Número 16. Enero de 2006

Editorial
Arrabal. Transgresión y disputa

Quizá 50 años de exilio y destierro voluntario no es el título más apropiado para dar cuenta de la relación que Arrabal ha sostenido con España, así que a última hora lo cambiamos por el de 50 años de exilio decisivo, que nos parece más genérico y cabal. Exilio y destierro son términos que, ya de entrada, se riñen con voluntario, y si se juntan hacen paradoja. Aunque aquí la paradoja también pueda servirnos de atributo. La trayectoria de Arrabal ha pasado por el autoexilio, por el exilio puro y duro —indiscutible desde mediados los sesenta—, y después, con la muerte de Franco, por el destierro voluntario tras la simbólica disolución del territorio y estado al afincar, decidida y conscientemente, su residencia en París. Una metrópolis que ha sido crisol y expositor de las mejores vanguardias del siglo pasado y que le ha servido al autor para construir una obra original en sintonía con el contexto de confrontación y libertad vivido, y con una proyección internacional clara y resuelta. Aunque eso sí, también con el pleno reconocimiento de que ese éxito sin fronteras lleva en buena parte la huella indeleble de España como identidad. Pues se trata de una obra con vocación y reminiscencia biográfica; nace con su infancia, nuestra guerra civil, y se forja en la posguerra y el corolario amargo y reñido de la Madrastra Historia. Fusión irresolublemente trágica de una poética que dosifica por igual la ternura y la crueldad, esgrimida a través de unos personajes que se manifiestan con un desgarro dramático no tan absurdo como existencial.

Salvo los recientes éxitos de público y crítica, y de la notable repercusión de El cementerio de automóviles y Carta de amor, de la mano de Pérez de la Fuente, y a pesar de que sus obras más populares siguen siendo representadas con bastante regularidad —aquí también cabe hablar de "popular" para referirnos a cierto teatro experimental—, uno tiene la sensación de que en España, al teatro de Arrabal, no se le ha "procesado" con la normalidad que se merece, ni con la que le corresponde, tanto por la importancia de su obra como por su trascendencia internacional. Y que muchos de sus mejores textos, con su variedad temática y de estilo —y esto al margen de las polémicas puntuales de otros tiempos, o de la simpatía o antipatía que su imagen pública nos pueda ocasionar—, inexplicablemente, continúan sin estrenar.

No es casual que Fernando Arrabal haya querido volver a tratar su "exilio" con el mismo texto que lo hizo en 1977 en la revista Pipirijaina, En la cuerda floja (La balada del tren fantasma), justo en el momento en que el autor llevaba en Francia veintidós años, poco menos de la mitad de lo que lleva ahora. Como si no hubiera pasado nada, o como si el tiempo pasase en balde, el autor reitera con la belleza y poética a que nos tiene acostumbrados sus planteamientos igual que entonces, como para decirnos que la desconfianza, el miedo, las incomprensiones, el orgullo, el deseo, las discrepancias, el amor y la historia… sellaron para siempre la pauta de relaciones con su patria.

Siendo muy conscientes de que Arrabal es uno de los autores más influyentes y controvertidos de la escena de los últimos cincuenta años, lanzamos este número que nace sin vocación hagiográfica, pero con la clara intención de comentar alguna de sus obras, de rescatar del olvido alguno de los montajes de sus textos realizados en Asturias, y de tomarle el pulso a su teatro a través de opiniones contrastadas de autores españoles de la escena de hoy. En un trabajo que ha podido realizarse gracias a la colaboración desinteresada del propio Fernando Arrabal, y de nuestro compañero José Luis Campal como coordinador.

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