Número 20. Mayo de 2007
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Eileen J. Doll
En el año 2003, se estrenó
La obra trata de un actor, Edmundo Barbero, que pasó los años de la dictadura de Franco en exilio en Hispanoamérica, donde consiguió fama y respeto por su talento dramático. Ahora que ha vuelto a España, se da cuenta de que nadie sabe nada de él, incluso Antolín Alvar, el director de
Al principio, Julia no quiere escuchar. Pero poco a poco se desarrolla una relación entre los dos, Julia actuando de receptora curiosa de las experiencias narradas de Edmundo. Barbero graba unas cintas que pasa a la periodista, y los dos se reúnen en el camerino de él para continuar la narración. En este punto, se ofende Alvar, que no quiere que en su teatro "ese rojo" (171) represente su obra personal. A través de los diálogos y los monólogos de Barbero, se revela que el actor participó en el teatro de Arte y Propaganda y en las Guerrillas del Teatro durante la guerra civil, y que después, tuvo que salir como tantos otros del bando vencido. Al final de la obra, frente a la hostilidad de Alvar, Barbero decide no ir de gira con su compañía, sino quedarse en Madrid. Interrumpe la última representación de la obra de Calderón para dar su propia narración y exigir el reconocimiento que cree que el público le debe; termina muriéndose, en escena, pero esta vez, de verdad. Julia le rinde el único homenaje posible ahora, el de mostrarles a los espectadores fotos del joven Edmundo en otros papeles importantes, y prometerles el libro que está escribiendo sobre el actor.
López Mozo nos advierte con una nota al principio de su pieza de que Edmundo Barbero, la inspiración de este personaje, fue un actor de carne y hueso, aunque no corresponde por completo con su historia (160).3 Con una mezcla de verdades históricas, vidas inventadas y fragmentos de obras de teatro, el dramaturgo teje una realidad postmoderna para enganchar y distanciar al público simultáneamente. Javier Villán describe la obra así: "Todo en esta obra es memoria ultrajada, fragmentos de recuerdos articulados en una compleja técnica escénica de ficción y veracidad, de realidad histórica y realidad teatral, de desdoblamiento entre personaje y persona" (153). Utilizando la intertextualidad, López Mozo crea una serie de resonancias literarias que sirven de telón de fondo para las resonancias sociopolíticas de la España del siglo XX, de 1936 a 1980. Como observa John P. Gabriele, el drama, tanto como su protagonista, "está situado simultáneamente en el pasado y en el presente y en el arte y en la vida" (246). Estas yuxtaposiciones postmodernas forman el nexo de conflictos que dejan a los espectadores con más preguntas que respuestas, y los involucran en la acción escénica.
Hay varios elementos de intertextualidad en
El trasfondo de la obra lopezmoziana es que Barbero y sus compañeros están representando
Parte del conflicto dramático es un problema filosófico de perspectiva histórica. Por un lado, existe la opinión de que una sociedad progresista debe olvidar o enterrar los males pasados, las guerras sucias, los errores de gobiernos anteriores y las víctimas que sólo son egoístas. Por otro lado, las víctimas reaparecen, reclamando su sitio y su recompensa. Entre estos dos puntos, la mujer joven quiere saber la verdad pero no tiene información suficiente. Cuando la encuentra, pide justicia, pero ella no ejerce el poder. Este triángulo de olvidadizos, víctimas y mujeres pidiendo justicia se puede aplicar tanto a
También se puede encontrar un paralelo entre el trasfondo de la guerra civil en la pieza lopezmoziana y la rebelión de los soldados que apoyan a Segismundo frente a su padre. Sin embargo, en el universo fragmentado de nuestra obra, Barbero resulta ser víctima de nuevo en vez del vencedor Segismundo. Víctima de la guerra civil española, el actor republicano tuvo que salir del país para salvar su vida. Aunque Barbero busca su nueva identidad al regresar a España después de tantos años en el exilio, haciéndose paralelo con Segismundo, le niegan el papel principal y le dan el de Clotaldo, víctima de la rebelión de Segismundo, y quien es, en palabras de Barbero mismo, "una especie de viejo cómico perdido en el laberinto de sus palabras" (160). Es una descripción profética, porque el actor se pierde en los diálogos de Clotaldo al final de la obra, hasta (con)fundir su propia realidad con la del personaje: «"Soy con el reino leal,/ soy contigo liberal,/ con..." ¿Con quién agradecido? (
El otro viejo de Calderón, el rey Basilio, se presenta como el chivo expiatorio de la ira de Segismundo, el hombre más joven. En una escena llena de tensiones, Barbero recita, a la fuerza, las palabras de Basilio en un ensayo personal con Alvar: "Si a mí buscándome vas, / ya estoy, príncipe, a tus plantas, / sea dellas blanca alfombra / esta nieve de mis canas" (172). El texto de Calderón cobra nuevas connotaciones en su nuevo contexto. Alvar le acusa al actor de soberbio, a pesar de las palabras de humildad. Quiere que Barbero tome el papel del rey Basilio en su gira, quizás así forzándole a representar la filosofía de olvido en que cree el director. Al fin Barbero rechaza el papel, prefiriendo no seguir luchando contra los insultos de Alvar, pero a la vez se entiende que el actor rechaza la filosofía de olvido. Barbero se presenta como víctima otra vez dentro de España, haciendo eco de Clotaldo y Basilio al final de
En esta obra tan metateatral, López Mozo consigue representar la historia de un actor que sobrevivió la Guerra Civil, se escapó al exilio en América Latina donde logró fama y prestigio, volvió a su país natal donde además de encontrar el total olvido de su persona, en todos los niveles de la vida, encuentra un tratamiento hostil por parte de uno que Edmundo cree que debe ayudarlo, el empresario del teatro. La historia de Edmundo Barbero es paralela a la historia de España, en que las víctimas del exilio después de la guerra sufrieron persecuciones y olvido, pero también destaca otro paralelo: la historia del teatro español. Es precisamente porque es actor que su historia se relata en el teatro, pero a la vez su historia representa al teatro en sí. La generación de gente de teatro que vivió las décadas del régimen de Franco, escribiendo y representando en contra de las represiones, sufrió de nuevo después de la muerte del Generalísimo, porque supuestamente carecía de interés e importancia. Javier Villán nos recuerda que el dramaturgo, Jerónimo López Mozo, y el director del estreno, Antonio Malonda, son de la generación teatral que nunca ha recibido una situación estable a causa de "aquel ejercicio apaciguador de la memoria" que dio como resultado una "generación maltratada por el pasado, incomprendida por el presente, enigmática de cara al futuro" (154). Lo mismo pasó con la gente teatral en el exilio. Alvar censura a los exiliados al hablar con Barbero: "pasó tu hora" (169). Usando a Barbero como representante de la gente de teatro comprometido, en el exilio o dentro de España, de la posguerra, el régimen y la transición a la democracia, López Mozo proyecta una historia personal hacia las historias nacional y teatral. En palabras de Manuela Fox: "Su reivindicación como actor, que puede parecer innatural y algo arrogante, se justifica en cualidad de la reivindicación de la memoria histórica, de la que Barbero se presenta como personificación" (9).
Esta lucha interior del personaje, tanto como la del teatro español mismo, empezó con la Guerra Civil, pero no ha terminado todavía. El dramaturgo insiste una vez más en la necesidad de recordar todos los elementos del pasado para poder enfrentar un presente y construir un futuro mejor, sin repetir los mismos errores. España, como Segismundo, o como Edmundo, que rechaza el papel de Basilio, tiene que aprender de su pasado y obrar bien, porque la diferencia entre el sueño y la realidad es solamente una perspectiva ambigua. La esperanza está en Julia, la joven periodista, que decide indagar en el olvido para recuperar la memoria; su papel es, según Salvador Enríquez, clave: "intuye que el actor es el depositario de una tradición cultural bárbaramente abolida y que, para recuperarla, no hay mejor forma que, elevándose sobre el silencio y las mentiras, tender puentes que permitan establecer un diálogo imprescindible". Para reconectarse, hay que recordar, y para eso sirve el teatro. Así que, aunque el nombre del protagonista lopezmoziano es el de un actor de verdad, su nombre también llega a ser simbólico: el gran teatro de (Ed)mundo es el teatro en el exilio dentro del teatro español.6 Para tener una sociedad íntegra española, tanto a la historia teatral como a la sociopolítica les hace falta vitalizar e integrar su memoria. En
Obras citadas
Calderón de la Barca, Pedro. La vida es sueño. Diez Comedias del Siglo de Oro
Enríquez, Salvador. "Teatro en Madrid. Estreno de ‘El olvido está lleno de memoria’, de Jerónimo López Mozo."
Fox, Manuela. "La ‘Trilogía de la memoria histórica’ de Jerónimo López Mozo."
Gabriele, John P.
Haro Tecglen, Eduardo. "El Perdedor —Crítica: Teatro— ‘El olvido está lleno de memoria’."
López Mozo, Jerónimo.
Malonda, Antonio. "Seis datos significativos en el proceso de montaje de la obra de Jerónimo López Mozo, ‘
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Pérez-Rasilla, Eduardo. "El exilio recordado."
Villán, Javier. "La recuperación de la memoria."
Notas
1 Según Antonio Malonda, los dos profesionales habían trabajado en equipo antes con resultados admirables: en Como reses (de López Mozo y Luis Matilla) (1987), una versión de Tartufo de Molière (1994), Sin Techo (versión escenificada de Eloídes) (1999) y Yo, maldita india . . . (publicada en 1990, sin estrenar) (157n2).
2 El tema del exilio se encuentra en su drama Bagaje (Interior español) (1988) y el de la rememoración del pasado problemático, en Bagaje (Interior español) y, en particular en El arquitecto y el relojero (2001). La guerra civil también aparece en o se asoma a otras obras de López Mozo, pero ésta es la primera vez que el dramaturgo combina estos temas tan directamente y en forma metateatral.
3 Sus actividades como actor republicano durante la guerra civil están documentadas. Según Eduardo Pérez-Rasilla, "El entusiasmo con el que el personaje de Barbero explica el teatro político durante la guerra y en particular el célebre montaje de la Numancia tiene su correlato en los testimonios que recoge Marrast" (152).
4 Además de La vida es sueño, la obra contiene un fragmento de Medea de Séneca, uno de los primeros grandes dramaturgos de España, o Hispania, como se llamaba en aquel entonces. Otros elementos de intertextualidad remiten a la historia política, con fragmentos de parlamentos del general Queipo de Llano transmitidos por radio, y su forma paródica en una farsa supuestamente representada durante la guerra por las Guerrillas del Teatro. Eduardo Pérez-Rasilla comenta que esta escena de López Mozo alude también a una pieza de Rafael Alberti, Radio Sevilla (152-3). Hay una versión modificada de un recorte de prensa verdadero sobre la posible vuelta a España de Margarita Xirgu, y varios eventos de la vida real del Edmundo Barbero que Pérez-Rasilla incluye en su repaso detallado de los elementos verídicos, aspectos de teatro documental (152).
5 Pérez-Rasilla explica las referencias y los paralelismos en el texto de López Mozo y el estreno de La vida es sueño en el Teatro Español de Madrid en 1981, a ciertos actores, el director, y otros elementos de esa versión de la obra calderoniana. Lo que no encuentra es un paralelo exacto para el actor que vuelve del exilio, aunque anota que "en la ficha técnica la adaptación [. . .] está firmada por el propio [José Luis] Gómez y también por Álvaro Custodio, intelectual y hombre de teatro que había pasado muchos años en el exilio mexicano" (152). Tengo que añadir que los decorados y el vestuario para La vida es sueño de 1981 fueron diseñados por otro artista español que pasó muchos años en el exilio y fue bastante militante en su expresión angustiada de tal experiencia: Eduardo Arroyo (Museo 222-3). Algunas de las obras plásticas de Arroyo influyeron en López Mozo en su drama Bagaje (Interior español) (1988), así que me parece un paralelo de importancia.
6 Haciendo eco de otra obra de Calderón, Eduardo Haro Tecglen compara la pieza de López Mozo a un auto medieval, en que "la pasión y muerte de este hombre [Barbero] está entre el ángel bueno —ella— y el demonio, que tiran de su vida, como en una disputa de auto sacramental". Se puede ver en esta descripción una resonancia del auto calderoniano, El gran teatro del mundo, título también sugerido por el nombre del protagonista lopezmoziano.
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