Una sociedad cultural viva
es aquella que se manifiesta con un ejercicio crítico responsable.
Tan disparatado es esgrimir un discurso apocalíptico que neutraliza
los valores para degradarlos, como utilizar una soflama oportunista,
acrítica y cómplice, al servicio de un programa de partido al que no
se le presta más consideración que el signo político al que
pertenece. Hay una opinión bastante generalizada en creer que la
situación que vive el teatro asturiano es siempre la misma, que el
contexto y las circunstancias en que se produce es idéntico al de
hace diez años, que la política teatral del Principado es
incongruente, e incluso que el teatro que realizan las compañías no
es más que un mecanismo de repetición temático y estético muy
endeble, anclado en unas estructuras de producción precarias y
adocenadas. Y todo esto se dice para sacar conclusiones nada
halagüeñas, aunque para desmentir buena parte del inmovilismo de
estas afirmaciones baste con echar un vistazo a las estadísticas de
hoy y de antaño, y contrastarlas.
La realidad teatral
asturiana es diversa y compleja. El balance global de la actividad
artística y administrativa requiere de una consideración sosegada
que contemple todos los elementos y matices que forman el conjunto.
Sobran los juicios precipitados y las impresiones que actúan como
respuesta a problemas personales. Los cambios que recientemente se
han producido en infraestructura y proyectos relacionados con las
artes escénicas en nuestra comunidad, por innovadores que se
presenten, han de ser integrados y explicados dentro del campo al
que pertenecen. Son muchos, e importantes, los elementos que
aparecen dispersos. Es tarea de la administración a través de un
departamento competente o de un instituto de teatro, sin menoscabo
de la autonomía que compete a cada caso, jerarquizar y organizar
todo el entramado. Sólo así podremos hacernos una idea cabal de
nuestro patrimonio y de los problemas que nos acucian, para que,
plantándoles cara y dándoles solución de acuerdo a nuestras
peculiaridades, logremos estar a la altura de las comunidades
autónomas mejor estructuradas.
Los nuevos responsables de
la Consejería de Cultura han de hacer un esfuerzo por consolidar y
mejorar lo conseguido. No cabe duda de que en estos últimos años se
han dado pasos significativos para reactivar la actividad teatral,
pero aún son insuficientes si consideramos que al aumento de los
presupuestos le acompaña un mayor número de representaciones, el
crecimiento de la afición, y un mayor número de personas vinculadas
profesionalmente con la actividad. Son muchos todavía los municipios
con una población de 15.000 habitantes a los que no les llega una
mínima programación estable, y hace falta abordar con solvencia
actividades a las que desde siempre se les ha prestado muy poca
atención: los intercambios, el reciclaje en formación, la
investigación, la promoción de autores o los vínculos que han de
existir entre la universidad y la profesión; amén de otras que, sin
ni tan siquiera haber sido esbozadas más allá del enunciado teórico,
forman ya parte natural del desarrollo de las artes escénicas de
otras comunidades. Desarrollos que han de estar sujetos a parámetros
de racionalidad para una mayor efectividad.
Ahora, coincidiendo con el
cambio de gobierno tras el periodo electoral, se nos ha ofrecido la
oportunidad de adjuntar a este número el ensayo de Antón Caamaño