Estamos en Madrid (Nuevo México) «ghost
town» ciudad que perdió todos sus habitantes hace veinte años.
La acción se desarrolla cerca de una de
las entradas de la mina. Desolación.
A lo lejos, las colinas de carbonilla y
escorias parecen más sucias que nunca.
En el suelo, varios caballos muertos.
Es de noche.
Tharsis y el Duque de Gaza se activan
junto a una maleta destartalada abierta.
Dentro de ella hay un teléfono
rudimentario provisto de una alta antena y conectado con un aparato emisor
herrumbroso. Tharsis habla con alguien.
THARSIS.- Esperamos sus noticias...
DUQUE.- Diles que nuestra paciencia tiene un límite.
THARSIS.- …urge que respondan...
DUQUE.- Sin tantas tergiversaciones, que sólo son tretas.
THARSIS.- ...y que digan las cosas claramente. ¿Qué pasa?
La comunicación se corta.
DUQUE.- Se ríen de ti. Se permiten cortarte la comunicación
bajo tus propias barbas. Lo que faltaba.
THARSIS.- He estado duro, no dirás.
DUQUE.- (Irónico.) ¡Durísimo! Los tienes fritos.
Ruido trepidante de un tren; da la
impresión de que pasa bajo los pies de Tharsis y del Duque de Gaza.
THARSIS.- ¿Y esto?
DUQUE.- Es el Transiberiano... (Ríe.) …No te
preocupes de trenes... baila, baila. Te vas a apolillar. Vas a perder todo lo
que habías conseguido. Entrénate. Baila.
THARSIS.- Calla, Duque, calla. No tengo ganas de bailar. La
nostalgia me enrosca en sus enredaderas sigilosas y me muerde como un gato
rabioso.
El Duque ilumina a Tharsis con un
reflector, que forma en torno de él un redondel de luz.
DUQUE.- Báilame un chotis, como si estuvieras en Madrid.
THARSIS.- (Muy grave.) No me hables de Madrid. Te lo
prohíbo.
DUQUE.- ¡Qué susceptible eres! ¡Baila, hombre, baila!
Un momento de silencio. El Duque detrás
del reflector y Tharsis en el redondel de luz. Va a moverse, y de pronto,
inmóvil, con una infinita tristeza:
THARSIS.- Madrid, cada una de sus calles, cada uno de sus
rincones está ligado a un recuerdo, a un arco iris. Sin embargo... Madrid...
¿Cómo era Madrid? Dime, ¿cómo era?
DUQUE.- ¿Saco el violín? (Ríe.) ¿Vas a llorar?
THARSIS.- (Haciendo un esfuerzo para sobreponerse, y por
fin, grandioso.) Mírame, observa mi cuerpo, la elegancia de mis formas, el
control de mi respiración, de mi silueta. ¿Pero qué entiendes tú de barcos de
vela y de tallos sin raíces? ¿Cómo puedes imaginar que un hombre como yo pueda
llorar?
DUQUE.- Te he visto tantas veces.
THARSIS.- ¡Cállate! (Pausa.) Nos pueden oír.
DUQUE.- Eso sí que es bueno. ¿Quién nos va a oír?
THARSIS.- Mis enemigos.
DUQUE.- Mira alrededor. ¡Qué desolación! Todo está vacío: las
casas, los talleres, la estación, las calles, la mina está desierta. Estamos en
Madrid, ciudad fantasma de Nuevo México, metrópoli sin habitantes que dejó de
existir hace veinte años.
THARSIS.- ¿Estás seguro de que todos sus habitantes se
marcharon hace veinte años?
DUQUE.- Y tanto.
THARSIS.- Precisamente hace veinte años que salí de Madrid...
capital de España.
DUQUE.- No compares Madrid, España, con Madrid, Nuevo México.
THARSIS.- Dime cuántos habitantes hay en esta ciudad
(imitando el acento del Duque), en Madrid, Nuevo México.
DUQUE.- Cero pelado. Cero absoluto. Mejor dicho, en este
momento hay dos: tú y yo.
THARSIS.- Tú y yo. Y en torno a nosotros nada: las casas
vacías, las iglesias paralizadas, el ayuntamiento desierto, tal y como la ciudad
fue abandonada hace veinte años...
Duque .- ...hace veinte años, cuando el hombre que dirigía la
mina decidió cerrarla para siempre.
THARSIS.- Tal y como yo la dejé hace veinte años, cuando dije
adiós a Madrid, un Madrid español que como una criatura sin huesos y sin alma me
rodeaba con su luto desnudo.
DUQUE.- No te pongas romántico. ¡Baila! ¡Baila! Baila un
chotis en medio de la mina.
Tharsis baila de una manera que da pena.
El Duque detrás del reflector, le sigue con su haz luminoso. El baile tiene un
carácter extraordinario y emocionante. Por fin, Tharsis cae al suelo,
probablemente llora.
El Duque se impacienta.
De lo lejos llega un aplauso entusiasta
pero sin fuerza.
Tharsis y Duque se miran asustados, no
ven nada en torno a ellos.
El Duque dirige su foco de luz hacia el
lugar de donde parece haber surgido el aplauso.
El aplauso cesa.
THARSIS.- (Aterrado.) ¿Has oído?
DUQUE.- No estamos solos.
THARSIS.- Pero entonces... no es una ciudad desierta.
DUQUE.- Estaba seguro de que lo era.
THARSIS.- Quizás sólo sea el revoloteo de un pájaro.
De nuevo, aplauso.
VOZ DE WICHITA.- ¡Muy bien, muy bien!
Con mucha dificultad entra Wichita, que
arrastra una cuerda metálica y dos plataformas.
Por fin se instala. Parece cansadísimo.
No tiene el menor complejo.
WICHITA.- Claro que muy bien. Ese es el chotis arrabalero,
arrastrado, de rechupete, que nada tiene que ver con el chotis de la capital,
que es un himno alemán para mujeres y hombres empingorotados y cargados de
perfume y joyas. ¡Viva el pueblo! (Inmediatamente se pone a construir su
alambre de funámbulo con ayuda de las dos plataformas.) Soy el mejor
volatinero, equilibrista, funámbulo de Madrid, el mejor y el único. Ayúdenme y
verán lo que es bueno.
Tharsis y el Duque le miran incrédulos.
THARSIS.- (Asustado, a Wichita.) ¿Le envían ellos?
DUQUE.- (Al oído, a Tharsis.) No, hombre, ¿no ves que
es un iluminado?
THARSIS.- (De nuevo a Wichita.) ¿Pero quién es Ud.?
WICHITA.- Nada de presentaciones. Ayúdenme. Esto es el
alambre; como ven, es una cuerda de metal. Pero lo importante es la
concentración y la precisión. El funámbulo es el artista de lo fatal: a sus pies
el precipicio; entre sus manos el cielo que palpita. Menos cuentos: ayúdenme. En
dos patadas instalamos la cuerda. Las dos plataformas deben estar una frente a
otra. Así.
Por fin los dos le ayudan a colocar las
plataformas.
Aún me acuerdo de cómo me escapé de casa siendo niño con un
amigo para seguir al circo; teníamos once años y el cuerpo cubierto de llagas;
en aquellos tiempos la divisa era: la letra con sangre entra. (Cambiando de
conversación.) ¡Eh! Ayudadme, plantad los tirafuertes en cada una de las
extremidades.
Los tres trabajan bajo las órdenes de
Wichita.
Y trabajad duro..., que estamos en Madrid, no lo olvidéis.
THARSIS.- Yo salí de Madrid hace veinte años.
WICHITA.- Todos se fueron hace veinte años y Madrid quedó
desierta, de la noche al día. Toda su gloria pereció volatilizada. Teníamos un
equipo campeón de la Liga Pacífica de béisbol formado de mineros; era la
admiración de América, y las majorettes le seguían en todos sus
desplazamientos, con sus tutús y sus trompetas y el estandarte bordado de oro
que decía «Las hijas de la mina». ¡Qué tiempos aquellos! De toda la tierra
venían a ver nuestro nacimiento, incluso del Japón y de Rumania y de Curlandia.
THARSIS.- ¿Un nacimiento… aquí?
WICHITA.- ¿Pero cómo?, ¿no oyó hablar de él...? Los mejores y
más importantes personajes de la tierra han hablado de nuestro nacimiento,
incluso el Príncipe Gitano. ¿Ve las montañas de escorias que rodean la ciudad?
Sobre ellas, una vez por año, en Navidad, construíamos los mineros el
nacimiento: sobre aquella colina de carbonilla plantábamos un Niño Jesús
gigantesco y limpísimo, rodeado de la Virgen María y de San José, con una barba
blanca de trescientos kilos de algodón, y en aquella otra montaña estaban los
Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar; tan grandes eran que en sus sacos
llevaban todos los juguetes de los niños de la mina, y más allá los pastores y
Herodes, y en el cielo la estrella que iluminaba la ciudad durante la noche con
sus colorines luminosos. El «New York Times» nos dedicó un artículo en primera
página. Aquí la tengo. (La busca en sus bolsillos.) Menos nostalgia. A
trabajar.
Los tres se afanan con el alambre.
THARSIS.- Siempre soñé ser funámbulo.
WICHITA.- Para ser funámbulo hay que tener ojos que miren al
infinito y al universo encerrado en la extremidad del alambre. Aquí.
(Señala.) El funámbulo es una paloma marchando sobre un pétalo, pero si cae
del alambre es un caballo sin patas y sin paracaídas. ¡A trabajar, vagos!
DUQUE.- ¿Qué es esto?
WICHITA.- Son los tirafuertes; amarradlos y luego les daremos
vueltas con un hierro para que el alambre esté tenso.
THARSIS.- En Madrid también había nacimientos, los
instalábamos en el comedor, sobre el aparador, y los Niños Jesús y los Reyes
Magos, como muñecas diminutas gastadas de tanto manosearlas, cotejaban una vez
por año nuestra miseria.
WICHITA.- (Enfadado.) ¿Habla de Madrid?
THARSIS.- De Madrid, de España.
WICHITA.- (Colérico.) Aquí no somos españoles. ¡Somos
americanos! ¡Somos de Nuevo México! (Al Duque.) Cuando instalemos el
alambre, Ud. tocará el tambor. Tome este tambor. Con él anunciará la llegada de
la aurora y el sueño. Es el tambor de los artistas, el tambor del circo.
Los tres siguen instalando el alambre.
DUQUE.- Nunca supe por qué te fuiste realmente de España, por
qué saliste.
THARSIS.- (Como en sueño.) Para ir a Galilea.
DUQUE.- ¡A Galilea!
THARSIS.- Todos nos fuimos.
DUQUE.- Algunos se quedaron... (irónico), digo yo.
THARSIS.- Madrid... mi Madrid... está más abandonado y más
desierta que Madrid, Nuevo México.
Wichita sale a buscar nuevos objetos
para el alambre.
DUQUE.- No es cierto; tienes que aprender a ver la realidad y
a dejar de imaginártela con arreglo a tus deseos.
THARSIS.- Hace siglos, vivía en España cerca de Madrid una
niña que un día llegaría a ser Santa Teresa, la mujercita perseguida por la
Inquisición. Y aquella niña un día se escapó cuando sólo tenía ocho años,
llevándose a su hermanito…
Tharsis (Niña).- Vámonos, corre hermanito. (Corre con un
muñeco en la mano. El muñeco puede ser una bufanda.) Corre, no te canses,
tenemos que escaparnos.
THARSIS (Muñeco-Hermano).- Estoy muy cansado.
THARSIS (Niña).- Vuela... deja que tu corazón te lleve por
los aires; vamos a llegar a Galilea, llena de caballitos y de amapolas azules.
Ya verás qué de aventuras junto a tu cuna.
THARSIS (Muñeco-Hermano).- Hermanita, llévame en tus brazos,
no puedo más.
THARSIS (Niña).- Te llevo en andas y volandas, mira la
estrella cómo nos señala el camino.
«A caballo», por el otro extremo de la
escena, va el Duque.
Duque (Padre).- Caballeros, es primordial que encontremos a
mi hija; el honor de mi familia y de nuestro país está en juego. Hace tres días
que se ha ido. Hay que encontrarla cueste lo que cueste. Adelante, rastread
todas las tierras, registrad todos los escondrijos posibles.
Tharsis lleva ahora a su hermano en la
espalda.
THARSIS (Niña).- Seremos muy felices y nos vestiremos con
trajes de confetis y de serpentinas con los colores del arco iris.
THARSIS (Muñeco-Hermano).- Tengo miedo. Hay lobos y dragones.
THARSIS (Niña).- Conmigo no puedes tener miedo. Soy tu
burrito y Dios nos ayudará.
THARSIS (Muñeco-Hermano).- ¿Dios te conoce bien?
THARSIS (Niña).- ¡Y tanto! Por las tardes durante la siesta
juega conmigo como si fuera una pelota y la cama la pared del frontón.
El Duque (Padre) «a caballo» va hacia
Tharsis (Niña) al «galope» y choca contra «su hija».
DUQUE (Padre).- ¡Teresita!
THARSIS (Niña).- Papá.
DUQUE (Padre).- ¡Pobrecita! ¡Desdichada! ¿A dónde ibas?
THARSIS (Niña).- (Sin emoción, lentamente.) Me escapo.
DUQUE (Padre).- ¿Escaparte tú? ¿Pero adónde ibas?
THARSIS (Niña).- Me iba de España.
DUQUE (Padre).- Pero, ¿para qué?
THARSIS (Niña).- ¡Para conquistar la gloria!
Redoble de tambor. Entra Wichita con un voluminoso tambor.
WICHITA.- Que todo el mundo oiga: el alambre está instalado
en plena erección. Ahora, a vivir el instante del gallo motorista en la barraca
de espejos. (Se apresura.)
THARSIS.- (Nostálgico.) Los que no podían pintar
salieron y llenaron la tierra de cuadros; los que no podían escribir se fueron y
sus borradores se volvieron poemas, y los que no podían ni vivir ni trabajar
saltaron también la frontera con la esperanza de encontrar la dignidad, su
gloria.
DUQUE.- (Harto.) Me lo sé de memoria. Ahora vas a
soltar el rollo de Picasso y de Casals y de la Pasionaria y de Madariaga
y de Ochoa y de Perico el de los Palotes. Estoy hasta la coronilla de tu rebaño
de nómadas; me hablas de ellos todos los días, me has contado tu rollo millones
de veces.
THARSIS.- Madrid... Es que a mí me duele España.
DUQUE.- Pues a mí no, y soy tan español como tú. España no es
un riñón, ni una almorrana; a mí, España no me duele de ninguna manera, y
Madrid, tu Madrid, me trae sin cuidado; que se lo coman las ratas, que las
cadenas y las rejas lo destruyan para siempre, que las cárceles invadan toda la
ciudad, que la tiranía torture hasta morir a todos y cada uno de los
madrileños... (Gritando.) Madrid me la trae flojísima, ¿me oyes?
WICHITA.- (Furioso, temblando.) Soy un viejo, míreme
bien... pero atrévase a repetir lo que ha dicho y le mato a mordiscos. O retira
sus palabras, o le reto... con un sable de abordaje... (Un poco más sereno.)
No tiene derecho a hablar así de Madrid, aunque hoy Madrid sólo sea una
ciudad fantasma sin vecinos, con sus calles desiertas y sus casas vacías...
Madrid era la más extraordinaria, la más bella, la más cautivadora ciudad del
mundo. Era una ciudad para príncipes mineros, para marqueses de la escoria, para
caballeros del carbón. Sí... en ella se encerró toda la miseria del mundo, pero
también toda la grandeza; en su mina murieron los mejores... por miles... entre
las vagonetas, en el fondo de las galerías. Y todos sus habitantes se volvían
pintores en las fiestas y músicos y titiriteros, y las mujeres, caballistas,
colombinas y vampiresas. Todos los mineros hicieron de Madrid una verbena.
Madrid era la más bella ciudad del mundo... y pronto, estoy seguro, lo volverá a
ser.
DUQUE.- No hablo de su Madrid, de este Madrid en el que
estamos, le hablo de un Madrid rancio y pocho, plantado en el centro de España
como un furúnculo en la carne de un leproso.
THARSIS.- Eso no te lo tolero, Duque de Gaza... rancio y
pocho... furúnculo... ¿Te atreves a tachar a Madrid de furúnculo, una ciudad
donde con mis amigos creé una academia?
DUQUE.- (Como una lección aprendida, burlándose, pero
también enfadado.) «Y los académicos ibais a poner laurel, que comprabais
en una tienda de ultramarinos, sobre la tumba abandonada de Velázquez.»
THARSIS.- ¿Cómo te atreves a burlarte así...? ¡Cállate,
Barrabás!
WICHITA.- Silencio en la noche, todo el mundo en su puesto.
Ud. al tambor; y Ud. a la trompeta. Anuncien a las multitudes que voy a andar en
el alambre.
DUQUE.- ¿Anuncio yo?
WICHITA.- Claro.
Redoble de tambor. Trompetazo de
Tharsis.
DUQUE.- Señoras y señores.
WICHITA.- (Apuntando.) Grandes y pequeños, niños y
niñas, nodrizas y militares sin graduación.
DUQUE.- Señoras y señores, grandes y pequeños, niños y niñas,
nodrizas y militares sin graduación, esta noche van a tener el gusto de...
WICHITA.- (Apuntando.) Van a extasiarse, arrebatarse,
asombrarse.
DUQUE.- Van a extasiarse, arrebatarse, asombrarse, viendo
andar sobre un alambre al funámbulo...
WICHITA.- (Apuntando.) Al conocido funámbulo
internacional.
DUQUE.- Al conocido funámbulo internacional. (A Wichita.)
¿Cómo se llama Ud.?
WICHITA.- Me llamo Wichita, Macabeo Wichita, pero mi nombre
de artista es «El ángel del hilo tieso».
DUQUE.- De ver al conocido funámbulo internacional: «El ángel
del hilo tieso».
El Duque toca de nuevo el tambor.
Tharsis va al reflector. El reflector ilumina tan sólo a Wichita. Wichita cuando
se siente iluminado se transforma. Está en lo alto de la plataforma de la
derecha. Se cambia los zapatos por unas zapatillas. Se despoja de su traje. Un
calzón apretado le ciñe su vientre.
WICHITA.- Alambre, mírame; ámame como yo te amo, transpórtame
en tu cuerpo, haz que mis pies marchen sobre tu línea.
THARSIS.- (Como hipnotizado.) El alambre estaba sin
vida, sin alma, sin esencia, sin jactancia, sin sueños locos... va a sentir la
vida en lo .más profundo de su alma.
WICHITA.- ¿Qué conoce Ud. de alambres y de amores salvajes
entre artistas de circo y sus aparatos? No me distraiga. Déjeme que ame a este
alambre, déjeme que le hable carnalmente como a mi animal íntimo. Va a darme un
beso, el beso más apasionado que nunca me han dado. Un beso de hombre que
recorre las venas como una legión de gallos espantados. Alambre, sopórtame,
mantenme, quiéreme con hombría, deslízame por los aires y mantén mis nalgas
tensas y mi espíritu despierto. ¡Tambor!
El Duque toca el tambor. Redoble de
tambor.
Wichita se concentra prodigiosamente.
Lanza sus manos horizontales como un par
de palomas domesticadas.
Por fin se lanza al alambre. Emoción.
Coloca un pie sobre el alambre y luego
el otro. Inmediatamente tambalea su trasero, se mueve en un vaivén dramático
hasta que por fin pierde el equilibrio y cae.
Se diría que Wichita llora. Por fin se
incorpora. Toca el alambre con sus labios, con sus mejillas, con su pecho.
WICHITA.- ¡Leopardo sanguinario! ¡Salvaje! Te gusta verme
herido, caído, por el suelo, sin gracia.
THARSIS.- (Fuera de sí, como iluminado.) Dómele,
dómele, dome el alambre, hágale recitar un poema y cantar. No olvide que está en
Madrid, y Madrid tiene que aclamarle, tiene que maravillarse contemplando cómo
un alambre tan tenue, tan diminuto, de seis milímetros, mantiene enhiesta su
figura como una catarata. Madrid sin alma reconocerá la voz que viene de lo
alto, de la libertad.
Ruido extraordinario. Un tren pasa.
WICHITA.- Silencio.
El tren se detiene. El ruido cesa.
El alambre no me puede hacer caer; el alambre es seguro como
el horizonte; sólo puedo caer en la calle, desde la acera. Toque el tambor de
nuevo.
El Duque toca de nuevo el tambor. El
Duque y Tharsis miran a Wichita que patéticamente sube de nuevo a la plataforma.
Brazos en cruz de nuevo, avanza con mil
precauciones.
Pone un pie sobre el alambre, luego el
segundo.
Y de nuevo su trasero da la impresión de
un péndulo loco, en un vaivén acelerado que provoca su caída.
Wichita llora.
Por fin se incorpora; rabiosamente se
levanta y golpea el alambre con frenesí, y por fin se diría que le da un beso.
(Transformado, grandioso.)
¡Qué tiempos tan exaltantes! Madrid se
transformaba, los bomberos tocaban sus sirenas; los templos, las sinagogas y las
iglesias se llenaban de luces y de guirnaldas de naranjas, los músicos salían a
la calle con sus violines y sus zambombas adornadas con plumas de gallo, y los
hijos de los mineros, tiznados de carbón todo el año, lavados, relamidos y
relucientes como el oro, abarrotaban la plaza para asistir a la llegada de los
Reyes Magos. Durante tres días y tres noches la mina permanecía como dormida,
tan sólo vigilada por el equipo de seguridad. Y en la cabalgata de los Reyes
figuraba en primera fila el indio Hebrón, líder del campeonato de home-runs
de la Liga del Pacífico, el hombre que había electrizado a la muchedumbre del
estadio de Honolulú logrando cinco hits, y de ellos tres home-runs
en el memorable partido del año 1951 contra el equipo de Hawai. Y tras él, las
reinas de la belleza con sus trajes de baño verdes fluorescentes y sus zapatos
de tacón altísimo, y el alcalde con sus insignias ganadas en el desembarco en
las islas del Caimán, y los tamborileros y las niñas de la primera comunión, y
los boys-scouts con sus hachas de tres libras. De los pueblos bajaban los
indios que se dividían en kibas y bailaban día y noche con sus colas de zorras y
sus cascabeles en torno de las muñecas. Los Angeles Times nos dedicó
diecisiete páginas en su edición dominical bajo el título «La ciudad más extraña
y fascinante de la Tierra». Stalin, el Papa, Churchill, el rey de la Atlántida y
Francisco Primero habían jurado no perderse un día el espectáculo.
Ruido estrepitoso. Pasa el tren en la dirección opuesta.
THARSIS.- Míreme, ¿me oye?
WICHITA.- No hago otra cosa desde que he llegado... Se ha
hecho Ud. el amo del cotarro.
THARSIS.- Yo también soy artista.
WICHITA.- Sólo es un monstruo de coquetería, un narciso que
danza mirándose el ombligo... y que no conoce la vejez ni la muerte.
THARSIS.- Hace mucho tiempo, veinte años ya, me fui de Madrid
para siempre.
WICHITA.- Como todos... sólo quedé yo, el volatinero. Pero
para los mapas ni siquiera existo. Mire, aquí tiene un mapa de la Shell que me
vino volando. Figura el nombre de Madrid, y en un recuadro al margen existe esta
nota: «Madrid, situada en el centro de Nuevo Mexico, a treinta millas al sur de
Santa Fe, es una ciudad que perdió todos sus habitantes en 1955; hoy sólo es una
ghost town. ¡Una ciudad fantasma!». ¡Es decir, que yo, que vivo aquí, soy
un espectro!
THARSIS.- De Madrid también nos fuimos uno a uno. También es
una ciudad fantasma de la que sólo me llegan ecos de cadenas y de muerte.
Pero... mire lo que sé hacer.
Tharsis toma unas pelotas, y con ellas hace un número de
prestidigitación.
WICHITA.- ¿Y con aros?
THARSIS.- Con aros también, mire. (Tharsis hace ejercicios
de prestidigitación con aros.) En Madrid nadie puede hacer ejercicios como
éste. Me refiero a Madrid de España... Permítame que se lo diga: soy el mejor.
La libertad de movimientos que tengo nadie puede alcanzarla cuando se vive en un
ambiente encerrado, sin aire.
WICHITA.- Le querrán mucho, le aplaudirán.
THARSIS.- Está prohibido hablar de mí, está prohibido mostrar
lo que hago; sólo se puede hablar de mí si es para calumniarme o injuriarme.
Acaban de escribir que había que castrarme para impedir que tenga hijos que como
yo... Los hombres de circo, de la farándula, los artistas, «no existimos». Y
como consecuencia, para nosotros Madrid tampoco tiene habitantes.
DUQUE.- (Enfadado.) ¿Has terminado? (Pausa.)
Llámales por teléfono; no podemos esperar ni un minuto. Diles que un hombre
puede morir de una manera atroz.
Tharsis hace girar una manivela. Ruidos
telefónicos. Tharsis se impacienta.
THARSIS.- No responden.
DUQUE.- Lo hacen aposta.
THARSIS.- ¡Cabrones! (Tharsis deja el teléfono. A
Wichita.) Quiero ser el mejor en Madrid. Quiero deslumbrar a todo el mundo
con un ejercicio único: quiero que me enseñe a ser funámbulo, y cuando lo
consiga, volveré a Madrid y plantaré el alambre en pleno centro, en la Puerta
del Sol, entre dos altas torres e iré de una a otra en medio del asombro
general. Y todo Madrid, que ahora vive amordazado, como fantasmas, verán que se
puede ser libre, que se puede tocar el cielo.
WICHITA.- Claro que podrá. Será Ud. como un pájaro de luz.
THARSIS.- ¡Qué felicidad! ¡Volveré, volveré al fin!
WICHITA.- Pero, ¿por qué salir, irse?
THARSIS.- No podía respirar... me faltaba el aire... mis
pulmones se llenaban de agujeros como una esponja apolillada.
WICHITA.- Aquí también había muchos mineros que no podían
respirar. Los médicos les llamaban «silicosos» y el pecho se les arrugaba o se
les ponía tieso como si fuera de cartulina... No sabían soportar la carbonilla
ni las escorias.
THARSIS.- A nosotros el polvo del odio y del terror se nos
metía en el cerebro y en el espíritu hasta acartonarlos. Había una luz en medio
de los tiburones metálicos: mi novia, Ludith, era muy guapa y muy rubia; cuando
la veía me decía: «Soy Ludith, tu pelícano, sin espigas.» Me molestaba mucho que
siempre se presentara llamándose pelícano, pero la quería tanto... y yo le
preguntaba: «¿Me quieres aún?» Y ella me respondía: «Sí, puedes chuparme». Y yo
le chupaba durante horas el codo, o la rodilla, o un brazo. Y le decía: «Tienes
un sabor tan dulce, tan delicioso, que siento mi cuerpo recorrido por olas que
comienzan en los dedos de los pies y terminan en las raíces de los cabellos». Y
un día me dijo: «Puedes comerme a trocitos».Y así, comencé a comerle trocitos de
sus nalgas y de sus brazos, trocitos diminutos.
WICHITA.- ¿Ya no la chupaba?
THARSIS.- Claro que la seguía chupando, pero al final del día
le comía una miguita de su carne y la saboreaba lentamente, como si fuera una
manzana de sol. Y sentía un placer infinito que nacía de la raíz de mi alma.
(Una pausa.) Pero poco a poco su sabor se fue cambiando en sabor... de...
entierro... de muerte.
WICHITA.- Dejó de chuparla y de comerla. ¿Ya no le gustaba?
THARSIS.- Claro que me seguía gustando... pero ya no tenía
ganas de chuparla ni de morder en su carne para comerle trocitos; incluso me
daba miedo acercarme a ella... La culpa era de Madrid, que todo lo iba volviendo
siniestro y mortuorio.
Wichita parece conmovido. Tharsis está
muy triste.
El Duque, muy brutalmente, le saca de
sus recuerdos.
DUQUE.- La culpa es tuya. No les has dicho lo que te dije.
Usas el teléfono de cualquier manera.
THARSIS.- Les he llamado tantas veces como has querido. ¿Qué
culpa tengo yo de que no respondan?
DUQUE.- Tenías que haberles confesado que estabas dispuesto a
matar.
THARSIS.- Quieres decir que tú...
DUQUE.- En cuanto te encomiendo la más mínima misión, la
haces de cualquier manera.
Tharsis va hacia el teléfono y de pronto
se incorpora riendo y se dirige a Wichita.
THARSIS.- Era un señorito gilipollas. (Ríe.) Le
llamábamos el de la teta del culo.
WICHITA.- ¿Por qué?
THARSIS.- Cuando una cerda pare, los lechones se reparten sus
tetas, y al más escuchimizado le toca la más pequeña... precisamente la que está
más cerca del culo. Venía a clase con sus botas negras brillantes y sus
correajes y sus insignias. Era jefe de Centuria, y toda su verborrea giraba en
torno a la revolución nacional-sindicalista y a la disciplina. (Ríe.) Era
cómico oírle hablar de vigor, de deber, de lealtad a la patria: «¿Cuáles son los
puntos de la Falange?» «Los puntos de la Falange son...» «¿No los sabes?» «Sí,
son Norte, Sur, Este y Oeste.» Se armaba la de Dios es Cristo. Se enfadaba tanto
que le salía una voz aflautada de vieja pocha: «Marxista, comunista, liberal,
judeo-masónico. Todo. ¡Hala!». Y todos hacíamos esfuerzos para no reír: «Al que
se ría, le envío a la perrera durante una semana». ¡Nos armábamos un lío
tremendo con aquella clase de formación política que no comprendíamos en
absoluto! «¿Qué regiones forman el Imperio Español?» «España es una unidad de
destino en lo universal.» «Lo que te pregunto es la lista de regiones del
Imperio.» «España es una democracia orgánica que con arreglo a su tradición ha
decidido declararse reino.» «Confundes todo.» «Las provincias del Imperio son:
Marruecos, Filipinas y...» «¿Y qué más?» «Y Cuba, y Túnez, y Sicilia.» «¿Y qué
más?» «...Fenicia y Mesopotamia.» «Con que burlándote de mí, ¿eh?» «No, señor;
se lo prometo.» «¿Cómo señor? Soy camarada, todos somos camaradas, todos somos
camaradas dentro del nacional-sindicalismo fundado por nuestro mártir José
Antonio. Y a ti, por haberte burlado de las doctrinas del líder supremo, te
llenaremos el buche de aceite de ricino y pasarás tres días en la perrera
cagando.»
WICHITA.- ¡Qué diferencia! Aquí a nadie se le daba aceite de
ricino ni se le obligaba a hablar de Imperio. Aquí todo era felicidad en medio
de las montañas de escoria. Los trenes interminables llegaban de Alburquerque y
de Santa Fe y salían del fondo de la mina llenos de carbón. Era la única mina
del mundo en la que los trenes llegaban hasta el fondo mismo de la mina, donde
habíamos creado un andén. Los indios bajaban de Santo Domingo y de San Felipe y
de Cachita los domingos, y en primavera llegaban tribus de navajos nómadas. Y
nos vendían sus zapatillas de cuero cosidas por el interior y sus collares de
turquesa, y sus tambores barrigones y perfumados. De Taos bajaba el indio
Jeremías, Rey de Babilonia, desdentado, que nos contaba su match en el
Madison Square Garden de New York para el campeonato del mundo de los pesos
gallos, y que había participado en la guerra mundial en Francia. ¡Y las niñas se
vestían de blanco y se llenaban las manos de margaritas para oírle contar sus
historias!
THARSIS.- Y Ud., ¿qué hacía?
WICHITA.- Yo les enseñaba a los mineros, acostumbrados a
vivir en el fondo de la mina, acostados, con el martillo y el pico en la mano,
los pulmones apergaminados, que había un funámbulo que recorría los aires y
bailaba en un alambre. Yo era el titiritero.
THARSIS.- Tiene que enseñarme a estar solo... entre la tierra
y el cielo... andar por el alambre... ser el mejor... y que Madrid lo sepa... o
que por lo menos llegue el rumor.
DUQUE.- ¡Ya está bien! ¡Vámonos!
WICHITA.- Pero antes de que se vayan quiero mostrarles la
yema de la mina.
DUQUE.- ¿La yema?
WICHITA.- ¡Miren!
Wichita les lleva a un rincón. Les muestra varios negativos.
THARSIS.- ¿Qué son estos negativos?
WICHITA.- Son las radiografías.
THARSIS.- ¿Sus radiografías?
WICHITA.- De mis hermanos, de mis amigos, de mi padre.
THARSIS.- ¿Dónde están?
WICHITA.- (Indiferente.) Murieron en la mina o de la
mina. ¡Mírenlos!
DUQUE.- ¿Qué son?
WICHITA.- Son los pulmones.
THARSIS.- Están llenos de humo.
WICHITA.- No; están llenos de piedra.
THARSIS.- ¿Cómo de piedra?
WICHITA.- Es la silicosis.
THARSIS.- Pero con piedras en los pulmones estarían enfermos,
no podrían moverse.
WICHITA.- (Riéndose.) Eso dijo el médico a mi padre
cuando le quedaban unas semanas de vida: «No puede moverse». Y mi padre le
preguntó si podía fumar o beber y el médico le dijo que no podía hacer nada de
eso y entonces fue cuando mi padre le replicó: «Entonces, ¿por qué me dejó bajar
a la mina a los trece años?».
Wichita ríe a carcajadas. Tharsis le mira muy gravemente. El
Duque, de pronto, da una patada a uno de los caballos muertos que está en el
suelo.
DUQUE.- ¿Y esto?
WICHITA.- Es un caballo muerto, está momificado... Todo el
suelo en torno a la entrada de la mina está lleno de caballos muertos.
THARSIS.- ¿Por qué tantos? Era la Policía Montada, como en el
Canadá.
WICHITA.- Esto no era cine. Eran caballos sanos, percherones,
rebosantes de salud, nos los traían de Courcerault, cerca de Mortagne au Perche,
en Francia. Imagínese el viaje. En cuanto llegaban les metían en la mina y a
tirar día y noche de las vagonetas llenas de carbón. Y como vivían, trabajaban,
comían y dormían en el fondo de la mina, a los tres meses se volvían ciegos.
THARSIS.- ¿No podían subirlos?
WICHITA.- Hubiera costado demasiado. En el fondo de la mina
tenían sus pajares y sus caballerizas y sus galerías, en las que primero perdían
la vista y luego la vida. Cuando se cerró la explotación todos fueron
abandonados, pero algunos lograron subir hasta la boca de la mina, quizás
guiados por el aire, pero al llegar a la luz, ciegos en la ciudad desierta,
murieron. Aquí tienen los cadáveres momificados.
El Duque y Tharsis miran uno de los cadáveres, y en especial
la cabeza.
THARSIS.- ¡Cuántos hombres y mujeres en Madrid se encerraron
entre cuatro paredes a la llegada de los falangistas, temiendo por su vida;
cuántos se quedaron como cegarrutos y paralizados!
WICHITA.- Los falangistas, ¿qué es eso?
DUQUE.- (Furioso.) ¡Basta de recuerdos!
THARSIS.- Déjame el lujo de mi álbum abierto con sus heridas
confusas.
Ruido estrepitoso de tren.
Horas después
.
Tres pellejos de caballo avanzan.
Pellejos completos: patas, cabeza, rabo,
tripa, etc.
Dentro de los tres pellejos van Wichita,
Tharsis y el Duque. Se ven sus piernas y sus pies.
El Duque, cubierto por su pellejo, va al
reflector y envía la luz sobre Tharsis, que sigue bajo el pellejo del otro
caballo. Tharsis baila, iluminado por el Duque. Poco a poco emerge su cuerpo
bajo el pellejo del caballo. Baile emocionante y absurdo. Wichita por fin
aplaude, como al comienzo de la pieza. Tharsis está muy emocionado, a punto de
llorar.
Wichita se sube a la plataforma del
alambre.
Va a intentar andar de nuevo. En lo alto
de la plataforma hace unos cuantos ejercicios vestido de caballo, pero termina
por lanzar a lo lejos su pellejo.
El Duque redobla el tambor.
WICHITA.- (Parece inminente que ande sobre el alambre,
habla como un iluminado.) Ningún lujo... todo en mí es sucio, apolillado...
para fomentar el contraste. Mírenme: tengo los zapatos agujereados, la cara mal
lavada, el calzón cubierto de escorias de la mina, pero gracias al alambre, y a
su fiesta, voy a transformarme en el aliado de los ángeles, en el igual de la
muerte. La carbonilla va a transformarse en lentejuelas. Huélanme: apesto; pero
cuando ande sobre el alambre, mi cuerpo destilará los mil perfumes de la
Glorieta y de la Florida. Miren cómo la Virgen Inmaculada de los funámbulos va a
mantenerme como si fuera una pluma. Y sobre el alambre estaré solo.
DUQUE.- El artista siempre está solo.
THARSIS.- Calla.
Wichita se lanza al hilo. Y de nuevo cae
irremediablemente en tierra.
Wichita parece muy afectado. Pero de
pronto se yergue y, sacando fuerzas de flaqueza, proclama majestuoso:
WICHITA.- Madrid será la capital del mundo. El eslogan del
Estado era «De Madrid al cielo». Mi padre había sido minero, y el padre de mi
padre, y mis hermanos, y los hermanos de mis hermanos, y yo también; todos
bajábamos felices a la mina a los trece años. ¡Qué orgullo poder descender a lo
más hondo! ¡Cuántos murieron abrasados por el grisú, convertidos en unos
instantes en una hoguera con piernas! Pero nuestra fe en nuestra ciudad y en
nuestra mina era indestructible. Luchábamos por conseguir el récord de un millón
de toneladas de carbón. Bajábamos a las cinco de la mañana, una hora antes de
lo fijado, y sólo subíamos trece horas después, negros de pies a cabeza, pero
felices de haber contribuido al récord. Y los caballos, ciegos caían como
chinches, tal era el ritmo extenuante. Y yo, los domingos, en vez de descansar,
me instalaba frente a la oficina y hacía mi número de funámbulo.
DUQUE.- Me parece que esa montaña se mueve.
WICHITA.- Están ahí, desde hace veinte años, testigos del
pasado, esperando que la mina se abra de nuevo.
DUQUE.- Las crestas de las montañas de escorias se mueven, se
lo aseguro; lo veo perfectamente.
WICHITA.- Ve visiones. Es formidable, en cuanto se está en
Madrid, se ven espejismos. Los mineros también veíamos visiones maravillosas.
Cuántas veces, acostado en una grieta al fondo de una galería de tan sólo veinte
centímetros de alta, rodeado de agua, carbón, polvo y fango y delante de
mi nariz tan sólo la veta y el martillo picador, tenía la impresión de no
estar tumbado sobre la tierra dura, sino sobre una mujer desnuda que me
amarraba. Mi sexo se encajaba entre dos rocas y me sentía en el vientre de una
virgen blanquísima y dulcísima que me murmuraba: «No te salgas, no te retires:
quiero tener un hijo tuyo».
THARSIS.- Lo más importante para mí: Dígame ¿cómo me tengo
que maquillar para ser un auténtico funámbulo?
WICHITA.- Tiene razón: el hábito hace al monje.
THARSIS.- Dígame cómo.
WICHITA.- Maquíllese de una manera excesiva, bestial, hágase
ojos de cierva enamorada, píntese el pelo con hena, el poco pelo que le queda.
No olvide que va a ser, para los espectadores, una visión, un sueño.
THARSIS.- Ya me veo en el cielo de Madrid... la circulación
detenida, todo el mundo mirando hacia lo alto. Por fin. Los coches inmóviles,
los autobuses paralizados, los balcones abarrotados y todos preguntándose...
DUQUE.-
(Con sorna.)
¿Quién es ese loco?
WICHITA.- ¿Quién se atreve a coquetear con la muerte de esa
manera y por qué?
THARSIS.- Todos dirán: «Hay que ser libres como él».
WICHITA.- Todos le reconocerán.
THARSIS.- No es posible. Han silenciado mi nombre, me han
difamado. De mí, como de todos los que salimos, sólo se conoce una leyenda de
calumnias.
WICHITA.- ¡El choque será entonces mayor!
THARSIS.- ¡Libre, libre, inmensamente libre!
WICHITA.- Sí, todos soñarán con la libertad.
THARSIS.- Seré el hombre libre sobre los aires de Madrid.
WICHITA.- ¡El artista, el funámbulo, es la libertad!
THARSIS.- Viví toda mi infancia entre cárceles y cadenas, la
libertad era un sueño. Cuando era niño, la mitad de mi colegio había sido
habilitada en cárcel. Y cuando íbamos al recreo veíamos los cuerpos escuálidos
de los condenados a muerte tras las rejas. Cuántas veces en el colegio de San
Antón les oíamos gemir durante las clases y escuchábamos cómo les torturaban. Y
los Padres Escolapios, cuando esto sucedía, les insultaban tachándoles de rojos
y de asesinos. Todos los niños teníamos la familia diezmada por el odio. En mi
casa mataron a mi padre y a mi tío, y en la casa de mi amigo José a sus abuelos,
y a Mayoral, su padre y su madre, y a Eduardo, su padre, y a Luis, su padre
también. Y cuando en clase de Geografía se citaba la ciudad de Burgos, había
escalofríos, ¡tantos de aquellos niños tenían familiares en su presidio o habían
muerto en su paredón! Y fuimos creciendo con una sola idea: salir de Madrid, de
España, como Santa Teresa de Ávila, para conseguir la gloria.
DUQUE.- (Con sorna.) Ahora sólo sueñas con volver para
impresionar a los viejos republicanos que esperan, cándidamente, que un día
Madrid se vista de fiesta.
THARSIS.- Cállate, y mírame. (Hace un número de
prestidigitación con bolas.)
DUQUE.- (Hiriente.) Todo el mundo te ha visto hacer
ese número, es más conocido que el perro Paco.
THARSIS.- Todo el mundo menos Madrid.
DUQUE.- ¿Y qué coño te importa a ti Madrid? ¿Hasta cuándo vas
a calentarme la cabeza con Madrid? Tú ya no eres español realmente. Llevas
veinte años fuera... ya ni lo reconocerías. Tienen razón ellos cuando te llaman
antiespañol, eres la anti-España.
THARSIS.- Cállate o te deshago. ¿Cómo te atreves a defender
las calumnias de mis enemigos?
DUQUE.- ¡Enemigos! ¡Te ignoran!
THARSIS.- Como ignoraron a Picasso y a Casals.
DUQUE.- No te compares.
THARSIS.- No me comparo.
DUQUE.- Picasso y Casals eran la anti-España, según ellos...
y ya ves lo que han hecho a su muerte. Se han precipitado sobre sus cadáveres,
los han recuperado y los han reivindicado. Y Madrid se llenó de luces para
ellos.
THARSIS.- Madrid es una ciudad muerta, sin luces y sin
habitantes. Madrid es una ciudad fantasma.
DUQUE.- Un día te morirás... y la prensa de... tus (con
sorna) «enemigos» hablará por fin de ti. Todos los periódicos contarán tu
vida, a su manera, y dirán que eras el mayor prestidigitador de la historia, el
que mejores ejercicios de aros y de bolas hizo nunca... y que gracias a ti,
España, su España «de ellos», es grande... y como ya no podrás decir nada, ni
para defenderte ni para molestarles, porque tendrás tres metros de tierra sobre
tu panza, te venerarán.
THARSIS.- Cállate.
DUQUE.- «Cállate, Barrabás», ¿no es eso? Te conozco muy bien
y sé cuándo no quieres oír verdades que no te apetecen.
THARSIS.- Cállate, o me entierro aquí mismo con los caballos,
en el fondo de la mina, para que nadie sepa ni siquiera que he muerto, para que
nadie pueda utilizar mi muerte.
DUQUE.- Los prestidigitadores que se quedaron en España ya
los ves: célebres en Madrid, conocidos, amados, premiados... Ocupan el lugar que
tú deberías ocupar sin complejo ninguno, sin levantar el más mínimo dedo,
naturalmente, porque cesen las campañas contra ti... Y además están preparados
por si un día sobreviene un hipotético cambio; ese día serán los primeros en
proclamar que han batallado tanto y cuanto para combatir la situación. Serán los
primeros en condenar a los hombres que hoy les premian y les corrompen... Y a ti
ese día te considerarán como un vago que sólo supo hacer una cosa: escoger la
solución más sencilla: el exilio.
THARSIS.- Dime que no lo crees.
DUQUE.- Pues claro que lo creo, y a pies juntillas.
THARSIS.- Pero tú sabes lo que cuesta vivir en el exilio, lo
que se sufre, qué dolor tan grande.
DUQUE.- No seas melodramático... Tu Madrid, tu viejo Madrid,
sus calles, sus paseos, el Ateneo, el caserón de San Bernardo...
THARSIS.- No te rías de mí.
DUQUE.- Además, observa lo que sucede: todos, uno tras otro,
vuelven con mejores o peores razones.
THARSIS.- Pues si sólo queda uno que no comulga con el
oprobio, yo seré ése.
DUQUE.- ¡Las grandes palabras! «Et s’il n’en reste qu’un, je
serai celui-là.» Víctor Hugo, y no Tharsis.
THARSIS.- No me zahieras.
DUQUE.- Sí, serás el único dentro de poco, el único y el
último... pero un buen día morirás, ¿sabes de qué?
THARSIS.- ¿De qué?
DUQUE.- ¡De puro viejo! Olvidado... Me pregunto si aún les
interesará recuperarte.
THARSIS.- Hay cientos de miles como yo, somos la mayoría. Es
Madrid la que está desierta.
Llega Wichita con un libro.
WICHITA.- Este libro es mi libro, nadie podrá leerlo nunca.
Pero yo le daré a conocer alguno de sus pasajes. Gracias a ellos podrá andar
sobre el alambre.
THARSIS.- Dime, Duque de Gaza, que no crees en nada de lo que
me has dicho.
DUQUE.- (Muy falso.) Tharsis, no creo en nada de lo
que he dicho.
THARSIS.- Dímelo mejor.
DUQUE.- (Furioso, muy rápidamente.) No creo en nada de
lo que he dicho. Estoy harto de ti. Me voy a buscar oro.
THARSIS.- Me dejas ahora, así, aquí, ahora que nos buscan y
que están dispuestos a matarnos.
DUQUE.- No han llamado. Me voy: voy a llenarme los bolsillos
de pepitas de oro.
WICHITA.- Esta región está llena. Y nadie lo ha encontrado
aún. Los primeros españoles que llegaron, «los conquistadores», un grupo de
chiquilicuatros de Ciudad Rodrigo y su región, vinieron sólo para buscar ese
oro... y encontraron tan sólo turquesas. ¡Cuántos murieron! Santa Fe y Madrid
fueron fundadas por un grupo de hombres que perdieron a la mayoría de sus
compañeros en la travesía del desierto. En recuerdo de ellos, a la región
situada entre Socorro y Alamogordo se la llama La jornada del muerto.
DUQUE.- ¿Dónde hay una mula?
THARSIS.- (Patético.) No te vayas o, si te vas,
llévame contigo... yo seré tu mula. Y de una coz descubriré un filón de oro. En
todos los bares de Nuevo México me darán cerveza gratis por jofainas.
WICHITA.- (Con el libro en la mano, a lo suyo.) En
realidad nada se puede enseñar para ser funámbulo... todo tienes que aprenderlo
por ti mismo. Cuando los indios de San Lorenzo bailan, lo hacen sin haber
ensayado ni una sola vez. Pero todos los años bailan de nuevo las danzas del año
precedente. Los niños participan también, y los más pequeños, como es la primera
vez en sus vidas que tienen que danzar, ni saben cómo hacerlo, ni qué lugar
tomar entre el complicado arabesco de sus mayores. Nadie les dice nada, nadie
les corrige cuando se confunden, o cuando llenos de confusión no saben qué
hacer... Pero al año siguiente serán capaces de mantenerse algo mejor, y así
hasta que logran coger el ritmo y el movimiento.
THARSIS.- Aprenderé a ser funámbulo como el niño indio
aprende a bailar.
Ruido estrepitoso. Pasa el tren.
Wichita parece aterrado.
WICHITA.- ¿Han oído? ¡No es posible! ¿Es un tren?
DUQUE.- Pues es la tercera o cuarta vez que pasa.
WICHITA.- No es cierto.
DUQUE.- ¡Con el escándalo que arma!
WICHITA.- La línea férrea hace dos decenas de años que no se
usa... La mina está abandonada.
DUQUE.- Lo que no cabe duda es que el tren pasa.
WICHITA.- No pasa... se ha metido en la mina... Como hace
veinte años.
DUQUE.- ¡Cállese!
Silencio.
Es cierto. Se diría que está bajo nuestros pies.
WICHITA.- No puede ir nada más que al fondo de la mina... es
el único camino. ¡Tengo miedo!
DUQUE.- Un tren... que va a una mina desierta, es una
historia de locos.
WICHITA.- (Asustadísimo.) ¿Pero qué puede hacer en el
fondo de la mina?
DUQUE.- Ud. sabrá.
Los tres se miran asustadísimos. Lentamente, el tren se pone
en marcha, como si saliera del fondo de la tierra... y luego pasa a toda
velocidad en dirección opuesta.
¡Qué velocidad!
THARSIS.- ¿Has visto?
DUQUE.- ¿Qué había que ver?
THARSIS.- Esta vez iba cargado.
DUQUE.- Ya me he dado cuenta.
THARSIS.- Me ha parecido que... iba cargado de esqueletos...
o de muertos.
DUQUE.- Eso es lo que también me ha parecido a mí.
WICHITA.- ¿Pero quién los ha cargado?
DUQUE.- La verdad es que no vi ningún maquinista. ¡Todo fue
tan rápido!
THARSIS.- Mira, junto a la oficina de correos hay un
esqueleto.
DUQUE.- ¡Es el bulto que cayó del tren!
WICHITA.- Otro presagio.
DUQUE.- ¿De qué presagio habla?
WICHITA.- Yo sé lo que me digo.
THARSIS.- ¡Qué recuerdos! Íbamos al cementerio por las
mañanas y a veces llegábamos a ver a los que habían fusilado la noche anterior y
que los enterradores aún no habían enterrado. Un día mi amiguito Teodoro
Morollón preguntó: «¿Dónde van a meter tantos muertos?». Y el enterrador dijo:
«Bajo la tierra», sencillamente, y Teodoro aún le preguntó: «¿Bajo las
flores...?». Y el enterrador se lió un pitillo sin responderle... Sólo ahora me
doy cuenta de lo que vieron mis ojos entonces.
DUQUE.- No empieces con lo de que Madrid es un desierto lleno
de cadáveres.
WICHITA.- (A lo suyo.) Estos son los muertos de la
mina, los que nadie pudo bajar a rescatar, y ahora, ya ven, los esqueletos
resbalan hasta el andén y caen en los vagones del tren. Qué ironía: el tren que
viene a por carbón sólo puede cargar esqueletos o cadáveres de mineros.
DUQUE.- No le creo.
WICHITA.- Y no sólo los esqueletos y los cadáveres de los
mineros, también los restos de los indios que mataron los conquistadores, y las
cenizas de los conversos que quemó la Inquisición y los esqueletos de los hijos
y de los nietos de los conquistadores que «masacraron» los anglos al llegar, y
por último los esqueletos de los mineros que murieron para batir el récord de
toneladas de carbón. Durante siglos en esta región ha habido millones de muertos
cuyos nombres no figuran en ningún arco de triunfo ni en ningún libro de
historia, millones de muertos sin sepulturas.
DUQUE.- Aquí también huele a carroña.
THARSIS.- Como en Madrid.
WICHITA.- Que nadie insulte a Madrid. No digan que aquí huele
a carroña: aquí huele a un carbón que tiene la fragancia del nardo y de la
amapola.
DUQUE.- Llama por teléfono.
THARSIS.- ¿Otra vez?
DUQUE.- Hay que amenazarles, que se acojonen.
THARSIS.- Me dirán como siempre: que están pensando cómo
resolver el caso.
DUQUE.- No se trata de pensar... Tienen que estar convencidos
de que estamos dispuestos a todo, a matar.
THARSIS.- Visiblemente, ganan tiempo.
DUQUE.- Terminarán haciendo lo que exigimos.
THARSIS.- Sería la primera vez.
DUQUE.- ¡Seremos sanguinarios!
THARSIS.- Cuéntale a Wichita cómo vivías, cuéntale cómo
tenías un «haiga» que te venía a buscar por las mañanas para llevarte al
colegio, cuéntale que tenías una casa con trece criados, cuatro jardineros, tres
chóferes y una fuente de champán, cuéntaselo.
DUQUE.- Sí, ¿y qué?
WICHITA.- Nosotros también, en la mina... si hubiéramos
querido hubiéramos tenido eso y más.
DUQUE.- (A Tharsis.) El viejo está como una regadera.
WICHITA.- Le he oído.
DUQUE.- Era una broma.
WICHITA.- ¿Por qué no me respeta?
THARSIS.- No le haga caso: no respeta nada.
DUQUE.- No sea susceptible.
WICHITA.- Voy a enseñarle a respetarme... Mire... ¿ve los
cuervos?
DUQUE.- ¿Qué cuervos?
WICHITA.- En las crestas de las montañas de escorias.
DUQUE.- Hay carbonilla.
WICHITA.- No; hay cuervos y buitres.
DUQUE.- Le repito que sólo hay polvo de carbón y escorias.
WICHITA.- ¡Y Ud. es un hombre joven! ¡Y no ve lo que hay en
las crestas! ¿Se acuerda que dijeron que las crestas se movían...? Mire con
estos prismáticos.
Saca unos prismáticos polvorientos. Duque se los calza.
DUQUE.- Es increíble. (Escudriña la montaña con los
prismáticos.) ¡Fabuloso! La cima está llena de cuervos y de buitres; unos
junto a otros, pegados, ala contra ala, expectantes... y se diría que miran
hacia aquí.
WICHITA.- (Magnífico.) Me miran a mí, esperan la
señal.
Tharsis le coge al Duque los prismáticos y observa las
colinas.
THARSIS.- Es cierto... Hay miles de pajarracos...
observándonos.
WICHITA.- No se asusten, no nos harán nada... pero están un
poco defraudados, los pobres.
THARSIS.- ¿Por qué?
WICHITA.- Porque no pude andar en el alambre.
THARSIS.- Se diría que esperan una señal para lanzarse sobre
nosotros...
WICHITA.- Los tengo amaestrados, me obedecen. ¡Pájaros! Oídme
bien. Cómo me miran, qué cariñosos son los pobrecitos; ¡animalitos! Oídme bien:
daros una pasadita por aquí.
Ruido violento de pájaros volando. La
escena se puebla de las sombras amenazadoras de los buitres.
El Duque y Tharsis parecen
asustadísimos.
THARSIS.- Nos van a devorar.
WICHITA.- (Casi chocheando.) ¡Qué pichoncitos, os voy
a hacer unas gachas! ¡Ya estáis haciendo el oso!
THARSIS.- ¡Que se marchen!
Wichita saluda cariñosamente a sus
pajarracos.
Por fin les hace gestos de que se
marchen.
El ruido de aleteo cesa.
WICHITA.- Siempre tan cariñosos y tan obedientes. Lo paso
pipa con ellos. Cuando durante el día el sol calienta demasiado les pido que me
hagan sombra, y dicho y hecho. Se lanzan en escuadrillas inmóviles, hacen el
helicóptero, y yo tan pancho, bajo ellos. Y ellos se refocilan haciendo el nota.
¡Entre los buitres no hay ningún berzas, se lo garantizo!
DUQUE.- Pero, ¿qué esperan?
WICHITA.- Mírelos: son los guardianes de la mina. Los mapas
dicen que es una ciudad fantasma. ¡Qué divertido! Olvidaron los cuervos, los
buitres, los esqueletos de los mineros y los caballos ciegos. Aquí hay una
población flotante que me río yo de los pájaros de colores. Sin contar los
incontables, y sin exagerar a lo bestia, yo calculo, por lo bajini, que hay aquí
en estos momentos una población de más de treinta millones de seres.
THARSIS.- España tiene ahora también más de treinta millones
de seres... y Madrid más de tres millones.
DUQUE.- Tres millones de muertos.
THARSIS.- Tres millones de amordazados... es peor que estar
muerto.
WICHITA.- Ninguno de los esqueletos está amordazado. Que
nadie insulte a los mineros muertos.
THARSIS.- Que nadie insulte a los mártires de Madrid. No
pasarán.
WICHITA.- Tenga un detalle con los cuervos, son como grandes
niños: cualquier cosa que se les hace les encanta. Ud. es un artista.
DUQUE.- (Con sorna.) Hazles un número de trapecio,
pero ponte gafas de soldador, no vaya a ser que se quieran tomar un aperitivo
con tus ojos.
THARSIS.-
(A lo
suyo.) Todos los madrileños, como un
solo hombre, salieron a la defensa de Madrid contra un ejército mil veces
superior. Durante años resistieron cercados al grito de «más vale morir de pie
que vivir de rodillas». ¿Te das cuenta?: tres años contra un ejército moderno;
ellos que sólo tenían fusiles de caza, contra la aviación nazi; ellos que sólo
contaban con palomas mensajeras, contra los tanques más vandálicos; ellos, que
sólo contaban con hondas de pastor.
DUQUE.- (Con sorna.) Y luego les tocó vivir
amordazados.
THARSIS.- Madrid se quedó sin habitantes, sin vida, como un
corazón que no respira ni palpita. Sus mejores hijos en prisión, o en exilio, o
amordazados.
DUQUE.- (Irónico.) Y ahora te esperan a ti, ¿no es
eso?
THARSIS.- Andaré, para ellos, sobre un alambre. No te rías. Y
me maquillaré de una manera ultrajante, los coloretes resbalarán por mis
mejillas y el rímel de mis cejas. Y así, absurdo y cubierto de arco iris, andaré
sobre el alambre y sobre sus cabezas. Y mis ojos rasgados de pintura y mis
mejillas cubiertas de polvo serán mi reluciente guardarropa. Y todos sentirán
que, en lo alto, la libertad elimina los ganglios y la frontera.
WICHITA.- En el alambre Ud. estará solo.
THARSIS.- Solo como el artista, desafiando los peligros y la
amenaza y casándose con la muerte. Con toda modestia le digo que seré capaz de
todas las audacias. Estaré infinitamente solo e infinitamente libre en lo alto
de un alambre que será mío, que me pertenece desde el comienzo de la vida. Me
gustaría ser el poeta en los aires.
WICHITA.- Sus gestos en el aire provocarán ideas convulsivas
y grandiosas o miserables y mezquinas. ¿Sabe que el público me dijo muchas veces
que tenía la impresión de que no era el artista el que iba sobre el alambre,
sino la muerte?
THARSIS.- Yo soy un muerto para ellos, un cadáver insultado.
WICHITA.- Es muy importante el traje; el calzón señalará su
miembro y su trasero para que, cuando sus nalgas se cierren durante el
ejercicio, los espectadores tengan la impresión de que atenazan sus almas. Su
musculatura la pondrá de relieve el calzón, donde tensos y duros aparecerán en
relieve sus cojones y la forma de su sexo.
THARSIS.- Sudo mucho.
WICHITA.- Muy bien; los espectadores tienen que sentir el
olor de su cuerpo en el esfuerzo que precede al orgasmo. Y cuando haga los
ejercicios más difíciles, como acostarse sobre el alambre o sentarse sobre una
silla que sólo está posada en la cuerda por dos de sus patas, el público sentirá
las gotas de sudor que caen de lo alto como estrellas de vida. El público, los
espectadores, pasivos, como mirones, le llevarán en andas y volandas hasta el
beso que lanzará el relámpago que hierve sobre su vientre enhiesto.
DUQUE.- Basta ya de soñar. (A Tharsis.) ¿Has vuelto a
llamar?
THARSIS.- Sí. Ya te dije que lo he hecho.
DUQUE.- Insiste.
THARSIS.- Les trae sin cuidado que te mate. ¿Me oyes?, les
trae sin cuidado que te mate.
DUQUE.- (Ríe.) Dios, Patria y Familia.
(Ríe acerbo.)
Ruido infernal. El tren va al fondo de
la mina, como ya sabemos.
WICHITA.- El tren de nuevo. ¡Pasmoso!
DUQUE.- ¿Qué hace?
WICHITA.- ¿Quiere verlo?
DUQUE.- Sí.
WICHITA.- Mire por esta trampa. Con ayuda de los prismáticos.
(Abre una compuerta en el suelo.) ¿Lo ve?
DUQUE.- ¿Dónde está?
WICHITA.- Ha bajado al fondo de la mina.
DUQUE.- ¿Lo que veo es el fondo de la mina?
WICHITA.- De donde partían todas las galerías.
DUQUE.- Los cadáveres están cayendo sobre los vagones... y
también los esqueletos... No comprendo... ¿Pero quién los echa en los vagones?
WICHITA.- ¡Caen solos!
DUQUE.- ¿Pero quién conduce este tren?
WICHITA.- Nadie. (Ríe.) Es el verdadero tren fantasma.
Duque dirige los prismáticos ahora hacia las colinas de
escoria.
DUQUE.- Mira, Tharsis.
THARSIS.- ¿Ves los cuervos?
WICHITA.- Están impacientes, excitados. El tren les ha sacado
de sus casillas. ¡Son como niños!
Ruido infernal.
El tren pasa de nuevo en la dirección
opuesta: sale de la mina.
DUQUE.- Insiste. (A Wichita.)
DUQUE.- ¿Dígame, quién envía los trenes, quién los conduce?
¿Por qué caen los cadáveres?
Wichita le mira largo tiempo.
Por fin sonríe inquietantemente. Se
vuelve de pronto hacia Tharsis y le pregunta.
WICHITA.- ¿Se le pone dura?
THARSIS.- Seré una raíz sobre el alambre, entre el océano y
la herencia.
WICHITA.- Se le tiene que poner dura, durísima para sí
mismo... porque tendrá la necesidad de darse a sí mismo por el culo. Tiene que
enamorarse de su cuerpo erguido y de su calor y de sus cojones que hierven.
THARSIS.- También seré una puta.
WICHITA.- Una puta y también el amor loco.
THARSIS.- Soy tan pequeño, tan escuchimizado, tan humilde,
tan frágil, tan inferior a los otros. Mirarme en un espejo es un dolor infinito;
cuando paseo, evito las calles donde hay grandes vitrinas con enormes espejos
que me reflejan. Siempre fui el más pequeño, el más feo, siempre fui inferior a
los demás.
WICHITA.- Es su sangre, su sexo y su esperanza lo que
cuentan. El funámbulo debe ser durante el día el más asqueroso, sucio, viejo y
repelente de los hombres, para transformarse cuando cae la luz del reflector
sobre su figura y cuando sus lentejuelas se agitan, y cuando sus soles de
pacotilla y sus strass desnutridos se vuelven espejos, olas, estrellas,
astros, palomas mecánicas, espaldas desnudas, planetas y dioses de la creación.
THARSIS.- Mire lo que puedo hacer en el trapecio.
WICHITA.- No lo haga por mí, hágalo por los pajarracos de
buen agüero. Los buitres y los cuervos son los animales más sensibles de la
tierra. Por ello se alimentan de cadáveres; rinden un último homenaje al muerto
que nosotros sólo queremos enterrar bajo la tierra cuanto antes. Su pasión
necrófila es una de las más exaltantes y desinteresadas formas del amor.
THARSIS.- A vosotros (con mucha solemnidad), cuervos y
buitres, plantados impávidos sobre estas montañas de carbonilla, os dedico estos
ejercicios de trapecio.
DUQUE.- (Impaciente.) Lo que faltaba.
Tharsis hace unos ejercicios de
trapecio.
El Duque, finalmente, le ilumina con el
reflector.
Cuando Tharsis cae a tierra, hace un
baile extraordinario, como si él mismo fuera un pajarraco.
Suena el teléfono.
Tharsis cesa inmediatamente de bailar.
El Duque y Tharsis se precipitan hacia
la maleta.
Sacan de ella el teléfono.
THARSIS.- ¡Allô!
DUQUE.- Dile que no aceptas ni una hora más... que ya has
dado suficientes plazos.
THARSIS.- ...Una hora... una hora tan sólo. Y es el último
plazo... La ejecución… le mataremos entonces. (Al Duque, tapando el
micrófono.) Es tu padre.
DUQUE.- Dile que voy a hablarle.
THARSIS.- Su hijo va a hablarle.
DUQUE.- Soy yo... sí, tu hijo... Me matarán dentro de una
hora si las autoridades de Madrid no hacen lo que piden... estoy amarrado día y
noche... sufro de una manera atroz... no me puedes dejar así... me han cortado
una mano... sí, una mano... cortada... me han cortado una mano... son una banda
dispuesta a todo... haz tu deber... tú puedes lograr lo que te piden... dentro
de una hora me matarán si no haces algo... Si no me salvas, eres un cabrón.
(Cuelga brutalmente.)
WICHITA.- El cabrón es Ud.
DUQUE.- Ud. no entiende.
WICHITA.- ¡Tratar así a su propio padre!
DUQUE.- Mi padre tiene sus manos cubiertas de sangre, sus
castillos de Salamanca fueron reconstruidos por los presos políticos que caían
como chinches. Toda su fortuna la ha rehecho a fuerza de crímenes.
WICHITA.- Pero al fin y al cabo es su padre; la sangre de su
sangre.
DUQUE.- Nada tengo que ver con él; tendría que haberle herido
más profundamente. Hubiera tenido que decirle, por ejemplo, que soy marica: eso
sí que le hubiera escocido.
WICHITA.- ¡Hubiera sido capaz de inventar esa mentira para
herir a su padre!
DUQUE.- Precisamente él, que proclamaba que había que colgar
de lo alto de la catedral a todos los «invertidos», como él decía.
THARSIS.- Pues menudo cálculo... seguro que le prefiere
muerto a marica.
DUQUE.- Nada tengo que ver ni con él, ni con su casta, ni con
sus crímenes.
WICHITA.- (Saca un libro bastante grande y muy manoseado.)
Aquí está mi libro.
THARSIS.- ¿Qué libro?
WICHITA.- El libro que he escrito para enseñar a ser
funámbulo. (Lo hojea.) Léalo. Mire los dibujos.
THARSIS.- Me los aprenderé de memoria.
Wichita se recoge un momento y luego, muy dramáticamente,
proclama:
WICHITA.- Oíganme, un día, quizás pronto, moriré, y ese día
ya no quedará ningún ser vivo en Madrid. Ese día les ruego que echen mi cadáver
al fondo de la mina para que cuando venga el tren fantasma recoja mi cadáver.
Échenme por ese pozo. (Señala un pozo a la derecha.)
THARSIS.- Ud. no morirá nunca.
WICHITA.- Y no olvide: odie como odia ahora... sólo así podrá
ser un gran poeta del alambre.
THARSIS.- No odio nada.
WICHITA.- Sí, odia tu Madrid, tan distinto del mío. Me voy a
dar de comer a los cuervos. (Sale Wichita.)
THARSIS.- No ha comprendido que sólo sé querer, amar, y que
amo con un amor inmenso la justicia y la libertad.
DUQUE.- (Irónico.) Viva la libertad, tra-la-lá.
THARSIS.- Mamacallos y zampabollos.
DUQUE.- ¿Por qué no cuentas cómo a cuatro patas...?
THARSIS.- Cállate.
DUQUE.- Hablas de amor... y sólo sueñas que tu sexo entra en
cualquier orificio para humillarlo.
THARSIS.- Cállate.
DUQUE.- Hablas de libertad, y sólo sueñas con azotar y
torturar a mujeres, cuyo único crimen es el de ser más altas y más bellas que
tú.
THARSIS.- No sabes de lo que hablo.
DUQUE.- Juegas a los poetas, cuando sólo piensas en el
esperma.
THARSIS.- Nunca has comprendido nada.
DUQUE.- Eres tú el que nunca has comprendido nada, y sobre
todo no te has comprendido a ti mismo. Te has pasado la vida sodomizando moscas
y dando por el culo a pobres muchachitas que tenían el atractivo para ti de ser
inocentes y puras.
THARSIS.- ¿Has terminado?
DUQUE.- Daba gusto oírte hablar de «tu novia», a la que
chupabas y mordías «un poquito», como le decías al viejo.
THARSIS.- Y es cierto, la chupaba y sentía una fragancia en
la boca infinita, y al morderla mi alma se alimentaba.
DUQUE.- Pedazo de cerdo... Y si te hemos de creer, dejaste de
chuparla y morderla porque su fragancia se transformó en pestilencia... Cuando
en realidad a la pobre chica la torturaste hasta casi matarla por tu propio
placer.
THARSIS.- No te permitiré que me insultes.
DUQUE.- Eres un hombre de ayer.
THARSIS.- Tenemos la misma edad (el Duque ríe) más o
menos.
DUQUE.- Aunque fuera cierto, eres un hombre trasnochado. ¿Y
sabes por qué? Porque no sabes llamar a las cosas por su nombre.
THARSIS.- No soy una bestia como tú.
DUQUE.- Tienes la noción de pecado metida hasta el meollo de
la sangre. Los curas españoles y los fascistas de Madrid han hecho de ti, por
mucho que te rebeles contra ellos, un ser a su imagen y semejanza.
THARSIS.- ¿Cómo te atreves?
DUQUE.- ¿Cuándo vas a poder al fin vivir con tu sexo, con tu
polla, sin problemas? ¿Cuándo llegará el día y la hora en que el orgasmo no sea
para ti un caso de conciencia y tus apetitos sádicos dejen de ser un secreto
encerrado en la trastienda oscurísima de tu cerebro?
THARSIS.- Mi vida íntima no tengo por qué revelarla a los
demás.
DUQUE.- No se trata de revelación. Tu vida sexual no interesa
a nadie; sólo debe interesarte a ti.
THARSIS.- Me voy para siempre.
DUQUE.- No te irás.
THARSIS.- ¿Cómo que no me iré?
DUQUE.- ¡Como que no!
THARSIS.- ¿Y quién me lo impedirá?
DUQUE.- Yo.
THARSIS.- ¿Y cómo?
DUQUE.- Por la fuerza.
THARSIS.- Atrévete.
DUQUE.- Claro que me atrevo.
THARSIS.- Se acabó.
DUQUE.- ¿Y qué me dices de la chica a la que marcaste la
letra T, de Tharsis, tu nombre, con un cigarrillo ardiendo? ¿Y de la marquesita
que...?
THARSIS.- Se terminó.
DUQUE.- Te haré salir de ti mismo.
THARSIS.- Óyeme bien, mírame bien, me controlo: estoy harto
de ti; te he seguido en todo pero ya no te seguiré más; no soy tu perrito
faldero.
DUQUE.- Sí que me vas a seguir... porque me has convencido.
Tus sueños delirantes me contagian, ya ves. Y ahora soy yo el que quiero que
atravieses la Puerta del Sol, de la Telefónica a la Dirección General de
Seguridad, sobre un alambre, a cientos de metros sobre el asfalto, arriesgando a
cada instante que te rompas la crisma.
THARSIS.- No lo haré.
DUQUE.- Estaba seguro de que todo no eran sino palabras...
pero lo harás, como has hecho todo.
THARSIS.- Duque de Gaza, he pasado por todo, pero me hablas
en unos términos que toda relación entre nosotros debe cesar.
DUQUE.- ¡Qué bonito! Tú, el hombre que sueña con liberar
Madrid y que encadena a sus amoríos para pegarles...
THARSIS.- Puedes decir lo que quieras.
DUQUE.- Ahora te asustas de tus propios sueños.
THARSIS.- Prefiero no oírte más.
DUQUE.- Prefieres volver a tu exilio dorado y obligar a las
niñas de buena familia a que te digan: «Me gusta tu nabo», o «quiero chupártela
hasta la garganta».
THARSIS.- Te prohíbo que digas esas palabras tan soeces.
DUQUE.- Yo no las conocía. Te las he oído.
THARSIS.- ¿No te da vergüenza espiarme?
DUQUE.- La próxima vez cierras mejor la puerta.
THARSIS.- Quitas la poesía a todo.
DUQUE.- ¿Cuándo vas a dejar de ser un hipócrita?
THARSIS.- Terminemos cuanto antes, ¿qué quieres que haga aún?
DUQUE.- Lo mejor.
THARSIS.- ¿No te parece bastante con que te haya raptado,
entre comillas, en París y esté aquí en medio de Nuevo México chantajeando a las
autoridades españolas?
DUQUE.- Fue una idea mía.
THARSIS.- Pues eso digo.
DUQUE.- En realidad te obligué a hacer algo que deseabas,
pero que no te atrevías a hacer.
THARSIS.- Siempre he estado en contra de esta aventura
grotesca, que desacredita las nobles ideas de libertad y justicia que siempre he
defendido.
DUQUE.- Tus ideas de hace cien mil millones de años… ¡qué
digo de años!, de siglos.
THARSIS.- Un día se sabrá la verdad... y mi reputación...
DUQUE.- Tu reputación te la puedes meter en el culo si entre
tanto el gobierno de Madrid hace lo que le pedimos.
THARSIS.- No lo hará.
DUQUE.- ¿Ése es tu optimismo revolucionario?
THARSIS.- Soy realista.
DUQUE.- ¡Y eres tú el que me hablabas del derecho a la
utopía!
THARSIS.- Tu padre permitirá que te maten, que te torturen,
que te corten en rodajas, que te arranquen los ojos o que te echen ácido
sulfúrico en los sesos, antes de hacer el más mínimo gesto que pueda poner en
peligro sus privilegios y los de sus compinches.
DUQUE.- Entonces, ¿por qué me «raptaste»?
THARSIS.- Porque me lo exigiste.
DUQUE.- Tú no conoces nada de la gente a la que atacas; para
ti no son nada más que criminales de guerra, bárbaros, fascistas... Es decir,
palabras... Yo les he conocido de cerca... he vivido en sus casas... he comido
en sus salones.
THARSIS.- Puesto que eres el hijo predilecto de tu padre.
DUQUE.- Hay que imaginarles en sus vidas cotidianas, llenas
de contradicciones... pero a fin de cuentas dirigidas hacia un único e
implacable objetivo. Les he visto llorar viendo un drama en la televisión, dar
una limosna a un pobre, acariciando a un perro o dando un caramelo a una niña,
pero se muestran como robots sanguinarios cuando se atacan sus valores
esenciales. Lo que no has comprendido es que en gentes como mi padre no hay
odio, sino eficacia: sin crueldad mental, sin recrearse en ello, adoptará la
decisión que pueda servir mejor a sus intereses, cueste lo que cueste y caiga
quien caiga.
THARSIS.- Estoy harto de oírte.
DUQUE.- Me vas a obedecer y vas a ir a Madrid para ser el más
extraordinario funámbulo del mundo. Vas a hacer vibrar a Madrid.
Entra Wichita.
En la mano lleva un bote y un velo
blanco.
Lanza unos besos nostálgicos a sus
buitres.
WICHITA.- ¿Qué dice aquí? Yo no puedo leer de cerca.
DUQUE.- Tráigalo. (Lee.) «Jonás, el mejor alimento
para su perro.»
WICHITA.- ¡Ah!
THARSIS.- ¿Qué significa?
DUQUE.- ¿Come Ud. estos botes?
WICHITA.- ¿Quién lo ha traído aquí? ¿Han sido ustedes?
THARSIS.- Desde luego que no.
WICHITA.- Estaba junto a la vía.
THARSIS.- Lo habrán traído los buitres.
DUQUE.- (Irónico.) Un buitre llevando un bote de
comida para perro.
THARSIS.- Pues no lo habrá traído el Espíritu Santo.
WICHITA.- Están sucediendo cosas muy raras.
DUQUE.- Me parece que ha sonado el teléfono.
THARSIS.- No, no he oído nada.
DUQUE.- Se oyen voces.
THARSIS.- La radio está encendida.
Tharsis y el Duque van a la maleta. Sacan la radio, manejan
los botones.
Ponla más fuerte... no oigo nada... un murmullo.
DUQUE.- Son las ondas cortas...
Murmullo de voces en la radio.
(Muy atento.)
Me parece que captamos una conversación entre dos
comisarías de policía.
THARSIS.- Sintonízala mejor.
Murmullo. Luego voces con bastante ruido
de fondo.
Incomprensible. Por fin, más claro:
Voz 1.- ¿Me oyes, Jericó? Soy Neptuno. Se han refugiado en la
entrada de la mina de carbón de Madrid.
Voz 2.- Neptuno, aquí Jericó: ¿pero qué podemos hacer
nosotros? No es asunto nuestro.
Voz 3.- Aquí el Parnaso, hablo a Jericó y a Neptuno: el
gobierno de Madrid ha pedido que les matemos, que enviemos un helicóptero y les
achicharremos desde lo alto.
Voz 1.- Soy Neptuno, hablo a Parnaso: ¿Washington está de
acuerdo?
Voz 3.- Habla el Parnaso: Washington O. K. cien por cien.
Enviad vuestros mejores agentes.
De nuevo los ruidos de fondo se vuelven
más fuertes.
No se oye el resto de la conversación, a
pesar de los esfuerzos de Tharsis y el Duque.
THARSIS.- Nos han descubierto.
DUQUE.- Y nos van a liquidar.
THARSIS.- No estamos en España.
DUQUE.- Mi padre tiene el brazo muy largo y relaciones en
medio mundo.
THARSIS.- ¿Y está dispuesto a sacrificarte?
DUQUE.- Como en Attica y en tantos sitios. Además es una gran
tradición de la historia, que comienza con Abraham, pasa por Tarifa y termina
con el general Moscardó en Toledo. El «padre héroe» que sacrifica la vida de su
propio hijo a la mayor gloria de los valores eternos. Le darán una nueva
condecoración.
THARSIS.- En realidad es la esencia de la infantería: los
infantes, es decir, los niños, en primera fila de combate mientras que los
padres en la retaguardia hacen los planes de las batallas.
DUQUE.- No te pongas romántico.
THARSIS.- ¿Seguro que se referían a nosotros?
DUQUE.- ¡Vaya pregunta!
WICHITA.- Nunca he comprendido estas radios. El patrón de la
mina, que era al mismo tiempo el alcalde de Madrid y el propietario del
supermercado-cooperativa de los mineros, nos regaló a todos una radio, una para
cada uno. Además una emisora de Madrid que se llamaba Radio Agamenón, y en la
que los domingos por la mañana su mujer nos daba una charla religiosa.
DUQUE.- Todo quedaba en casa. También tenían cine.
WICHITA.- Entre el taller de reparación de vagones y la
carpintería había una sala de proyección de películas que el patrón de la mina
había bautizado con el nombre de «El Templo de Jehová». Los domingos por las
tardes, antes de la película, yo hacía mi número de funámbulo por encima de la
vía y de la banderola que decía: «Welcome to the Coal Mine of Madrid». El
día de San Isidro Labrador, patrón de Madrid, hice el recorrido más largo: desde
el depósito de agua (un tanque de diez mil galones) hasta la prisión, media
milla. ¡Qué éxito!
DUQUE.- ¡Ah! ¿Por qué había una prisión en la mina?
WICHITA.- El propietario de la mina había instalado una para
los huelguistas; los domingos por la noche se llenaba de borrachos... y eso que
sólo se vendía cerveza cortada con agua a los acordes de los salmos de la
Biblia. Pero como nuestro equipo de béisbol ganaba todos los domingos, los
mineros lo festejaban. Menudo equipo: Los Jueces.
DUQUE.- ¿Los Jueces?
WICHITA.- El equipo se llamaba «Los Jueces de Galilea», pero
todos le decían Los Jueces. ¡Cuántas veces ganamos a «Los Duques de
Alburquerque»!
THARSIS.- Nosotros no sabemos lo que es el béisbol.
Wichita de pronto se recoge, mira el bote y con rabia lo tira
muy lejos.
WICHITA.- Míreme Ud., Tharsis. Ud. me comprenderá. Mire mi
cuerpo demasiado viejo para subir en el alambre y para beber mi sufrimiento.
THARSIS .- ¡No se ponga triste!
WICHITA.- Prométame que logrará andar en el alambre... hacer
lo que yo ya no puedo hacer.
THARSIS.- Se lo prometo.
WICHITA.- Entonces... me iré a mi pozo.
THARSIS.- Cállese.
DUQUE.- ¿Pero qué dice?
WICHITA.- Ya que no puedo arder, quiero irme. El público ya
no podrá aplaudir y gritar cuando en los aires provoco el incendio. Mejor es
irse rápidamente. No quiero ser un despojo. Ya no se me pone dura, ni puedo
hacer que los demás eyaculen por mí. Ud. podrá lograrlo. Hágalo cuanto antes.
THARSIS.- Intentaré ser como Ud.
WICHITA.- Déjeme sus pies. Déjeme sus pies. Déjeme sus pies.
Tharsis le presenta sus pies. Wichita se
arrodilla y se los besa.
Luego le besa aún más largamente la
planta de los pies.
El alambre es suyo. (Wichita besa el alambre largamente, e
incluso se lo pasa por su cuerpo. Se dirige al alambre.) El gesto preciso...
Nadie existe sin ti, eres la muerte y la vida. (Con unción, se despoja de sus
vestidos y queda completamente desnudo.)
WICHITA.- Buitres, cuervos, pájaros de mi alma. Compañeros de
mi corazón, amigos entrañables: ¡Adiós!
Wichita, que está completamente desnudo,
se viste con el velo de niña de primera comunión. Se coloca una corona de azahar
sobre la cabeza. Queda inmóvil unos instantes. De pronto sale corriendo a toda
velocidad, hacia la derecha. Una velocidad incomprensible para su edad.
Se precipita en el pozo y se lanza hacia
los abismos.
El Duque y Tharsis se precipitan al
pozo. Demasiado tarde.
El Duque mira con los prismáticos.
DUQUE.- Se ha matado.
THARSIS.- ¿Se ha tirado al fondo?
DUQUE.- Ha caído al fondo de la mina.
THARSIS.- ¿Se ha suicidado?
DUQUE.- Se ha reventado la crisma en el fondo; ahí está a
cientos de metros bajo nosotros, como un pelele desarticulado.
THARSIS.- Ahora sí que Madrid es una ciudad fantasma.
DUQUE.- ¡Por fin!
THARSIS.- Qué tristeza tan grande. Qué nostalgia. Tengo la
misma impresión de congoja que el día en que Madrid poco a poco desaparecía de
mi vista, cuando me iba camino del exilio. (Tharsis llora.)
DUQUE.- ¿Por qué lloras? El muerto al hoyo y el vivo al
bollo. Tenemos otros problemas por ahora y la policía está dispuesta a
achicharrarnos.
THARSIS.- Coge el coche... vámonos, tenemos que irnos de aquí
para siempre... todo me recuerda demasiado a Madrid. Odio Madrid, no quiero
volver a oír hablar de ella.
El Duque escudriña las montañas.
DUQUE.- Mira las montañas.
THARSIS.- ¿Qué pasa?
DUQUE.- ¿No ves?
Las colinas de escorias comienzan a cubrirse de gigantescas
figuras de nacimiento.
THARSIS.- No es posible.
DUQUE.- Las colinas de carbonilla se cubren de figuras
gigantescas de nacimiento.
THARSIS.- Serán los buitres los que las ponen... en homenaje
al nacimiento que tanto gustaba al viejo.
DUQUE.- Mira la estrella de David con su larga cola luminosa
que va dirigiendo a los Reyes Magos al pesebre.
THARSIS.- ¿Y el pesebre?
DUQUE.- En esa otra colina, sobre la carbonilla. ¿No ves a la
Virgen Maria tan blanquita y al Niño Jesús con su corona de oro..?
THARSIS.- Madrid, cómo le gustaba a Wichita.
DUQUE.- Son los buitres, los veo muy bien, los que colocan
las enormes figuras.
Ruido estrepitoso del tren.
Entra en el fondo de la mina.
El Duque se precipita en el pozo para
ver el fondo. Lo contempla con sus prismáticos.
THARSIS.- ¿Qué ves?
DUQUE.- No puedo decírtelo.
THARSIS.- Déjame los prismáticos, quiero ver lo que pasa.
DUQUE.- No.
Pelean. Pero el Duque no permite a Tharsis que mire al fondo,
ni que tome sus prismáticos.
THARSIS.- Entonces, dime lo que ves, lo que sucede en el
fondo.
DUQUE.- No te lo diré nunca, es demasiado atroz.
THARSIS.- No tienes derecho.
Pelean de nuevo.
El Duque le mantiene en el suelo.
DUQUE.- ¡Es mejor que te quedes ciego a que veas lo que
sucede!
Ruido de tren.
Un tiempo después
.
Sólo está iluminada la plataforma de la
derecha del alambre.
Está iluminada por un reflector que
maneja el Duque.
Sobre la plataforma está Tharsis. El
Duque está disimulado, pues, tras el reflector.
El resto de la escena está en plena
oscuridad.
DUQUE.- A tus pies, Madrid, la Puerta del Sol.
THARSIS.- ¿Nadie nos ha visto instalarnos?
DUQUE.- Nadie. Y estamos en lo alto de la Telefónica.
THARSIS.- Y en el otro extremo del alambre: la Dirección
General de Seguridad, el centro de la policía política.
DUQUE.- Y nadie nos ha visto.
THARSIS.- La policía, demasiado preocupada por exterminar
toda forma de libertad en la tierra, no pierde el tiempo mirando al cielo.
DUQUE.- Y vas a llegar, al final de tu periplo, a su propia
guarida.
THARSIS.- A cientos de metros de altura, sin más ayuda que un
alambre.
DUQUE.- ¿Cómo te sientes?
THARSIS.- El alambre es mi cordón umbilical, es como una
cinta que sale de mi vientre y se enrosca en el alambre: y lo forma.
DUQUE.- ¿Tendrás la tentación de caer?
THARSIS.- Es una tentación sexual. Sobre el alambre, sabes,
me siento andrógino.
DUQUE.- Cuando hayas terminado tu marcha, Madrid no será la
misma; te mirarán y se sentirán por fin libres.
THARSIS.- Antes de la marcha quiero que me digas lo que
viste.
DUQUE.- ¿Dónde?
THARSIS.- En el pozo.
DUQUE.- El tren. El tren fantasma.
THARSIS.- Y además…
DUQUE.- El tren va al fondo de la mina para recuperar los
cadáveres de los mineros y de los caballos.
THARSIS.- ¿Y qué?
DUQUE.- Pero no eran esqueletos, como decía Wichita.
THARSIS.- ¿No?
DUQUE.- Los cuerpos están aún conservados, quizá a causa de
la profundidad, casi incorruptos.
THARSIS.- ¿Y qué hacía el tren?
DUQUE.- El tren... los trenes venían a recoger los cadáveres.
No son trenes fantasmas.
THARSIS.- ¿Qué son, pues?
DUQUE.- Son trenes de perros.
THARSIS.- No te entiendo.
DUQUE.- Una fábrica de carne para perros viene a recuperar
los cadáveres de los mineros muertos en el fondo de la mina y de los caballos
para hacer con ellos botes de conserva con carne para perros.
THARSIS.- ¿Entonces Wichita?
DUQUE.- El viejo terminó como sus colegas; como sus hermanos,
como su padre; cayó directamente en un vagón.
THARSIS.- Él lo sabía.
DUQUE.- Creo que lo deseaba; quería que su cuerpo tuviera el
mismo destino que el de sus compañeros.
THARSIS.- Terminará en una lata de conserva. Va a ser carne
para perros.
DUQUE.- Así concluye Madrid, Nuevo Mexico.
THARSIS.- Como acabará Madrid, España.
DUQUE.- Tienes que liberarla desde tu alambre.
THARSIS.- Quiero acordarme de lo que escribió Wichita en su
libro...
DUQUE.- Lo has repetido tantas veces.
THARSIS.- (Hablando con la voz de Wichita, memorizando el
libro.) «Domino mi cuerpo, mis movimientos, mis saltos, como si fueran gatos
salvajes que tengo que domar...», «No puedo caer... la razón...»
DUQUE.- «Olvido la razón y sus tentaciones fabulosas, viviré
la ilusión...»
THARSIS.- «Viviré la ilusión que me inflama y que todo me
enseña...»
DUQUE.- «...Y mis saltos y mis movimientos serán miles de
mariposas que dirigiré como un pastor...»
THARSIS.- «...Para la fiesta de los dirigibles multicolores.»
DUQUE.- Olvida a Wichita. Piensa sólo en Madrid.
THARSIS.- Madrid va a detener su respiración para verme al
fin... sin las calumnias, sin las injurias o sin el silencio.
DUQUE.- Madrid va a romper su luto y lanzarse a la libertad
al verte.
THARSIS.- Voy.
Tharsis va al alambre. Marcha sobre él
con una gracia infinita.
De pronto, ruido ensordecedor de un
helicóptero.
Tharsis continúa su marcha.
Voz del helicóptero.-
Helicóptero habla al cuartel: El sujeto está sobre el alambre. ¿Qué hacemos?
Voz del cuartel.-
Cuartel habla al Helicóptero: Acércate y acribíllalos a balazos.
El ruido del helicóptero se aproxima.
Tharsis continúa su marcha.
Ruido de buitres y cuervos volando.
Voz del helicóptero.-
Helicóptero habla al cuartel: una bandada impresionante de cuervos y de buitres
se han colocado entre nosotros y el alambre. No dejan prácticamente aproximarse
al helicóptero.
Voz del cuartel.-
Cuartel habla al helicóptero: Destruid la bandada con vuestras ametralladoras.
Tharsis sigue marchando. Ruido de
ametralladoras.
Caen del cielo cientos de cuervos y de
buitres ametrallados.
Tharsis sigue marchando entre cuervos y
buitres que caen muertos en torno a él.
Voz del helicóptero.- Helicóptero habla al Cuartel. Atención,
atención: la bandada de pajarracos nos ataca. Se lanzan sobre el helicóptero en
picado. Empezamos a perder el equilibrio. (Pausa.) Nos han dado.
(Pausa.) Han destruido el motor. Caemos en llamas.
El helicóptero cae entre llamas como una
bola de fuego cerca de Tharsis.
Tharsis, impertérrito, continúa
marchando sobre el alambre.
DUQUE.- Continúa, Tharsis. Has ganado. Todo Madrid ha salido
a verte. La circulación está detenida. La Puerta del Sol está abarrotada de
curiosos que vitorean la libertad. Todo Madrid ha salido a verte.
En efecto, se diría que a lo lejos
suenan voces de «Libertad, libertad». Tharsis sigue marchando sobre el alambre
con una gracia infinita.
Ahora hace unos ejercicios bellísimos y
complicadísimos sobre el alambre mientras suena un Aleluya.
