Número 16. Enero de 2006

Dos piezas de Arrabal en Asturias

Roberto Corte


Pic-Nic, de Oris Teatro, espectáculo estrenado en 1984.

Hay autores que se distancian de sus personajes y argumentos, y personajes y argumentos que son indisociables de la vida del autor. Arrabal tiene un teatro alejado de su vida, pero buena parte de su obra se ha ido tejiendo con su biografía en retroalimentación o dialéctica de nudo, gordiano. Así que su crónica es foco y meollo nuclear de su escritura, y viceversa. Los que lo leen ven en sus actos un proceder en consecuencia con sus obras; pero los que no lo leen y lo siguen sólo por su imagen pública, lo tienen por un cándido provocador en un mundo saturado de escandalosas imposturas. Algunos hasta se atreven a decir que a su teatro le ha pasado el momento y ya no está de moda. A lo que sólo cabe responderles que, de ser así, peor para la moda. Y es una pena los estragos que produce el esquematismo mediático, porque con Arrabal basta asomarse a cualquiera de sus piezas para reconocerle su valía, y abrirle de inmediato un hueco al lado de los grandes autores de los últimos cincuenta años.

De las cualidades del teatro de Arrabal no voy a hablar porque estudiosos y excelentes doctores tiene su iglesia, y ahí están sus libros. Arrabal fue con mucha diferencia de sus coetáneos –y supongo que continúa siéndolo, no nos dejemos engañar– el autor español más representado en el extranjero. Multitud de grupos independientes y amateur de todo el mundo lo tienen de seguido en el cartel. El que en España no haya tenido la acogida deseada en su momento, en el teatro institucional de los 80-90, entre la praxis postmoderna y la libérrima movida madrileña, es algo que tiene difícil explicación, y que sólo podemos medio entender merced a las incoherencias y evasivas que devienen de los prejuicios ideológicos de los programadores de turno. En Asturias, y al igual que en el resto de las autonomías teatralmente desestructuradas, su incidencia fue muy reducida, excepcional, y siempre de la mano del teatro de cámara o aficionado (no había otro, claro). Aunque no por eso menos oportuna. En los primeros 60 La Máscara, bajo la dirección de Carlos de las Heras montó Oración, y en el Teu de Oviedo Carlos Álvarez hizo lo propio con Los dos verdugos. (Al menos eso he leído en Primer Acto.) Así que habría que esperar a los 80 para que Pic-Nic, tras popularizar Cátedra su edición, fuera ya moneda de cambio en nuestros escenarios. Desde entonces acá han sido muchos los Pic-Nic que como espectador he presenciado, aunque como no es ese el cometido del artículo me abstendré de comentarlos, y me medicaré a reseñar las dos piezas de Arrabal en las que he participado.

Pic-Nic

En 1984 el grupo de teatro Oris de Barredos, Laviana –la misma asociación que ahora publica esta revista–, tras el montaje de La nave de Joseph María Benet y tres piezas infantiles de autoría colectiva, decidió representar Pic-Nic, dando así un giro a su trayectoria, que hasta entonces lo había sido de espectáculos de calle y, preferentemente, dirigidos a los niños en sus centros de enseñanza. La obra había llegado a nosotros en el 79, en la edición de Ángel Berenguer, junto a El triciclo y El laberinto, en Cátedra, que tenía en portada un puño golpeando una cara, que estaba a su vez dividida por los colores de la bandera nacional y la republicana; imagen suficientemente explícita que hacía de la guerra "nuestra guerra", y situaba el teatro de Arrabal como producto y víctima de aquella encrucijada. Pero el montaje prosperó, afortunadamente, por derroteros más asépticos y generales, que son los propios de la pieza, ya que se trataba de resaltar con mucho humor y mejor poética lo absurdo de la contienda –de todas las guerras–, vista desde la trinchera por un soldado en situación acrítica con lo que le rodea. Un soldado que captura a otro soldado y no deja de sorprenderse en situación de paradoja al descubrirse igual a su contrario. Y que es algo que de ordinario ocurre cuando abordamos el problema de la guerra por flancos interpretativos de "similitud" civil o soldadesca. La pieza se estrenó en Barredos en el colegio Maximiliano Arboleya, el 21 de diciembre del 84, en una función organizada por la asociación de vecinos La Unidad. Como nota a resaltar cabe señalar un añadido a modo de introducción que se hacía en el patio de butacas con unos personajes grotescos que soltaban frases como "la guerra es nutritiva", "méteme un tirito en el vientre" y "la patria no te olvidará"; y otras por el estilo. No sé si oportunas o no, si afortunadas o ridículas, pero que, a nosotros de aquella, nos parecieron ideales para la ocasión. Posteriormente a esta introducción, aunque previo a la pieza propiamente dicha, comenzaba un semi-striptease con el pasodoble "Cerezo rosa", de Louiguy J. Fauré, donde la vedette terminaba el número dándonos la espalda y enseñándonos unas alitas de mariposa donde se leía la guerra, que era la letra que daba pie al bombardeo con que se abría la función. Zapo llevaba un uniforme de color rosa y Zepo amarillo, las enfermeras de la Cruz Roja eran muy sexis y la escenografía representaba una trinchera con alambrada y tablero al fondo con campo de batalla y carro de combate pintado. Se hicieron cuatro representaciones, dos de ellas en la cuenca del Nalón, una en Mieres y otra en la residencia de estudiantes Menéndez Pidal, de Oviedo. El programa de mano, mecanografiado y reproducido en fotocopia, llevaba junto al título de la pieza y el nombre del autor una nota de presentación y el poema de B. Brecht "General, tu tanque es más fuerte que un coche... etc". En los títulos de crédito aparecían como intérpretes José Antonio, Rosi, Adriano, Carmen Gloria, Estrella y Roberto, que eran los miembros que componían la compañía. La incidencia en la prensa fue mínima y en ningún momento más allá del reportaje donde se reseñaba la trayectoria y las desventuras por las que pasaba el grupo para lograr la producción. Aunque ya José Luis Campal salió al paso con un suelto en el número 17 de la revista "Alto Nalón" donde se decía: "La merienda o ¡viva el hombre! Confecciono esta volandera nota sobre la última escenificación del grupo de teatro Oris de Barredos a fin de que no se escabulla en las aguas del olvido o se corra un tupido velo/sábana que sepulte inmerecidamente el acopio de interés suficientemente demostrado por estos capullos dramáticos con su más que envidiable currículum. No lanzaré serpentinas celebradoras del evento tentadas de un malsano panegírico, lo fastidiaría todo. Quien presenció la representación del Pic-nic de Arrabal sabe a qué atenerse... La evolución sufrida desde La nave de Joseph María Benet es irrefutable. ¡Repetimos!"

...Y pondrán esposas a las flores

Al año siguiente el grupo de teatro Oris, por motivos que ahora no vienen al caso, quedó reducido a dos, Carmen Gloria García y un servidor, y decidimos realizar un espectáculo sobre la inmediata post-guerra, la nuestra, con el texto ...Y pondrán esposa a las flores (ahora en la edición de Torres Monreal con el título más correcto ...Y pusieron esposas a las flores). La obra aparecía en Ediciones Almar con introducción de Peter L. Podol. Como el texto iba a sufrir importantes cortes –se suprimió toda la introducción y las secuencias más escabrosas, una felatio a Cristo y aquellas de transustanciación y comunión donde los presos le sacan los ojos a un cura interpretado por Pronos, le cortan los cojones y se los meten en la boca para que se los trague– y los siete personajes eran reducidos a dos, solventamos el problema que suponía el montaje centrando la pieza en la represión vivida por los perdedores de la guerra sometidos a presidio. El espacio escénico fue estilizado en exposición frontal, con un plástico negro en la superficie para delimitar el espacio, una lámpara colgada del techo con luz mortecina y un entramado que ocupaba todo el fondo para simbolizar la reja. Sobre el plástico aparecían los imprescindibles objetos empleados en el ritual, que configuraban y estructuraban la propia interpretación: dos teléfonos, algo del vestuario, un látigo, un crucifijo, un megáfono de mano, unas latas, cacerolas, el garrote vil y un somier metálico, que en función de su colocación recreaba diferentes espacios y servía para conseguir el ruido del motín al ser golpeado; todo condimentado con fuertes descargas de artillería. El espectador mientras se acomodaba en la butaca escuchaba la voz grabada de Pablo Neruda recitando "Explico algunas cosas. España en el corazón", poema que considerábamos apropiado para la introducción porque rememoraba la España republicana vivida por el poeta, truncada a cuajo por el estallido de la guerra. Como la pieza había sido mutilada en exceso para su adaptación el espectáculo llevó por título Todo eran grandes voces, (el cartel llevaba una fotografía de los presos de la cárcel Burgos amotinados en el tejado, en 1975) pero en ningún momento se ocultó en el programa –nuevamente mecanografiado y reproducido en fotocopia– el nombre de Arrabal ni el de la pieza ...Y pondrán esposas a las flores. Las músicas que se introdujeron en algunas secuencias para acompañar y resaltar momentos decisivos fueron el Guillermo Tell de Giacomo Rossini y, para el cierre, tras producirse la ejecución, la marcha militar Los voluntarios, de Jiménez. El estreno se llevó a cabo el 8 de noviembre del 85, en el comedor del colegio público Maximiliano Arboleya, de Barredos, Laviana. La pieza fue muy bien acogida y las representaciones se sucedieron hasta un total de veintisiete, lo que le sirvió a la compañía para salir del ostracismo local en que se encontraba y ser reconocida, de facto, como grupo teatral asturiano. Geles Rubio se había incorporado al equipo en calidad de maquinista de luz y sonido, y algunas de las funciones más memorables transcurrieron por la Cátedra de Extensión Universitaria de Gijón, en la Estaferia organizada por el grupo Tramoya, en la Pista de Exposiciones de Avilés, en Oviedo, en Almendralejo –habíamos sido seleccionados para representar a Asturias en el Encuentro Nacional de Teatro Contemporáneo para Jóvenes–, y en Oporto y en Cascais, Portugal. Las críticas de prensa, al margen de los comentarios que aparecían antes de las representaciones, fueron bastante favorables. Presumiblemente José Luis Campal, bajo el seudónimo de Edgar Orviz, volvía a erigirse como incondicional defensor del grupo, y en La Voz de Asturias del 20-5-86 escribía: "El grupo de teatro Oris de Barredos [...] han montado en el escenario una completa versión de la arrabaliana ...Y pondrán esposas a las flores, titulada Todo eran grandes voces[...] Ni un ápice desmerece del original. El esfuerzo, la voluntad y la atención volcada/empleada en la construcción fragmentaria del texto dramático de Fernando Arrabal impone respeto. Cala hondo." Para, unos meses más tarde, el 17-11- 86, nuevamente salir en nuestro favor firmando con su propio nombre una extensa crítica en el mismo periódico donde decía: "...a partir de un texto de Fernando Arrabal (Y pondrán esposas a las flores, ejemplo del teatro-pánico que tantas veces incursionó el dramaturgo) del cual decidieron eliminar, dicen Carmen Gloria García y Roberto Corte, miembros del colectivo y principales, y casi exclusivos, protagonistas, todos aquellos elementos y situaciones más escabrosamente pornográficas, sobre todo en lo concerniente a la imagen que Arrabal nos ofrece del papel del estamento clerical en el triste/repudiable desarrollo de la post-guerra española, que llega a las libertades de caricaturización más brutales/burlescas/despellejantes y satíricas que podemos imaginar. Los dos actores incorporan por sí mismos, con lo que su desenvolvimiento es más loable, a una considerable cantidad de personajes, arquetípicos sí pero los necesarios, en un ajetreado ir y venir, ejercitando unos agotadores juegos de voces. Lo que Oris ha pretendido con este espectáculo [...] es sacar jugo y resaltar lo que de inminente conciencia social encierra el texto arrabaliano. Resulta una obra gris, con una peculiar escenografía de tonos oscuros [...] aparentemente pobre y desaliñada pero que viene determinada por el sentimiento negativo/pesimista que anima la temática globalmente. El grupo, su trabajo, se enriquece y define por ello, nos empapa de un entorno de miseria física y moral, de constante y continua angustia existencial/revolucionaria que por sí sola ya aportan el excelente desarrollo de los personajes, dibujados/desdibujados con aguda precisión. La armonización y ensamblaje que el Colectivo ha hecho, sujetándose sin hermetizarse y tomando como punto de arranque la obra de Arrabal, es conciso/precioso, ya que, ayudado por una favorable interpretación, el espacio no se muda bruscamente, no existen lapsus descentralizadores y su corpus compacto, con una combinación de humor y de desesperación dramática lo suficientemente bien distribuida, refuerza y patentiza la efectividad de un texto tremendamente rico/crítico/emocional. [...] Oris hace una serie de aportaciones innovadoras, como el ruido y la danza (los actores se mueven continuamente alternando sus desplazamientos con el clímax que, en repentinas subidas y descensos, se transmite en ese instante), que se encontraban prácticamente ausentes de sus anteriores montajes." J.M.V en La Nueva España del 2-7-86 comentando los grupos participantes en la Estaferia de Gijón publicaba "... la obra se estructura en torno al texto Y pondrán esposas a las flores de Arrabal. Es un montaje que habla de los sueños, las pasiones, la guerra, los perdedores, el cautiverio, el hombre, las máquinas. Todos los temas son abordados con un claro lenguaje de investigación dramática." Y el corresponsal de La Voz de Asturias de Lugones, el 28-8-87, decía "obra basada en el texto Y pondrán esposas a las flores, original del escritor Fernando Arrabal. Como nota habitual en esta primera muestra de teatro, el público abarrotó el lugar donde se representó la obra. Esta pieza es la historia de dos presos políticos que, a través de sus sueños, reflexionan sobre lo que fue la Guerra Civil y sobre la cruda realidad de su situación. Toda la obra está envuelta de un marcado cariz pesimista, fiel reflejo de lo que Arrabal quiso transmitir con su escrito sobre las atrocidades que se suceden en tiempos de la post-guerra." Días antes, el 21-8-87, Félix Caicoya, que oficiaba de crítico para La Nueva España resaltaba: "El autor de la obra se pregunta, en definitiva, cómo en un siglo en el que el hombre es capaz de posarse en la Luna e iniciar una carrera hacia la conquista del espacio, existan otros hombres cuyo más lejano horizonte sea el muro de un presidio que le encierra por sus ideas ilícitas. Dos actores y mucho ruido cubren un elenco de personajes paradigma de aquellos años 40-50: el preso político, el militar, el sacerdote, el ama de casa, etcétera. Personajes a los que caracterizan por un cambio de voz, de vestuario y, sobre todo, por una proliferación de gestos exagerados y movimientos pausados que crean un ambiente premeditadamente opresivo y violento." Y Francisco Díaz-Faes, ya en la última representación celebrada en Mieres, en el mismo diario, el 12-1-89 "...Todo eran grandes voces alude a uno de los versos de Pablo Neruda sobre la guerra que, en recitado en tres luces, presenta esta obra de Oris. Son los primeros minutos, a los que se abre el texto consiguiente, que es una versión reducida de una obra de Fernando Arrabal, Y pondrán esposas a las flores [...] Carmen y Roberto juegan con la jocosidad que da el drama antiguo, con grandes voces, en las que el somier es su cárcel de amor y de cadenas. El somier como elemento isla, a la que someten un texto difícil y agreste, con recuerdos de una guerra a la que Mieres en sí debe tan poco, habiendo sufrido tanto."

En fin, la crítica había sido favorable y el espectáculo tuvo buena acogida incluso para conseguir algún que otro premio a la interpretación y dirección en certámenes amateurs. Las claves del "éxito" sin duda podían aducirse a los cursillos de formación que habíamos recibido de la mano del grupo Margen, impartidos por Arturo Castro y Etelvino Vázquez. Y a que el espectador se sensibilizaba con un texto donde se evocaba la terrible represión franquista, el asesinato de Julián Grimau o los mítines de Lerroux. Y, cómo no, a que habíamos "acertado" o, al menos, nos habíamos aproximado, a las claves de interpretación de una obra que el propio autor denominaba como "teatro de guerrilla", pero que Torres Monreal –su antólogo y estudioso en esa excelente edición del teatro completo– etiquetaba con más propiedad como "teatro pánico revolucionario". Un teatro donde los personajes principales sin perder su identidad se apropian de los atributos de otros personajes. Y cito literalmente a Torres Monreal: "Un teatro ritual, un teatro-ceremonia, o juego-ceremonia, que no convendría entender como "teatro en el teatro" aunque a él lo asemejen ciertos parecidos. En el teatro pánico, el personaje –particularmente el personaje metamorfoseado– es un oficiante, un ministro del rito. Los signos trascendentes del rito hacen que el personaje oficiante, como en el culto litúrgico, sea igualmente un personaje trascendido que, sin dejar absolutamente de ser él mismo, es distinto del personaje fuera del rito. Por ello, y contrariamente a lo que ocurre en los espectáculos en los que se da la economía de reparto (un actor representa varios papeles distintos, siendo aconsejable que el espectador no advierta el hecho), en el teatro pánico es conveniente y hasta preciso que el espectador presencie los procedimientos puestos en práctica para operar la metamorfosis. Arrabal, con plena conciencia de su arte, no minimiza sino que concede toda la importancia a las secuencias en las que un personaje, en escena, es investido de los atributos que van a operar su transformación: objetos, vestidos, expresiones, etc."

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