Número 20. Mayo de 2007

Ecos críticos
El teatro de 'Adeflor' (I)

José Luis Campal Fernández
RIDEA

El escritor gijonés Alfredo García y García, Adeflor, se erigió en el prototipo de periodista agudo y respetuoso cultivador del idioma que llenó medio siglo de la historia de la prensa asturiana con sus "Charlas gijonesas" y "Charlas populares", entre otras secciones muy seguidas y demandadas en su época. Vivió entre 1876 y 1959 y de él afirmó el erudito avilesino Constantino Suárez que su escritura iba «desde lo mordaz como polemista hasta la simple gracia, sin más intención que ganar una sonrisa», y enumeró las distintas modalidades periodísticas en las que dejaba su sello inconfundible: «El artículo de tesis o político, la información sensacional, el comentario sutil de la actualidad, la crónica puramente amena, la crítica de arte, con especialidad la de música, en la que tiene raros conocimientos, la correspondencia como viajero». De esto último da exacta medida un libro de 1902 titulado Crónicas (a través de Galicia); en él nos ofrece un recorrido literario por la comunidad vecina y está dedicado «a la eximia escritora gallega doña Emilia Pardo Bazán», quien, asegura Adeflor, le había permitido, con sus escritos, «admirar tanto derroche de poética naturaleza», todo lo cual había movido al asturiano a emprender ese viaje.

Cuando publicó sus crónicas, Adeflor no siempre apareció en solitario, pues compartió cartel con otros reconocidos periodistas del momento, como fue el caso de Luis Vigil Escalera, que empleaba los seudónimos de Agustino Vélez Albo o Alegrete. Con éste editó tres obras: 0,50 de tipos y tipadas (1900), colección de artículos a la que siguió Más tipos y más tipadas (1903), y en los cuales trataban, como reconocen los autores, de «caricaturar gentes y pintar escenas "de casa"». Entre ambas salió En vacaciones (1901), donde Adeflor y Vélez Albo nos cuentan una estancia por tierras de Aragón y Barcelona. Los dos prosistas son de la firme convicción de que viajar es muy sano porque se conocen otras realidades que enseñan mucho, ya que oxigenan las ideas y así se consigue que «desechemos unos juicios, rectifiquemos otros y asintamos abiertamente a los que resultan fundados en la verdad y no son producto exclusivo de las preocupaciones, de los espejismos o de la acalorada fantasía de los turistas». Con Vigil Escalera llegó incluso a pensar en publicar un grupo de cuentos que llevaría por título Seis de cada uno, pero esta aspiración, que yo sepa, no pasó de ser un proyecto más.

Pero Adeflor no fue únicamente el periodista portentoso que se ocupaba de hasta tres secciones distintas diarias en El Comercio. En el verano de 1908 ensayó con El concejal un tratado de sátira política que definió como «libro de honda filosofía y de buen humor». Lo presentó como un didáctico «libro de texto para los concejales» cuyo objetivo, afirmaba con indisimulada sorna, no era «poner en ridículo a los señores concejales» porque «sabemos que hay ediles apreciabilísimos» (el empleo de superlativos siempre es muy sospechoso), sino hacer una llamada de advertencia contra los «desaprensivos» que aspiran «a un cargo que tiene más importancia que la que actualmente se le concede, por la excesiva complacencia en creer que cualquiera está en condiciones de ser munícipe». El concejal estaba planificado como la piedra primera de una tetralogía, si bien las siguientes obras, que iban a ocuparse del diputado, del ministro y del rey, no se materializarían.

La senda del teatro no le resultó indiferente a Adeflor. Penetró por ella en sus comienzos y retornó a la misma cuando ya era un autor aclamado. En la escena estrenó cuatro comedias entre 1903 y 1935. La primera fue una pieza social titulada Lucha de clases, a la que también se la conoce como La eterna lucha. Tras ésta vendrían La señora del palco, en 1916, y Los Rubianes, en 1918, para concluir, en 1935, con El Milanu.

La señora del palco es una comedia en prosa, en un acto, sobre los celos que transcurre en Madrid, que redactó, según confiesa, en unas horas para una velada del montepío de la Asociación de la Prensa de Gijón y que se estrenó en el teatro Jovellanos el 21 de febrero de 1916, con gran aceptación del público, quien reclamó, con insistencia, la presencia del autor en el escenario, propósito que no se vería satisfecho.

Dos años después, Adeflor ofreció en Los Rubianes una comedia en tres actos y en prosa acerca de los indianos desarrollada en Cantabria y ambientada en el presente. Estrenada el 13 de diciembre de 1918 en el teatro Robledo, de ella escribió Julio García Quevedo en La Voz de Avilés que «está muy bien dialogada, perfectamente movidas las figuras, los caracteres admirablemente delineados, sostenidos a la perfección, sin decaer un instante; y el nervio, el alma del argumento, suavemente llevado, sin transiciones fuertes, nos conduce a un desenlace natural y de efecto».

La última aportación suya conocida en el género dramático sería El Milanu, que tuvo su puesta de largo el 18 de diciembre de 1935 en el teatro Dindurra a cargo de la Compañía Asturiana de Comedias del actor gijonés José Manuel Rodríguez y contando con decorados realizados ex profeso para la ocasión por el gran pintor Marola. Por vez primera, la acción de la obra transcurría en un lugar próximo a Gijón y, contra lo que había ocurrido con sus libretos anteriores, no gustó a todos, ya que, mientras entusiasmaba al comentarista de El Comercio, el crítico de El Noroeste escribió, al día siguiente de su estreno, que la pieza estaba «trazada sobre la base de un argumento vulgar e inconsistente, con una falta de lógica evidente, y en la que no hemos podido apreciar un acierto que se salvase del juicio general». De la interpretación pensaba L. C. (iniciales del susodicho crítico) que «los actores accionan y reaccionan de una manera inesperada y como automática, sin que el proceso psicológico previo se insinúe siquiera».

Reproduzco, en este número y siguientes de La Ratonera, varios comentarios críticos a propósito de los textos teatrales de Adeflor. Comenzaré por La señora del palco. En El Comercio del martes 22 de febrero de 1916, por boca de su crítico Bonifacio Chamorro, se reseñaba del modo siguiente el estreno de esta obra:

«Adeflor, dando una prueba de consecuencia, hizo en la redacción, anoche, lo mismo que había hecho en el teatro: no presentarse. Y esto es la causa de que yo, ligado a esta redacción por lazos antiguos de amistad y compañerismo, lleno con estas líneas el espacio en que los lectores debían encontrar otra más amena prosa.

»El lector va perdiendo en ello, pero yo voy ganando mucho, porque hallo así ocasión de experimentar una de las mayores satisfacciones: la de hacer justamente el elogio de una pura manifestación del talento.

»Del de Adeflor estaba ya convencido el público antes del estreno de anoche; lo conocía bien por su amplia labor periodística, por sus crónicas amenas y cultas, por su admirable libro "El concejal", uno de los mejores libros de humorismo publicados en muchos años. Hablaba, pues, a convencidos.

»Pero lo que acaso no esperaban muchos espectadores era que el ameno cronista se les presentara así, de repente, como un experto autor dramático, haciendo sentir en poeta –sin perjuicio de la observación– el encanto de un hogar perfumado por unos celos cariñosos.

»Este sentimiento de los celos, que son cariño, ha tenido preferentemente en nuestro teatro una consagración dolorosa, trágica, que luego, cuando hemos reflexionado, hemos rechazado de lleno. Por eso nos parecen hoy irrepresentables muchas joyas de nuestro teatro clásico, y yacen, envejecidas, algunas modernas.

»Los celos no deben ser ni tema de caricatura ni motivo de drama pasional, sino pura exuberancia de amor, engendradora de amor nuevo.

»Así lo ha comprendido Adeflor, que al tocar un tema tan aprovechado, ha sabido hacerlo originalmente, con delicadeza acusadora de un seguro temperamento. Esta obra –que ha sido escrita en unas horas– se podría creer fruto acabado de muchos afortunados ensayos.

»El autor que tan rápidamente la concibe y tan correctamente le da forma puede holgadamente dedicarse a planear obras de mayor trascendencia, en las que el espíritu de observación cree más tipos, y en las que los sentimientos del corazón se hagan problemas.

»En la de anoche, los celos de la mujer enamorada no acarrean otro mal que el de ocasionarle una amorosa burla de su marido, que, con su propia hermana, desconocida de la esposa, da a ésta un rato de amargura, medicina con que ella se cura de su mal, al verse ante la hermana desconocida.

»El desenlace, ingenuo y familiar, es inesperado para el público, que ve complacido cómo aquella tormenta de un pecho femenino se deshace en felicidad, y cómo su tortura interior se torna confianza.

»El efecto de este final fue, como era de esperar, admirablemente acogido por los espectadores, que prorrumpieron en grandes aplausos, reclamando insistentemente al autor, que no quiso salir a la escena.

»Creo que Adeflor debió darnos esa satisfacción. Le llamaba un público al que él acababa de proporcionar una hora gratísima; y en el aplauso que le brindaba había, además, el reconocimiento de otras muchas horas que su pluma ha hecho gratas. Le llamaban muchos que le leen casi desde que aprendieron a leer, cada vez con mayor complacencia; y cuando esto se logra, se merecen todos los aplausos.

»Si el no salir a recogerlos Adeflor es porque se reserva para obras mayores, sea en buena hora su modestia de ayer. Pero no olvide que todos cuantos anoche asistieron al teatro esperan esas obras, y que, una vez empezado el camino tan felizmente, tiene adquirido con nosotros el compromiso de seguirlo.

»Le sobran ingenio, observación y cultura. Y con esto ya puede estar seguro de que los alientos del público no han de faltarle.

»Al acabarse la obra repitió el público sus pruebas clamorosas de entusiasmo, llamando con tal insistencia a Adeflor que hubo de salir el señor Vigo, y después la propia señora Adamuz, a declarar que el autor no se hallaba en el teatro.

»Convencidos de que no habría de salir, los espectadores trocaron sus aplausos en comentarios elogiásticos de la obra, juzgada con perfecta unanimidad como una muestra acertadísima de las condiciones del autor para este género de comedia.

»Es curioso notar que, con ser muy bien comentada en los corrillos de hombres, lo era, quizá con más animación, entre las muchas señoras y señoritas que hacían honor a la fiesta.

»Y es que, como muy bien dice la protagonista de la obra: "Todas las mujeres son hermanas en los mismos dolores de la vida".

»La interpretación de la comedia requería cierta espiritualidad y buen tono, por el ambiente delicado en que está impregnada la obra. Y hemos de confesar que las dificultades que ofrecen las sutilezas de aquellos diálogos fluidos llegaron fielmente a los espectadores por mediación de los artistas.

»Anita Adamuz, que se presentó con una severa y elegantísima "ollette" de teatro, estuvo afortunadísima, en el gesto, en la palabra y en la resolución cariñosa de sus celos. Aquella "Carmen" de gran ira interior, pero a quien su educación exquisita obliga a no exteriorizar su enojo, fue la exacta figura de mujer creada por Adeflor.

»En aquella entrada súbita en escena, donde habla sin hablar, donde se muestra muda de dolor, y llora con ternura inefable de enamorada; en aquel pasaje de gran emoción, demostró Anita Adamuz su enorme flexibilidad. La conocíamos en el drama de nervio y facultades; pero en estas comedias sutiles como "La señora del palco" no la vimos nunca más exacta de temperamento.

»Llevó toda su difícil acción, que se desenvuelve con una gran sobriedad de palabras, con un definitivo acierto que llegó al contraste final de la aleccionada celosa con tal brío de efusión de amor, que allí se colmó la ilustre actriz de sentimentalismo.

»Dijo la moraleja con que termina la obra con un tono tan suave, poético y penetrante, que la ovación del público fue clamorosa.

»Lagos, el actor de modales aristocráticos, nos ofreció un "Leopoldo" lleno de cariño hacia su esposa, y en la relación de las escenas desagradables de celos de "Carmen", terminó los episodios con envidiable fortuna. Lagos, siempre inteligente y ahondador en los caracteres de los personajes que interpreta, dio ayer en esta comedia de Adeflor una nueva y sobresaliente prueba de su talento.

»Vigo, en su humorístico papel de "Nicolás", mantuvo el interés profundo e irónico de la comedia, en ese tono zumbón y distinguido que el autor quiso imprimir a aquel simpático personaje, que hacen vivir a dos: al suyo y al de aquel cronista de salones "Domínguez", que no sale a escena, y parece que está en ella. Las cultas y amenas chanzas del "Nicolás" tuvieron, por la palabra y el gesto de Manuel Vigo, un donaire exquisito. La escena del teléfono le salió admirablemente.

»La señora Zurita y el señor Nogueras, en sus tipos secundarios, así como la señorita Díaz, el señor Cañizares y el señor Serrano, en sus papeles de criados, contribuyeron al éxito franco y decisivo de la comedia.

»Llamó muchísimo la atención lo admirablemente que presentaron aquel gabinete de señora. La "misse en scene" fue irreprochable. En obsequio de la Asociación de la Prensa y del autor de la obra, amuebló aquella bella estancia la justamente renombrada casa de don Juan Manuel Álvarez, que dio evidentes pruebas de su exquisito gusto en todo lo que ofrece al público. Eran unos muebles preciosos y las figuras y las lámparas, de gran lujo, procedían de la Casa de Piquero, que también ofreció su grandioso salón, donde no sabe uno qué llevarse, porque siempre cree dejar allí lo mejor, para que sacaran de él los "chicos de la prensa" cuanto necesitaran.

»Hubo detalles escénicos como el funcionamiento de timbres y del teléfono donde la verdad escénica era completa.

»En suma, que los espectadores salieron encantados de todo: de la comedia, de la interpretación y de la disposición de la escena. Una verdadera filigrana de conjunto.»

[Continuará en el próximo número de La Ratonera]

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