Número 16. Enero de 2006

"Soy inferior a mis obras artísticas"

Entrevistamos a Fernando Arrabal en los 50 años de su autoexilio parisino.

José Luis Campal Fernández
RIDEA

Fernando Arrabal nos demuestra con creces en esta entrevista por qué es el gran autor indispensable e imprescindible de la escena teatral española e internacional de los últimos cincuenta años. Su verbo nos ilumina y resplandece entre buena parte de la mediocridad imperante, pues antes que nada Arrabal, en cualquier faceta creativa que emprende, es un artista, un peso blindado que no traiciona jamás (al contrario, la refuerza) su personalísima visión del universo.

–Hoy hace exactamente medio siglo, el 11 de diciembre de 1955, que usted se exilió o desterró. ¿Recuerda aquel día, y las sensaciones que le invadieron, cuando inició su marcha a París?

–En el vagón del tren me sorprendió constatar la excitación, el pavor y la esperanza que me embargaban de forma tan irracional como sojuzgadora. Me imaginé, como hoy me imagino, accidental y provisoriamente desterrado, y estuve a punto de llorar varias veces.

Me entró por momentos una euforia rara; sentía que mis raíces se transformaban en piernas. Pero mis secuelas de superdotado me impedían creer en la aventura.

Tuve también ganas de reír a carcajadas (en pleno compartimento) pensando en la sorpresa del subjefe (assis, "sentado", le hubiera llamado Rimbaud) de Papelera Española S.A. que la víspera me había condenado "para siempre" a trabajar en una dependencia que cargaba el apelativo de "Siberia". Y de pronto me sentí mezquino por aquella risa abortada que de haber brotado hubiera tenido un regusto de venganza; esa monstruosidad espiral, ininteligente y centrífuga que nunca cultivé.

Me venía a la mente, repetidamente (como una frase musical cuando juego al ajedrez), un pasaje de la carta de Schrödinger a Einstein y el famoso gato. Cómo me hubiera gustado maullar… al mismo tiempo en mi tierra natal y fuera de ella.

–¿Hay un antes y un después en su actividad teatral a raíz del abandono de España?

–Mi quehacer no cambió en absoluto. Para ser más preciso: evolucionó como mi adn, como el color de mis ojos, o el de mi cabello o el de mi melancolía. O como cambió mi rhésus B negativo. Únicamente varió una circunstancia poco significativa "en profundidad" (como dicen buzos y psiquiatras): la repercusión inmediata de mis escritos.

Mi inocencia y mi escepticismo habían corroído mi ambición desde que tuve uso de razón. Homero ya anotó: "Quien cruza los mares cambia de cielo pero no de espíritu".

–¿Se arrepiente de la decisión tomada o cree, por el contrario, que lo benefició?

–En el torbellino de la existencia, ¿arrepentirse no sería una insensatez? El puro arrepentimiento se nutre ¿de la gran pretensión de imaginar que podemos controlar el presente?

Escribir teatro me permite no dejarme asfixiar por la verdad, a pesar de que me encadena a un sufrimiento imprescindible.

–¿Fue duro para usted abandonar el idioma de Cervantes?

–Nunca he abandonado el español a pesar de que la mayoría de mis primeros editores suelen ser extranjeros y de que he escrito una parte de mis poemas en francés. Me gustaría escribir (con ayuda de vecino) un poema en volapuk, como en 1963 en Sydney compuse un soneto en inglés, con ayuda de Shakespeare.

Habría que analizar la poca "equivocidad" (como decían los filósofos griegos) o indeterminación (como dicen los cuánticos) de que disponemos a la hora de elegir la lengua con que hablamos (y escribimos). Lengua que apreciará definitivamente la primera cocina de nuestra existencia.

–Su libro sobre Cervantes le puso en la picota del cervantismo ortodoxo y hagiográfico.

–Creo que soy un poquitín famoso y completamente desconocido. Astrana Marín, en su indispensable somme, tomó la precaución de llamar a su implacable y minuciosa biografía de Cervantes Vida ejemplar y heroica. Por cierto, que Astrana Marín, a pesar de ello, sigue siendo ninguneado por los artífices de las astracanadas cervantinas.

Mi Cervantes es un bálsamo realizado con ponzoñas, contrariamente a lo que imaginan mis compatriotas censores.

En realidad, soy inferior a todas y cada una de mis obras artísticas o literarias. Si parece fácil plagiarlas, mis torpezas son inimitables.

–¿Qué supuso para usted la concesión de la Legión de Honor francesa?

–Nunca rechazo ningún galardón, ni nunca solicito ninguno; tampoco los exhibo… salvo los que cuelgo en el lugar de mayor tráfico de mi casa: el WC. (Aunque por consejo de Juan Goytisolo renuncié al que me ofreció el que para mí era entonces un desconocido, Saddam Hussein). El premio "Wittgenstein" me impresionó porque lo promovió un santo, el filósofo Antonio Muñoz B.

Me parece que los premios suelen ser lances o trances de verbena en el tubo de la risa. ¿Se han convertido en desternillantes charlotadas a dedo? No siempre lo peor es cierto, predijo Calderón mientras que el "gracioso" de su El hijo del Sol reconoce que era necio pero que lo que vio le hizo dos veces necio.

–¿Sigue rezando todas las mañanas para recuperar la fe de los 18?

–¿Rezar no es una mediación o meditación ideal para el agnóstico que creo ser actualmente?

Pero la indeterminación no puede conducir ni al autismo ni a la locura, como lo consigue la certeza.

–¿Cómo valora hoy, desde la distancia temporal, los manifiestos pánicos?

–El Primer Manifiesto Surrealista de Breton y el primero Dadá de Tzara (¿o lo escribió Lenin?) creo que no son superiores a nuestros textos fundadores de 1963. Se pueden releer, incluso con asombro, mi Primer Manifiesto Pánico, el de Jodorowsky, y muy especialmente el Memento Pánico, de Topor.

No creo que se pueda comparar la pelotera (anti-Artaud, entre otros) del Segundo Manifiesto Surrealista con el reciente Segundo Manifiesto Pánico.

–Este año de 2005 se nos ha muerto Antonio Fernández Molina. ¿Fue un escritor pánico irrepetible?

–"Que lo llames o no Dios estará allí", recuerda el oráculo de Delfos. Antonio Fernández Molina es un gran poeta universal que sufrió "cristianamente" del escandaloso desdén de la nomenclatura de su país.

–¿Cuál ha sido la personalidad más fascinante que se ha cruzado con la suya?

–Probablemente la gardienne portuguesa –una santa– del inmueble en que vivo en París. Por mi circunstancia, he gozado de la presencia de justos como, entre otros, Beckett, Dalí, Topor, Duchamp, Houellebecq, Kundera y de los tres arra"beaux" (L, L & S).

Me fascina quien actúa como si la desesperación fuera una falta de talento, de imaginación, de gusto o de bondad.

–¿Qué le ha parecido la concesión del Nobel a Harold Pinter?

–Mis cuatro amigos dramaturgos, "con los que tanto he querido", Beckett, Fo, Gao y Pinter dan el lustre al Nobel contemporáneo que ha deslucido la falange de pésimos amanuenses filotiranos. El reflujo de las ideas de Nietzsche parece que arrastra a los variopintos militantes. Los académicos que atribuyen el Nobel creo que se han equivocado varias veces. En mi opinión, las centenares de comisiones y subcomisiones que forman el Colegio de Patafísica no se confundieron nunca (salvo en mi caso) a la hora de distinguir desde hace medio siglo a la treintena de "Trascendentes Sátrapas".

–¿Existe definición posible de la Patafísica?

–Es la ciencia de las excepciones, de los epifenómenos y de las soluciones imaginarias.

–¿Fue el Surrealismo una variante desarbolada de la teología del converso?

–El Surrealismo no hubiera podido ser, probablemente, sin Maimónides, sin Averroes o sin San Agustín: "Ama y haz lo que quieras".

Durante tres años, hice novillos presididos por una vaca sagrada en el café surrealista de París. No era un centro de tolerancia o de inteligencia pero sí, por momentos, de belleza y de amor. Se ponía de manifiesto una vez más que el amor está reñido con la libertad. Cuando, muerto André Breton, ciertos filosurrealistas dejaron de creer en el Surrealismo, se pusieron a creer en cualquier cosa.

No se puede observar un cambio sustancial en mis escritos tras mis tres años en el café surrealista ("El Paseo de Venus"). La tuberculosis y su corolario de sanatorios, sufrimientos, delicias y operaciones han dejado mayores huellas en mi cuerpo y en mi espíritu.

–¿Matemáticas + ajedrez = teatro?

–Aparece como la trinidad que conforma la distancia del espíritu a la belleza.

–¿Por qué los transgresores del teatro underground o alternativo han sido incluidos en las programaciones estables de los circuitos estatales comerciales?

–Cuando estamos viviendo el renacimiento del teatro, este remedo estatal significa el desenmascaramiento de los assis. Funcionarios que controlan la "cultureta" que se plasma en las tristes parodias que organizan.

¿Sería excesivo decir que el teatro no requiere assis sino santos… incluso antes que revolucionarios o reformadores?

–¿Tiene sentido la vanguardia en estos tiempos de obsesión por el canon, por el listado irrenunciable de lo que quedará?

–El término militar vanguardia me gusta aún menos que le gustó a Baudelaire. Sófocles es tan "moderno" como el "fractal" Mandelbrot y Euclides tanto como yo.

Puedo recluirme como murciélago… para escribir como águila real.

–Su polifacetismo (narrador, cineasta, articulista, poeta, dramaturgo) ¿no le ha acarreado conflictos interiores?

–Con talento, el dramaturgo se sirve de todo lo que recuerda y con genio de todo lo que olvida.

–¿Qué veremos en su próximo film Yo?

–Tras dirigir mis siete largometrajes se repitió el chiste: "Y al séptimo descansó como Dios". Yo sería (empleo el condicional con intención) un film definido por su título. Gracias a él espero liberarme de la degradante obligación de ser un cineasta de mi tiempo.

–¿Qué papel juega la muerte en su teatro?

–El día en que la muerte me procure placer la haré mía.

–¿Y el útero materno?

–Imaginé que el útero era un lugar inexistente en el que por fin un día la nostalgia, la ternura y el dolor entraron para que al fin sea.

Tanto mi madre como mi padre, luego de ser desposeídos, desaparecieron misteriosamente. Mi padre después de haber sido, en Melilla, uno de los primeros condenados a muerte de la guerra civil. En el caso de mi madre fue en un moderno hospital de Madrid donde le quitaron la vida, con ayuda de un delincuente. Precisamente eligieron las doce de la noche de la primera Navidad del Tercer Milenio.

–Su teatro está lleno de metáforas pesimistas sobre la condición humana, ¿cuál cree que será el destino del hombre?

–Soñemos ¿y deliremos?: final de las inquisiciones políticas y religiosas; auxilio científico para mejorar la memoria, el orgasmo, la salud, la pervivencia, etc., etc.

El teatro creo que seguirá siendo la patria que viaja conmigo.

–¿Son sus sueños pornográficos y escatológicos?, ¿alimentan su imaginación o es ella la que alimenta su onirismo?

–Me cuento mis sueños para asegurarme de que no estoy solo.

Mis sueños y mi imaginación únicamente saben mezclar mis recuerdos. El amor carnal sólo me conmueve cuando es desastroso o torpe.

–¿Busca provocar con sus obras teatrales o seducir con el arsenal intelectual que encierran?

–No caí nunca en la memez de intentar provocar. La provocación surge tan inesperadamente como el éxito o el amor.

El teatro es el lugar del mundo donde prescindir de la felicidad es más fácil.

–Defina estas obras suyas: Pic-nic...

–Triunfo ilimitado e inesperado.

El jardín de las delicias...

–Nostalgia, gorila y ovejas.

El triciclo...

–Inocencia hasta el crimen.

El rey de Sodoma...

–El virgen y la proxeneta.

Fando y Lis...

–Amor loco.

Carta a mi madre...

–Madrastra historia.

El arquitecto y el emperador de Asiria...

–Bárbara civilización (habrá que verla representada próximamente en Barcelona por Joan Frank y Chema Aldavert, y dirigida por Ángel Alonso).

–¿Cuáles son ahora sus proyectos?

–A ojos vista todos sistemáticamente cambian con extravagancia, crecen con independencia o perecen con ruina.

¡Ojo!, me digo, el pretérito no ha muerto, ni siquiera ha pasado.

¿Qué piensa de internet?, ¿es el nuevo Guttenberg?

–La historia más que del hecho retiene su eco.

El fax vivió el despertar; hoy, con el SMS e internet, asistimos al renacimiento de la literatura epistolar. Gracias a los "blogs" florece una nueva y pletórica generación de diaristas.

Pero cada época se nutre de ilusiones para no desaparecer.

–Para terminar, ¿nos regala un arrabalesco?

–Que siempre pueda disponer de esa aurora inmensa llamada teatro.

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