Número 16. Enero de 2006
----------------- Seleccione Artículo ----------------- Editorial: Arrabal. Transgresión y disputa La “trinidad” familiar en Arrabal Carta de amor Fernando Arrabal: ¿genio o santo? Arrabal según 21 dramaturgos “Soy inferior a mis obras artísticas” Fando y Lis: arte versus discapacidad Los primeros de Asturias Arrabal en los años negros Dos piezas de Arrabal en Asturias El gran ceremonial Texto: ‘En la cuerda floja’ Harold Pinter ensopado de orina Libros y revistas
Pic-Nic, de Oris Teatro, espectáculo estrenado en 1984.
Hay autores que se distancian de sus personajes y argumentos, y personajes y argumentos que son indisociables de la vida del autor. Arrabal tiene un teatro alejado de su vida, pero buena parte de su obra se ha ido tejiendo con su biografía en retroalimentación o dialéctica de nudo, gordiano. Así que su crónica es foco y meollo nuclear de su escritura, y viceversa. Los que lo leen ven en sus actos un proceder en consecuencia con sus obras; pero los que no lo leen y lo siguen sólo por su imagen pública, lo tienen por un cándido provocador en un mundo saturado de escandalosas imposturas. Algunos hasta se atreven a decir que a su teatro le ha pasado el momento y ya no está de moda. A lo que sólo cabe responderles que, de ser así, peor para la moda. Y es una pena los estragos que produce el esquematismo mediático, porque con Arrabal basta asomarse a cualquiera de sus piezas para reconocerle su valía, y abrirle de inmediato un hueco al lado de los grandes autores de los últimos cincuenta años.
De las cualidades del teatro de Arrabal no voy a hablar porque estudiosos y excelentes doctores tiene su iglesia, y ahí están sus libros. Arrabal fue con mucha diferencia de sus coetáneos –y supongo que continúa siéndolo, no nos dejemos engañar– el autor español más representado en el extranjero. Multitud de grupos independientes y amateur de todo el mundo lo tienen de seguido en el cartel. El que en España no haya tenido la acogida deseada en su momento, en el teatro institucional de los 80-90, entre la praxis postmoderna y la libérrima movida madrileña, es algo que tiene difícil explicación, y que sólo podemos medio entender merced a las incoherencias y evasivas que devienen de los prejuicios ideológicos de los programadores de turno. En Asturias, y al igual que en el resto de las autonomías teatralmente desestructuradas, su incidencia fue muy reducida, excepcional, y siempre de la mano del teatro de cámara o aficionado (no había otro, claro). Aunque no por eso menos oportuna. En los primeros 60 La Máscara, bajo la dirección de Carlos de las Heras montó Oración, y en el Teu de Oviedo Carlos Álvarez hizo lo propio con Los dos verdugos. (Al menos eso he leído en Primer Acto.) Así que habría que esperar a los 80 para que Pic-Nic, tras popularizar Cátedra su edición, fuera ya moneda de cambio en nuestros escenarios. Desde entonces acá han sido muchos los Pic-Nic que como espectador he presenciado, aunque como no es ese el cometido del artículo me abstendré de comentarlos, y me medicaré a reseñar las dos piezas de Arrabal en las que he participado.
Pic-Nic
En 1984 el grupo de teatro Oris de Barredos, Laviana –la misma asociación que ahora publica esta revista–, tras el montaje de
...Y pondrán esposas a las flores
Al año siguiente el grupo de teatro Oris, por motivos que ahora no vienen al caso, quedó reducido a dos, Carmen Gloria García y un servidor, y decidimos realizar un espectáculo sobre la inmediata post-guerra, la nuestra, con el texto ...
En fin, la crítica había sido favorable y el espectáculo tuvo buena acogida incluso para conseguir algún que otro premio a la interpretación y dirección en certámenes amateurs. Las claves del "éxito" sin duda podían aducirse a los cursillos de formación que habíamos recibido de la mano del grupo Margen, impartidos por Arturo Castro y Etelvino Vázquez. Y a que el espectador se sensibilizaba con un texto donde se evocaba la terrible represión franquista, el asesinato de Julián Grimau o los mítines de Lerroux. Y, cómo no, a que habíamos "acertado" o, al menos, nos habíamos aproximado, a las claves de interpretación de una obra que el propio autor denominaba como "teatro de guerrilla", pero que Torres Monreal –su antólogo y estudioso en esa excelente edición del teatro completo– etiquetaba con más propiedad como "teatro pánico revolucionario". Un teatro donde los personajes principales sin perder su identidad se apropian de los atributos de otros personajes. Y cito literalmente a Torres Monreal: "Un teatro ritual, un teatro-ceremonia, o juego-ceremonia, que no convendría entender como "teatro en el teatro" aunque a él lo asemejen ciertos parecidos. En el teatro pánico, el personaje –particularmente el personaje metamorfoseado– es un oficiante, un ministro del rito. Los signos trascendentes del rito hacen que el personaje oficiante, como en el culto litúrgico, sea igualmente un personaje trascendido que, sin dejar absolutamente de ser él mismo, es distinto del personaje fuera del rito. Por ello, y contrariamente a lo que ocurre en los espectáculos en los que se da la economía de reparto (un actor representa varios papeles distintos, siendo aconsejable que el espectador no advierta el hecho), en el teatro pánico es conveniente y hasta preciso que el espectador presencie los procedimientos puestos en práctica para operar la metamorfosis. Arrabal, con plena conciencia de su arte, no minimiza sino que concede toda la importancia a las secuencias en las que un personaje, en escena, es investido de los atributos que van a operar su transformación: objetos, vestidos, expresiones, etc."
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