Número 21. Septiembre de 2007

El neocostumbrismo que conviene

 

País

de Dolfo Camilo Díaz

Teatro Casona

Dirección: Andrés Presumido

Intérpretes: Xuan Coll, Isabel Friera, Carmen Gloria García, Cristina Bravo, Andrés Presumido y Aique

Luz y sonido: Burter de Campo y Rosa Arias

Vestuario: Alegría Florez

Teatro de S. M. del Rey Aurelio

El Entrego, 22 de junio de 2007

Roberto Corte

La literatura minera arranca con el Germinal de Zola y tiene al siglo XX como espacio elegíaco donde los valores de heroicidad, sacrificio, conciencia social y revolución alcanzan todo su esplendor. La dureza del trabajo y la concentración de obreros propiciaban el activismo político y sindical. Y no han sido pocos los pintores, poetas y escritores que han tratado las gestas asturianas del 34 y el 62 en esta misma dirección. Aunque ya Joaquín Maurín en su libro Hacia la segunda revolución nos recordaba que, parejo a las virtudes, en 1903, Palacio Valdés inauguraba la leyenda negra con La aldea perdida, dando rienda suelta al minero borracho, blasfemo, pendenciero y desmitificador. Valores que, por otra parte, estaban en el estereotipo, pero sin darle tanto juego al dogma y a la reacción. Desde entonces acá ha llovido mucho. El mundo ha cambiado y la Asturias minera es ya testimonial. De los 25.000 mineros de 1980 nos restan 4.000. Y la literatura prosigue su andadura, aunque ya ha quedado claro que si al auge industrial y desarrollo le correspondía un tono trágico con acciones nobles y elevadas, a la minería en la era post-industrial le va el sainete crítico y la comedia para mejor arropar la despedida. Que es el estilo idóneo para la extinción en "muerte dulce", a modo de eutanasia procesal (político-sindical) impuesta a esta faceta laboral.

El País de Dolfo Camilo es, como el subtítulo de la pieza indica, una traxicomedia asturiana. Un sainete macabro y juguetón que tiene por protagonista al minero sindicalista con todos los tópicos de descrédito: vago, blasfemo, machista, borracho, violento y fanfarrón. Cadáver y de cuerpo presente, aunque redivivo para la ocasión a base de flash-back. Con acciones en el velatorio que nos lo muestran por boca de su viuda, o en comentarios de amigas comunes; la una mujer de guardia civil —su mejor amigo—, y la otra médica, que ejerce de voz de la conciencia para deshacernos el lío de faldas y bravuconadas desde el comienzo hasta la resolución. Todo como en comedia reivindicativa con tintes feministas, de sal gruesa, popular, de las que tanto gustan, en asturiano de las cuencas y con chiste explosivo que raya en bufonada. Lo cual vale de ejemplo y nos avisa que trastocando el tema y los valores trillados se puede reformar el costumbrismo. Tarea que se hace urgente y más que necesaria para que un público tradicional y fiel haga su puesta al día y amplíe el repertorio sin necesidad de ruptura.

Como la pieza es mero esperpento de raíz costumbrista, lo que haya de crítica se disuelve en el estereotipo y se libera en carcajada, aunque no han faltado sindicalistas que se han dado por aludidos y han movido ficha para obstaculizar la representación. Sin conseguirlo, claro. Al menos eso es lo que nos cuenta el propio autor desde el escenario antes de la función. (El tema de la "censura", "autocensura" y "programación" es peliagudo, y no estaría de más algún día dedicarle en público unos minutos de debate.)

País fue publicada hace tres años por ediciones Madú y estrenada la temporada pasada en Avilés, en el teatro Palacio Valdés, por la compañía Casona que ahora la da al circuito profesional de la Consejería de Cultura en concertación con los Ayuntamientos. Andrés Presumido, desde la dirección y el montaje, la presenta en un formato óptimo al acompañarla con proyecciones y unas plataformas encarriladas en guiaderas para agilizar los cambios al flash-back. Aunque aquí el funcionamiento de los aparatos es torpe, y retrasa las entradas y salidas en los cuadros. El elenco artístico está formado por mujeres —es una pieza de actrices— experimentadas, algunas ya conocidas en Casona por sus anteriores trabajos, como Isabel Friera y Carmen Gloria García, que hacen los personajes de Licia y Fina, respectivamente, la viuda muy sentida que llora al finado y la amiga adúltera un tanto borderline; y por Cristina Bravo, que también cumple muy bien con el papel de Telva, la doctora que les abre los ojos a base de recuerdos y… antidepresivos. Y luego está Xuan Coll, uno de nuestros actores más veteranos trabajando en asturiano, que le pone a Mino, el prota, el sujeto omitido, toda la gracia y el encanto que necesita el minero para ser el gallu de esta comedia que tipifica un circo doméstico de comportamientos no por exagerados menos reconocibles. La obra tiene también a un guardia civil cornudo, un tanto cohibido, como para distanciarse del reparto, interpretado por Aique, y a un sindicalista real, muy reconocido, que fue líder en el proceso de reconversión minera, y que aparece en el entierro para soltar sermón y darle al director, Andrés Presumido, la posibilidad de hacerse un cameo. Pero la comedia, que tiene trampa y se construye con inesperados cambios de fortuna, ofrece un macabro ajuste de cuentas al final, a modo de venganza. Y nada desdice, porque el retablo lo permite.

Mucho se ha discutido sobre la posibilidad o no de renovar el teatro costumbrista. Hay quien cree que el género responde a unos inexorables clichés temáticos —el indiano, la aldea— difíciles de sortear. Pero para desmentir los tópicos están Dolfo Camilo y Casona con País, que sirve ya de objetivo para decirnos por dónde van los tiros.

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