Pregunta. Eres un actor con una trayectoria amplísima. Has hecho
cine, teatro, televisión, doblaje… ¿Tus comienzos arrancan de una
base teórica o de una práctica concreta?
R. Yo me fui de Oviedo a los 18 años con la clara idea de
estudiar, de prepararme de una manera seria; no sé por qué, ya que
no tenía ninguna referencia, pero sí la clara idea de que cualquier
cosa que uno haga en la vida, para hacerlo bien, uno debe prepararse
y formarse adecuadamente para ello. Me fui a Madrid en 1968 a
estudiar y lo que verdaderamente me gustaba era el cine. Fui a la
Escuela de Cine directamente, allí estudié Interpretación y tuve la
inmensa suerte de que uno de los profesores de Interpretación era
William Layton. Antes de terminar en la Escuela de Cine tuve que
realizar el servicio militar y cuando ya me marchaba a la mili,
Layton me hizo prometerle que cuando yo terminara le buscara y eso
fue lo que hice.
Terminé la Escuela, descubrí que no sabía gran cosa, ya que no
era un "templo" con demasiado rigor y me metí a estudiar
Interpretación en lo que entonces era el TEI (Teatro Experimental
Independiente), un grupo que funcionaba en Madrid y donde daban
clase Layton, Miguel Narros, José Carlos Plaza… y ahí mi formación
duró 10 años más.
He estudiado muchos años y yo siempre he pensado que cuando se
habla de técnicas de trabajo, se habla de fórmulas para atacar las
dificultades en el trabajo, esto deja de tener sentido cuando se ha
olvidado; todas las escuelas y métodos funcionan cuando se olvidan y
ya no están activas. Si a mí me preguntan qué técnica utilizo yo,
diría que eso ya lo tengo repartido por todas partes, ya no lo
recuerdo y no podría siquiera mostrárselo a un alumno por ejemplo.
Esto es la misma historia que se cuenta de un atleta cuando se
prepara concienzudamente durante mucho tiempo con una buena técnica
para competir en algo, pero no se para a la hora de correr a pensar
en cómo debe poner el talón porque eso ya lo lleva asumido y
funciona ya con ello.
P. Enlazando con la cuestión de la técnica interpretativa,
¿consideras que para adquirirla es fundamental trabajar con
distintos directores, pedagogos… o es más operativo pasar por una
escuela de interpretación para adquirir una técnica específica que
permita construir todo tipo de personajes?
R. Las dos opciones son importantes pero hay un orden. Ahora está
muy de moda la incursión en el teatro de mucha gente que viene de
otros medios en los que no necesariamente se precisa una formación
académica o rigurosa; ha habido muchas series dramáticas de y para
gente joven que han tenido un éxito enorme, pero que de pronto en el
teatro no tienen armas para defenderse porque entre otras cosas lo
que han hecho es de sí mismos. Cuando estos actores tienen que
acometer un personaje distanciado de ellos y con características muy
diferenciadas, ahí naufragan porque no tienen la formación necesaria
para este asunto. A mí siempre me ha parecido que éste es un asunto
muy serio y para hacerlo bien uno tiene que saber de qué va y saber
de qué va significa hacer lo que hace cualquier otro profesional:
prepararse adecuadamente. El problema es que hoy en día proliferan
tanto los maestros, las escuelas, los que saben…, que es una
confusión y la gente debe acertar, ya que de la misma forma que a un
médico le puede hacer polvo una mala formación, a un actor le puede
pasar lo mismo, puedes estar en un sitio equivocado y te pueden
desgraciar para la vida con principios y conceptos que no son
ciertos. Estamos hablando de un mundo de negocios donde hay de todo,
incluido muchos tramposos, por lo que hay que informarse bien.
P. ¿Crees que en la realidad política, social y cultural que
vivimos hoy en día tiene sentido hacer teatro vinculado a un
compromiso ético?
R. Yo creo que tiene un sentido absolutamente positivo, otra cosa
es que haya que luchar contra la demanda social. Nuestros
conciudadanos eligen en base a unos intereses que conducen a esa
elección, se tiende a elegir lo más fácil, lo menos complicado… El
teatro tiene como elemento definitorio la obligación de presentar
una reflexión sobre todas las cosas que importan. Es un error
confundir el teatro con el ocio, esto es un grave error, el teatro
no es ocio, el teatro es un elemento cultural de máximo nivel. Es
muy frecuente, si le preguntas a alguien si le gusta ir al teatro,
que contesten "sí, pero para reírme, que para dramas ya está la
vida" y ésta es una afirmación absolutamente ignorante, porque el
teatro no se ha inventado para reírse, se ha inventado para
ennoblecer la comunicación cultural, no para desvirtuarla. La
cuestión es cómo casar esa condición del teatro como bien público y
cultural con la demanda que permita que eso sea un hecho positivo.
Yo ahora me encuentro en un caso parecido a esto que me preguntas,
ya que Afterplay es mi primera producción; hasta ahora he
sido actor exclusivamente y en este momento soy productor y podía
haber elegido en esta primera experiencia una cosa menos arriesgada,
una comedia, algo que encajara más con la demanda popular; cuando
tuve la función entre las manos y decidí hacerla pensé que cabía la
posibilidad de hacer algo que no encajara teóricamente en esa
demanda pero a la que se le pueda aplicar una actitud de trabajo que
la haga perfectamente digerible por un público que a lo mejor
hubiera preferido otra cosa, teniendo en cuenta que además para mí
es una auténtica declaración de principios ya que éste es el teatro
que me interesa. Cuando esta obra aparece, yo veo que no puedo
permitirme dejarla pasar de largo y eso hace que te conviertas en
productor por necesidad, con el riesgo que eso conlleva, ya que el
público de este país no tiene un criterio teatral correcto, en
general es poco exigente y no ve el teatro como un elemento
revitalizador que te permite engordar el conocimiento.
Por supuesto, ya que el buen teatro tiene sentido siempre. No hay
más que echar un vistazo a las carteleras de teatro en España para
encontrarnos con cinco Lorcas, tres Valle-Inclán y
veinticinco Shakespeare… Autores, alguno de los cuales han
muerto hace más de 500 años, que son clásicos en el sentido de que
escriben y reflexionan sobre cosas inmutables a nuestra conciencia
de seres humanos; hablan de lo mismo que hoy nos sigue inquietando.
En el caso de Afterplay, el autor nos presenta un juego
teatral maravilloso. Brian Friel es un especialista en Chéjov,
probablemente es el traductor en habla inglesa más importante y yo
me lo imagino divirtiéndose inmensamente en Irlanda donde vive,
escribiendo este juego e inventando esta función, en la que
cualquier espectador que asista, entiende perfectamente de qué
estamos hablando. Lo que ocurre entre estos dos personajes es lo
mismo que le ocurre a un montón de personas que están en el patio de
butacas. ¿Quién no se ha sentido solo en algún momento de su vida,
quién no se ha sentido fracasado? ¿A quién no le duele no haber
cumplido un sueño? La función habla de eso, de dos fracasados. Lo
que pasa es que gracias al autor se puede hablar de eso con un gran
sentido del humor, que es la mejor manera que tenemos de hablar de
las cosas transcendentes. La grandeza de un autor bueno es hablar
del dolor, de la soledad, del fracaso… sin someterte a un lavado de
cerebro sino transmitiendo ternura y emocionando con la manera en
que Sonia y Andrei lo cuentan. Son dos personajes que se piden
asilo, cada uno le cuenta al otro su vida, hablan de sí mismos,
manifiestan sus sentimientos, descubren que se quieren… hay en
realidad una historia de amor, no sensual ni sexual, sino un amor
maravilloso entre dos personas que hace que aparquen las mentiras y
se confiesen tal cual son; a partir de ese momento ocurre algo
fascinante entre ellos. La gente es maravillosa cuando es ella misma
y la gente es muy fea cuando vamos de algo que no somos.
P. Ha dirigido esta pieza José Carlos Plaza, todo un referente en
la dirección teatral. ¿Podrías contarnos cómo ha sido el proceso de
puesta en escena?
R. Tanto Blanca como yo sabíamos desde un principio que para
hacer esta función necesitábamos a un director sabio, ya que la obra
es compleja y difícil. Cuando uno se plantea esa necesidad uno
piensa en lo ideal y para nosotros desde un principio lo ideal era
José Carlos Plaza. Lo llamamos, dijo que no podía y pensamos en la
posibilidad de no hacerlo ya que queríamos un director con mucho
talento. A los pocos días nos llamó y nos dijo que lo había
organizado todo para hacerlo, ya que la función le gustaba mucho
como director. El proceso fue largo, Plaza es un gran trabajador y
durante tres meses ensayamos sentados en una mesa todo el tiempo,
menos dos días que fueron los que dedicamos para montar la función.
Esto pudo hacerse porque el trabajo previo estaba hecho y se montó
sin ningún problema. Es un tipo de función que permite esto; no digo
que se deba hacer siempre, pero en este caso fue así. Para mí el
trabajo de mesa es esencial y aquí lamento contrariar opiniones muy
loables de gente que piensa en poner el cuerpo en marcha antes de
hacer nada, como es el caso de mi amigo Eines, que hace justo esto.
Yo trabajé con él en El Precio y pusimos la obra en pie de
esta forma y yo no puedo hablar si mi cerebro no tiene claro lo que
quiero comunicar; estoy convencido de que un buen trabajo de mesa es
el que te permite desbrozar lo necesario para que sepas cuál es tu
meta a conseguir en el escenario, por lo que el comportamiento
aparece solo. Esa meta puede cambiar sobre la marcha e incluso
puedes colocarla en dirección opuesta pero por algún sitio hay que
empezar, sabiendo a dónde quieres ir.
P. Por lo que cuentas, no hay establecido ningún tipo de
movimiento escénico.
R. No, nunca jamás se ha hablado de quién va, quién viene, quién
sale, quién entra… todo eso aparece a través de las miles de
preguntas que vas haciendo y que machacas día tras día hasta que
llega un momento que encuentras una respuesta. Yo no podría trabajar
de otro modo, ya que si hubiera un diseño de movimiento escénico
establecido, eso dificultaría la resolución del misterio en el
trabajo actoral.
P. ¿Hay algún tipo de teatro que no hayas hecho? ¿Algún texto?
¿Algún personaje?
R. Hay muchas cosas que no he hecho. Por ejemplo nunca he hecho
un Chéjov y estoy haciendo una función que habla de él de principio
a fin. He estado a punto muchas veces de hacerlo pero no se ha
logrado. No obstante es algo que no me preocupa mucho. Alguien
comentaba hace poco que había dos o tres personajes que no le
gustaría morirse sin hacer, no es mi caso. Sí es cierto que tengo
alguno que ya he hecho y me gustaría volver a hacer: tengo cierta
obsesión con el Rey Lear, que hice en tres ocasiones y
como creo que lo hice tan mal (risas), me gustaría salvar el pellejo
haciéndolo una vez más.
Hamlet sí lamento no haberlo hecho, vengo ahora de hacer un
Shakespeare y yo me quedo embobado viendo al actor que lo hacía…,
pero por lo demás hay tantas posibilidades de personajes que no he
fijado mi mirada en ninguno, entre otras cosas por si acaso no me
toca, ojos que no ven…
P. Helio, dentro de unas horas estarás actuando en el Teatro
Jovellanos. Tengo curiosidad por saber si un actor como tú, con
tantos años de experiencia sobre las tablas, se pone nervioso antes
de empezar una función.
R. Cada vez tengo más nervios, eso es inevitable y bastante
lógico, ya que cuanta más información tienes y más conoces el medio,
más cuenta te das de la dificultad. Cuando yo tenía veinte años iba
como una vaca, de frente, pero ahora cada día me parece más difícil
y complejo este trabajo y además cada vez tienes más que perder. El
teatro no es lo que era antes; en el teatro hasta no hace muchos
años cuando una persona "daba la talla" era para siempre, ahora no,
tú haces un buen trabajo, tienes un reconocimiento, pero a los seis
meses "la cagas" y pierdes todo, la presión es por tanto cada vez
mayor, lo que también implica que haya más nervios.
P. No quiero robarte más tiempo ni que canses la voz en exceso,
ya que vas a actuar esta noche. Así que para terminar, ¿podrías
decirnos en una o dos frases lo que es para ti…?
El público…
… es el destinatario de todo, la mitad de este asunto, el 50% del
hecho teatral para bien o para mal, sin público no hay teatro, es la
parte activa y protagonista. Si el público es poco exigente el
teatro es malo, si el público es exigente el teatro acaba por ser
buen teatro.
El actor…
… es un oficio al que no creo que haya que darle mayor
trascendencia; es una profesión que necesita cierta liturgia, como
otras muchas; un actor es una persona que ejerce un oficio delicado,
ya que alguien que hace teatro con rigor es una persona no muy
común, no es una persona vulgar, tiene una postura ética con
respecto a lo que hace pero, insisto, quitando trascendencia.
El director…
… es otro intérprete como el actor, con la diferencia de que a
los directores se les ha dado mucha cancha últimamente (hablo de un
últimamente muy largo), y creo que no se lo han merecido. Hay muchos
directores con talento, pero también actores con mucho talento y se
ha establecido una jerarquía donde el director era Dios y todo lo
demás eran cosas para usar. Eso ha hecho daño y empieza ahora a
corregirse de algún modo; el hecho mismo de que haya
actores-productores que contraten ellos a directores, a la inversa,
es muy interesante y permite al actor elegir, lo que higieniza mucho
el asunto.
El autor…
… es una especie de rastreador que va por delante, un explorador
que propone lo que en ese momento es importante pararse a mirar, lo
que a la gente le interesaría saber.
Helio Pedregal…
… un tipo que piensa que la vida es difícil; alguien al que no le
gustaría perder el tiempo y querría aprovechar todas las cosas que
la vida propone, incluso las malas. Hay una cosa que el personaje de
Andrei plantea y que ha sido para mí una lección para la vida y es
que todos perseguimos lo mismo: ser felices, y por eso sólo queremos
luchar por lo que la vida nos da como luminoso y divertido y nos
hundimos enseguida con lo malo, olvidando que en la vida hay que
vivir apasionadamente incluso los fracasos.