Número 20. Mayo de 2007

EL TEATRO DE MADRID EN INVIERNO
Algunos clásicos modernos

Julio Rodríguez Blanco

Este invierno nos hemos encontrado en Madrid con un festival (ya el séptimo), que supone una opción alternativa para las artes escénicas. Casi un mes de teatro, música, perfomance, danza. Su director, Roberto Cerdá, manifiesta en su declaración de intenciones que "han buscado espectáculos que conecten con la realidad social del ser humano". Más adelante señala que "nada es exactamente teatro en nuestro festival, nada exactamente danza, música o perfomance. Todo se mezcla, se funde y ése es el camino que debemos seguir".

El Consejero de Cultura y Deportes de la Comunidad de Madrid ha decidido que este año la programación se difunda por los distintos espacios alternativos de la ciudad y tenga un carácter internacional aunque participen españoles como Compañía El Canto de la Cabra, Matarile, Compañía Cuarta Pared, Ítaca Teatro, Compañía de la resad, Teatro La Esquirla..., entre grupos de danza preferentemente internacionales, además de las anunciadas "perfomances".

Aunque esta crónica no se va a referir al análisis de los espectáculos de este festival, que pasaron por la cartelera, como es lógico en estos casos, con una velocidad de vértigo para ser asumidos por espectadores habituales, hay que celebrar la pervivencia del apoyo institucional que permite acercarse a lo que se produce ahora mismo en la vanguardia escénica y el llamado teatro alternativo.

Algún aspecto positivo hay que reconocer a la gestión cultural de esta Comunidad. Si añadimos Teatralia, para niños y jóvenes y la celebración el 29 de Marzo de una "Noche de los teatros" con participación de 48 teatros, 148 compañías y 455 actores a partir de conferencias, conversaciones, teatro de calle, café-teatro, danza, circo…, se mantiene, después de los eventos del invierno una apuesta por el teatro más intensa de lo habitual.

En los últimos meses se han estrenado muchos espectáculos, que generalmente duran poco en cartel, y no me estoy refiriendo solamente a las iniciativas oficiales. Aparentemente, los espectadores de teatro han aumentado notablemente. Ya no es frecuente llegar a una representación y encontrar el patio de butacas vacío. Más bien ocurre lo contrario. Hay repetidas representaciones a teatro lleno. Los ejemplos que voy a comentar cumplen esta afirmación genérica.

He seleccionado, de todo lo visto, aquellas obras y montajes que resultan, por diversos motivos, interesantes, lo que no quiere decir excelentes. Me ha parecido oportuno comentar la incidencia de los teatros nacionales y municipales y si esos espectáculos merecen ser pagados con nuestros impuestos, porque ya sabemos que el precio de las entradas no llegaría para mucho. También nos permite ser más exigentes con el nivel de calidad y la proyección cultural que esto representa.

El teatro María Guerrero ha revisitado uno de los clásicos más representativos del siglo xx: Marat-Sade de Peter Weiss, para mi gusto una de las obras que, en su momento, produjo entusiasmo en núcleos jóvenes de las poblaciones europeas de los sesenta y que, a pesar de sus actuales detractores, mantiene muchos valores dramáticos y también históricos. La versión es de Alfonso Sastre, idéntico texto del estrenado por Marsillach en los ya lejanos y agitados años sesenta con gran éxito y escaso recorrido a causa de la inmisericorde censura, que impidió su difusión por otros escenarios españoles a partir de su prohibición en Madrid. También queda en nuestra memoria la versión cinematográfica estrenada en la llamados "cines de arte y ensayo", dirigida por Peter Brook, en la que participaba en el papel de Carlota Corday la eximia actriz britá­nica Glenda Jackson.

Hace unos diez años en ese mismo teatro María Guerrero se representó una función, tambien auspiciada, como la presente, por el Centro Dramático Nacional. La dirigió Miguel Narros, pero en aquella ocasión era una puesta en escena menos intensa que las anteriores. Toda la turbulencia que contenían las anteriores propuestas había sido dulcificada, con lo cual la intensidad dramática descendía hasta escasos niveles de agresividad dialéctica.

La dirección de la presente edición está a cargo de Andrés Lima, componente del grupo Animalario, aquel que sorprendió a media España en la gala de los premios Goya, previos a la guerra de Irak, es decir en 2003.

La representación de la muerte por asesinato de Jean Paul Marat es una de las etapas más sangrientas de la Revolución Francesa que, en 1792, después de una brevísima monarquía constitucional había acabado con la ejecución del rey Luis xvi y el fin, temporalmente, de la monarquía borbónica. Ese momento culminante es el núcleo del argumento teatral, centrado además en dos personajes clave: Carlota Corday, oponente política de Marat, una girondina que representa al grupo conservador de la Convención Republicana que se disputa el poder con los jacobinos o montañeses cuyos líderes más significativos van a ser Marat, Danton y Robespierre. Marat formaba con los otros líderes el núcleo revolucionario burgués de la Convención, que rechaza violentamente la monarquía absoluta y los privilegios de la nobleza y el clero, que eran los máximos poderes del Antiguo Régimen que había, también temporalmente, desaparecido. El tercer personaje central en discordia es el Marqués de Sade, símbolo de la elucubración intelectual sobre el proceso revolucionario y la pertinencia o no de la violencia que defienden los políticos en activo. Carlota Corday es el símbolo de la violencia reaccionaria porque los logros sociales que defienden algunos revolucionarios no se van a lograr al ser asesinado quien lidera la ideología más revolucionaria y también más sanguinaria, como se desprende de los conocimientos históricos. E1 personaje de Marat funciona también en la obra como la antítesis de Sade en la práctica revolucionaria de los cambios que propugna "el divino y sensual marqués".

Hay que señalar, para quien no haya leído o visto la representación de esta obra anteriormente, que es teatro dentro del teatro. Puesto que la función está representada por enfermos de un hospital psiquiátrico, que en algunos momentos se desmadran y el final, que debe ser la muerte de Marat en la bañera, se va complicando, entre otras cosas, porque la enferma que interpreta a Carlota Corday sufre frecuentes desvanecimientos que impiden el propósito de asesinar a Marat en la bañera de su domicilio donde se cura de una enfermedad de la piel y donde sigue escribiendo panfletos revolucionarios, como se puede comprobar en el conocido cuadro de Jacques Louis David, conocido pintor neoclásico que trabajó durante el período revolucionario que nos ocupa y más tarde, durante el régimen napoleónico.

Animalario, con su peculiar estética "gamberra" y provocadora actualiza los contenidos de tan interesante texto y nos ofrece un espectáculo vivo sin hacer concesiones a un planteamiento más doctrinal. Sin embargo no se pierde el ritmo por introducir actualizaciones jocosas en los textos que Sastre clarificó en su excelente versión. De manera que la fuerza original no desaparece, sino que se estimula la discusión teoría-praxis entre Sade y el revolucionario Marat. Decorado y vestuario ayudan, con su claro anticonvencionalismo a actualizar unos temas que están más presentes de lo que puede parecer en una primera visión anecdótica. Animalario confía en ese método de creación colectiva donde todos potencian libremente la peripecia argumental, naturalmente bien controlada por su director Andrés Lima. Todos los locos del manicomio están a la altura de las circunstancias, parando si es preciso la representación, incorporando en la función a los espectadores por parte de los enfermos-actores, como hacía Peter Brook en su puesta en escena. Destaca la interpretación de Alberto San Juan como Sade, muy alejado del modelo Marsillach. Natalie Poza también se distancia mucho de la interpretación que hacía Nuria Gallardo en la anterior versión, dirigida por Narros. Jean Paul Marat está en manos de Pedro Casablanc y es un Marat aparentemente menos agresivo y batallador pero queda clara su posición revolucionaria, que según él debe ser sangrienta. Están en el reparto actores como Miguel Rellán o el conocido Fernando Tejero que deleita al público, antes de empezar la función, con una búsqueda irónica de Esperanza Aguirre por los palcos y plateas del teatro con el fin de "conocer personalmente su belleza y simpatía". El público no sale gritando "¡Revolución!" como antaño, pero Sade defiende con ímpetu su conocido alegato: "¡Fornicación, fornicación!".

El segundo logro de esta temporada de invierno en el Centro Dramático Nacional, esta vez en el teatro Valle-Inclán de Lavapiés, ha sido Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen. El espacio de la antigua Sala Olimpia, que todos recordamos con nostalgia, no desmerece nada. Muy al contrario, está obteniendo buenos niveles de asistencia para la obra. El público es mayoritariamente mayor. Supongo que será consecuencia, en parte, de los suculentos descuentos que los teatros nacionales ofrecen a los espectadores jubilados. Es también notoria la escasa asistencia de público joven, excepto los grupos de adolescentes que van acompañados de sus profesores.

Un enemigo del pueblo entra de lleno en la categoría denominada "clásicos modernos". La versión es de Juan Mayorga y la escenografía y dirección del máximo responsable del Centro Dramático, Gerardo Vera. En sus montajes de espectáculos de otros autores no participé de sus ocurrencias escenográficas, sobre todo en el caso de Valle-Inclán. Sin embargo esta vez creo que ha acertado plenamente incorporando el medio televisivo para actualizar la historia. El espacio es pulcro, cuidado en lo escenográfico y en la dirección de actores tanto en la casa del doctor Stockman como en el estudio de televisión donde participan las fuerzas vivas del lugar y los medios de comunicación para minusvalorar y manipular las graves denuncias que formula el doctor por la situación de contaminación de las aguas del balneario, que es la principal fuente de ingresos del municipio donde suceden los hechos.

El conflicto tiene muchas vertientes, incluso familiares pero la posición contra la corrupción, muy íntegra y sostenida contra viento y marea por el protagonista no produce situaciones favorables hacia sus tesis. Ya intuimos que este personaje va a ser descalificado y humillado por autoridades y fuerzas sociales. El personaje no se saldrá con la suya y su actitud se resolverá en una dramática situación para él y su familia más cercana. Estamos, por lo tanto, en una obra de intenso contenido político y social. Tal como se presenta en escena nos recuerda inmediatamente hechos muy recientes en la vida real.

El doctor Stockman, interpretado por Enric Benavent nos remite a personajes similares en la producción de Ibsen. Un personaje, en parte contradictorio, sin mucho sentido del poder de las fuerzas sociales y políticas frente a un individuo que mantiene, como él, posiciones morales firmes siempre termina sucumbiendo al medio social que llega a formar una piña contra él, lo que le convierte en "enemigo del pueblo" para sus conciudadanos.

El análisis de la sociedad burguesa, egoísta e inmoral que se refleja en esta obra es de una gran lucidez. Ibsen trató estos temas en otros trabajos que configuran un compendio esencial en la dramaturgia contemporánea. Podemos congratularnos de que los medios materiales del Centro Dramático Nacional estén al servicio de proyectos como éste, que pueden interesar a todo tipo de públicos.

Después de mucho rodaje por distintos escenarios, al fin hemos tenido la ocasión de presenciar la versión dirigida por Amelia Ochandiano de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, con una intérprete en el papel principal que es todo un lujo para los escenarios españoles. Se trata de Margarita Lozano, recordada por su trabajo con Buñuel y por una soberbia Mary Tyrone en Largo viaje hacia la noche de Eugene O’Neill junto a Alberto Closas, hace ya bastantes años. Junto a ella, el papel de Poncia resulta muy creíble interpretado por María Galiana. En cuanto a las hijas recuperamos a Ruth Gabriel en Magdalena y a Nuria Gallardo en Martirio.

La corpulencia y estatura de Margarita Lozano le da una presencia que acentúa una masculinidad que está en muchos personajes femeninos de las obras de Lorca. Esta obra me parece que debe representarse respetando la propuesta original del autor. Es un drama, como sabemos, de las mujeres de los pueblos españoles en tiempos de Lorca, ya bien entrado el siglo xx. Obra realista, que refleja muy bien el contexto social y que aquí está adecuadamente trasladado al escenario. Es el drama de una sociedad campesina, en este caso se fija en una familia de clase acomodada, prisionera de unos valores demasiado tradicionales para una sociedad que está en proceso de cambio. Recordemos que fue escrita muy poco tiempo antes de la muerte de Federico García Lorca. La rebelión de la hija menor, Adela, es un síntoma de los nuevos tiempos que se acercan. Adela se compromete valientemente, aunque no es capaz de llegar hasta el final. Esta función se representó en uno de los teatros municipales de Madrid: la extraña sala grande del Centro Cultural de la Villa, situado en la plaza de Colón. El breve paso por la ciudad de este montaje fue aceptado con llenos a rebosar. Se trataba de un público entusiasta con el drama y sus intérpretes.

Continuando con los teatros del Ayuntamiento de Madrid, el Teatro Español ha programado, en su sala pequeña, dos obras de Harold Pinter, de formato pequeño, dirigidas por Alfonso Ungría también conocido cineasta. Esta producción corresponde al Teatro Español junto al Palacio de Festivales de Cantabria.

Las piezas son: Un ligero malestar y La última copa. Chema Muñoz, Cristina Samaniego y Aitor Mazo repiten en ambos montajes, que se representan sucesivamente. Otro actor más participa en La última copa en una grabación de video. Se representa el conservadurismo social que practican las clases medias-altas en los países desarrollados, donde tienen que vivir al lado de gentes procedentes de la inmigración y el vagabundeo y las cuales aprecian como un peligro para su vida cotidiana satisfactoria y sin problemas económicos. Nos muestran una vida previsible pero aburrida. Los personajes, a pesar de la brevedad del desarrollo, están muy bien dibujados por Pinter, quien se ha especializado en su escritura teatral en esta problemática. Se puede constatar en obras de mayor envergadura de este británico, premio Nobel. Aquí, en estas obritas, la resolución incita a una reflexión moral, que tiene mucho de autocrítica de ciertos perfiles sociales.

La sala grande del Español está representando hasta finales de abril la obra Homebody / Kabul, del dramaturgo Tony Kushner (Premio Pulitzer en 1993 por Angels in America: Millenium Approaches). Traducida por Carla Matteini y dirigida por Mario Gas, Homebody / Kabul cuenta la historia de una mujer que desaparece en Afganistán procedente de Londres. Su familia la busca en ese país asiático. La acción se desarrolla en Londres y Kabul en la época talibán. Es todo un llamativo episodio que indaga e intenta profundizar en las relaciones entre dos mundos muy distintos: las personas de cultura europea occidental y gentes de otros pensamientos y cultura. Como es obvio se trata de un asunto completamente actual y muy atractivo para los espectadores teniendo en cuenta las tensiones políticas, el terrorismo islámico, etc. El planteamiento dramático incide en las tensiones existentes entre los dos mundos y se trata de objetivar el punto de vista de unos y otros. En principio, una propuesta interesante y difícil. Intervienen actores y actrices españoles de larga y reconocida profesionalidad. Sobre todo hay que citar a Vicky Peña que ocupa exclusivamente el escenario toda la primera hora de una representación que se alarga casi dos horas y media.

El monólogo de la mujer (Vicky Peña) es lo mejor de la función por su capacidad expresiva, la variedad de matices y tambien porque da una lección poética que envuelve muchos datos sociológicos y geográficos de un lugar tan distante y desconocido como la capital de Afganistán. La historia y los paisajes naturales los percibe el espectador en este excelente monólogo.

Otro aspecto interesante de este montaje es que se ha contado con la participación de actores vinculados, por su nacionalidad, a las culturas del mundo islámico. Actúan en lengua española en algunos momentos de la acción con acertada credibilidad.

Aparecen en el reparto conocidos actores de teatro, cine y televisión como el asturiano Roberto Álvarez y la joven y polifacética actriz Elena Anaya, además de la veterana Gloria Muñoz. La segunda parte tiene un desarrollo desigual. El ritmo tiene demasiados altibajos. Quizá se debe a la obra original y no a la dramaturgia de Mario Gas, que trata de salvar escollos en el desarrollo del tema. En todo caso la función tiene el suficiente interés para justificar el éxito que está obteniendo. Se agradece que el Teatro Español siga apostando por productos de riesgo, como han mantenido estos años Mario Gas y su equipo. Este tema elegido no puede ser más actual, como se constata todos los días en los noticiarios del mundo.

Esta crónica del invierno teatral madrileño no debería acabarse sin constatar la presencia asturiana en la muestra de Teatro de las Autonomías que en su XII edición patrocinó de nuevo el Círculo de Bellas Artes. La presencia asturiana fue escasa porque se limitó a tres grupos: Higiénico Papel, Konjuro Teatro y Margen. La muestra fue compartida por la Comunidad Valenciana, que presentó seis producciones y la Comunidad de Madrid, con una compañía.

Aunque no tuve la posibilidad de conocer las otras dos obras asturianas presentadas, sí asistí a la representación de El viaje a ninguna parte, versión teatral realizada por Arturo Castro sobre la novela de Fernando Fernán Gómez, que tiene antecedentes en cine con una excelente película del propio Fernán Gómez como director y actor.

Conociendo al grupo Margen desde sus orígenes, la capacidad de Arturo Castro en sus empeños teatrales y la calidad actoral de José Antonio Lobato y otros actores que han pasado por Margen, no me ha sorprendido la coherencia dramática de la función pero sí me ha impresionado mucho más de lo esperado.

Tampoco había tenido ocasión, en mis esporádicas estancias en Asturias, de haber visto la función anteriormente.

La adaptación ha huido de la impronta realista que estaba vinculada a la versión cinematográfica. Arturo Castro ha manifestado que pretendió utilizar una estética en cierta medida expresionista para contar las peripecias de esta compañía de teatro ambulante. La identificación de los actores es total. Es un homenaje a esos cómicos que viven situaciones parecidas en su vida profesional.

La adaptación es singularmente adecuada y coherente con el tono interpretativo del conjunto. Destacaría la contundente interpretación de José Antonio Lobato como Carlos Galván. Sin duda la mejor actuación que yo recuerde de este actor. Y conozco muchas. El resto de los actores y actrices están también a un nivel muy aceptable. Hay que tener en cuenta que la mayoría tiene que componer distintos personajes. Carlos Mesa en Carlitos también nos ofrece muchos recursos y una vis cómica excelente. No hay que olvidar a José Luis de San Martín en el padre de todo el elenco teatral, el origen de esa compañía que está llamada a desaparecer. La profesión va a tomar otros derroteros, los artistas se dispersarán en otros medios y los cómicos de la legua con el incipiente cine y luego la televisión tienen los días contados. Ese homenaje al teatro de un gran maestro del cine y teatro españoles durante muchas décadas como es Fernando Fernán Gómez bien merece el esfuerzo y el talento de Margen.

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