Número 21. Septiembre de 2007

Acerca de las costumbres para ver el ‘Cirque du Soleil’
Alegría y alergia al Sol

Francisco Díaz-Faes

El espectacular despliegue de propaganda del Circo del Sol causa mucha más admiración de alegría que de alergia, dos palabras proximales que nos acercan a la patología del espectador nuevo. Por un lado hay cada vez más un síndrome de alergia al sol que se evidencia en diversas afecciones cutáneas a su exposición, y por otro lado el revulsivo nacido de este circo en Quebec en 1982, ha llevado a bastantes artistas (españoles sobre todo, o europeos) a renegar del despliegue de este circo nor-norteamericano. Cuanto mayor es el éxito de este megaespectáculo, cuanto mayor fervor causa, más se le buscan las cosquillas, los fallos, los defectos, que por otro lado nadie ve.

Tal vez el mayor se atisbaría con gafas de cristal de madera que esgrime la repulsa a verlos ganarse el pan y sacar provecho de ello. Lo que para los ojos antiglobalizadores —generalmente subvencionados, no lo olvidemos— no está bien. Otra cosa sea el trato de favor de las autoridades políticas y empresariales, hacia este emporio, que como siempre están para lo que están, sirviéndose ellas mismas de escaparate en el circo que representan. No les dediquemos más tiempo, el caso es que tres años después vuelve el Cirque du Soleil, el Circo del Sol a Gijón. Colocado en el Parque Inglés ha perdido gran parte de su atractivo. Difuminado entre la arboleda, que no deja ver su perspectiva blanca como hace unos años se pudo contemplar en su maravilloso emplazamiento del Musel, casi flotando en el mar. Estrenado el 25 de julio permanecerá durante todo un mes en ese parque que de inglés tiene sólo el nombre.

Ciertamente no ha perdido su fulgor, su finura, su tratamiento de arte absoluto. Puede pasar en cualquiera de los espectáculos del repertorio circulante (por todo el mundo) que prácticamente son intercambiables. En realidad el espectáculo Alegría, como el Saltimbanco o el Quidam también visto en España, corresponden a una misma fórmula. Un guión más o menos difuso —hilo conductor que aquí magnifican tres grandes clowns— que se va interpretando con el aderezo de los números circenses, coreográficos, gimnásticos, acrobáticos y musicales.

No debería uno cansarse de decir que esta gran multinacional canadiense ha encontrado la renovación más absoluta de un espectáculo decadente: el circo. Coreografías y bailes, canciones y músicas, máscaras, maquillajes y vestuario, luces y sombreados y transparencias, o decorados y proyecciones, y unos artistas de gran magnitud acoplados con perfecto ensamblaje en medidas, tiempos y silencios. El mayor espectáculo del mundo, tal vez, en su acercamiento al arte total que se buscó para la ópera. Y lo han hecho desde 1984 con la fuerza que les ha dado su formación en las funciones de calle.

"Alegría, como un asalto de júbilo", es el título de lo que aquí veremos, para ver, "si no tienes voz, si no tienes piernas, si no tienes esperanza", rezan los programas. Presentando un mundo al revés donde los bufones hacen el papel de rey y el rey de bufón, en un trastoque cuyo origen está en la inversión de órdenes de las saturnalias y el Carnaval. Esos bufones de nariz afilada, como hombres-pájaro regordetes, harán de maestros de ceremonias de la función.

Así como no podemos pedir que la generalidad de quien visita la Feria de Muestras se entere, año tras año, de las exposiciones de la Fundación Masaveu, en el stand de la cementera más antigua de España (Tudela Veguín), (este año, Casas, Solana, Zuloaga, etc., viendo crecer su jardinillo —esta vez con la hierba alta— casi japonés de 25 m2), sí reconocemos que este Circo tiene el fervor popular —más de 9 millones de personas en todo el mundo lo han visto— de algo que nadie debe dejar escapar. Como un bocadillo de calamares, o de chorizo, un limpiagafas, un helado, o entrada en el túnel de la ficción de la descarada propaganda de los pabellones municipales a media mañana en el recinto ferial.

¿Y cómo lo consiguen? Primero un tránsito. Por una tienda. Como esos centros de interpretación de la naturaleza que pretenden disecarla, para que la barahúnda de visitantes, prestos a deglutir lo que se les proponga (otra vez el dirigismo), pretendan sustituir la verdad por el cartón piedra (esas máscaras maravillosas de resina que aquí se venden), el vuelo de un ave (o un acróbata) por su foto (impresionantes las que aquí venden), o su reproducción seca en manos de un taxidermista. Y para que todo se revista de fantasía de macrocine, no podían faltar las palomitas (sabido es que los cines sacan más dinero en recaudación de chucherías que en venta de entradas ¿no va la gente a comerlas más que a ver películas?) en este ambigú.

Pero de verdad luego está lo que importa, lo que debería importar, lo demás, todo esto que escribo, son elucubraciones: el solo de trapecio de una artista cuyo apellido no puede ocultar su origen finés (las vocales repetidas en Tuuli Räsänen), las proezas acrobáticas de esa veintena de gimnastas, el equilibrista sobre manos y barras (ucraniano Denys Tolstov), la manipuladora de cinta y de aros (Masha Silaeva), el hombre volador (en cinta elástica, Aleksandr Dobrynin), la barra elevada o las barras, rusas, o la impresionante y vertiginosa danza del fuego con cuchillos, los interludios de los clowns, los músicos y cantantes de esa especie de chill out, el tango, el jazz, todo ese embeleso que nos va envolviendo con una meticulosidad excitante.

Algo nos dice que no estamos en un circo pobre: no hay rifa en el descanso, sino consumo compulsivo de trueque de pareceres. En cambio hay música en directo y los artistas no se intercambian en familias para hacer varios números mudando de disfraz. Tampoco hay animales, ni ese baile de banderas que evoca el final universal de todo circo. Todo se apaga, menos el rescoldo del latido de este espectáculo. Alguno se habrá creído periodista, o payaso, o artista, cuando le sacan para colaborar en un pequeño número. Y simplemente es calvo, o le ha rozado la mirada de un clown que rompe el anonimato de un espectador en la noche. Y el circo sigue. Y volverá, batido en este mundo de creación por Franco Dragone, Gilles Ste-Croix para la idea de Guy Laliberté y sus muchachos. Haciendo caso al apellido que libra: la libertad de la imaginación.

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