El espectacular despliegue de propaganda del Circo del Sol causa
mucha más admiración de alegría que de alergia, dos palabras
proximales que nos acercan a la patología del espectador nuevo. Por
un lado hay cada vez más un síndrome de alergia al sol que se
evidencia en diversas afecciones cutáneas a su exposición, y por
otro lado el revulsivo nacido de este circo en Quebec en 1982, ha
llevado a bastantes artistas (españoles sobre todo, o europeos) a
renegar del despliegue de este circo nor-norteamericano. Cuanto
mayor es el éxito de este megaespectáculo, cuanto mayor fervor
causa, más se le buscan las cosquillas, los fallos, los defectos,
que por otro lado nadie ve.
Tal vez el mayor se atisbaría con gafas de cristal de madera que
esgrime la repulsa a verlos ganarse el pan y sacar provecho de ello.
Lo que para los ojos antiglobalizadores —generalmente
subvencionados, no lo olvidemos— no está bien. Otra cosa sea el
trato de favor de las autoridades políticas y empresariales, hacia
este emporio, que como siempre están para lo que están, sirviéndose
ellas mismas de escaparate en el circo que representan. No les
dediquemos más tiempo, el caso es que tres años después vuelve el
Cirque du Soleil, el Circo del Sol a Gijón. Colocado en el Parque
Inglés ha perdido gran parte de su atractivo. Difuminado entre la
arboleda, que no deja ver su perspectiva blanca como hace unos años
se pudo contemplar en su maravilloso emplazamiento del Musel, casi
flotando en el mar. Estrenado el 25 de julio permanecerá durante
todo un mes en ese parque que de inglés tiene sólo el nombre.
Ciertamente no ha perdido su fulgor, su finura, su tratamiento de
arte absoluto. Puede pasar en cualquiera de los espectáculos del
repertorio circulante (por todo el mundo) que prácticamente son
intercambiables. En realidad el espectáculo Alegría, como el
Saltimbanco o el Quidam también visto en España,
corresponden a una misma fórmula. Un guión más o menos difuso —hilo
conductor que aquí magnifican tres grandes clowns— que se va
interpretando con el aderezo de los números circenses,
coreográficos, gimnásticos, acrobáticos y musicales.
No debería uno cansarse de decir que esta gran multinacional
canadiense ha encontrado la renovación más absoluta de un
espectáculo decadente: el circo. Coreografías y bailes, canciones y
músicas, máscaras, maquillajes y vestuario, luces y sombreados y
transparencias, o decorados y proyecciones, y unos artistas de gran
magnitud acoplados con perfecto ensamblaje en medidas, tiempos y
silencios. El mayor espectáculo del mundo, tal vez, en su
acercamiento al arte total que se buscó para la ópera. Y lo han
hecho desde 1984 con la fuerza que les ha dado su formación en las
funciones de calle.
"Alegría, como un asalto de júbilo", es el título de lo que aquí
veremos, para ver, "si no tienes voz, si no tienes piernas, si no
tienes esperanza", rezan los programas. Presentando un mundo al
revés donde los bufones hacen el papel de rey y el rey de bufón, en
un trastoque cuyo origen está en la inversión de órdenes de las
saturnalias y el Carnaval. Esos bufones de nariz afilada, como
hombres-pájaro regordetes, harán de maestros de ceremonias de la
función.
Así como no podemos pedir que la generalidad de quien visita la
Feria de Muestras se entere, año tras año, de las exposiciones de la
Fundación Masaveu, en el stand de la cementera más antigua de España
(Tudela Veguín), (este año, Casas, Solana, Zuloaga, etc., viendo
crecer su jardinillo —esta vez con la hierba alta— casi japonés de
25 m2), sí reconocemos que este Circo tiene el fervor
popular —más de 9 millones de personas en todo el mundo lo han
visto— de algo que nadie debe dejar escapar. Como un bocadillo de
calamares, o de chorizo, un limpiagafas, un helado, o entrada en el
túnel de la ficción de la descarada propaganda de los pabellones
municipales a media mañana en el recinto ferial.
¿Y cómo lo consiguen? Primero un tránsito. Por una tienda. Como
esos centros de interpretación de la naturaleza que pretenden
disecarla, para que la barahúnda de visitantes, prestos a deglutir
lo que se les proponga (otra vez el dirigismo), pretendan sustituir
la verdad por el cartón piedra (esas máscaras maravillosas de resina
que aquí se venden), el vuelo de un ave (o un acróbata) por su foto
(impresionantes las que aquí venden), o su reproducción seca en
manos de un taxidermista. Y para que todo se revista de fantasía de
macrocine, no podían faltar las palomitas (sabido es que los cines
sacan más dinero en recaudación de chucherías que en venta de
entradas ¿no va la gente a comerlas más que a ver películas?) en
este ambigú.
Pero de verdad luego está lo que importa, lo que debería
importar, lo demás, todo esto que escribo, son elucubraciones: el
solo de trapecio de una artista cuyo apellido no puede ocultar su
origen finés (las vocales repetidas en Tuuli Räsänen), las proezas
acrobáticas de esa veintena de gimnastas, el equilibrista sobre
manos y barras (ucraniano Denys Tolstov), la manipuladora de cinta y
de aros (Masha Silaeva), el hombre volador (en cinta elástica,
Aleksandr Dobrynin), la barra elevada o las barras, rusas, o la
impresionante y vertiginosa danza del fuego con cuchillos, los
interludios de los clowns, los músicos y cantantes de esa especie de
chill out, el tango, el jazz, todo ese embeleso que nos va
envolviendo con una meticulosidad excitante.
Algo nos dice que no estamos en un circo pobre: no hay rifa en el
descanso, sino consumo compulsivo de trueque de pareceres. En cambio
hay música en directo y los artistas no se intercambian en familias
para hacer varios números mudando de disfraz. Tampoco hay animales,
ni ese baile de banderas que evoca el final universal de todo circo.
Todo se apaga, menos el rescoldo del latido de este espectáculo.
Alguno se habrá creído periodista, o payaso, o artista, cuando le
sacan para colaborar en un pequeño número. Y simplemente es calvo, o
le ha rozado la mirada de un clown que rompe el anonimato de un
espectador en la noche. Y el circo sigue. Y volverá, batido en este
mundo de creación por Franco Dragone, Gilles Ste-Croix para la idea
de Guy Laliberté y sus muchachos. Haciendo caso al apellido que
libra: la libertad de la imaginación.