La muerte del profesor Elías García Domínguez me cogió por
sorpresa. No es que espere nunca la muerte de nadie. Pero un día
antes de morir pregunté por él rutinariamente a su hermano, el
también profesor Rafael, sin tan siquiera saber que había sido
ingresado entonces y estaba en coma. Creo que había llegado a los 72
años ¿Cuántas veces uno se cree en posesión de una amistad (que no
existió) con un ser cercano al que se le quiso tanto y tanto no se
le trató? Tal vez exista un componente narcisista que nos eleva en
la amistad de los seres finados. Con Elías, catedrático de
literatura en El Entrego y Oviedo, erudito sin erudición, amante del
teatro y de sus gentes, muerto el pasado 23 de junio después de una
repentina caída en la enfermedad, me pasó así. Pero puedo decir que
si alguien me hubiese preguntado por Elías en vida, yo afirmaría que
era mi amigo, pero, ¿lo era? Cuando pregunté por él a su hermano,
también un ser entrañable y erudito, en una asamblea de Tribuna
Ciudadana de la cual salí formando parte de su directiva no sé bien
por qué (tal vez por asistir, cuando no tienen otros candidatos), no
me imaginaba este trance. El caso es que me contestó que estaba muy
mal habiendo sido hospitalizado esos días. Yo me embarqué en un
viaje fuera de Asturias al día siguiente sin sospechar que en ese
mismo instante ya estaban escribiendo las notas de condolencia a su
muerte.
Frecuenté escasamente pero con intensidad a Elías en multitud de
escenarios teatrales, siempre como espectador y contando con su
benevolencia para toda clase de juicios, ya desde el año 1985. "El
profesor que enseñó a amar la literatura a miles de asturianos",
reza una especie de epitafio que empecé a leer 10 días después de su
marcha cuando regresé a casa. Crítico literario y promotor de
teatro, enseñó en la Universidad y en los institutos de El Entrego y
San Lázaro, se nos dice. Desde San Lázaro lo conocí, cuando se le
propuso para un jurado literario que yo organizaba para una pujante,
bisoña y sectaria Concejalía de Juventud de triste y nefasto
recuerdo para el debe del Ayuntamiento de Oviedo socialista. Íbamos
luego, a ir casi siempre de vinos, con la también recordada, amiga y
compañera actriz Cristina Madera a la salida de las funciones, sobre
todo en Lugones o Pola de Siero, en la que no era infrecuente
toparse con otras gentes del teatro regional.
Elías formó parte de innumerables jurados literarios, siendo su
número tal, pese a una jubilación que se me antojaba prematura para
su vivacidad intelectual, que seguramente nadie ha superado en
Asturias. Coincidimos en varios, la última para las subvenciones del
teatro aficionado —toda vez que yo siempre rechacé formar parte de
tribunales del profesional para el que es bien sabida mi
argumentación rechazándolos en su formulación actual—. El caso es
que siempre tuvimos una mutua comprensión, o tal vez fuera siempre
suya (seguro estoy de que su comprensión la formulaba para
cualquiera fuese su interlocutor), pues me hacía ver en sus razones
un estado de latencia existencial que adivino debía a los clásicos
epicúreos, en lo cuales además se evidencia un rasgo no contrapuesto
de la escuela estoica. Ese epicureismo estoico, valga la palabra, yo
lo he visto en muy remotas ocasionas afincado en un mismo ser,
distintivo, en muy contadas ocasiones en gentes por lo demás,
magníficas en todo. Y comentábamos, jamás con acritud, las cuitas
que nos asaltaban al ver las obras de Villanueva, o los circuitos
existenciales de Etelvino Vázquez, la eclosión de Kamante, el fulgor
de las obras y acciones de Roberto Corte, el resplandor apagado hace
mucho del mismo Maxi Rodríguez, separado de la esencia teatral
asturiana, el populismo eficaz de Presumido, la intrepidez rústica
de "la escuela de Avilés" en su visión vanguardista, el ITAE, etc.
Y, sobre todo los valores nuevos que íbamos viendo ocultarse a veces
como un fuego fatuo, un resplandor, un efímero volador, una chispa
artificial que viene y se va tantas veces en el teatro. Para qué
mencionar lo que le parecía la situación de la crítica en los
periódicos, o la mía propia, que siempre fue para mí la última, en
un calvario lleno de dificultades, arbitrariedades, politiqueos
y acechanzas que no he podido resistir. Allí le ví la última vez
apoyado en su segundo bastón, tantas veces paseando con su nieta
delante de La Nueva España. Desde hace unos años se asía a un
palo para caminar a paso largo siempre aunque ya algo cansino con
sus piernas interminables y que le habían dado algún problema. No
podíamos dejar de vernos sin encontrar alguna chispa escénica que
encendiera la hoguera de la conversación, achacando los males
inveterados del teatro que se han hecho crónicos. Una situación de
desinterés absoluto de los periódicos hacia ese arte, las
limitaciones propias de la región, la permisividad política hacia
nacionalismos desplazando al castellano de tantas manifestaciones en
favor de una lengua casera que busca la incompatibilidad de
caracteres, en fin la pervivencia siempre de lo clásico como un don
de la naturaleza creativa del teatro de oro español, que siempre
cobra vigencia cuando se hace bien, en el otro lado de la balanza,
etc.
Me había prometido hace años para la revista La Ratonera,
unos manuscritos, que me iba a pasar, sin que mediase un ordenador
por medio, sobre sus trabajos de la figura de Pérez de Ayala, que
fue su luz y especialización universitaria y que irradió a varias
generaciones de estudiantes. Yo insistía y él me daba su teléfono
cuantas veces yo lo iba perdiendo para ponernos en contacto y quedar
por fin para publicarlos, como hizo en otras revistas universitarias
y doctas como la añorada "Cuadernos del Norte". El caso es
que yo iba desdejándome hasta el siguiente encuentro en donde volvía
a darme ánimos sobre mi labor de divulgación teatral a la que según
él no debía renunciar, pese a las presiones a las que me veía
sometido, ay, siempre en ese desinterés por publicar nada
relacionado con la escena, o que no encajase en los cánones de la
democracia tutelada y archisometida a la censura previa. Había
publicado también Cómo leer textos narrativos en 1989 y una
Antología asturiana en 1980, amén de en la revista de
Anales de literatura asturiana en 1988, pero su docencia la
aplicaba a una pedagogía natural que impartía incesantemente en su
cotidianeidad, con una palabra, un juicio certero, un humor
incansable. Sonriente y bien encarado nos dejó un sinfín de momentos
irrepetibles que iremos echando en falta con su despedida y que
iremos contando, en esa forma de "contar, como dar cuenta, más bien
que en el sentido de narrar", que diría él mismo. Le imagina uno sin
duda en sus labores mayúsculas de divulgación con su amiga y alumna
Cristina en el disfrute eterno de su amor incansable al teatro.
Descanse en paz.