Número 21. Septiembre de 2007

Elías García o la razón de vivir

Francisco Díaz-Faes

La muerte del profesor Elías García Domínguez me cogió por sorpresa. No es que espere nunca la muerte de nadie. Pero un día antes de morir pregunté por él rutinariamente a su hermano, el también profesor Rafael, sin tan siquiera saber que había sido ingresado entonces y estaba en coma. Creo que había llegado a los 72 años ¿Cuántas veces uno se cree en posesión de una amistad (que no existió) con un ser cercano al que se le quiso tanto y tanto no se le trató? Tal vez exista un componente narcisista que nos eleva en la amistad de los seres finados. Con Elías, catedrático de literatura en El Entrego y Oviedo, erudito sin erudición, amante del teatro y de sus gentes, muerto el pasado 23 de junio después de una repentina caída en la enfermedad, me pasó así. Pero puedo decir que si alguien me hubiese preguntado por Elías en vida, yo afirmaría que era mi amigo, pero, ¿lo era? Cuando pregunté por él a su hermano, también un ser entrañable y erudito, en una asamblea de Tribuna Ciudadana de la cual salí formando parte de su directiva no sé bien por qué (tal vez por asistir, cuando no tienen otros candidatos), no me imaginaba este trance. El caso es que me contestó que estaba muy mal habiendo sido hospitalizado esos días. Yo me embarqué en un viaje fuera de Asturias al día siguiente sin sospechar que en ese mismo instante ya estaban escribiendo las notas de condolencia a su muerte.

Frecuenté escasamente pero con intensidad a Elías en multitud de escenarios teatrales, siempre como espectador y contando con su benevolencia para toda clase de juicios, ya desde el año 1985. "El profesor que enseñó a amar la literatura a miles de asturianos", reza una especie de epitafio que empecé a leer 10 días después de su marcha cuando regresé a casa. Crítico literario y promotor de teatro, enseñó en la Universidad y en los institutos de El Entrego y San Lázaro, se nos dice. Desde San Lázaro lo conocí, cuando se le propuso para un jurado literario que yo organizaba para una pujante, bisoña y sectaria Concejalía de Juventud de triste y nefasto recuerdo para el debe del Ayuntamiento de Oviedo socialista. Íbamos luego, a ir casi siempre de vinos, con la también recordada, amiga y compañera actriz Cristina Madera a la salida de las funciones, sobre todo en Lugones o Pola de Siero, en la que no era infrecuente toparse con otras gentes del teatro regional.

Elías formó parte de innumerables jurados literarios, siendo su número tal, pese a una jubilación que se me antojaba prematura para su vivacidad intelectual, que seguramente nadie ha superado en Asturias. Coincidimos en varios, la última para las subvenciones del teatro aficionado —toda vez que yo siempre rechacé formar parte de tribunales del profesional para el que es bien sabida mi argumentación rechazándolos en su formulación actual—. El caso es que siempre tuvimos una mutua comprensión, o tal vez fuera siempre suya (seguro estoy de que su comprensión la formulaba para cualquiera fuese su interlocutor), pues me hacía ver en sus razones un estado de latencia existencial que adivino debía a los clásicos epicúreos, en lo cuales además se evidencia un rasgo no contrapuesto de la escuela estoica. Ese epicureismo estoico, valga la palabra, yo lo he visto en muy remotas ocasionas afincado en un mismo ser, distintivo, en muy contadas ocasiones en gentes por lo demás, magníficas en todo. Y comentábamos, jamás con acritud, las cuitas que nos asaltaban al ver las obras de Villanueva, o los circuitos existenciales de Etelvino Vázquez, la eclosión de Kamante, el fulgor de las obras y acciones de Roberto Corte, el resplandor apagado hace mucho del mismo Maxi Rodríguez, separado de la esencia teatral asturiana, el populismo eficaz de Presumido, la intrepidez rústica de "la escuela de Avilés" en su visión vanguardista, el ITAE, etc. Y, sobre todo los valores nuevos que íbamos viendo ocultarse a veces como un fuego fatuo, un resplandor, un efímero volador, una chispa artificial que viene y se va tantas veces en el teatro. Para qué mencionar lo que le parecía la situación de la crítica en los periódicos, o la mía propia, que siempre fue para mí la última, en un calvario lleno de dificultades, arbitrariedades, politiqueos y acechanzas que no he podido resistir. Allí le ví la última vez apoyado en su segundo bastón, tantas veces paseando con su nieta delante de La Nueva España. Desde hace unos años se asía a un palo para caminar a paso largo siempre aunque ya algo cansino con sus piernas interminables y que le habían dado algún problema. No podíamos dejar de vernos sin encontrar alguna chispa escénica que encendiera la hoguera de la conversación, achacando los males inveterados del teatro que se han hecho crónicos. Una situación de desinterés absoluto de los periódicos hacia ese arte, las limitaciones propias de la región, la permisividad política hacia nacionalismos desplazando al castellano de tantas manifestaciones en favor de una lengua casera que busca la incompatibilidad de caracteres, en fin la pervivencia siempre de lo clásico como un don de la naturaleza creativa del teatro de oro español, que siempre cobra vigencia cuando se hace bien, en el otro lado de la balanza, etc.

Me había prometido hace años para la revista La Ratonera, unos manuscritos, que me iba a pasar, sin que mediase un ordenador por medio, sobre sus trabajos de la figura de Pérez de Ayala, que fue su luz y especialización universitaria y que irradió a varias generaciones de estudiantes. Yo insistía y él me daba su teléfono cuantas veces yo lo iba perdiendo para ponernos en contacto y quedar por fin para publicarlos, como hizo en otras revistas universitarias y doctas como la añorada "Cuadernos del Norte". El caso es que yo iba desdejándome hasta el siguiente encuentro en donde volvía a darme ánimos sobre mi labor de divulgación teatral a la que según él no debía renunciar, pese a las presiones a las que me veía sometido, ay, siempre en ese desinterés por publicar nada relacionado con la escena, o que no encajase en los cánones de la democracia tutelada y archisometida a la censura previa. Había publicado también Cómo leer textos narrativos en 1989 y una Antología asturiana en 1980, amén de en la revista de Anales de literatura asturiana en 1988, pero su docencia la aplicaba a una pedagogía natural que impartía incesantemente en su cotidianeidad, con una palabra, un juicio certero, un humor incansable. Sonriente y bien encarado nos dejó un sinfín de momentos irrepetibles que iremos echando en falta con su despedida y que iremos contando, en esa forma de "contar, como dar cuenta, más bien que en el sentido de narrar", que diría él mismo. Le imagina uno sin duda en sus labores mayúsculas de divulgación con su amiga y alumna Cristina en el disfrute eterno de su amor incansable al teatro. Descanse en paz.

Arriba