Número 21. Septiembre de 2007

Juan Echanove
“Deseé que Plataforma no se hiciera”

Gemma de Luis

Los días 6 y 7 de Julio se representó en el Teatro Jovellanos de Gijón la obra Plataforma del autor Michel Houellebecq, dirigida por Calixto Bieito.

Antes de la función del segundo día tomamos un café con el protagonista de la misma, Juan Echanove, que interpreta el personaje de Michel, por el que ha obtenido el premio Herald Archangel al Mejor Actor en el Festival Internacional de Edimburgo en 2006 y el premio Valle-Inclán de Teatro en el 2007.

Entre sonidos de acordeón, risas, mucha amabilidad y el bullicio de una tarde soleada Juan Echanove nos contó un montón de cosas para La Ratonera.

Pregunta. Eres un actor con una trayectoria impresionante en teatro, cine, televisión... De hecho llevas nada más y nada menos que veintisiete años en la escena. Si retomamos un poco tus inicios y tu paso por la Resad, ¿cómo definirías tu evolución como actor a lo largo del tiempo?

Respuesta. El hecho de ver mi currículum y ver un trabajo detrás de otro… ya que son muchas películas, son muchas series de televisión, son muchas obras de teatro, responde a que mi primera experiencia profesional empieza aproximadamente a los diecinueve años y ahora tengo cuarenta y seis. En julio de este año hace veintisiete años que vengo trabajando y ésa es la razón por la que mi currículum es abultado.

Si me pongo a echar la vista atrás, la apreciación que hago de todo esto hoy tiene poco que ver con la apreciación que hice en su momento. Mi paso por la escuela fue un paso fugaz, yo creo que lo mejor que me pasó en la escuela es que me dio mucha confianza en mí mismo al superar la prueba de ingreso. Cuando ocurre esto, ya estaba trabajando en teatro, ya había tenido una experiencia profesional y eso no era frecuente. Venía de un entorno de una compañía semiprofesional, una compañía vocacional. Yo ya estaba en el escenario, ya había tocado las tablas y estaba inoculado del veneno del teatro, por lo que el hecho de someterme a una disciplina escolar a mí ya me quedaba pequeño; pero también es verdad y, lo pienso ahora en el tiempo, viendo la calidad de la asignatura de interpretación en el año en que ingresé en la escuela, viendo la dimensión cualitativa de la enseñanza de la interpretación en esa escuela tal y como era, sin duda, yo era un actor que le quedaba grande también. Lo digo para establecer un punto de justicia. No había reflexionado sobre esto, pero yo era un tío al que sistemáticamente pusieron problemas, sobre todo en interpretación. Tenía matrícula de honor en danza y en expresión corporal pero en cambio estaba suspenso en interpretación. Era una cosa curiosa y sí es verdad que yo simultaneaba estudios de arte dramático con estudios de derecho, con ensayos de una obra de teatro con el propio Jorge Eines, que era uno de los que sí me aprobaron y una de las personas más ligadas a mí después, pero evidentemente la escuela y yo por incompatibilidad de caracteres tuvimos que divorciarnos por no hacer el ridículo. No se podía entender que yo estuviera trabajando en el María Guerrero, que me estuviera dirigiendo Marsillach, que estuviera trabajando en una cooperativa en la que el protagonista era Juan Diego y que la Escuela me negara mi capacidad interpretativa. Esto creaba un agravio que hubo que romper por la brava. Recuerdo una obra que estábamos ensayando y que Juan Diego dirigía en Mérida y le tuve que pedir permiso para ir a un examen final a ver si aprobaba de una vez y Juan no me quería dejar ir porque había ensayo y se enfadó y me dijo que se iba a presentar toda la compañía a ensayar en la propia escuela de lo indignado que estaba (risas)...

Hace mucho tiempo de esto, pero ha fortalecido dos cosas en mí: la primera, no preguntar nunca la procedencia de un actor, no interesa, a mí no me interesa, creo que es algo íntimo. El hecho de tener un progreso académico si no va acompañado de vida, de transmisión, de un resultado en el escenario, no sirve para nada; la segunda, en una situación como la mía, quien tiene la razón es la escuela, ya que no puede convivir una escuela con un actor que trabaja porque es un agravio comparativo con los demás alumnos...

Ésta es la visión más general de mi carrera como actor. Desde el principio hasta aquí ha habido muy buenas oportunidades y mucho trabajo por mi parte y después de estos 27 años me gusta interpretar, ésa es la gran pregunta que un actor debe hacerse y responderse. Si te gusta interpretar, todos los días hay que empezar. La función de ayer no vale, vale la de hoy, lo que vale es la disposición que uno tiene de entregarse en el escenario para que el espectador piense que vale la pena ir al teatro.

P. Al haber interpretado tantos y tan variados papeles, ¿podemos decir que posees un método o una técnica interpretativa concreta que te permite abordar cualquier tipo de personaje o en cada caso el trabajo actoral es distinto dependiendo del texto, del director, etc.?

R. Mi método consiste fundamentalmente en atender a dos cosas: la concentración, ya que el trabajo interpretativo que se hace en la escena está basado principalmente en la concentración, y la inspiración, teniendo en cuenta que ésta última es un estado vital y no un estado creativo, ya que tiene que ver con la actitud respecto a las cosas que ocurren en tu entorno, cómo las observas, cómo las metabolizas, cómo te desprendes de ellas y qué es lo que te han dejado esas experiencias, desde las más sencillas a las más transcendentales. Ese bagaje, esa manera de aplicar la óptica, ese tamaño de plano que uno elige en la vida, es lo que define tu manera de ser en el escenario. Como la inspiración no depende de uno, mi trabajo se basa fundamentalmente en la concentración.

Los métodos históricos son conocimiento histórico de tu profesión, nada más. Yo soy más de observar lo que me transmiten las personas que me impactan en un escenario y el cómo lo hacen, por qué lo hacen… Uno encuentra muchos métodos y te das cuenta de cómo son fundamentalmente después de haber visto trabajar a esa gente varias veces. Eso te hace tener con ellos una relación de profunda admiración y respeto. En este sentido hay para mí dos parámetros a la hora de trabajar: respeto a la platea y respeto a la dirección. Eso es respetar el espectáculo y es difícil, porque una singladura de una obra de teatro es un océano en donde solamente una persona dispone de una línea trazada que un actor no puede perder si no quiere empezar a navegar en círculos en el mar hasta su propia desaparición. Tienes que tener muy claro cuál es el rumbo y el director de escena tiene que marcar en ti una huella muy profunda para que no pierdas nunca esa línea imaginaria. Luego tú puedes hacer todo tipo de florituras, pero sabiendo por dónde vas... Todo lo demás es estilo y el estilo tiene mucho que ver con tu forma de andar por la vida, con tu propia filosofía.

P. En estos últimos años parece que has dado más prioridad a tu trayectoria teatral e incluso en el año 2005 te has estrenado en la dirección con la obra Visitando al señor Green. ¿Cómo surgió y cómo fue esa experiencia? ¿Tienes pensado repetirla?

R. Surge, porque después de hacer El Precio y como cualquier productor de teatro, descubres que hay cosas que no conviene perder y una de ellas es Otegui, perder a Otegui en una compañía es una inconsciencia y la única forma de no perderle es ofrecerle buenos papeles. Considero y sigo considerando después de haberle dirigido, que es el mejor actor que tenemos en España, es el primer actor, con lo cual hay que ponerse a su servicio. Por tanto, buscamos una obra para Otegui y encontramos Visitando al señor Green con la posibilidad de que yo pudiera ser Ross Gardiner. Leí la obra y vi que era perfecta para Otegui pero muy joven el personaje para mí, no porque yo fuera mayor, sino porque mi apariencia física hacía que Ross Gardiner fuera un tío con mucha más experiencia en la vida frente a un judío como el señor Green. Era demasiado jugar a la inocencia y hacer creer una especie de relación paterno filial que nunca había tenido el personaje, por lo que yo era demasiado mayor para Gardiner y demasiado joven para Green. No podía quitarme la obra de la cabeza y supe que ésa era la función que yo quería dirigir. Siempre dije que dirigiría el día que tuviera una historia que contar y ésa era una historia que yo quería contar.

A los espectadores no se les puede pegar sartenazos con "Plataformas" constantemente, porque no se puede ir tan fuerte, hay que dejar ventanas también abiertas al optimismo, jugar varias bazas a la vez..., pero siempre haciendo un teatro que conmueva, ya que el teatro sólo por estar bien hecho no vale, tiene que conmover.

P. ¿Qué hace que un actor asuma el riesgo de la dirección? Tiene que haber algo más que encontrar un buen texto ¿no?

R. En el fondo son muchos años de coproducir y cuando estás en la producción sabes que eres parte de una cadena muy importante y eso te hace tener una visión que va más allá de la del actor. El hecho de que yo dirigiera era algo esperado, siempre he tenido mucha ambición artística, mucha exigencia de mí mismo y nunca me ha dado miedo asumir responsabilidades, con lo cual todo mi entorno esperaba algo que hace veinticinco años era formar una compañía y hoy en día es coproducir. Lo que intentas en realidad es formar un grupo de trabajo afín a la hora de entender el hecho dramático y con mucho riesgo y mucho trabajo poner en pie textos que merezcan la pena. Hay un momento en que se cambia el chip de esperar en casa a que suene el teléfono

P. Centrándonos en Plataforma, ¿nos puedes contar brevemente cómo ha sido el proceso de puesta en escena desde que os reunís los actores con el director por primera vez? Me gustaría saber también si a la hora de aceptar este papel tan complejo te sedujo más la posibilidad de trabajar con Calixto Bieito o el hecho de tener que enfrentarte a un texto de estas características.

R. Antes de aceptar trabajar en Plataforma acepté trabajar con Bieito, nunca había trabajado antes con él, pero yo sabía que en este momento de mi vida en concreto era el director con el que quería trabajar. Es una cuestión de intuición. El punto está en encontrar a este tipo de directores en el momento exacto de tu vida en el que estés dispuesto a poner en el escenario una capacidad de riesgo que en otro momento no lo harías. Es más, si después de esto me llama Bieito para hacer otro espectáculo, no digo que no lo hiciera, pero el cuerpo después de esta catarsis me pide otra cosa.

El punto souflé es un punto muy delicado y a mí me ha tocado con Bieito. Él me llamó, me dijo que tenía un proyecto entre manos y me preguntó si estaba dispuesto a trabajar con él y contesté que por supuesto, sin haber leído el texto, sin conocer a Houellebecq. Después quedamos en Madrid y leí Plataforma. ¡Dios mío! ¿Dónde me he metido? A partir de ahí deseé con todas mis fuerzas que Plataforma no se hiciera... Me pasé tres meses, los tres meses anteriores a los ensayos, mienttras rodaba Manolete, pensando en la roulotte cuando me cambiaba, me maquillaban: "no me llama nadie, eso es que no se hace... me van a decir ¡eres nuestro hombre pero otra vez será!". No me daban texto para estudiar, me daban largas porque no estaba la adaptación... La adaptación se hizo poco antes de empezar los ensayos, pero en realidad era un apunte sobre el cual luego elaborar una dramaturgia en pie, que se fue gestando en el momento de los ensayos. La obra se fue creando día a día. Me pasé seis semanas en Barcelona en un apartamento, estudiando por las mañanas de 6 a 9, tres horitas y luego perdía el tiempo sistemáticamente tumbado en el sofá hasta las 4 de la tarde, hora de ir al teatro a Hospitalet a jugar con todo aquello. Estudiaba monólogos inmensos que al día siguiente no servían. Daba igual. Se trataba de poner la cabeza y el espíritu a trabajar al ciento por ciento.

Lo más desgarrador de esta función es que el espíritu nihilista contemporáneo de Houellebecq no tiene nada que ver conmigo. El personaje no tiene nada que ver conmigo. Su manera de pensar no tiene nada que ver conmigo. Los valores en los que yo sitúo la sociedad en la que vivo no tienen nada que ver con Houellebecq. De hecho es el autor con el que menos empatía desarrollo. La primera vez que tiré el libro y pensé "¡esto lo va a interpretar tu puta madre!", al instante cogí el libro otra vez y pensé "¡tío, esto no puede ser, hay mucha gente metida en esto y mucha gente que tiene más sensibilidad que tú y que cree que aquí puede haber un buen trabajo, así que ponte a buscar!". Y busqué y encontré. Bieito me dijo que quería contar una profunda historia de amor y yo le dije que se había lucido con la elección de ese texto. Le recordé que teníamos un pacto ya que yo no quería hacer sexo, ni desnudarme en el escenario. Soy un tío muy pudoroso al que paran por la calle y eso me iba a generar tal tensión vital, que superarla me haría perder el 50% de la profundidad que necesitaba para este trabajo. Bieito me dijo que no era eso lo que quería, él insistió en que quería contar una historia de amor y lo ha conseguido. Más allá de eso, lo que yo necesitaba era encontrar un vínculo y lo encontré en la frase que me dice Belén Fabra al final, cuando me pone el yogur en la boca y dice: "la falta de ganas de vivir no basta para tener ganas de morir". Ahí me di cuenta de que estábamos dentro del estado mental de un personaje torturado, en un continuo flash-back, deteriorado por el dolor, pero atenuado por el whisky y los tranquilizantes y ahí supe que tenía que volver a meterme dentro de un volcán.

Antes de empezar este trabajo, mis mejores amigos y en concreto Marta Carrasco, persona con la que dentro de la creación tengo mucha conexión, me dijo: "rodea tu vida de felicidad, ya que vas a tener que meterte muy abajo" y ése es el antídoto de doscientas funciones de esta basura. Yo salgo del teatro y en media hora estoy encantado de vivir, feliz de la vida... Nunca tengo una conversación con este personaje, empiezo a hablar con él dentro de 20 minutos. Me coloco mi traje ignífugo y el fuego no me toca, pero la temperatura es tan alta, tan alta, que te hace que en el escenario tengas que tomar decisiones diarias instantáneas y asumir que muchos días tienes accidentes, bajadas a profundidades de las que resulta muy difícil salir, difícil hacer los "transfers", difícil cortar. Técnicamente hay que llegar al cénit más alto que se puede llegar y de repente cortarlo y hacer un discurso totalmente lineal y ausente de dolor, dominar totalmente el esfuerzo físico para llegar a la tranquilidad de la muerte.

"La falta de ganas de vivir no basta para tener ganas de morir". Dejarse morir en un sillón... eso es... Yo nunca he hecho puenting, pero esto para un actor debe ser algo parecido.

P. ¿Cuánto ha durado el proceso de montaje de Plataforma? ¿Hay un trabajo de mesa previo? ¿Se trabaja a partir de improvisaciones, partituras escénicas de movimiento...?

R. Con Bieito es todo muy rápido, es todo ¡vamos a probar cosas! Con Bieito sentado en mesa creo que he estado un día, quitando otro que comimos (risas). No es un creador de mesa... es uno de los directores que más grado de libertad concede a un actor de todos con los que yo he trabajado..., pero asumir la libertad plena es asumir la responsabilidad plena. ¡Cuidado con lo que propones a Bieito porque puede ir! Con él el campo no tiene vallas. Es vertiginoso. Bieito es ¡cógete una tabla de surf y busca olas de cuatro metros! Si te coge la ola y te da revolcones y tragas tres litros de agua, no vayas luego a llorar a mamá porque no hay playa, ni mamá, ni sombrilla, ni nada... tira el agua que has tragado y vuelve a buscar la ola.

El proceso duró entre 40 y 50 días, es lo que suelen durar en la empresa privada y estoy de acuerdo en este lapso de tiempo de la empresa privada frente al de la nacional, no sólo por el coste de producción, sino porque hay un momento en que las obras se pasan como el arroz. Una obra pasada de ensayos es demasiado previsible y los actores debemos sentir que no las tenemos todas con nosotros en el escenario... Yo ya no hago italianas mentales, no las repaso mentalmente, dejo que fluyan y eso hace que varíe la forma de decir las cosas, las construcciones verbales son distintas... Es una sensación especial, porque notas que el texto está naciendo en ti por primera vez, eso te lleva a una gestualidad primera y a una relación excitante con el público y eso es Bieito.

Con respecto al trabajo corporal vuelvo a mencionar a Marta Carrasco, ya que el trabajo corporal está relacionado con un comportamiento instrumental y tiene que jugar una armonía musical con respecto a lo que se está trabajando. Esta función requiere una preparación física potente ya que es una función muy extrema donde no puedes tener lesiones y la concentración debe ser extrema.

P. Plataforma es una versión teatral de una novela de Michel Houellebecq que mencionábamos anteriormente y que en su momento escandalizó a gran parte de la sociedad francesa. Me gustaría saber si el autor ha visto este montaje y qué le ha parecido.

R. No lo ha visto, pero sé por su entorno que está de acuerdo. Houellebecq es un autor al que respeto, pero que a mí no me interesa. No creo que tuviéramos nunca empatía. Hay algo antipático en él, pero lo que importa es que la obra sea buena y ésta lo es. Con un canto en los dientes se tiene que dar Houellebecq con la propuesta de Calixto Bieito, ya que su poética es un mundo de reiteración que en un escenario es complicado, pero hay que respetarlo porque es estilístico y hace falta una capacidad creativa como la de Bieito para que esto funcione.

P. Actúas en media hora, así que finalizando esta entrevista y sin querer dejar de mencionar otras facetas tuyas como la de cantante y especialmente la de experto gastronómico, que confieso me ha sorprendido gratamente, podrías decirme en unas palabras, ¿cuáles son los ingredientes básicos para cocinar... un buen espectáculo teatral?

R. Honestidad, capacidad de trabajo y morbo.

P. ¿Un buen actor?

R. Dosis de humildad.

P. ¿Una buena persona?

R. Que sepa disculpar los errores de los demás y no se reconcoma con los propios.

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