies de Fernando VII, ya en estampa, ya en lienzo". Habiendo dirigido el TEU granadino, también lo hizo en varias adaptaciones del teatro clásico recibiendo en dos ocasiones el Premio Lope de Vega por El teatrito de Don Ramón en 1958 y en 1976 por El engañao, culminando una obra extensa, tal vez poco conocida (salvo en sus obras mayores) y prolija, que no debemos desatender. El rescate del personaje coral (por ejemplo en Las salvajes, curiosamente dedicada a Don Luis Escobar), portavoz dramático de una visión colectiva del mundo, la conflictividad misma de la división y pluralidad colectiva (Ruiz Ramón), la acechanza de las coplas, coplillas, bailables, fandangos, la irrupción de la tradición de charangas en lo que él Recuerda en los preludios de algunas de sus obras, la visión derruida de una España que se rebela en sus individualidades, en sus disfraces, en la cerrazón escénica (como en el Beaterio o en La camisa de Lauro Olmo, por ejemplo) de un espacio asfixiante, que se quiere echar abajo, son todo signos de un rico mundo de ficción que Martín Recuerda para no hacérnoslo olvidar nunca. No le queda a uno ante tanta coincidencia —vagamente la figura de José nuestro autor fallecido y yo al lado, vagamente, la de su obra— sino seguir encaramándose en lo más alto de los estantes de lo que en otra época fueron librerías, para descubrir nostálgico el interior de unas hojas que recuerdan un mundo interior de gran riqueza que sustituya al nuestro. O lo enmascare por unas horas, al menos.

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