Número 14. Mayo de 2005

Javier Huerta Calvo dirige la “Historia del teatro español”
Historia del teatro español

José Luis Campal Fernández
RIDEA

El catedrático de la Universidad Complutense Javier Huerta Calvo se ha encargado de dirigir una de las empresas colectivas intelectuales más ambiciosas de las últimas décadas, la «Historia del teatro español» (Gredos). A lo largo de dos tomos y más de 3.000 páginas, ha reunido a destacados especialistas en el género dramático para una puesta a punto y al día de lo que ha dado de sí la escena nacional desde la Edad Media hasta ayer mismo. El profesor Huerta Calvo es autor de libros tan notorios como «El teatro en el siglo XX» (1985), «El nuevo mundo de la risa. Estudios sobre el teatro breve y la comicidad en los Siglos de Oro» (1995) o «El teatro breve en la Edad de Oro» (2001).

–¿Cuándo comenzó a gestarse esta magna «Historia del teatro español»?

–Fue a finales del año 2000 cuando llevé el proyecto a la editorial Gredos, que en seguida lo asumió de manera entusiasta, y a principios del año siguiente lo presentó en la convocatoria de Ayudas a la Edición del Ministerio de Educación y Cultura, obteniendo una de esas ayudas.

–¿Puede decirse que surgió co-mo una necesidad de cubrir huecos o flancos desatendidos en la investigación sobre nuestro teatro?

–Sí, la investigación universitaria solía dejar bastante desatendida la parte correspondiente a la proyección escénica del teatro: directores, actores, escenógrafos, músicos, etcétera. De modo que, aun concediendo la mayor importancia a los aspectos literarios de la obra dramática, hemos tenido muy en cuenta esos otros factores sin los cuales el teatro no existiría.

–¿Le resultó complicado elaborar la relación de especialistas a los que implicar en el proyecto?

–En absoluto. Tanto dentro como fuera de España hay un granado elenco de especialistas en las diversas áreas cronológicas y temáticas de nuestra historia teatral. Quizá lo más complicado, por ello mismo, fue no poder contar con todos y tener que elegir.

–¿Se buscó la participación exclusivamente de catedráticos y profesores universitarios, o se ha abierto más el abanico?

–La mayoría de los 90 colaboradores son, profesores universitarios, pero cuando ha sido necesario se ha contado con especialistas de fuera de la universidad, como, por ejemplo, Víctor Pagán, colaborador del Teatro de la Zarzuela, o Andrés Peláez, director del Museo Nacional del Teatro, y uno de los mayores expertos en la escena contemporánea.

–¿Incluir en este vasto repertorio al teatro musical no le ha supuesto romper tabúes entre los más ortodoxos defensores de un teatro exclusivamente hablado?

–La música es fundamental para entender la historia del teatro. Eso es lo que hemos querido afirmar con los capítulos dedicados a ella y que corren a cargo de grandes especialistas como Emilio Casares y Álvaro Torrente, entre otros.

–Se concede cierta atención al teatro escrito en otras lenguas que no sean la castellana.

–Una historia del teatro en España debe prestar necesariamente alguna atención al teatro en las otras lenguas. Lo hemos hecho para que se vean los paralelismos entre el teatro catalán, el gallego y el castellano, pero una atención más justa hubiera ocupado un tercer volumen.

–¿Los colaboradores han actuado con premisas metodológicas o se les ha otorgado vía libre para la elaboración de sus capítulos?

–La obra obedece a un plan muy meditado, cada época es analizada en cinco secciones: 1) el arte escénico; 2) la teoría dramática; 3) los autores y las obras; 4) transmisión y recepción de la obra dramática; y 5) el teatro en otras lenguas. Naturalmente, se ha dado libertad para que cada estudioso afrontara su colaboración según sus propios planteamientos pero también con atención al plan metodológico general. Tenga usted en cuenta que el problema de las obras colectivas es que, a veces, hay demasiada dispersión y se nota la falta de criterios unificadores. No creo que haya sido nuestro caso, y el mérito se debe, fundamentalmente, al equipo de coordinación que he tenido el honor de dirigir: Abraham Madroñal, investigador del CSIC, y Héctor Urzáiz, de la Universidad de Valladolid (ambos se han ocupado de la coordinación del tomo primero); y Fernando Doménech, profesor de la RESAD, y Emilio Peral, de la Universidad Complutense de Madrid (que han tenido a su cargo el segundo tomo). Los cuatro merecen todo mi reconocimiento porque durante casi tres años se han dedicado en cuerpo y alma a sacar adelante el proyecto.

–El hecho de tener que trabajar con los coordinadores de cada tomo, ¿le ha supuesto algún tipo de conflicto intelectual?

–No ha habido ninguna fricción, porque, además de colegas, son excelentes amigos los cuatro. Naturalmente, sí han existido discrepancias puntuales que hemos ido solventando siempre de común acuerdo.

–¿Hay en esta «Historia del teatro español» novedades sustanciales respecto a los estudios pre-existentes?

–Como responsable de la obra, no soy el más indicado para indicar esas novedades. Le remito a lo que han escrito ya prestigiosos especialistas como Jaime Siles, en «El Mundo»; Luciano García Lorenzo y Pedro Manuel Víllora, en «ABC»; Marcos Ordóñez, en «El País»; Ricard Salvat y José Monleón, en «Primer Acto»; Francisco López Estrada, en «Revista de Literatura»... Que una personalidad de la talla de Monleón, Premio Nacional de Teatro en 2004, señalara nuestra «Historia» como el libro del año ha sido para mí la mayor satisfacción de las muchas hasta ahora recibidas.

–A su «Historia del teatro español» la han precedido proyectos similares como los llevados a cabo por Ruiz Ramón, Díez Borque, Amorós o César Oliva y Torres Monreal, ¿cómo los valora?

–Las obras que usted apunta han sido contribuciones importantes a la historia del teatro. A Francisco Ruiz Ramón hay que reconocerle haber dado un paso de gigante con una «Historia» que, en el momento de su aparición, fue recibida como auténtica novedad, pues tenía la valentía de abordar los dramaturgos más actuales de entonces, aunque dejando muy de lado la vertiente escénica del teatro. Ese vacío lo intentó llenar la «Historia» dirigida por Díez Borque, que, desgraciadamente, quedó inconclusa. Oliva y Torres Monreal han escrito una «Historia del arte escénico» desde una perspectiva universal. Otro objetivo es también el que se han planteado el citado Díez Borque y Amorós en la «Historia de los espectáculos».

–Usted se ha ocupado en esta obra de la teoría teatral durante el siglo XVI, ¿ha arrojado el estudio de esta parcela resultados innovadores?

–Hay aportaciones más novedosas en otros capítulos de los que yo no soy responsable. Mi única intención en ese capítulo ha sido mostrar que la gran invención de la Comedia Nueva por parte de Lope de Vega viene precedida de un importante esfuerzo teórico, al que contribuyen autores como Torres Naharro, Juan de la Cueva o el grupo de dramaturgos valencianos.

–El apartado dedicado a Jacinto Benavente lleva también su firma. ¿Cómo ha visto usted la celebración de su centenario, que tuvo lugar el año pasado?

–La celebración fue inexistente en Madrid, para vergüenza de la ciudad natal del Premio Nobel. Sólo cabe mencionar como acto importante el simposio celebrado en Murcia, gracias a la iniciativa de los profesores Mariano de Paco y Javier Díez de Revenga.

–¿Hay prejuicios críticos todavía sobre el autor de «Los intereses creados» o ya lo ha instalado la posteridad en su justo lugar dentro de la escena española?

–Muchos prejuicios que, en nuestro capítulo, son discutidos. Sin Benavente no se entiende el teatro más renovador del siglo XX. Su obra desempeña un decisivo papel en el tránsito del viejo teatro decimonónico a la modernidad, por su talante cosmopolita y laico, por su maestría en el manejo del diálogo y por su afán por abrir los escenarios españoles a los vientos de fuera... En su «Teatro fantástico», libro publicado en 1892, se prefiguran algunas de las líneas dramáticas —farsa, teatro de muñecos, pantomima, drama poético— luego secundadas por Valle-Inclán, Gómez de la Serna, García Lorca o Alejandro Casona. No estoy queriendo decir que su teatro esté a la altura del de Valle o el de Lorca, pero Benavente no merece el olvido a que muchos lo tienen condenado, por razones más políticas que teatrales.

–De Valle-Inclán, al que usted también analiza en otro capítulo, ¿nos queda algo relevante por saber?

–Como de cualquier autor genial, mucho. Es apasionante la relación de amor-odio de Valle con el teatro de su tiempo. Frente a lo que muchas veces se ha dicho, de que a Valle le importaba poco el mundo de la escena, los hechos demuestran lo contrario: Valle estrenó o quiso estrenar todo su teatro; otra cosa es que las circunstancias y el público le dieran de lado.

–En una obra tan voluminosa, ¿ha primado una veta informativa más que una interpretativa?

–Una historia de cualquier hecho cultural debe proporcionar información: la nuestra ha sido, además, muy actualizada, como se ve en la bibliografía con que se cierra cada capítulo, o en las tablas cronológicas que hay al final de cada volumen. Pero sin análisis interpretativo estaríamos ante una obra del positivismo más rancio. Digámoslo coloquialmente: los colaboradores se han «mojado» para ofrecer a los lectores una visión personal del hecho teatral a través de los siglos.

–¿Piensa usted que las tablas cronológicas y la bibliografía deben tener tanta importancia como los diferentes capítulos?

La bibliografía y, sobre todo, las tablas cronológicas no pueden tener el peso del texto principal, pero hemos querido que sean herramientas útiles para el estudioso.

–El crítico Jaime Siles le ha achacado a la obra que preste poca atención a la recepción en prensa de los estrenos teatrales, ¿resultaba ello inabarcable?

–Efectivamente, no todo es abarcable. Como crítico que es, y además muy bueno, Siles quizás está arrimando un poco el ascua a su sardina, pero la verdad es que tiene razón y tal vez deberíamos haber concedido un capítulo a la crítica teatral periodística en el siglo XX, aunque en todo caso se concede una gran atención a los principales nombres: Díez-Canedo, Marqueríe, Monleón...

–¿A qué lector cree usted que satisfará más esta «Historia del teatro español»?

–Mi deseo sería que satisficiera a todos: a los estudiantes universitarios que hayan de manejarla, sobre todo, en las bibliotecas; a los estudiosos, sin duda alguna, que pueden ver en ella cómo su esfuerzo investigador de muchos años, editando y estudiando las obras de los dramaturgos, está allí reflejado; a las gentes del teatro de hoy, actores, directores, e, incluso, a los buenos aficionados que, sin ánimo de especializarse, pueden leer la «Historia» como si se tratara de una novela, la novela de un viaje apasionante por los tablados de los cómicos de la legua, los corrales de comedias, los coliseos y los modernos teatros y auditorios de hoy en día.

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