Este invierno nos hemos encontrado en Madrid con un festival (ya
el séptimo), que supone una opción alternativa para las artes
escénicas. Casi un mes de teatro, música, perfomance, danza. Su
director, Roberto Cerdá, manifiesta en su declaración de intenciones
que "han buscado espectáculos que conecten con la realidad social
del ser humano". Más adelante señala que "nada es exactamente teatro
en nuestro festival, nada exactamente danza, música o perfomance.
Todo se mezcla, se funde y ése es el camino que debemos seguir".
El Consejero de Cultura y Deportes de la Comunidad de Madrid ha
decidido que este año la programación se difunda por los distintos
espacios alternativos de la ciudad y tenga un carácter internacional
aunque participen españoles como Compañía El Canto de la Cabra,
Matarile, Compañía Cuarta Pared, Ítaca Teatro, Compañía de la resad,
Teatro La Esquirla..., entre grupos de danza preferentemente
internacionales, además de las anunciadas "perfomances".
Aunque esta crónica no se va a referir al análisis de los
espectáculos de este festival, que pasaron por la cartelera, como es
lógico en estos casos, con una velocidad de vértigo para ser
asumidos por espectadores habituales, hay que celebrar la
pervivencia del apoyo institucional que permite acercarse a lo que
se produce ahora mismo en la vanguardia escénica y el llamado teatro
alternativo.
Algún aspecto positivo hay que reconocer a la gestión cultural de
esta Comunidad. Si añadimos Teatralia, para niños y jóvenes y la
celebración el 29 de Marzo de una "Noche de los teatros" con
participación de 48 teatros, 148 compañías y 455 actores a partir de
conferencias, conversaciones, teatro de calle, café-teatro, danza,
circo…, se mantiene, después de los eventos del invierno una apuesta
por el teatro más intensa de lo habitual.
En los últimos meses se han estrenado muchos espectáculos, que
generalmente duran poco en cartel, y no me estoy refiriendo
solamente a las iniciativas oficiales. Aparentemente, los
espectadores de teatro han aumentado notablemente. Ya no es
frecuente llegar a una representación y encontrar el patio de
butacas vacío. Más bien ocurre lo contrario. Hay repetidas
representaciones a teatro lleno. Los ejemplos que voy a comentar
cumplen esta afirmación genérica.
He seleccionado, de todo lo visto, aquellas obras y montajes que
resultan, por diversos motivos, interesantes, lo que no quiere decir
excelentes. Me ha parecido oportuno comentar la incidencia de los
teatros nacionales y municipales y si esos espectáculos merecen ser
pagados con nuestros impuestos, porque ya sabemos que el precio de
las entradas no llegaría para mucho. También nos permite ser más
exigentes con el nivel de calidad y la proyección cultural que esto
representa.
El teatro María Guerrero ha revisitado uno de los clásicos más
representativos del siglo xx: Marat-Sade de Peter Weiss, para
mi gusto una de las obras que, en su momento, produjo entusiasmo en
núcleos jóvenes de las poblaciones europeas de los sesenta y que, a
pesar de sus actuales detractores, mantiene muchos valores
dramáticos y también históricos. La versión es de Alfonso Sastre,
idéntico texto del estrenado por Marsillach en los ya lejanos y
agitados años sesenta con gran éxito y escaso recorrido a causa de
la inmisericorde censura, que impidió su difusión por otros
escenarios españoles a partir de su prohibición en Madrid. También
queda en nuestra memoria la versión cinematográfica estrenada en la
llamados "cines de arte y ensayo", dirigida por Peter Brook, en la
que participaba en el papel de Carlota Corday la eximia actriz
británica Glenda Jackson.
Hace unos diez años en ese mismo teatro María Guerrero se
representó una función, tambien auspiciada, como la presente, por el
Centro Dramático Nacional. La dirigió Miguel Narros, pero en aquella
ocasión era una puesta en escena menos intensa que las anteriores.
Toda la turbulencia que contenían las anteriores propuestas había
sido dulcificada, con lo cual la intensidad dramática descendía
hasta escasos niveles de agresividad dialéctica.
La dirección de la presente edición está a cargo de Andrés Lima,
componente del grupo Animalario, aquel que sorprendió a media España
en la gala de los premios Goya, previos a la guerra de Irak, es
decir en 2003.
La representación de la muerte por asesinato de Jean Paul Marat
es una de las etapas más sangrientas de la Revolución Francesa que,
en 1792, después de una brevísima monarquía constitucional había
acabado con la ejecución del rey Luis xvi y el fin, temporalmente,
de la monarquía borbónica. Ese momento culminante es el núcleo del
argumento teatral, centrado además en dos personajes clave: Carlota
Corday, oponente política de Marat, una girondina que representa al
grupo conservador de la Convención Republicana que se disputa el
poder con los jacobinos o montañeses cuyos líderes más
significativos van a ser Marat, Danton y Robespierre. Marat formaba
con los otros líderes el núcleo revolucionario burgués de la
Convención, que rechaza violentamente la monarquía absoluta y los
privilegios de la nobleza y el clero, que eran los máximos poderes
del Antiguo Régimen que había, también temporalmente, desaparecido.
El tercer personaje central en discordia es el Marqués de Sade,
símbolo de la elucubración intelectual sobre el proceso
revolucionario y la pertinencia o no de la violencia que defienden
los políticos en activo. Carlota Corday es el símbolo de la
violencia reaccionaria porque los logros sociales que defienden
algunos revolucionarios no se van a lograr al ser asesinado quien
lidera la ideología más revolucionaria y también más sanguinaria,
como se desprende de los conocimientos históricos. E1 personaje de
Marat funciona también en la obra como la antítesis de Sade en la
práctica revolucionaria de los cambios que propugna "el divino y
sensual marqués".
Hay que señalar, para quien no haya leído o visto la
representación de esta obra anteriormente, que es teatro dentro del
teatro. Puesto que la función está representada por enfermos de un
hospital psiquiátrico, que en algunos momentos se desmadran y el
final, que debe ser la muerte de Marat en la bañera, se va
complicando, entre otras cosas, porque la enferma que interpreta a
Carlota Corday sufre frecuentes desvanecimientos que impiden el
propósito de asesinar a Marat en la bañera de su domicilio donde se
cura de una enfermedad de la piel y donde sigue escribiendo
panfletos revolucionarios, como se puede comprobar en el conocido
cuadro de Jacques Louis David, conocido pintor neoclásico que
trabajó durante el período revolucionario que nos ocupa y más tarde,
durante el régimen napoleónico.
Animalario, con su peculiar estética "gamberra" y provocadora
actualiza los contenidos de tan interesante texto y nos ofrece un
espectáculo vivo sin hacer concesiones a un planteamiento más
doctrinal. Sin embargo no se pierde el ritmo por introducir
actualizaciones jocosas en los textos que Sastre clarificó en su
excelente versión. De manera que la fuerza original no desaparece,
sino que se estimula la discusión teoría-praxis entre Sade y el
revolucionario Marat. Decorado y vestuario ayudan, con su claro
anticonvencionalismo a actualizar unos temas que están más presentes
de lo que puede parecer en una primera visión anecdótica. Animalario
confía en ese método de creación colectiva donde todos potencian
libremente la peripecia argumental, naturalmente bien controlada por
su director Andrés Lima. Todos los locos del manicomio están a la
altura de las circunstancias, parando si es preciso la
representación, incorporando en la función a los espectadores por
parte de los enfermos-actores, como hacía Peter Brook en su puesta
en escena. Destaca la interpretación de Alberto San Juan como Sade,
muy alejado del modelo Marsillach. Natalie Poza también se distancia
mucho de la interpretación que hacía Nuria Gallardo en la anterior
versión, dirigida por Narros. Jean Paul Marat está en manos de Pedro
Casablanc y es un Marat aparentemente menos agresivo y batallador
pero queda clara su posición revolucionaria, que según él debe ser
sangrienta. Están en el reparto actores como Miguel Rellán o el
conocido Fernando Tejero que deleita al público, antes de empezar la
función, con una búsqueda irónica de Esperanza Aguirre por los
palcos y plateas del teatro con el fin de "conocer personalmente su
belleza y simpatía". El público no sale gritando "¡Revolución!" como
antaño, pero Sade defiende con ímpetu su conocido alegato:
"¡Fornicación, fornicación!".
El segundo logro de esta temporada de invierno en el Centro
Dramático Nacional, esta vez en el teatro Valle-Inclán de Lavapiés,
ha sido Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen. El espacio de
la antigua Sala Olimpia, que todos recordamos con nostalgia, no
desmerece nada. Muy al contrario, está obteniendo buenos niveles de
asistencia para la obra. El público es mayoritariamente mayor.
Supongo que será consecuencia, en parte, de los suculentos
descuentos que los teatros nacionales ofrecen a los espectadores
jubilados. Es también notoria la escasa asistencia de público joven,
excepto los grupos de adolescentes que van acompañados de sus
profesores.
Un enemigo del pueblo entra de lleno en la categoría
denominada "clásicos modernos". La versión es de Juan Mayorga y la
escenografía y dirección del máximo responsable del Centro
Dramático, Gerardo Vera. En sus montajes de espectáculos de otros
autores no participé de sus ocurrencias escenográficas, sobre todo
en el caso de Valle-Inclán. Sin embargo esta vez creo que ha
acertado plenamente incorporando el medio televisivo para actualizar
la historia. El espacio es pulcro, cuidado en lo escenográfico y en
la dirección de actores tanto en la casa del doctor Stockman como en
el estudio de televisión donde participan las fuerzas vivas del
lugar y los medios de comunicación para minusvalorar y manipular las
graves denuncias que formula el doctor por la situación de
contaminación de las aguas del balneario, que es la principal fuente
de ingresos del municipio donde suceden los hechos.
El conflicto tiene muchas vertientes, incluso familiares pero la
posición contra la corrupción, muy íntegra y sostenida contra viento
y marea por el protagonista no produce situaciones favorables hacia
sus tesis. Ya intuimos que este personaje va a ser descalificado y
humillado por autoridades y fuerzas sociales. El personaje no se
saldrá con la suya y su actitud se resolverá en una dramática
situación para él y su familia más cercana. Estamos, por lo tanto,
en una obra de intenso contenido político y social. Tal como se
presenta en escena nos recuerda inmediatamente hechos muy recientes
en la vida real.
El doctor Stockman, interpretado por Enric Benavent nos remite a
personajes similares en la producción de Ibsen. Un personaje, en
parte contradictorio, sin mucho sentido del poder de las fuerzas
sociales y políticas frente a un individuo que mantiene, como él,
posiciones morales firmes siempre termina sucumbiendo al medio
social que llega a formar una piña contra él, lo que le convierte en
"enemigo del pueblo" para sus conciudadanos.
El análisis de la sociedad burguesa, egoísta e inmoral que se
refleja en esta obra es de una gran lucidez. Ibsen trató estos temas
en otros trabajos que configuran un compendio esencial en la
dramaturgia contemporánea. Podemos congratularnos de que los medios
materiales del Centro Dramático Nacional estén al servicio de
proyectos como éste, que pueden interesar a todo tipo de públicos.
Después de mucho rodaje por distintos escenarios, al fin hemos
tenido la ocasión de presenciar la versión dirigida por Amelia
Ochandiano de La casa de Bernarda Alba de Federico García
Lorca, con una intérprete en el papel principal que es todo un lujo
para los escenarios españoles. Se trata de Margarita Lozano,
recordada por su trabajo con Buñuel y por una soberbia Mary Tyrone
en Largo viaje hacia la noche de Eugene O’Neill junto a
Alberto Closas, hace ya bastantes años. Junto a ella, el papel de
Poncia resulta muy creíble interpretado por María Galiana. En cuanto
a las hijas recuperamos a Ruth Gabriel en Magdalena y a Nuria
Gallardo en Martirio.
La corpulencia y estatura de Margarita Lozano le da una presencia
que acentúa una masculinidad que está en muchos personajes femeninos
de las obras de Lorca. Esta obra me parece que debe representarse
respetando la propuesta original del autor. Es un drama, como
sabemos, de las mujeres de los pueblos españoles en tiempos de
Lorca, ya bien entrado el siglo xx. Obra realista, que refleja muy
bien el contexto social y que aquí está adecuadamente trasladado al
escenario. Es el drama de una sociedad campesina, en este caso se
fija en una familia de clase acomodada, prisionera de unos valores
demasiado tradicionales para una sociedad que está en proceso de
cambio. Recordemos que fue escrita muy poco tiempo antes de la
muerte de Federico García Lorca. La rebelión de la hija menor,
Adela, es un síntoma de los nuevos tiempos que se acercan. Adela se
compromete valientemente, aunque no es capaz de llegar hasta el
final. Esta función se representó en uno de los teatros municipales
de Madrid: la extraña sala grande del Centro Cultural de la Villa,
situado en la plaza de Colón. El breve paso por la ciudad de este
montaje fue aceptado con llenos a rebosar. Se trataba de un público
entusiasta con el drama y sus intérpretes.
Continuando con los teatros del Ayuntamiento de Madrid, el Teatro
Español ha programado, en su sala pequeña, dos obras de Harold
Pinter, de formato pequeño, dirigidas por Alfonso Ungría también
conocido cineasta. Esta producción corresponde al Teatro Español
junto al Palacio de Festivales de Cantabria.
Las piezas son: Un ligero malestar y La última copa.
Chema Muñoz, Cristina Samaniego y Aitor Mazo repiten en ambos
montajes, que se representan sucesivamente. Otro actor más participa
en La última copa en una grabación de video. Se representa el
conservadurismo social que practican las clases medias-altas en los
países desarrollados, donde tienen que vivir al lado de gentes
procedentes de la inmigración y el vagabundeo y las cuales aprecian
como un peligro para su vida cotidiana satisfactoria y sin problemas
económicos. Nos muestran una vida previsible pero aburrida. Los
personajes, a pesar de la brevedad del desarrollo, están muy bien
dibujados por Pinter, quien se ha especializado en su escritura
teatral en esta problemática. Se puede constatar en obras de mayor
envergadura de este británico, premio Nobel. Aquí, en estas obritas,
la resolución incita a una reflexión moral, que tiene mucho de
autocrítica de ciertos perfiles sociales.
La sala grande del Español está representando hasta finales de
abril la obra Homebody / Kabul, del dramaturgo Tony Kushner
(Premio Pulitzer en 1993 por Angels in America: Millenium
Approaches). Traducida por Carla Matteini y dirigida por Mario
Gas, Homebody / Kabul cuenta la historia de una mujer que
desaparece en Afganistán procedente de Londres. Su familia la busca
en ese país asiático. La acción se desarrolla en Londres y Kabul en
la época talibán. Es todo un llamativo episodio que indaga e intenta
profundizar en las relaciones entre dos mundos muy distintos: las
personas de cultura europea occidental y gentes de otros
pensamientos y cultura. Como es obvio se trata de un asunto
completamente actual y muy atractivo para los espectadores teniendo
en cuenta las tensiones políticas, el terrorismo islámico, etc. El
planteamiento dramático incide en las tensiones existentes entre los
dos mundos y se trata de objetivar el punto de vista de unos y
otros. En principio, una propuesta interesante y difícil.
Intervienen actores y actrices españoles de larga y reconocida
profesionalidad. Sobre todo hay que citar a Vicky Peña que ocupa
exclusivamente el escenario toda la primera hora de una
representación que se alarga casi dos horas y media.
El monólogo de la mujer (Vicky Peña) es lo mejor de la función
por su capacidad expresiva, la variedad de matices y tambien porque
da una lección poética que envuelve muchos datos sociológicos y
geográficos de un lugar tan distante y desconocido como la capital
de Afganistán. La historia y los paisajes naturales los percibe el
espectador en este excelente monólogo.
Otro aspecto interesante de este montaje es que se ha contado con
la participación de actores vinculados, por su nacionalidad, a las
culturas del mundo islámico. Actúan en lengua española en algunos
momentos de la acción con acertada credibilidad.
Aparecen en el reparto conocidos actores de teatro, cine y
televisión como el asturiano Roberto Álvarez y la joven y
polifacética actriz Elena Anaya, además de la veterana Gloria Muñoz.
La segunda parte tiene un desarrollo desigual. El ritmo tiene
demasiados altibajos. Quizá se debe a la obra original y no a la
dramaturgia de Mario Gas, que trata de salvar escollos en el
desarrollo del tema. En todo caso la función tiene el suficiente
interés para justificar el éxito que está obteniendo. Se agradece
que el Teatro Español siga apostando por productos de riesgo, como
han mantenido estos años Mario Gas y su equipo. Este tema elegido no
puede ser más actual, como se constata todos los días en los
noticiarios del mundo.
Esta crónica del invierno teatral madrileño no debería acabarse
sin constatar la presencia asturiana en la muestra de Teatro de las
Autonomías que en su XII edición patrocinó de nuevo el Círculo de
Bellas Artes. La presencia asturiana fue escasa porque se limitó a
tres grupos: Higiénico Papel, Konjuro Teatro y Margen. La muestra
fue compartida por la Comunidad Valenciana, que presentó seis
producciones y la Comunidad de Madrid, con una compañía.
Aunque no tuve la posibilidad de conocer las otras dos obras
asturianas presentadas, sí asistí a la representación de El viaje
a ninguna parte, versión teatral realizada por Arturo Castro
sobre la novela de Fernando Fernán Gómez, que tiene antecedentes en
cine con una excelente película del propio Fernán Gómez como
director y actor.
Conociendo al grupo Margen desde sus orígenes, la capacidad de
Arturo Castro en sus empeños teatrales y la calidad actoral de José
Antonio Lobato y otros actores que han pasado por Margen, no me ha
sorprendido la coherencia dramática de la función pero sí me ha
impresionado mucho más de lo esperado.
Tampoco había tenido ocasión, en mis esporádicas estancias en
Asturias, de haber visto la función anteriormente.
La adaptación ha huido de la impronta realista que estaba
vinculada a la versión cinematográfica. Arturo Castro ha manifestado
que pretendió utilizar una estética en cierta medida expresionista
para contar las peripecias de esta compañía de teatro ambulante. La
identificación de los actores es total. Es un homenaje a esos
cómicos que viven situaciones parecidas en su vida profesional.
La adaptación es singularmente adecuada y coherente con el tono
interpretativo del conjunto. Destacaría la contundente
interpretación de José Antonio Lobato como Carlos Galván. Sin duda
la mejor actuación que yo recuerde de este actor. Y conozco muchas.
El resto de los actores y actrices están también a un nivel muy
aceptable. Hay que tener en cuenta que la mayoría tiene que componer
distintos personajes. Carlos Mesa en Carlitos también nos ofrece
muchos recursos y una vis cómica excelente. No hay que olvidar a
José Luis de San Martín en el padre de todo el elenco teatral, el
origen de esa compañía que está llamada a desaparecer. La profesión
va a tomar otros derroteros, los artistas se dispersarán en otros
medios y los cómicos de la legua con el incipiente cine y luego la
televisión tienen los días contados. Ese homenaje al teatro de un
gran maestro del cine y teatro españoles durante muchas décadas como
es Fernando Fernán Gómez bien merece el esfuerzo y el talento de
Margen.