Número 20. Mayo de 2007

‘¡Que viene el lobo!’

Eva Vallines

Kamante Teatro se ha consolidado como uno de los grupos de referencia del teatro infantil no sólo en Asturias, sino a nivel nacional, como lo demuestran los últimos Premios feten en los que la compañía se alzó con dos de los principales galardones. Los premios no son algo nuevo para Kamante, pues ya fueron reconocidos en los Premios Asturias en las ediciones de 2001, 2003 y 2006 respectivamente, así como en el festival Nuove Mani en Italia en 1999. En activo desde 1990, han sabido crearse un espacio propio, caracterizado por el uso de un lenguaje teatral novedoso que ha cautivado a niños y adultos. Con el favor del público y las críticas, Luis Vigil y Luisa Aguilar recogen ahora el fruto de muchos años de trabajo, de una labor de investigación y creación lenta, exigente, que busca la precisión y el riesgo. A lo largo de estos años han compaginado la producción de espectáculos con la impartición de cursos y talleres a niños y adultos, en los que basándose en su propio modelo pedagógico han ido formando a los espectadores del futuro.

Pregunta. Con vuestro último espectáculo ¡Que viene el lobo! conseguisteis el premio al Mejor Espectáculo Infantil y la Mejor Autoría en los Premios Asturias de las Artes escénicas 2006, y en esta última edición de feten os habéis llevado el premio al Mejor Espectáculo y a la Mejor Intérprete Femenina, ¿qué creéis que tiene este lobo que por dondequiera que va seduce?

Respuesta. Hace poco nos llegó una carta de un espectador en la que nos agradecía la sinceridad y honestidad de nuestro espectáculo. Esto nos sorprendió mucho, pues son dos premisas que tenemos presentes en nuestro trabajo. El público siempre tiene una disponibilidad perceptiva y emotiva cuando asiste a una función. El reto es atraparlo y mantenerlo en ese punto durante el mayor tiempo posible.

¡Que viene el lobo! es la vida y los sueños, es el miedo y la cotidianeidad. El espectador no se puede evadir de sí mismo, le damos la oportunidad de ser activo y que escoja con qué se quiere quedar. Como dice Peter Brook: "El problema central del teatro contemporáneo es la indiferencia del público". Los espectadores de ¡Que viene el lobo! no se pueden quedar indiferentes porque el lobo somos todos.

P. Aunque ya sois un grupo con una gran proyección nacional y habéis participado en certámenes, encuentros y festivales de toda España e Italia, ¿en qué medida pensáis que os puede ayudar este premio a salir de nuestras fronteras?

R. Sinceramente, ayuda. El premio feten supone un gran reconocimiento y tiene mucho prestigio, lo cual supone más viajes y nuevos públicos. Ya hace unos años que nos consideramos una compañía de ámbito nacional, pues casi el 80% de nuestro trabajo lo desarrollamos fuera de Asturias.

El problema de las fronteras es que las hay físicas y/o mentales. Hace bastante tiempo que creemos en la universalidad del arte, y que los creadores debemos desenvolvernos en tierra de nadie: esa franja minúscula que hay entre fronteras.

P. Habéis dicho que esta obra es muy especial y que es el resultado de un largo proceso de investigación y depuración en el que habéis asumido mucho riesgo, ¿en qué sentido?

R. En todos los sentidos. Aparte del coste económico de la producción, el hecho de tomarse tres años para madurar un proyecto, sin sucumbir a la necesidad de sacar al mercado un nuevo espectáculo es muy arriesgado. Sin embargo, esta propuesta no se podía concebir de otra forma, pues esta circunstancia nos ha dado más perspectiva y objetividad.

Por otro lado, hemos arriesgado también en toda la concepción estética del espectáculo: desde el conceptual espacio escénico con ausencia total de colores vivos, a los títeres objetuales, que van más allá del mero aspecto formal. Pero quizás lo más valiente de este espectáculo es lo que decimos en él. Lo primero que nos planteamos fue, sin duda ¿qué queríamos contar?, luego vino el cómo.

Nuestro compromiso con el público nace de la imperiosa necesidad de hablar del mundo que nos rodea. Como creadores, nos sabemos posibilitadores de un cambio, y consideramos que debemos hablar sin tapujos sobre las cosas que nos preocupan, sea quien sea el destinatario final de la historia: niño o adulto. Consideramos que un espectáculo bien hecho no es suficiente, y eso, hoy en día, es arriesgado.

P. La crítica ha valorado especialmente en vuestros espectáculos la precisión, el trabajo de la voz, la innovación y la plasticidad, ¿de qué creéis que es resultado?

R. Sin duda es fruto de un lenguaje teatral propio que hemos ido adquiriendo con el paso del tiempo y que basamos en lo que denominamos "poética de la sencillez". En el proceso de creación de ¡Que viene el lobo! se ha elaborado un montón de material (textos, escenas, títeres…) al que luego hemos renunciado en pro de la historia; nos interesaba eliminar cualquier elemento superfluo y para eso hay que saber desprenderse, sacrificar el ego. En este caso, además, hemos intentado llevar al límite los elementos que confieren un sello propio a los espectáculos de Kamante: el lenguaje con objetos, el trabajo físico y el dibujo de la voz, junto con un depurado componente plástico y musical. Pero entre todos estos aspectos técnicos, consideramos que lo que más cautiva es algo tan primario como la capacidad de emocionar.

P. ¿Por qué consideráis que ¡Que viene el lobo! es una metáfora de la emigración, no es más bien una metáfora del viaje interior que todos recorremos, a modo de travesía vital, como en el poema de Cavafis?

R. Cuando hablamos de emigración, no sólo pensamos en los balseros, sino en nosotros mismos, en nuestra migración… en nosotros como viajeros persiguiendo sueños. Es un viaje iniciático, un viaje hacia la madurez. Es perseguir un sueño y es sobrevivir. Es decidir qué quieres ser y confrontarte con lo que te dejan ser. Es también un viaje que hacemos con el espectador.

P. Prestáis mucha atención a todos los componentes de vuestros espectáculos, de hecho es la segunda vez que contáis con una música original compuesta por el prestigioso músico Ramón Prada. Dada la importancia de la música en el teatro infantil, ¿creéis que revierte de forma significativa en la calidad del conjunto?

R. Consideramos que la música tiene importancia en el teatro, sea infantil o no, si tiene la capacidad de crear un espacio sonoro, al igual que la luz tiene sentido si crea un espacio físico. Somos de la opinión de que debemos utilizar cualquier elemento siempre que enriquezca la historia, no como un adorno. Pensamos que debe integrarse y formar parte de ella. Por ello, la presencia o ausencia de música, texto, iluminación…, depende de cada propuesta.

Tenemos la enorme suerte de contar con un equipo de creación que poco a poco se va consolidando, que repite experiencia y se siente parte del proyecto de la compañía. Esto hace que, al final, todos salgamos reforzados como artistas.

P. ¿Cómo veis la situación del teatro infantil en España y en Asturias, seguís pensando que aquí hacemos teatro de "resistencia"?

R. Resistimos porque el teatro va aparentemente contracorriente. Es minoritario, es lento, no es rentable, necesita espectadores para existir…, pero no debemos santificarnos. Los mineros, los del metal, los autónomos…, todos resisten. Y mientras se resiste, se sobrevive. Pero hay muchas formas de "resistencia". Quizás la diferencia la marca con qué te comprometes a resistir, y en el caso de las personas que hacemos teatro, dónde situamos ese compromiso. Esta situación del teatro es más universal de lo que creemos.

Actualmente, en España los creadores de teatro para niños y jóvenes estamos abriendo espacios de reflexión sobre los textos, el público, la exhibición…, y eso, al fin y al cabo, se traslada a la calidad del conjunto.

P. ¿Cuáles son las diferencias fundamentales, si es que las hay, entre actuar para niños o para adultos?

R. Cuando comenzamos a trabajar en un proyecto nuevo, no establecemos a priori ninguna categoría especial de espectadores a los que va dirigido. Eso, quizás al final, lo determina la propia historia que se pretende montar. Pero si profundizamos más —y éste es el momento en el que nos encontramos ahora— podemos imaginarnos, por ejemplo, observando el Guernica de Picasso. ¿Quién lo puede observar? ¿Va dirigido a alguna franja de edad o lo puede observar cualquiera? Evidentemente, cada espectador sacará sus conclusiones, no tanto por su edad, sino más bien por sus referentes culturales y por lo vivido.

Poco a poco vamos descubriendo que la comprensión de los niños va más allá de lo que imaginamos. Pensamos que los espectadores de hoy buscan un teatro que sustituya el teatro de museo, verbalista y gastado, por otro que se reencuentre con sus orígenes donde caben los niños y donde el adulto puede ser niño de nuevo.

¡Que viene el lobo! es el ejemplo claro de que se puede hacer teatro para todos y de que para actuar no hace falta hacer concesiones, basta con actuar con responsabilidad. Éste es un requisito tanto para niños como para adultos. En definitiva, si miramos desde el escenario al patio de butacas la única diferencia que observamos es que las cabezas de unos sobresalen más en la butacas que las de los otros. Y eso se pasa con la edad.

P. ¿Creéis que en el teatro infantil existen aún tabúes y no se tocan ciertos temas?

R. Los tabúes en el teatro para niños y niñas están establecidos por el adulto, que como tal, considera que sabe lo que es bueno o malo para el niño. Desde nuestro punto de vista pensamos que, a menudo, se cae en el error de creer que no se puede hablar a los niños de ciertos temas como la muerte, la violencia, la sexualidad…

Por fortuna, cada vez hay más creadores que abordan ese tipo de temas, es el caso de la canadiense Suzanne Lebeau, autora y directora de teatro que en sus propuestas aborda temas como el incesto o los niños de la calle. O la Mexicana Amaranta Leyva, Premio Nacional de Literatura 2006 de México en la categoría de Teatro para Niños, cuyas obras tratan temas como la pérdida de un ser querido o la violencia doméstica.

P. ¿Está demasiado lastrado el teatro infantil por la necesidad de transmitir un mensaje educativo, por un didactismo excesivo que condiciona a los creadores?

R. El teatro como forma de comunicación lleva implícito un mensaje. Hay quienes todavía se refugian en el mensaje educativo como un valor añadido y realizan pequeños panfletos plagados de buenas intenciones…, pero ¿eso es realmente Arte?

Por otro lado, hay espectáculos huecos, productos de mercado, que no van más allá del mero entretenimiento. Pero también hay una corriente de compañías que trabajamos desde el compromiso, que nos movemos por el impulso primario de contar algo, convencidos de que a través del arte se puede despertar en el niño (en el espectador) un sentido crítico.

P. ¿Qué diferencia hay entre el teatro de títeres y el teatro que trabaja el lenguaje de los objetos?

R. El uso de objetos en el teatro (no como utilería, sino como elementos activos potenciadores de la acción), tiene un gran poder metafórico en la mente de los espectadores, pero es un hecho relativamente novedoso. El teatro de objetos o títeres objetuales responde a discursos de creación que no están tan separados de la idea del títere tradicional en sus diversas técnicas (todos son objetos inanimados). La diferencia la marcan el grado de abstracción, la posición del titiritero frente al objeto inanimado y su interrelación con el público.

Lo maravilloso de los objetos es lo que ocultan detrás de la apariencia. El objeto tiene la capacidad de trascender su artificialidad y ser cotidiano para representar de manera simbólica o metafórica. Citando a Rafael Curci: "El teatro de los objetos es prolongación del espíritu del títere como objeto imbuido de vida".

P. ¿Cuáles son vuestros proyectos más inmediatos?

R. En este momento es demasiado pronto para pensar en espectáculos nuevos. Para nosotros la creación no finaliza con el estreno. Hay todo un proceso de trabajo abierto en cada representación, que fundamentalmente se traduce en que el público vea la función siempre como si fuese una primera vez.

Crítica
El lobo ilusorio

Francisco Díaz-Faes

¡Que viene el lobo!, de Luisa Aguilar. Dirección, diseño iluminación y escenografía: Luis Vigil. Música original: Ramón Prada. Ilustración figuras: Pablo Amargo. Escenografía y títeres: La Nave de Kamante. Vestuario: Manuela Caso.
Kamante Teatro.
27 de marzo, Día Mundial del Teatro. Salón de Actos de la antigua Casa de Comedias del Fontán. Biblioteca Pública de Oviedo.

La pieza de Kamante, tan lustrosa y precisa, ganadora de la reciente Feria Internacional de Teatro para Niños, feten, fue vista el Día Mundial del Teatro. En Oviedo en un acogedor teatrillo, lleno de incondicionales de esta gran pareja de titiriteros y asiduos a la discontinua programación del local. Asistíamos, por segunda vez consecutiva, en el renovado y calórico recinto, a un homenaje al teatro en su día especial. Si el año pasado encontramos otro dedicado al Brecht más cabaretero, en una delicadeza escénica de recitativos y cantables, dirigida por Arturo Castro, éste, se hizo tras un prólogo de la exposición contigua sobre el teatro en la República y la Guerra Civil, que presentó nuestro compañero Boni Ortiz. Y como dice Boni si hace no tanto nos las deseábamos para ver alguna iniciativa para este mundial día, hoy, es raro no encontrar varios actos coincidentes con la fecha. El caso es que personalmente acudí por segunda vez a una función de esta pieza tras haberla atisbado, hechizado, hay que decirlo en el teatro Vital Aza de Pola de Lena hace meses. Y no decepciona. El mismo director, como es habitual, presenta con extremo cuidado las actuaciones a su auditorio, las adecúa a los visitantes, las proemia. Con el significado especial de este día, y lo que se va a ver, y lo que no vamos a ver, y lo que no se puede hacer (salvedades de ruidos de móviles y otras alarmas), y comportamiento general. Crea esa expectación. Todo en aras de un algo total en el valor de las miniaturas. Pues todo es pequeño en una actuación que agranda la actriz. Kamante ha ido refinando, si cabe, depurando, estilizando sus espectáculos, librándonos, también, a los adultos del lenguaje políticamente correcto (asumido sin rigor por las izquierdas verbales) de otras veces —de la separación tediosa de los sexos en el lenguaje, y otros galimatías funcionariales—. Y nos cuenta la preparación de un lobo a la reescritura, la enésima de Blancanieves. Y la reescritura, la enésima, de los cuentos de hadas da para mucho. Todo empieza por el retruécano, el dar la vuelta a la tortilla de las versiones. Que cantó por ejemplo Paco Ibáñez con el poema del "lobito bueno". Luego vendría la famosísima de un contra-pinocho o las variantes de Blancanieves que hace unos años popularizó Paco Abril en una de sus sugerentes exposiciones de ilustradores internacionales para niños en Gijón. En fin, aparece Luisa con una codificada expresión, movimientos, coreografía, distanciando la realidad de su ser, para crear, para hacer una creación. Una invención gestual, un trampantojo. Y llega el texto, y la sincronización de gestos, y de palabras. Y se despliega la música y las texturas del escenario, las veladuras, la iluminación, el lenguaje de la precisión en el sonido. En realidad todo es un inmenso juego, un destilado y enriquecido mundo de pequeñas cosas que cobran vida, de objetos cotidianos que crean verosimilitud. Objetos que retornan a la animalidad y lo verosímil cuando se cambian las voces, cuando se fabula, cuando así, se conquista un territorio (y un auditorio), se inventa, especula, investiga, sobre materiales de desecho, como han venido haciendo en Kamante, o descubren nuevas funciones a los objetos que se van moviendo y cobrando aliento. Todo esto cabe en esta piecita deliciosa. Llena de intensidad, bien acoplada, ajustada en silencios y sonoridad, que pasa como un soplo evanescente, que viene y se va en el fugaz cometa de la imaginación. Un eslabón más en la cadena de perfección de este grupo que ya ha conquistado el festival Titirimundi de Segovia, y que viaja veloz desde Japón, para volver a casa siendo más conocido, casi, en los festivales foráneos que en los propios. En una carrera que no es fulgurante sino paulatina, concienzuda, trabajada en el detalle. Un momento maravilloso que nos ha transportado. Desde un espectáculo que, como dice su director, sirve para cualquier edad, cuando está tan bien hecho como éste.

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