Número 16. Enero de 2006

Arrabal en los años negros

Joaquín Fuertes


Tumba de Ionesco, en el Cementerio de Montparnasse, en Paris.

No recuerdo en este momento si alguna de aquellas obras de Fernando Arrabal que se ensayaban a principios de los años sesenta llegaron a representarse. Varios de los que participaban en los ensayos están lejos, y otros muertos, como es el caso de Carlos de las Heras, director en aquel entonces de La Máscara. Sé que los libretos de El cementerio de automóviles y El triciclo, título abreviado de Los hombres del triciclo, anduvieron rodando por varias manos, entre ellas las mías, y fue de entonces cuando data el conocimiento de la obra de Arrabal. Tengo que decir que aquella forma de entender el teatro, establecida por el movimiento "pánico", no era bien aceptada por los que apetecían la búsqueda del realismo social. El teatro de Fernando Arrabal era visto como un juego anarquista de estética bella, e iconoclastia interesante, pero que no conducía a parte alguna. El surrealismo y el existencialismo eran movimientos de interés para plantarle cara a la burguesía, pero no se consideraban ni ejemplo ni doctrina para ser recitados por el proletariado. Una palabra esta última, proletariado, que puede parecer hoy anticuada, pero entonces existía como realidad la patria del proletariado, y su profeta indiscutible era Bertolt Brecht. Arrabal se había adherido a las nuevas corrientes de París, el dadaísmo, pero no se entendía que él, que había huido de Franco, derivara hacia movimientos que no se sumaban frontalmente a lo que entendíamos, quizá con ingenuidad, que podían servir para derribar la dictadura. Estimábamos, que no debería haber más teatro entonces que el teatro social. Un eufemismo, que nosotros traducíamos en nuestro interior como teatro político.

En aquellos años de la década de los cincuenta, Fernando Arrabal formaba parte de aquel conglomerado madrileño que quería abrirse paso para hacer un teatro distinto. No era bien aceptado en aquel círculo, formado entre otros por Alfonso Sastre y Alfonso Paso, entonces amigos. Era la época primera de Paso, cuando escribió Los pobrecitos, obra que también ensayó La Máscara, y tampoco recuerdo si se llegó a representar, bien por problemas de infraestructura (son un montón de personajes) o por culpa de la censura. En 1959 con motivo del estreno de Ana Kleiber, Alfonso Sastre estuvo varios días en Gijón, y contaba ya algunas anécdotas del histriónico y pintoresco Arrabal. Y no creo que entonces Sastre tomara muy en serio el teatro que hacía el pequeño gran hombre. Tiempo después, Sastre fue quien lo escondió y le facilitó la huida a Francia, cuando Fernando Arrabal escribió la dedicatoria de uno de sus libros a la joven que resultó ser la hija de un militar. La dedicatoria decía, como ya se sabrá: "Me cago en dios, en la patria y en la revolución nacional sindicalista".

Olvidado casi totalmente para la escena, y sin apenas aprecio por sus películas, cuando Viva la muerte se estuvo representando durante meses en París, el único prestigio verdadero que tiene hoy día Arrabal en España es entre los ajedrecistas. Nadie pone en duda que se trata de un gran jugador, ya que el ajedrez se mide por victorias, al contrario de otras artes donde puede medrar cualquier cantamañanas. También ganó el premio Nadal de novela, con una obra de prosa retorcida, pero que evidencia la enorme cultura e ingenio del autor. Tal vez esa exquisitez, y la fijación minuciosa en lo expresivo, impidan valorar la importancia indudable del teatro del autor español vivo más internacional.

Nada de lo que hace Arrabal lo concibe para que pase desapercibido. Al que escribe para los actores no debe vedársele que ejerza de histrión en la vida. Después de todo, ¿qué es el teatro, y qué es la vida? En marzo de 1994 pude verlo en la iglesia de los santos Arcángeles de París, cerca del entonces alcalde Chirac y del rey de Rumanía, en el entierro de Eugene Ionesco. Lloraba a moco tendido. No estuvo luego en el cementerio de Montparnasse, donde Mary France, la hija de Ionesco, rodeada de popes nos partió sobre la tapa del ataúd bizcocho y vino de la tierra. Pero la protagonista del sepelio era la corona que envió Arrabal, de unos cuatro metros de diámetro, y que tenía que ser transportada por una camioneta. Llevaba una dedicatoria en francés, que decía más o menos: "En el mundo todo es absurdo, maestro. Menos la pena".

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