Número 21. Septiembre de 2007

Happening y concierto

Roberto Corte

Los persas

A partir del texto de Esquilo

F. de Teatro Clásico de Mérida

Dramaturgia: Pau Miró y Calixto Bieito

Dirección: Calixto Bieito

Intérpretes: Natalia Dicenta, Rafa Castejón, David Fernández, Javier Gamazo, Chus Herrera, Ignacio Ysasi y Roberto Quintana

Ayudante de dirección: Juan Antonio Rechi

Escenografía: Alfons Flores

Vestuario: Mercè Paloma

Iluminación: Xavi Clot

Sonido: Jordi Ballbé

Fotografía cartel: Pilar Aymerich

Teatro Romano

Mérida, 3 de agosto de 2007

Como Los persas de Bieito no guardan relación con los de Esquilo —sólo los nombres propios de Jerjes y Darío conserva, aquí para resaltar los avatares de unos seres anónimos— me abstendré de forzar cualquier especulación por analogía. Baste decir que al espectáculo se le denomina Los persas en la misma medida que podría titularse Las troyanas, o cualquier otro epíteto que, de oídas, sea representativo de un lamento.

Los persas de Bieito es un espectáculo-performance, de exposición frontal a modo de concierto, que tiene por objeto contarnos en recitados encadenados con acompañamiento musical, el sinsentido que le encuentran a la "misión de paz" algunos de nuestros soldados destacados en Afganistán. Todo en una misma línea bastante quejumbrosa, casi siempre exculpatoria, que elude deliberadamente la contundencia que requiere el panfleto, por más que el resultado aspire a proclama y denuncia pacifista. Aunque también cabe reseñar —qué duda cabe— que es precisamente en ese discurso impresionista, ingenuo y vulgar, donde reside el pacifismo vox populi y la reminiscencia trágica que mejor caracteriza a nuestro tiempo.

La obra comienza con los soldados legionarios —actores doblemente intérpretes en calidad de músicos— cantando a capela El novio de la muerte, entre una escenografía formada por un suelo de arena, chasis de automóviles y un autocar calcinado; inequívocos rastros de una guerra de cirugía contemporánea, y del terrorismo, símbolos del apocalipsis now que nos toca sufrir, junto a la hambruna y otras catástrofes naturales. Polvo y arena donde se van perfilando unos personajes que nos dan las razones por las que se encuentran en Afganistán —la misma cantinela a la que aluden nuestros políticos, pero con más ardor guerrero—, y nos hablan también de sus vidas en campaña, sus ilusiones, sus aficiones, agobios y… temores. Alocuciones más o menos sentidas y crispadas, acompañadas por ritmos semi-raperos, o los temas propios de una banda de rock, que cobran mayor relevancia cuando se contrastan con otras acciones propiamente performativas: el reclamo de afiliación a las Fuerzas Armadas en una pantalla electrónica, la izada de una super-bandera, el himno nacional, muñecas troceadas esparcidas por el suelo, o el rompimiento de una guitarra. Acciones que hacen agradable la función, que nunca cansan, pero que se muestran insuficientes para constituirse en propuesta trascendente más allá del mero ejercicio recreativo. Natalia Dicenta, el Jerjes del ejército español, logra su mejor momento con la balada Cry Baby de la Joplin; y Roberto Quintana, que representa a Darío sentado en un ajado sillón a pie de grada del espectador, hace de un padre indigente —o eso parece, luego nos enteramos de que es conductor en la RENFE— muy angustiado, teleadicto y forofo del Athletic, que quiere que le aseguren que los trozos del cadáver que le han entregado corresponden a su hija (¿les suena, o cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia?). El resto de intérpretes, entre los que se encuentran los que tocan el chelo, la guitarra eléctrica y la percusión, le dan al espectáculo el tono apropiado que requieren estos testimonios en concierto. El espectáculo finaliza con un mensaje manifiestamente retórico: las guerras son eternas. Haciendo tabla rasa con todas las guerras, como si de una plaga caída del cielo se tratase, o como si con nuestras acciones no fuera posible el evitarlas.

Este octavo pase se cierra con unos mil espectadores presenciando la representación, lo que hace una suma de espectadores desde el estreno nada desdeñable. A diferencia de la première no hubo protestas, y los aplausos dieron muestra de que el espectáculo fue, mayoritariamente, del agrado del público. Aunque algunos de los asistentes, a este Calixto Bieito como no ha dado la talla —la suya—, le hayamos pedido más.

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