
Mª Jesus Valdés en Carta de amor.
Parece grotesco pensar que el autor
dramático español internacionalmente más célebre tuvo que esperar casi 50 años
hasta que tuviera su verdadero triunfo en los escenarios de su patria. Me
refiero a la representación de
El
cementerio de automóviles de Arrabal bajo la dirección de Juan Pérez de la
Fuente que le dio el Premio Nacional de Teatro al autor en 2001, y a lo que
quizás fue su mayor éxito en España, Carta de amor
(2002) con la dirección del mismo Pérez de la Fuente y la eminente
interpretación protagonizada por María Jesús Valdés.
Ahora celebramos el exilio de 50 años de
Arrabal en Francia, un exilio voluntario y comprensible, pensando en la infamia
y las privaciones de la libertad de expresión que ha tenido que sufrir en su
patria no sólo durante el régimen de Franco sino también después de la
instauración de la democracia.1
Carta de amor
se podría interpretar como una reconciliación del autor no sólo con su madre
después de una larga relación conflictiva sino también con su patria.
La obra es un monólogo de una madre que
espera noticias de su hijo a quien no ha visto desde hace mucho tiempo. Pero se
presenta en realidad como un diálogo con el hijo ausente cuyas respuestas se dan
en las citas de sus cartas.
De ese pseudo-diálogo se desarrolla el
conflicto dramático.
La acción empieza con el cumpleaños de
la madre y, según dice, acaba de recibir una carta del hijo. Su aniversario trae
memorias del pasado y empieza a recapitular su vida con el hijo.
Los acontecimientos en torno a los que
gira la obra están inspirados en la juventud del autor.
El día antes del estallido de la Guerra
Civil, el padre de Arrabal, que era teniente en Melilla, fue arrestado y
condenado a muerte por no querer participar en la sublevación nacionalista. La
madre de Arrabal instaló a sus tres hijos en casa de su familia en Ciudad
Rodrigo, mientras ella empezó a trabajar en Burgos como secretaria para la
administración franquista.
Meses más tarde la sentencia del padre
fue conmutada por treinta años de prisión y fue trasladado a Burgos, donde trató
de suicidarse. Probablemente por esa razón ingresó en un manicomio de donde se
escapó en enero de 1941 en pijama en medio del invierno y desapareció para
siempre.
Un tiempo después la madre vistió a sus
hijos de luto explicándoles que su papá había muerto.
A la edad de 15 años Arrabal encontró en
los escondrijos de su madre una caja con fotos y documentos sobre el
encarcelamiento del padre. En todas las fotos de la familia la cabeza del padre
estaba recortada.
Después de este descubrimiento la
relación con su madre se iba empeorando y se identificaba cada vez más con su
padre.
En la fantasía de Arrabal la oposición
entre sus padres se transformaba en imágenes crueles y grotescas en las que la
madre se presenta como la traidora que denuncia al padre. Este conflicto se
refleja de una manera simbólica en algunas de las primeras obras arrabalianas,
como por ejemplo, en
Los dos
verdugos, en la película Viva la muerte, en la novela Baal
Babilonia para reaparecer en plena madurez en 2002 en Carta de amor.
Igual que otras obras dramáticas de
Arrabal,
Carta de amor
se presenta como un rito en el que la protagonista trata de transformar su caos
interior en cosmos. Lo ritual se manifiesta, por ejemplo, en el lenguaje
estilizado y en las repeticiones de ciertas frases:
¡Cómo me besabas cuando llegaba por el tren
a Ciudad Rodrigo
y volvías a verme!
Besos largos y apasionados, tomándome en
tus brazos.
Besos reventando melancolía.
Besos entre la vida y el vacío.
Besos bizarros como el garbo.
Besos pringosos rebozados de regaliz.
Besos protocolarios a la puerta del colegio...
La dimensión del tiempo juega también un
papel decisivo en el dramatismo de la obra.
El presente, o sea la vida actual de la
madre equivale a una existencia solitaria y sin comunicación familiar alguna.
Pero este presente se manifiesta en el universo de la madre como inexistente,
porque vive casi exclusivamente en el pasado o en el futuro.
Mirando de cerca aparecen dos pasados en
la obra.
El primer pasado
comprende el tiempo antes del hallazgo de los documentos sobre el padre, y se
nos presenta por la imagen idílica y harmoniosa que la madre nos da sobre él:
Pero también qué feliz fui durante aquellos años, cuando,
como amigos,
("como novios" decías tú)
recorríamos a pie todo Madrid...
El segundo pasado
empieza para la madre después del hallazgo de los documentos, lo cual inicia el
conflicto entre madre e hijo, pero en realidad empieza ya tras el estallido de
la Guerra Civil, que destroza a la familia y el sistema democrático del país.
Otro factor que juega un papel
importante en la temprana relación entre hijo y madre es la fase edípica, o sea
el enamoramiento del hijo con su madre. Esa fase suponía tanto una dependencia
total por parte del hijo como una fuerte dominancia por parte de la madre.
Cuando el hijo encuentra los documentos
secretos sobre su padre, está en medio del proceso de liberación de la madre, lo
cual crea, en realidad, un doble conflicto. En su concienciación creciente el
hijo no sólo empieza a distanciarse de la madre, sino también descubre el
secreto y la culpa de ella. Precisamente en este enfrentamiento reside el núcleo
del drama.
En sus cartas el hijo acusa a la madre
de ser culpable del destino del padre por ser ella partidaria del sistema que lo
condenó.
En cambio la madre acusa al padre de
arriesgar la vida de su familia siendo fiel a sus ideas republicanas en vez de
respetar el orden reinante, o sea las normas franquistas.
Ante las acusaciones del hijo la madre
quiere probar su inocencia y por eso sigue subrayando su bondad y sus
sacrificios como una mártir: "
No
he sido nada más que esclava de vosotros",
dice, pero a veces no puede contenerse porque le abruma la cólera.
En su autodefensa usa la Biblia para
justificarse. "
Castigaré a Baal
en Babilonia", dice, y poniéndose
en el lugar de Dios identifica al padre con el ídolo Baal de la antigua
Babilonia tachándole de pecador.
Tanto la madre como el hijo se
manifiestan en la obra, no como figuras sino como dos seres humanos con sus
defectos, sus temores y su vulnerabilidad. Por la mezcla de sentimientos de
culpa, de cólera, de orgullo, de desesperación y de amor maternal la madre,
aunque grotesca, despierta también la compasión del espectador.
El hijo, por su parte, se presenta como
una persona inteligente y muy culta que sabe defenderse y argumentar bien. Son
comprensibles sus agresiones contra la madre y sus esfuerzos por eliminar
totalmente al padre de su existencia e impedirle al hijo ser adulto. "
Brutalmente
te volviste un joven taciturno",
recuerda la madre.
Pero el hijo muestra también rasgos de
crueldad y egoísmo al tratar de romper toda la comunicación con ella a pesar de
su desesperada soledad. No ve que ella es también una víctima.
Evidentemente la madre intenta eliminar
todos los hechos dolorosos de su pasado como también todo rastro del padre.
Por su orgullo y su temor de ser
culpable no reconoce sus errores y por eso tampoco acepta la emancipación del
hijo. En su temor a la ruptura interpreta cada señal de su independencia
negativamente.
En esta complejidad de sentimientos
contradictorios tanto en la madre como en el hijo reside el valor universal de
la obra.
Tratando de escapar de sus traumas, la
madre inventa su propia realidad, un mundo ilusorio sin conflictos. Sueña con el
pasado antes de la Guerra (el primer pasado) al que idealiza sustituyendo el
presente doloroso por
un presente
ficticio según sus propios
ideales.
En su mundo de ilusiones pretende
también que le llama por teléfono el hijo, aunque no lo hace, y es muy probable
que incluso la carta de amor para su cumpleaños sea una invención suya.
Probablemente sigue su pseudo-diálogo para evitar el terrible silencio que
amenaza con enfrentarla con la realidad dolorosa.
Pero también el hijo tiende a
transformar su historia en fantasía por medio de una imagen mitológica. Compara
el destino de la familia con una leyenda china en la que castigan a dos
enamorados colocándolos en un pozo tapiado. Esa leyenda ha dado el subtítulo "
como
un suplicio chino", a la obra.
Tenemos aquí los ingredientes de una
auténtica tragedia, siendo fuerzas del exterior las que se les han impuesto a
los protagonistas causando su desastre.
La fuerza exterior es La Guerra Civil, "
la
madrastra historia", y la cuestión que se nos plantea en la obra es ¿de
dónde vienen las fuerzas destructivas que pueden ocasionar catástrofes tan
trágicas? La respuesta sólo se
halla dentro de cada uno de nosotros.
Lo que parece sugerir también el autor
con esta obra maestra es la posibilidad de solucionar un pasado traumático
transformando en arte las memorias e imágenes dolorosas que surjan del
subconsciente.
Notas
1
Tallgren, Viveca: "El temor al dios Pan. Reflexiones sobre la recepción de
algunas obras de Fernando Arrabal", Libros del Innombrable, Zaragoza, 2005.
El libro trata de la acogida de
algunas obras de Arrabal ante todo en España.