Número 20. Mayo de 2007
----------------- Seleccione Artículo ----------------- Editorial: ¡Que viene el lobo! FETEN 2007 ¿Cómo exhibir teatro para niños? Despierta costurerita Valle-Inclán al Norte Entrevista con J. A. Hormigón La papelera de Eurípides (VII) El teatro de ‘Adeflor’ (I) Sueño de una noche de invierno Entrevista a Helio Pedregal Festival de Teatro Amateur El teatro de Madrid en invierno Texto: Las provechosas alianzas El legado de Mihura Teatrografía de la mina Nuevas realidades, viejas memorias Aguilera Sastre estudia a María Lejárraga Circo del Mar Cartas a La Ratonera Libros y revistas Semblanza: Eladio Sánchez Breves
Joaquín Fuertes
Cuando hace un par de años las playas de Galicia se llenaron de galipote, a algunos nos dio por pensar que no era una utopía conseguir una república libertaria; algo para lo que, según un amigo mío, solamente hacen falta "preparación y güevos". Los marineros de
¿Y los políticos? ¿Dónde estaban mientras tanto los políticos? Unos cazando, como se recordará, los otros rascándose la entrepierna en sus respectivos cuarteles de invierno. Cuando vieron que la cosa se les escapaba de las manos fueron, y no por otro motivo, a enseñar el ventripucio en los pedreros de Camariñas. Luego enviaron a los militares, que según me contó uno de aquella zona, no hicieron más que estorbar, todo ello como complemento para justificar los sueldos y los votos.
¿Y a qué viene todo esto en una revista de teatro? Pues al convencimiento de los que amamos el anarquismo, sin atribuirle otro defecto que el de estar demasiado organizado, que el día de mañana, y dejémonos de utopías, el pueblo se podrá organizar, unos recogiendo el galipote y los otros lavando los monos, sin que nadie tenga que venir a meter el cuezo desde los cuarteles de invierno. Llegué a esta conclusión, para librar de rémoras a los marineros, y también a los campesinos, que sólo se acuerdan de ellos a la hora de ordeñarles la vaca y el bolsillo. Y para salvar a todos aquellos que no comen porque no trabajan, y no trabajan porque están hambrientos. Según eso, ¿queda alguna profesión que necesite imperiosamente a los políticos? Al parecer, sí: las gentes del teatro, y es ahí a donde quería llegar.
Esta teoría que sostengo no me granjea muchos amigos; casi menos que a aquel que iba por el mundo proclamando que no había más que dos clases de personas: los amigos y los hijos de puta; y cuando la Guardia Civil le zurraba, por decir semejante aserto, les advertía que nadie que le pegara iba a ser su amigo. Así las cosas, recibo una carta anónima con insultos, porque hablo bien de una representación teatral que al ágrafo que me escribe le pareció mal. Un viejo colega otoñal reparte en público insultos e infamias contra mi persona, por la labor que hago en el periódico donde escribo, queriendo borrar todo vestigio de crítica que no se adapte a sus filias y sus fobias. Viene a demostrar, por otra parte, que la senectud no está reñida con la mezquindad.
En esta suerte de acoso —y en cierto modo derribo de la crítica teatral, puesto que ya cayó alguno—, han tenido a bien en los últimos tiempos no invitarme al festejo anual en el teatro de La Felguera, ni a los actos del ITAE; el más sonado y reciente, la pomposa inauguración en los locales del antiguo Orfanato Minero. La para mí desconocida señora directora, ostenta un puesto que me ofrecieron en el pasado por dos veces, repito, por dos veces, y que rechacé emulando a Groucho Marx, porque por nada del mundo quería pertenecer a un club donde admitieran a un tipo como yo. Bien es verdad, que antes que nada me enseñaron las cuentas, y a un alumno del ITAE costaba dos veces más darle formación que a un homónimo de la Escuela de Ingenieros Industriales, con todos sus talleres de maquinaria y laboratorios. Era más sencillo, según me explicaron y pude comprobar, enviarlos a todos con una beca al
Créanme si les digo que me trae sin cuidado que me inviten a festejos y a inauguraciones. Tampoco me ofende que algunos desprecien, en público y en privado, la labor de la crítica teatral, aceptando solamente las opiniones de la abuela sobre su autovalorado talento. En mi caso, sólo me considero un triste valedor del pueblo, para informarlo si quiere hacerme algún caso, y un entusiasta, a pesar de todo, del teatro, para evitar que muera. A la única reinauguración que me gustaría asistir es a la del Teatro Arango, vilmente perdido, mientras la irredenta profesión, al contrario de los mariñeiros da Costa da Morte, miraban hacia el carné y la faltriquera de los políticos. Sí, me gustaría ir a la inauguración de ese sueño, en el que no quise tomar parte como otras veces, dejándolo para otros, pues a estas alturas ya me atengo al refrán que dice, que cada perro lama su pijo, y cada perra lo otro. El sueño de tener un teatro y dos minicines alquilados, y seguro rentables, en la planta baja para películas de calidad, como los que tienen en Santander, donde sí me invitaron, lo han convertido en una sala de fiestas, como si hubiera pocas, y en un remendadero de culos y tetas.
Dentro de poco no habrá dónde hacer el festival de cine ¿verdad? Cuando cierren los cines Centro, que cerrarán. Y que no vengan con cuentos sobre la Laboral (ahora la Laboral sirve para todo), porque la solución serían esos dos minicines (antiguo Albéniz), con las otras dos pantallas del Arango y el Jovellanos. Ya sabéis lo que dijo aquel: palabras, palabras, palabras.
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