Número 21. Septiembre de 2007

Vida y muerte de Sarah Kane

 

Psicosis 4:48

de Sarah Kane

Actriz: Cristina Bravo

Multimedia: Imanol Ruiz de Lara

Dirección: Felipe Ruiz de Lara

Infinito Teatro

Boni Ortiz

En el año 2002, el prestigioso Ciclo Autor del Teatro Pradillo de Madrid, en su séptima edición —incluida ya en el II Festival Escena Contemporánea—, se interesó por el teatro de Sarah Kane. En aquella ocasión se leyó casi la totalidad de su obra y fueron varias las charlas y coloquios organizados para desentrañar el teatro de la joven autora inglesa, en el que vibra sin descanso la violencia esencial del ser humano. El número 293 (primavera de 2002) de la revista Primer Acto, dedica buena parte de sus contenidos a dicho ciclo, además de recoger un texto suyo: El amor de Fedra.

La obra montada por Infinito Teatro, interpretada por Cristina Bravo y dirigida por Felipe Ruiz de Lara, Psicosis 4:48, contiene, como si de una carta de despedida se tratase, los últimos minutos de vida de una suicida. Hay quien dice que la obra de todo autor es siempre autobiográfica y nada más cierto en el caso que nos ocupa: la actriz y autora Sarah Kane, con 29 años, pocos meses después de escribir esta singular pieza, incapaz de superar la depresión que la atenazaba, se metió una sobredosis de fármacos de la que salió con vida, por intervención médica. Recibida el alta hospitalaria y una vez en su casa, con la pequeña ayuda de una mesa, una cuerda y la viga del techo de su apartamento, acabó con su particular infierno, su vida y una obra apenas iniciada, que en este momento está considerada como una de las más importantes de la dramaturgia contemporánea.

Dicen las estadísticas que las 4:48, es la hora que los suicidas eligen mayoritariamente, para matarse y con ello al Mundo. Porque al fin y al cabo, el Mundo "es", en la medida que yo existo, viéndolo, participándolo, y uno mismo con su existencia o su muerte, lo prolonga o lo destruye. Las coincidencias, los propósitos autodestructivos, entre la autora y su obra "póstuma": 4:48 Psicosis, pudieran parecer una broma, tan terrible como la posibilidad de que la depresión no sea una enfermedad que se deba curar, sino un estado superior de la mente: "No sufro ninguna enfermedad, simplemente sé que la vida no vale la pena" (Crave).

Por supuesto, la selección de la obra es lo primero que sorprende en la propuesta de Infinito Teatro. Inmediatamente después, la escena construida: simplemente un receptáculo esbozado por los lados iguales que lo forman, abierto en los laterales y el techo. Un lugar claustrofóbico, aunque sólo esté cerrado por el suelo que nos soporta y el fondo, en el que, a modo de pantalla, veremos diversas proyecciones del personaje en movimiento, creadas por Imanol Ruiz de Lara y que acompañan la acción de la actriz que lo encarna. Dentro de la mitología teatral, no existe referencia más asfixiante que "El Cubo de Cristal" en el que está encerrado el Mimo, luchando por encontrar los límites —sin saber que no los hay— y la salida, sabiendo que no existe. Este poema trágico, visual, esta llamada desde la locura, la soledad, desde el umbral de la muerte, no es otra que la de Hamlet, Lear, o Macbeth, personajes conocidos sobradamente por la autora y tan clásicos y eternos como sus propias torturas.

Cristina Bravo construye una partitura corporal algo gimnástica, para expresar el tormento de su personaje, para "hacerse" con él, y ponerlo a nuestra disposición. Hace un magnífico trabajo a lo largo de la función y un extraordinario esfuerzo... Pero casi al final, cuando se le rompe el alma y llora; cuando el dolor quema dentro y no deja respirar, entrecortándote el habla; cuando el llanto se revuelve, buscando otra vez los adentros, en ese momento digo, Cristina Bravo sobrecoge. El público, que es testigo de ese dolor abrasador, no respira, ni se mueve. Muchos de los presentes irían a abrazarla, para llorar con ella.

Resulta complicado y muy arriesgado para la actriz relacionarse "sin control", desde la más absoluta franqueza con el dolor, el sufrimiento sin límite, enorme, de ese personaje atormentado que nos habla desde la total soledad, desde el más grande de los abandonos. Un personaje que, a pesar del dolor inmenso, de la frustración mas absoluta, es capaz de racionalizar su sufrimiento, contando las píldoras y fármacos en esos momentos de lucidez previos a las 4:48, en el que esa Luz Cegadora alumbra sin tapujos, el sinsentido de la vida, viendo la autodestrucción, la muerte, el suicidio, como la única opción viable. Y no tanto como salida para uno mismo, como negación del Yo, también —o si se prefiere: sobre todo—, como castigo del Otro; como muerte del Otro, al que le sustraemos nuestra presencia; el Otro, al que le arrancamos esa parte de vida propia que compartiría con nosotros. ¿Hay mayor castigo? Quien haya conocido de cerca el suicidio, en la familia, entre los amigos, sabe bien a qué me refiero. Sabe bien de qué manera, le ha sido sustraída una parte de su propia vida. Aquel amigo que se suicidó "contra nosotros", no deja de volver nunca; tal vez, hasta el día mismo de nuestra muerte, aunque no podamos dar fe de ello.

Puedo decir, sin exagerar, que salí de la función de Infinito Teatro, en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón, preocupado por Cristina Bravo. Por supuesto no por el esfuerzo físico inmenso que realiza —en la función da prueba de sus grandes capacidades atléticas—, sino por el terrible desgaste emocional; por el desgarro que la función le estaba haciendo en el alma; por lo complicado que resulta enfrentarse a este tipo de prueba, sin que se sea un "atleta de la emoción". Alguien que como Cristina Bravo se lanza así, con ese valor, con semejante esfuerzo, a las aguas de ese Mar Negro, merece mi total admiración. Un estreno importante de Infinito Teatro, bajo la dirección de Felipe Ruiz de Lara que repite el éxito de ¡Ay, Carmela!, asumiendo mayores riesgos y que debería programarse en muchos lugares, incluida Laboral Escena.

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