Para la presente entrega contamos con
las reflexiones realizadas por dos dramaturgos de promociones alejadas en el
tiempo, pues cuando uno de ellos, Fernando J. López, nació, el otro, Jerónimo
López Mozo, llevaba ya unos cuantos textos teatrales a sus espaldas. El escrito
que López Mozo nos ofrece en exclusiva no puede movernos más que a solidaridad
con el autor y a lamentar este mutis por el foro que esperamos, contra la
determinación del gran escritor que tan extraordinarios libretos ha dado a
lectores y espectadores, sea pasajero, ya que las tablas españolas no pueden
permitirse el lujo de prescindir de la lucidez y perspicacia dramatúrgicas de
las que siempre ha hecho gala, que no ostentación, un creador de cuerpo entero,
un adelantado a su momento histórico con cuyo acertado criterio se han conducido
generaciones de autores teatrales.
Fernando J. López.
FERNANDO J. LÓPEZ (Barcelona, 1977) trabaja
como editor en Santillana y compagina su actividad teatral con la novelística,
donde ha obtenido reconocimientos en certámenes como el «Joven & Brillante» por
In(h)armónicos, así como menciones en el «Ciudad de Badajoz» y el «Río
Manzanares» por La inmortalidad del cangrejo. Director del grupo «Armando
No Me Llama» desde su constitución en 1996, ha estrenado, entre otras, las
piezas: Circe (1999), Pareja de des-hecho (2000), Homocalipsis
(2000), Versión original (subtitulada) (2001), MalasArtes (2003),
Prime time (2003) y Ventajas de la transparencia (2004).
El autor escribe seguidamente sobre El
sexo que sucede, estrenada el 12 de junio de 2004 y que acaba de ser
publicada por la Asociación de Autores de Teatro:
«Se trata, en líneas generales, de una
obra abiertamente conversacional. Una sucesión impresionista de escenas que
retratan momentos de la vida de pareja de sus dos protagonistas, Ruth y Eva. Las
actrices que –con pleno acierto– encarnan estos dos personajes deben asumir a lo
largo de la función los roles de quienes han ocupado algún lugar en sus vidas
–en sus camas–, desdoblándose en una apuesta cómplice con el espectador.
La puesta en escena busca una pretendida
desnudez paralela al desnudo emocional que, progresivamente, irán haciendo los
personajes femeninos. Ambos guardan sendos secretos del pasado que irán
revelándose a medida que avance la obra. Así, Ruth acabará dejando escapar la
rabia acumulada ante tantos años soportando su propia anulación como mujer y Eva
descubrirá que su sexualidad es mucho más plural de lo que siempre había creído.
El argumento se hilvana a partir de una
serie de referencias que permiten trazar un mapa simbólico alrededor del cual
gira todo el montaje. Nombres bíblicos (Eva, Ruth, Sara…) para una historia que
juega a contar las historias como ya hubieran sucedido. Historias en las que las
protagonistas se arriesgan a cambiar el orden: ¿la serpiente, la manzana o el
árbol? Juegos de triángulos y de referencias que se repiten como un leitmotiv
musical.
Y es que, precisamente, uno de los
elementos fundamentales tanto en el texto como en la puesta en escena es la
música, elemento que organiza las diferentes escenas y ocupa, asimismo, un lugar
preeminente en algunos de sus momentos fundamentales. Omnipresente, Madame
Butterfly se convierte en un nuevo elemento simbólico dentro de la obra, de
modo que la tragedia de la mujer engañada por el soldado norteamericano
encuentra su reflejo contemporáneo en la tragedia diaria de miles de mujeres
víctimas de la violencia doméstica.
Nada se cuenta desde la obviedad, sino
sólo desde la sugerencia: las formas de entender el sexo. De asumir las
dificultades de cada una de las relaciones de las que se habla: las relaciones a
distancia, las relaciones abiertas, las relaciones esporádicas, la necesidad de
conocer gente, la importancia del morbo en la pareja, las relaciones bisexuales
y homosexuales… No se pretende dar ninguna tesis ni juicio de valor alguno, tan
sólo aportar ideas y presentar una visión tolerante y abierta de las relaciones
de pareja. Incluso de las relaciones –a veces tan difíciles– con uno mismo.
El ritmo de la obra se basa en la
agilidad de los diálogos. Rápidos. Llenos de sobreentendidos e incisos. Igual
que cualquier conversación. Diálogos donde los silencios tienen un significado
igualmente preciso. Y como elemento articulador, junto con la música, los
monólogos del personaje de Eva, que nos cuenta su particular visión de la
generación en la que le ha tocado ejercer su rol femenino. Textos escritos e
interpretados desde la ironía y con un humor muy ácido para preguntar si
realmente el papel de la mujer está tan claro como se supone que lo está.
La importancia, por tanto, de la
interpretación es clave para que el texto consiga arrancar la risa, la
complicidad o incluso la emoción del público. Gracias a la solvencia dramática y
a la amplitud de registros de sus protagonistas –Silvia López-Ortega y Paloma
Aparicio– se consigue esa empatía necesaria entre el escenario y el patio de
butacas, huyendo de barroquismos expresivos y profundizando en la expresión de
sentimientos y pasiones diversas.
Una hora y media llena de palabras que
se suceden para hablar desde la intranscendencia propia de las conversaciones
cotidianas de temas un tanto menos intranscendentes como la fidelidad o la
pérdida de la persona amada»

Jerónimo López Mozo.
JERÓNIMO LÓPEZ MOZO (Gerona, 1942) es todo
un referente de honestidad moral y alta calidad literaria en la historia de la
escena nacional de las últimas cuatro décadas, las que ha dedicado, contra
viento y marea y sin descanso, a cultivar la escritura con una pasión ilimitada
(en el n.º 4 de La Ratonera puede consultarse su bibliografía hasta
2001). Su trayectoria está colmada de obras, reconocimientos públicos, atención
investigadora y también desaliento, cuando no abierta incomprensión hacia sus
postulados. El siguiente texto es buena muestra de ello, y confiamos en que las
dolorosas circunstancias que lo han provocado puedan verse superadas en breve:
«A la pregunta "¿En qué trabajamos
actualmente los dramaturgos españoles?", mi respuesta es forzosamente breve:
"Yo, en nada". Es la misma que vengo dando a las personas que suelen interesarse
por mi quehacer creativo. Pocas lo entienden, habida cuenta de que, en los
cuarenta años que llevo entregado a la escritura teatral, mi actividad ha sido
continua. La invitación de José Luis Campal me brinda la posibilidad de explicar
las razones que me han llevado a abrir hace cinco meses un voluntario paréntesis
de silencio, que nada tiene que ver con la sequía que provoca la falta de ideas.
Las carpetas en las que guardo notas, esquemas y proyectos más o menos
elaborados, así lo atestiguan. La decisión es el fruto del análisis de los
resultados de mi trabajo, sobre todo del desarrollado a lo largo de los años
recientes. Lo hecho en los dos últimos lo resume todo.
En 2003 estrené, de la mano de Antonio
Malonda, El olvido está lleno de memoria. Ese mismo año, escribí, por
encargo del CDN, un texto para la actriz María Galiana titulado El sueño de
una noche de teatro, que fue representado en la sala de la Princesa del
teatro María Guerrero. Al año siguiente subió a los escenarios Ella se va,
dirigida por Mariano de Paco Serrano. Apenas dos meses después, tuvo lugar
en la Universidad Carlos III la lectura dramatizada de El escritor y su
biógrafo, escrita ex profeso para unas jornadas de teatro sobre la identidad
y la alteridad. Todavía en 2004, Adolfo Simón me invitó a participar, junto a
otros autores, en un espectáculo que se tituló 11 voces contra la barbarie
del 11 de marzo. Aporté una pieza breve titulada Extraños en un
tren/Todos muertos, que fue representada en el presente año en sesiones
únicas en la citada sala de la Princesa y en el teatro Español. Hace sólo unos
días, en un ciclo de lecturas organizado por la Asociación de Autores de Teatro,
se ha leído en San Sebastián Las raíces cortadas. No es todo. Fuera de
España, en varias universidades se han representado algunas de mis obras y en
Portugal y Francia preparan los estrenos de Eloídes y Las raíces
cortadas. Por último, mi pieza más reciente, En aquel lugar de la Mancha,
cuya escritura me fue sugerida por Juan Antonio Hormigón, será ofrecida en
octubre en el teatro Gayarre, de Pamplona, en el marco del XII Congreso de la
ADE.
Entonces, ¿de qué me quejo? No, desde
luego, del juicio que han merecido mis obras. Las críticas han sido buenas.
Actualmente, numerosos ensayistas y estudiosos de teatro se interesan por mi
obra y la analizan. También estoy muy satisfecho del trabajo realizado por los
que han llevado mis textos a la escena. Lo que sucede es que, a ciertas alturas
de la vida, la satisfacción artística no basta. El creador debe percibir, como
trabajador que es, unos honorarios. Ya sé que a algunos les parece obsceno
mezclar lo artístico con lo económico y que no faltan los que entienden que el
autor debe darse por bien pagado con el hecho de que su obra se publique o se
represente. Hay quienes llegan a confundir los derechos de autor con un impuesto
que debiera ser suprimido. Yo sé que mi teatro no es de masas, por lo que
siempre he dado por sentado que nunca me enriquecería con él. Pero de ahí a lo
que me aporta existe un profundo abismo. En el período al que me estoy
refiriendo, es decir, en dos años y medio, he recibido a través de la SGAE en
concepto de derechos de autor 1.998,46 euros, cantidad ridícula que, sin
embargo, no se alcanza fácilmente si el pago por una representación puede
reducirse a cuatro euros, como me sucedió en el Centro Cultural de Boadilla del
Monte. No veo en el horizonte próximo ninguna señal de que las cosas cambien.
Tengo tres obras recientes en el cajón. Si alguien me las pide para publicarlas
o representarlas, se las daré. Pero no tengo previsto añadir ninguna más. No
merece la pena.
Llegué al teatro por vocación e hice de
él mi profesión. Aquella sigue viva, pero las circunstancias me obligan a
sacrificarla, por dignidad y porque he de atender las necesidades materiales
diarias. Si en algún momento cambiara de opinión y cerrara el paréntesis
abierto, José Luis y los buenos amigos de La Ratonera serían los
primeros en saberlo».