En el año 2002, el prestigioso Ciclo Autor del Teatro Pradillo de
Madrid, en su séptima edición —incluida ya en el II Festival Escena
Contemporánea—, se interesó por el teatro de Sarah Kane. En aquella
ocasión se leyó casi la totalidad de su obra y fueron varias las
charlas y coloquios organizados para desentrañar el teatro de la
joven autora inglesa, en el que vibra sin descanso la violencia
esencial del ser humano. El número 293 (primavera de 2002) de la
revista Primer Acto, dedica buena parte de sus contenidos a
dicho ciclo, además de recoger un texto suyo: El amor de Fedra.
La obra montada por Infinito Teatro, interpretada por Cristina
Bravo y dirigida por Felipe Ruiz de Lara, Psicosis 4:48,
contiene, como si de una carta de despedida se tratase, los últimos
minutos de vida de una suicida. Hay quien dice que la obra de todo
autor es siempre autobiográfica y nada más cierto en el caso que nos
ocupa: la actriz y autora Sarah Kane, con 29 años, pocos meses
después de escribir esta singular pieza, incapaz de superar la
depresión que la atenazaba, se metió una sobredosis de fármacos de
la que salió con vida, por intervención médica. Recibida el alta
hospitalaria y una vez en su casa, con la pequeña ayuda de una mesa,
una cuerda y la viga del techo de su apartamento, acabó con su
particular infierno, su vida y una obra apenas iniciada, que en este
momento está considerada como una de las más importantes de la
dramaturgia contemporánea.
Dicen las estadísticas que las 4:48, es la hora que los suicidas
eligen mayoritariamente, para matarse y con ello al Mundo. Porque al
fin y al cabo, el Mundo "es", en la medida que yo existo, viéndolo,
participándolo, y uno mismo con su existencia o su muerte, lo
prolonga o lo destruye. Las coincidencias, los propósitos
autodestructivos, entre la autora y su obra "póstuma": 4:48
Psicosis, pudieran parecer una broma, tan terrible como la
posibilidad de que la depresión no sea una enfermedad que se deba
curar, sino un estado superior de la mente: "No sufro ninguna
enfermedad, simplemente sé que la vida no vale la pena" (Crave).
Por supuesto, la selección de la obra es lo primero que sorprende
en la propuesta de Infinito Teatro. Inmediatamente después, la
escena construida: simplemente un receptáculo esbozado por los lados
iguales que lo forman, abierto en los laterales y el techo. Un lugar
claustrofóbico, aunque sólo esté cerrado por el suelo que nos
soporta y el fondo, en el que, a modo de pantalla, veremos diversas
proyecciones del personaje en movimiento, creadas por Imanol Ruiz de
Lara y que acompañan la acción de la actriz que lo encarna. Dentro
de la mitología teatral, no existe referencia más asfixiante que "El
Cubo de Cristal" en el que está encerrado el Mimo, luchando por
encontrar los límites —sin saber que no los hay— y la salida,
sabiendo que no existe. Este poema trágico, visual, esta llamada
desde la locura, la soledad, desde el umbral de la muerte, no es
otra que la de Hamlet, Lear, o Macbeth, personajes conocidos
sobradamente por la autora y tan clásicos y eternos como sus propias
torturas.
Cristina Bravo construye una partitura corporal algo gimnástica,
para expresar el tormento de su personaje, para "hacerse" con él, y
ponerlo a nuestra disposición. Hace un magnífico trabajo a lo largo
de la función y un extraordinario esfuerzo... Pero casi al final,
cuando se le rompe el alma y llora; cuando el dolor quema dentro y
no deja respirar, entrecortándote el habla; cuando el llanto se
revuelve, buscando otra vez los adentros, en ese momento digo,
Cristina Bravo sobrecoge. El público, que es testigo de ese dolor
abrasador, no respira, ni se mueve. Muchos de los presentes irían a
abrazarla, para llorar con ella.
Resulta complicado y muy arriesgado para la actriz relacionarse
"sin control", desde la más absoluta franqueza con el dolor, el
sufrimiento sin límite, enorme, de ese personaje atormentado que nos
habla desde la total soledad, desde el más grande de los abandonos.
Un personaje que, a pesar del dolor inmenso, de la frustración mas
absoluta, es capaz de racionalizar su sufrimiento, contando las
píldoras y fármacos en esos momentos de lucidez previos a las 4:48,
en el que esa Luz Cegadora alumbra sin tapujos, el sinsentido de la
vida, viendo la autodestrucción, la muerte, el suicidio, como la
única opción viable. Y no tanto como salida para uno mismo, como
negación del Yo, también —o si se prefiere: sobre todo—, como
castigo del Otro; como muerte del Otro, al que le sustraemos nuestra
presencia; el Otro, al que le arrancamos esa parte de vida propia
que compartiría con nosotros. ¿Hay mayor castigo? Quien haya
conocido de cerca el suicidio, en la familia, entre los amigos, sabe
bien a qué me refiero. Sabe bien de qué manera, le ha sido sustraída
una parte de su propia vida. Aquel amigo que se suicidó "contra
nosotros", no deja de volver nunca; tal vez, hasta el día mismo de
nuestra muerte, aunque no podamos dar fe de ello.
Puedo decir, sin exagerar, que salí de la función de Infinito
Teatro, en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón,
preocupado por Cristina Bravo. Por supuesto no por el esfuerzo
físico inmenso que realiza —en la función da prueba de sus grandes
capacidades atléticas—, sino por el terrible desgaste emocional; por
el desgarro que la función le estaba haciendo en el alma; por lo
complicado que resulta enfrentarse a este tipo de prueba, sin que se
sea un "atleta de la emoción". Alguien que como Cristina Bravo se
lanza así, con ese valor, con semejante esfuerzo, a las aguas de ese
Mar Negro, merece mi total admiración. Un estreno importante de
Infinito Teatro, bajo la dirección de Felipe Ruiz de Lara que repite
el éxito de ¡Ay, Carmela!, asumiendo mayores riesgos y que
debería programarse en muchos lugares, incluida Laboral Escena.