Adeflor, dando una prueba de
consecuencia, hizo en la redacción, anoche, lo mismo que había hecho
en el teatro: no presentarse. Y esto es la causa de que yo, ligado a
esta redacción por lazos antiguos de amistad y compañerismo, lleno
con estas líneas el espacio en que los lectores debían encontrar
otra más amena prosa.
»El lector va perdiendo en ello, pero yo voy ganando mucho,
porque hallo así ocasión de experimentar una de las mayores
satisfacciones: la de hacer justamente el elogio de una pura
manifestación del talento.
»Del de Adeflor estaba ya convencido el público antes del estreno
de anoche; lo conocía bien por su amplia labor periodística, por sus
crónicas amenas y cultas, por su admirable libro "El concejal", uno
de los mejores libros de humorismo publicados en muchos años.
Hablaba, pues, a convencidos.
»Pero lo que acaso no esperaban muchos espectadores era que el
ameno cronista se les presentara así, de repente, como un experto
autor dramático, haciendo sentir en poeta –sin perjuicio de la
observación– el encanto de un hogar perfumado por unos celos
cariñosos.
»Este sentimiento de los celos, que son cariño, ha tenido
preferentemente en nuestro teatro una consagración dolorosa,
trágica, que luego, cuando hemos reflexionado, hemos rechazado de
lleno. Por eso nos parecen hoy irrepresentables muchas joyas de
nuestro teatro clásico, y yacen, envejecidas, algunas modernas.
»Los celos no deben ser ni tema de caricatura ni motivo de drama
pasional, sino pura exuberancia de amor, engendradora de amor nuevo.
»Así lo ha comprendido Adeflor, que al tocar un tema tan
aprovechado, ha sabido hacerlo originalmente, con delicadeza
acusadora de un seguro temperamento. Esta obra –que ha sido escrita
en unas horas– se podría creer fruto acabado de muchos afortunados
ensayos.
»El autor que tan rápidamente la concibe y tan correctamente le
da forma puede holgadamente dedicarse a planear obras de mayor
trascendencia, en las que el espíritu de observación cree más tipos,
y en las que los sentimientos del corazón se hagan problemas.
»En la de anoche, los celos de la mujer enamorada no acarrean
otro mal que el de ocasionarle una amorosa burla de su marido, que,
con su propia hermana, desconocida de la esposa, da a ésta un rato
de amargura, medicina con que ella se cura de su mal, al verse ante
la hermana desconocida.
»El desenlace, ingenuo y familiar, es inesperado para el público,
que ve complacido cómo aquella tormenta de un pecho femenino se
deshace en felicidad, y cómo su tortura interior se torna confianza.
»El efecto de este final fue, como era de esperar, admirablemente
acogido por los espectadores, que prorrumpieron en grandes aplausos,
reclamando insistentemente al autor, que no quiso salir a la escena.
»Creo que Adeflor debió darnos esa satisfacción. Le llamaba un
público al que él acababa de proporcionar una hora gratísima; y en
el aplauso que le brindaba había, además, el reconocimiento de otras
muchas horas que su pluma ha hecho gratas. Le llamaban muchos que le
leen casi desde que aprendieron a leer, cada vez con mayor
complacencia; y cuando esto se logra, se merecen todos los aplausos.
»Si el no salir a recogerlos Adeflor es porque se reserva para
obras mayores, sea en buena hora su modestia de ayer. Pero no olvide
que todos cuantos anoche asistieron al teatro esperan esas obras, y
que, una vez empezado el camino tan felizmente, tiene adquirido con
nosotros el compromiso de seguirlo.
»Le sobran ingenio, observación y cultura. Y con esto ya puede
estar seguro de que los alientos del público no han de faltarle.
»Al acabarse la obra repitió el público sus pruebas clamorosas de
entusiasmo, llamando con tal insistencia a Adeflor que hubo de salir
el señor Vigo, y después la propia señora Adamuz, a declarar que el
autor no se hallaba en el teatro.
»Convencidos de que no habría de salir, los espectadores trocaron
sus aplausos en comentarios elogiásticos de la obra, juzgada con
perfecta unanimidad como una muestra acertadísima de las condiciones
del autor para este género de comedia.
»Es curioso notar que, con ser muy bien comentada en los
corrillos de hombres, lo era, quizá con más animación, entre las
muchas señoras y señoritas que hacían honor a la fiesta.
»Y es que, como muy bien dice la protagonista de la obra: "Todas
las mujeres son hermanas en los mismos dolores de la vida".
»La interpretación de la comedia requería cierta espiritualidad y
buen tono, por el ambiente delicado en que está impregnada la obra.
Y hemos de confesar que las dificultades que ofrecen las sutilezas
de aquellos diálogos fluidos llegaron fielmente a los espectadores
por mediación de los artistas.
»Anita Adamuz, que se presentó con una severa y elegantísima "ollette"
de teatro, estuvo afortunadísima, en el gesto, en la palabra y en la
resolución cariñosa de sus celos. Aquella "Carmen" de gran ira
interior, pero a quien su educación exquisita obliga a no
exteriorizar su enojo, fue la exacta figura de mujer creada por
Adeflor.
»En aquella entrada súbita en escena, donde habla sin hablar,
donde se muestra muda de dolor, y llora con ternura inefable de
enamorada; en aquel pasaje de gran emoción, demostró Anita Adamuz su
enorme flexibilidad. La conocíamos en el drama de nervio y
facultades; pero en estas comedias sutiles como "La señora del
palco" no la vimos nunca más exacta de temperamento.
»Llevó toda su difícil acción, que se desenvuelve con una gran
sobriedad de palabras, con un definitivo acierto que llegó al
contraste final de la aleccionada celosa con tal brío de efusión de
amor, que allí se colmó la ilustre actriz de sentimentalismo.
»Dijo la moraleja con que termina la obra con un tono tan suave,
poético y penetrante, que la ovación del público fue clamorosa.
»Lagos, el actor de modales aristocráticos, nos ofreció un
"Leopoldo" lleno de cariño hacia su esposa, y en la relación de las
escenas desagradables de celos de "Carmen", terminó los episodios
con envidiable fortuna. Lagos, siempre inteligente y ahondador en
los caracteres de los personajes que interpreta, dio ayer en esta
comedia de Adeflor una nueva y sobresaliente prueba de su talento.
»Vigo, en su humorístico papel de "Nicolás", mantuvo el interés
profundo e irónico de la comedia, en ese tono zumbón y distinguido
que el autor quiso imprimir a aquel simpático personaje, que hacen
vivir a dos: al suyo y al de aquel cronista de salones "Domínguez",
que no sale a escena, y parece que está en ella. Las cultas y amenas
chanzas del "Nicolás" tuvieron, por la palabra y el gesto de Manuel
Vigo, un donaire exquisito. La escena del teléfono le salió
admirablemente.
»La señora Zurita y el señor Nogueras, en sus tipos secundarios,
así como la señorita Díaz, el señor Cañizares y el señor Serrano, en
sus papeles de criados, contribuyeron al éxito franco y decisivo de
la comedia.
»Llamó muchísimo la atención lo admirablemente que presentaron
aquel gabinete de señora. La "misse en scene" fue irreprochable. En
obsequio de la Asociación de la Prensa y del autor de la obra,
amuebló aquella bella estancia la justamente renombrada casa de don
Juan Manuel Álvarez, que dio evidentes pruebas de su exquisito gusto
en todo lo que ofrece al público. Eran unos muebles preciosos y las
figuras y las lámparas, de gran lujo, procedían de la Casa de
Piquero, que también ofreció su grandioso salón, donde no sabe uno
qué llevarse, porque siempre cree dejar allí lo mejor, para que
sacaran de él los "chicos de la prensa" cuanto necesitaran.
»Hubo detalles escénicos como el funcionamiento de timbres y del
teléfono donde la verdad escénica era completa.
»En suma, que los espectadores salieron encantados de todo: de la
comedia, de la interpretación y de la disposición de la escena. Una
verdadera filigrana de conjunto.