José Luis Campal Fernández
RIDEA
El catedrático de la Universidad
Complutense Javier Huerta Calvo se ha encargado de dirigir una de las empresas
colectivas intelectuales más ambiciosas de las últimas décadas, la «Historia del
teatro español» (Gredos). A lo largo de dos tomos y más de 3.000 páginas, ha
reunido a destacados especialistas en el género dramático para una puesta a
punto y al día de lo que ha dado de sí la escena nacional desde la Edad Media
hasta ayer mismo. El profesor Huerta Calvo es autor de libros tan notorios como
«El teatro en el siglo XX» (1985), «El nuevo mundo de la risa. Estudios sobre el
teatro breve y la comicidad en los Siglos de Oro» (1995) o «El teatro breve en
la Edad de Oro» (2001).
–¿Cuándo comenzó a gestarse esta magna
«Historia del teatro español»?
–Fue a finales del año 2000 cuando llevé
el proyecto a la editorial Gredos, que en seguida lo asumió de manera
entusiasta, y a principios del año siguiente lo presentó en la convocatoria de
Ayudas a la Edición del Ministerio de Educación y Cultura, obteniendo una de
esas ayudas.
–¿Puede decirse que surgió co-mo una
necesidad de cubrir huecos o flancos desatendidos en la investigación sobre
nuestro teatro?
–Sí, la investigación universitaria
solía dejar bastante desatendida la parte correspondiente a la proyección
escénica del teatro: directores, actores, escenógrafos, músicos, etcétera. De
modo que, aun concediendo la mayor importancia a los aspectos literarios de la
obra dramática, hemos tenido muy en cuenta esos otros factores sin los cuales el
teatro no existiría.
–¿Le resultó complicado elaborar la
relación de especialistas a los que implicar en el proyecto?
–En absoluto. Tanto dentro como fuera de
España hay un granado elenco de especialistas en las diversas áreas cronológicas
y temáticas de nuestra historia teatral. Quizá lo más complicado, por ello
mismo, fue no poder contar con todos y tener que elegir.
–¿Se buscó la participación
exclusivamente de catedráticos y profesores universitarios, o se ha abierto más
el abanico?
–La mayoría de los 90 colaboradores son,
profesores universitarios, pero cuando ha sido necesario se ha contado con
especialistas de fuera de la universidad, como, por ejemplo, Víctor Pagán,
colaborador del Teatro de la Zarzuela, o Andrés Peláez, director del Museo
Nacional del Teatro, y uno de los mayores expertos en la escena contemporánea.
–¿Incluir en este vasto repertorio al
teatro musical no le ha supuesto romper tabúes entre los más ortodoxos
defensores de un teatro exclusivamente hablado?
–La música es fundamental para entender
la historia del teatro. Eso es lo que hemos querido afirmar con los capítulos
dedicados a ella y que corren a cargo de grandes especialistas como Emilio
Casares y Álvaro Torrente, entre otros.
–Se concede cierta atención al teatro
escrito en otras lenguas que no sean la castellana.
–Una historia del teatro en España debe
prestar necesariamente alguna atención al teatro en las otras lenguas. Lo hemos
hecho para que se vean los paralelismos entre el teatro catalán, el gallego y el
castellano, pero una atención más justa hubiera ocupado un tercer volumen.
–¿Los colaboradores han actuado con
premisas metodológicas o se les ha otorgado vía libre para la elaboración de sus
capítulos?
–La obra obedece a un plan muy meditado,
cada época es analizada en cinco secciones: 1) el arte escénico; 2) la teoría
dramática; 3) los autores y las obras; 4) transmisión y recepción de la obra
dramática; y 5) el teatro en otras lenguas. Naturalmente, se ha dado libertad
para que cada estudioso afrontara su colaboración según sus propios
planteamientos pero también con atención al plan metodológico general. Tenga
usted en cuenta que el problema de las obras colectivas es que, a veces, hay
demasiada dispersión y se nota la falta de criterios unificadores. No creo que
haya sido nuestro caso, y el mérito se debe, fundamentalmente, al equipo de
coordinación que he tenido el honor de dirigir: Abraham Madroñal, investigador
del CSIC, y Héctor Urzáiz, de la Universidad de Valladolid (ambos se han ocupado
de la coordinación del tomo primero); y Fernando Doménech, profesor de la RESAD,
y Emilio Peral, de la Universidad Complutense de Madrid (que han tenido a su
cargo el segundo tomo). Los cuatro merecen todo mi reconocimiento porque durante
casi tres años se han dedicado en cuerpo y alma a sacar adelante el proyecto.
–El hecho de tener que trabajar con los
coordinadores de cada tomo, ¿le ha supuesto algún tipo de conflicto intelectual?
–No ha habido ninguna fricción, porque,
además de colegas, son excelentes amigos los cuatro. Naturalmente, sí han
existido discrepancias puntuales que hemos ido solventando siempre de común
acuerdo.
–¿Hay en esta
«Historia del teatro español»
novedades sustanciales respecto a los estudios pre-existentes?
–Como responsable de la obra, no soy el
más indicado para indicar esas novedades. Le remito a lo que han escrito ya
prestigiosos especialistas como Jaime Siles, en «El Mundo»; Luciano García
Lorenzo y Pedro Manuel Víllora, en «ABC»; Marcos Ordóñez, en «El País»; Ricard
Salvat y José Monleón, en «Primer Acto»; Francisco López Estrada, en «Revista de
Literatura»... Que una personalidad de la talla de Monleón, Premio Nacional de
Teatro en 2004, señalara nuestra «Historia» como el libro del año ha sido para
mí la mayor satisfacción de las muchas hasta ahora recibidas.
–A su «Historia del teatro español» la
han precedido proyectos similares como los llevados a cabo por Ruiz Ramón, Díez
Borque, Amorós o César Oliva y Torres Monreal, ¿cómo los valora?
–Las obras que usted apunta han sido
contribuciones importantes a la historia del teatro. A Francisco Ruiz Ramón hay
que reconocerle haber dado un paso de gigante con una
«Historia» que, en el momento de su aparición, fue
recibida como auténtica novedad, pues tenía la valentía de abordar los
dramaturgos más actuales de entonces, aunque dejando muy de lado la vertiente
escénica del teatro. Ese vacío lo intentó llenar la «Historia» dirigida
por Díez Borque, que, desgraciadamente, quedó inconclusa. Oliva y Torres Monreal
han escrito una «Historia del arte escénico» desde una perspectiva
universal. Otro objetivo es también el que se han planteado el citado Díez
Borque y Amorós en la «Historia de los espectáculos».
–Usted se ha ocupado en esta obra de la
teoría teatral durante el siglo XVI, ¿ha arrojado el estudio de esta parcela
resultados innovadores?
–Hay aportaciones más novedosas en otros
capítulos de los que yo no soy responsable. Mi única intención en ese capítulo
ha sido mostrar que la gran invención de la Comedia Nueva por parte de Lope de
Vega viene precedida de un importante esfuerzo teórico, al que contribuyen
autores como Torres Naharro, Juan de la Cueva o el grupo de dramaturgos
valencianos.
–El apartado dedicado a Jacinto
Benavente lleva también su firma. ¿Cómo ha visto usted la celebración de su
centenario, que tuvo lugar el año pasado?
–La celebración fue inexistente en
Madrid, para vergüenza de la ciudad natal del Premio Nobel. Sólo cabe mencionar
como acto importante el simposio celebrado en Murcia, gracias a la iniciativa de
los profesores Mariano de Paco y Javier Díez de Revenga.
–¿Hay prejuicios críticos todavía sobre
el autor de «Los intereses creados» o ya lo ha instalado la posteridad en su
justo lugar dentro de la escena española?
–Muchos prejuicios que, en nuestro
capítulo, son discutidos. Sin Benavente no se entiende el teatro más renovador
del siglo XX. Su obra desempeña un decisivo papel
en el tránsito del viejo teatro decimonónico a la modernidad, por su talante
cosmopolita y laico, por su maestría en el manejo del diálogo y por su afán por
abrir los escenarios españoles a los vientos de fuera... En su «Teatro
fantástico», libro publicado en 1892, se prefiguran algunas de las líneas
dramáticas —farsa, teatro de muñecos, pantomima, drama poético— luego secundadas
por Valle-Inclán, Gómez de la Serna, García Lorca o Alejandro Casona. No estoy
queriendo decir que su teatro esté a la altura del de Valle o el de Lorca, pero
Benavente no merece el olvido a que muchos lo tienen condenado, por razones más
políticas que teatrales.
–De Valle-Inclán, al que usted también
analiza en otro capítulo, ¿nos queda algo relevante por saber?
–Como de cualquier autor genial, mucho.
Es apasionante la relación de amor-odio de Valle con el teatro de su tiempo.
Frente a lo que muchas veces se ha dicho, de que a Valle le importaba poco el
mundo de la escena, los hechos demuestran lo contrario: Valle estrenó o quiso
estrenar todo su teatro; otra cosa es que las circunstancias y el público le
dieran de lado.
–En una obra tan voluminosa, ¿ha primado
una veta informativa más que una interpretativa?
–Una historia de cualquier hecho
cultural debe proporcionar información: la nuestra ha sido, además, muy
actualizada, como se ve en la bibliografía con que se cierra cada capítulo, o en
las tablas cronológicas que hay al final de cada volumen. Pero sin análisis
interpretativo estaríamos ante una obra del positivismo más rancio. Digámoslo
coloquialmente: los colaboradores se han «mojado» para ofrecer a los lectores
una visión personal del hecho teatral a través de los siglos.
–¿Piensa usted que las tablas
cronológicas y la bibliografía deben tener tanta importancia como los diferentes
capítulos?
–La
bibliografía y, sobre todo, las tablas cronológicas no pueden tener el peso del
texto principal, pero hemos querido que sean herramientas útiles para el
estudioso.
–El crítico Jaime Siles le ha achacado a
la obra que preste poca atención a la recepción en prensa de los estrenos
teatrales, ¿resultaba ello inabarcable?
–Efectivamente, no todo es abarcable.
Como crítico que es, y además muy bueno, Siles quizás está arrimando un poco el
ascua a su sardina, pero la verdad es que tiene razón y tal vez deberíamos haber
concedido un capítulo a la crítica teatral periodística en el siglo XX, aunque
en todo caso se concede una gran atención a los principales nombres: Díez-Canedo,
Marqueríe, Monleón...
–¿A qué lector cree usted que satisfará
más esta «Historia del teatro español»?
–Mi deseo sería que satisficiera a
todos: a los estudiantes universitarios que hayan de manejarla, sobre todo, en
las bibliotecas; a los estudiosos, sin duda alguna, que pueden ver en ella cómo
su esfuerzo investigador de muchos años, editando y estudiando las obras de los
dramaturgos, está allí reflejado; a las gentes del teatro de hoy, actores,
directores, e, incluso, a los buenos aficionados que, sin ánimo de
especializarse, pueden leer la «Historia» como si se tratara de una novela, la
novela de un viaje apasionante por los tablados de los cómicos de la legua, los
corrales de comedias, los coliseos y los modernos teatros y auditorios de hoy en
día.