
Boni Ortiz
Del domingo 25 de febrero al viernes 2 de marzo se celebró en
Gijón, la semana más teatral de nuestra Comunidad Autónoma, y en la
que nuevamente se superaron todas esas cifras que tanto les gusta
dar a instituciones y organizadores. Y no es de extrañar. Que se
presenten trescientas trece compañías con sus correspondientes
espectáculos a la selección previa, revela el interés que despierta
la que ya es la primera feria de teatro infantil y la segunda en
importancia de todas las que se celebran en España. Convendría
recordar que hace seis o siete años, el FETEN estaba en franca
decadencia, con una presencia de compañías y espectáculos cada vez
más mermada en participantes e interés, y que el milagro no es
achacable a la diosa Talía, sino a la apuesta decidida de la
Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Gijón y al
magnífico trabajo de un equipo a cuya cabeza están Marián Osácar y
Humberto Fernández.
Ochenta representaciones de cuarenta y nueve compañías, exhibidas
en una ciudad que cuenta con dos teatros: el Jovellanos y el del CMI
Gijón Sur. Los otros lugares de exhibición fueron las intemperies de
Begoña y El Parchís, hasta la Colegiata de San Juan Bautista,
pasando por los singulares salones de actos de los centros
municipales del Llano, Natahoyo, La Camocha, Contrueces, El Coto, La
Calzada y La Arena, sumados a tres espacios del Antiguo Instituto,
más las dos nuevas localizaciones de este año: la Sala de Ensayos
del Teatro Jovellanos y un espacio del Museo Nicanor Piñole, todos
ellos lugares bastante precarios.
La gente de Gijón disfruta del FETEN y de ello dan buena prueba
los lugares de exhibición indicados, llenos hasta los topes. Se
habla de veinte mil personas las que han pasado este año por este
lugar de encuentro entre compañías, actores, críticos,
programadores, promotores y representantes, en un número de medio
millar y sin embargo, abierto a todos, porque aquí se vende y compra
teatro, y sin público el teatro ni existe ni puede ser.
Estos días hemos visto teatro de texto y actores, espectáculos de
danza, de circo, de ópera, musicales y también títeres de todos los
tamaños, formas y materiales, con objetos, de sombras chinescas...
No hay disciplina ni modo teatral alguno, que no tenga en FETEN su
sitio ni haya sido expresado por las cuarenta y nueve compañías de
teatro procedentes de catorce comunidades autónomas españolas y de
siete países: Bélgica, Francia, Portugal, Italia, Inglaterra, Canadá
y Uruguay. Presencias cada año más numerosas y que aconsejarían la
creación de un Premio FETEN al Mejor Espectáculo Visitante.
Cuatro fueron las compañías asturianas que estuvieron presentes
en esta decimosexta edición de la Feria y de las que damos cuenta a
continuación. La Compañía de Danza Fernando Hurtado ofreció
Déjanos que te lo contemos, una función de danza contemporánea
que es una reconversión del espectáculo que la compañía
malacitano-gijonesa estrenara a finales del año 2005, bajo el título
de Danzas para un caballero y compañía, con él se sumaba a
los fastos cervantinos del Quijote. Ahora, aquellas aventuras
caballerescas se sitúan en una clase donde los alumnos juegan a
descubrir y a enfundarse en personajes de libro antiguos, llenos de
aventuras, versos, espadachines y damiselas.
Por otro parte, la compañía búlgara afincada en Gijón desde hace
varios años, Teatro Plus, presentó una fábula sencilla de teatro de
sombras, que bajo el título de La leyenda del farol, cuenta
las peripecias de una pequeña araña que se ve obligada a recorrer un
largo camino para hacerse con el Farol capaz de devolver la luz y el
calor al Sol, oculto desde que a los habitantes de la tierra les
dominara el egoísmo, la envidia y el odio.
Higiénico Papel Teatro presentó su Pulgas Circus, una
producción en la que se cuenta la historia de dos pulgas okupas que
viven felices en el enorme trasero de un chucho pulgoso, y que se
ven forzadas a huir debido a un severo ataque humano de guerra
química. Tras la fumigación y en la intemperie aparece por allí el
Circo Ruso y con su nueva amiga, la mosca bailarina Moskya, logran
hacer realidad el sueño de las tres: ser artistas de Circo. La
historia escrita y dirigida por Laura Iglesia, se apoya en los
bailes, las canciones y el magnifico vestuario que convierte a las
tres actrices en auténticas insectas.
Y por fin, ¡Que viene el lobo! de Kamante Teatro de Siero,
premiada como el Mejor Espectáculo de este certamen, junto a
Pequeños Paraísos, de la compañía madrileña Aracaladanza. Hace
seis meses, cuando conocí a Lobezno, ya dije que daría que hablar.
Fue en Avilés y junto a mucha más gente, nos enseñó el zoo donde
vivía apaciblemente con sus padres, rodeado de otros animales que
nos invitó a conocer: la familia de osos, de jirafas, cebras,
hipopótamos... Deseaba por encima de todas las cosas ser mayor y por
las noches se entusiasmaba con la luna: la miraba, la aullaba, la
deseaba, y en sus sueños felices creía tocarla, comerla porque la
imaginaba de nata o merengue. Incluso en sus pesadillas se le
antojaba de coliflor. Quería crecer, ser libre, ver mundo y
convertirse en un verdadero Lobo Feroz, así que una noche se lo hizo
saber a sus padres y sin más, se las piró. A partir de ese momento
se inicia un viaje magnífico que Kamante Teatro nos cuenta con su
proverbial delicadeza. Un viaje lleno de aventuras y de historias
que nos suenan, a pesar de su revisión actualizada, fresca y
gamberra y que también les supuso —con toda justicia— el premio a la
Mejor Interpretación Femenina de la Feria a Luisa Aguilar, autora
también del texto, por su extraordinario trabajo, no sólo
interpretando, también manipulando objetos y títeres de diversos
tamaños; construyendo y "deconstruyendo" escenarios... llevando, en
fin, todo el peso de una función repleta de recursos y de hallazgos
singulares de gran plasticidad y sencillez y donde la música de
Ramón Prada forma parte esencial de la narración, contribuyendo a la
calidad y al merecido éxito del espectáculo. Para Kamante estos
premios son una magnífica noticia y también para todos nosotros, por
lo que tiene de reconocimiento al teatro asturiano. Pero sobre todo
porque se premia a un espectáculo en el que prima el trabajo
actoral, la palabra y la idea, las historias contadas, así como la
imaginación y la sencillez de los recursos. Me da la impresión que
el jurado ha estado muy acertado premiando también a Pequeños
Paraísos, de Aracaladanza, no sólo por la calidad técnica de la
producción, también porque este espectáculo, a pesar de estar
repleto de efectos visuales, en él funcionan de manera natural sin
que forme parte de esa moda "visualista" que se observa y que
consiste en llenar de "fuegos de artificio" cualquier tontería o
ñoñez, difuminando la miseria que son en realidad. El sufrido jurado
compuesto por Ana Gallego (autora teatral y actriz), Cristina
Cebrián (representante de la Red Española de Teatros y Auditorios de
titularidad pública), Guadalupe Tempestini (directora del teatro
Alameda de Sevilla) y Jorge Riobóo (integrante de la junta directiva
de la Asociación de Teatro para la Infancia y la Juventud, Assitej
España), también tuvo el buen criterio de hacer una mención especial
a los espectáculos La salida, de La Canela Teatro, África
en cuento, de El Retablo y La escuela vacía, de La
Tentación Producciones S. A., por el fomento que realizan entre los
más pequeños, del necesario entendimiento con otras culturas.
Antes de terminar, algunas consideraciones sobre unos "shakespeares"
y algunos cuentos clásicos vistos en FETEN. Desmontando a
Shakespeare, que venía muy anunciada y apoyada por las teles y
radios nacionales, es un montaje hecho con los mismos criterios con
los que se hace una función en un IES, diríjala Hernán Gené o "mariasantísima".
Cuatro actores, en el primer nivel de su formación y con larguísimo
camino por recorrer, interpretan una función en clave de farsa y
clown, cansina de tanta bromita y nacida para ser contratada: la
empaquetan con o sin Otelo, para vendérsela a las Áreas de
Cultura municipales, los departamentos de Actividades Escolares o
quien sea que compre lo que no se puede vender, es decir las ganas
de ver teatro. En el lado opuesto, Enrique 5º de Achiperre
Cooperativa Teatro, que bajo la inquietante pregunta de "¿Se puede
ser espectador de una guerra?", puso a funcionar esta magnífica
versión para todos los públicos, del histórico drama de Shakespeare,
interpretada por una actriz y tres actores magníficos que encarnan a
Enrique V, al Rey de Francia, a Catalina y un Narrador que desde el
principio reclama la complicidad del numeroso, atento y correctísimo
público infantil. Un Narrador cuya identidad, como todo el mundo
sabe, le es dada por vestir la Túnica del Narrador Teatral, ya que
si la perdiera o le fuere robada por otro personaje, sus identidades
y lugares en la acción se transubstancian, como bien pudimos ver en
el singular juego propuesto. Achiperre va a cumplir en un par de
ellos, treinta años haciendo teatro infantil y eso se nota. El
lenguaje, la actitud, el compromiso formal y moral y la franqueza de
la propuesta, sin vocecitas de grillo, ni trucos, ni otras
imposturas, hacen de ella un espectáculo magnífico que prende en los
chavales, clavándolos en la butaca y acompañando la función con la
boca abierta por la emoción o la risa.
De los cuentos clásicos, me referiré primero a la socorrida
Caperucita Roja, estirada como chicle para que dure hora y media,
con la búsqueda de unas castañas con sabor a fresa, en un bosque
lleno de bichitos simpáticos: unas mariquitas-maquinistas mudas que
meten y sacan las cosas; un puercoespín gordito, cascarrabias y
dicharachero; un petirrojo o mejor: un lorazo que grazna como un
buitre leonado; una ardilla muy pilla y un Lobo Feroz tan
arrabalero, canalla y miserable, como el Zorro del Pinocho de
Disney. En la propuesta de Glu Glu Producciones, Caperucita además
de resabia y redicha, es desobediente, caprichosa, pringada —se cree
la trola de "las castañas con sabor a fresa"— y para colmo, en vez
de pegamento, se mete helio y se le ha puesto la voz como a Periquín
(el hijo de Matilde y Perico)... Pero las que molan son las Hermanas
Margaritas: majísimas y con un rollo estupendo; es como si se
hubiesen merendado unas galletas con un buen puñado de su prima
"cañamo sativa", porque lo hacen todo al alimón; se ríen muchísimo,
hablan, cantan y bailan, moviéndose en plan lacio y se las ve a
gustito... Es decir, una función ñoña más, entretenida, sin
complicaciones y bien realizada, en esa fórmula de "teatro de
familia", para vender entradas de cuatro en cuatro.
Justo en el lugar contrario debe colocarse el espectáculo de
Teatro Paraíso, Los músicos de Bremen. Los cuatro
filarmónicos se van presentando al respetable: el burro saxofonista,
con un definitivo traje gris y un sombrero con orejotas, nos cuenta
sus penas de trabajador incansable sobreexplotado, así como el
castigo y desprecio que recibe a cambio. El fiel perro y su
acordeón, ataviado de montañero con gorro de orejeras, está hasta el
rabo de cuidar y ladrar en defensa de su amo, cuando no de cazar o
cosas peores, a cambio de unos huesos, cuando no de una patada o el
simple abandono. La gata negra, como la Catwoman de la Pfeiffer pero
moderada, suave y con su acordeón, también está cansada de perseguir
asquerosos ratones, prisionera en los hogares humanos o en
permanente riesgo de muerte por los coches que pueblan el mundo. El
gallo, un Don Pimpón mariachi guitarrero de rojo sombrero, con un
horno abrasador siempre acechándole, está hasta la cresta del
capricho de las gallinas. Cansados de sus vidas y dispuestos a poner
en común sus aficiones musicales y el pan como unitario alimento,
deciden compartir el camino de Bremen, que como todo el mundo sabe,
está a la derecha de Ítaca, cruzando el viejo puente del río de los
Anhelos: un largo camino que transitado con amigos, es más
llevadero, permitiéndonos enfrentar sus dificultades con gusto,
ilusión y éxito. Este buen espectáculo, con su historia concreta,
alejado de la moda de lo abstracto y lo conceptual, en las claves
más clásicas del teatro brechtiano, es producto de la colaboración
entre Teatro Paraíso de Vitoria y la Accademia Perduta-Romagna
Teatri de Ravena (Italia), de la que forma parte Claudio Casadio,
coautor y director de esta versión.
Y para acabar: A tempo!, una fábula sobre la
naturaleza, sus cuidados, sus tiempos y cadencias; un espectáculo en
que se nos va enseñando el sentido de lo que nos rodea, las
estaciones y sus leyes, el nacimiento y maduración de las cosas, el
paso del tiempo, el movimiento. La función ofrecida por
Xirriquituela Teatre, todo un clásico del FETEN y de sus premios —en
el 2005, con Papirus, se llevaron al mejor espectáculo y a la
mejor dirección—, es una delicia. Con una estupenda actriz y un
magnífico actor, una sencilla escenografía acompañada con numerosos
y vistosos recursos, más una correcta iluminación y una buena banda
sonora, nos ofrecieron un espectáculo didáctico, muy digno y que
funciona muy bien para todos los tamaños... Me refiero a las salas y
también al público.