La izquierda y la política cultural. Toño Caamaño

Historia de una cara. TEG 1988Hace pocos días tuve la oportunidad de leer en un diario un espléndido artículo del señor presidente del Principáu, en el cual, entre otras cosas, analizaba las relaciones entre capitalismo y democracia, de cómo aplicar criterios de izquierda en política empresarial en un entorno neoliberalista, o de cómo el capitalismo y el crecimiento económico deberían revertir en el global de la sociedad.

A partir de este contexto, con la visión y la modestia del que no se considera político, sino un actor que pretende vivir dignamente de su trabajo, intentaré relacionarlo con el que creo que debe ser el papel de la izquierda al respecto de la política cultural, más concretamente teatral que es la que más conozco, si bien los principios serían bastantes similares; intentaré hacerlo asimismo como creo que debe ser: de abajo hacia arriba.

Partiremos del artista, como sujeto agente de la cultura; a los trabajadores de la cultura se nos ha planteado un serio problema con esto del concepto de la cultura en el neoliberalismo que nos toca; muchos de los artistas encuentra contradicción, un tanto romántica, pero respetable, entre serlo (según la RAE; artista: persona que ejercita el arte) y vivir de su oficio (artista, según la Seguridad Social: actores, bailarines, músicos, cantantes, líricos, directores, etcétera). Para mí no lo debe ser, creo que es compatible, pero otros no piensan lo mismo. Si esto es así, es fácil deducir por qué la sociedad en su conjunto no entiende que un artista es un trabajador, aunque lo sea.

No sólo eso; el artista, en el neoliberalismo asturiano, se le ha obligado a convertir su trabajo en una opción, no proletaria, sino empresarial, el único remedio para subsistir; la iniciativa privada en cuanto al arte y espectáculo supera con mucho las opciones públicas de empleo que no las hay; vamos: en Asturias no hay manera de ganarse la vida de actor si no se es actor-empresa, no doblaje, no TV, no cine, no centros dramáticos, 16 empresas de teatro en Asturias, más que en todo Castilla-León y menos trabajo, claro.

Contradicciones del actor-empresa: contratar actores-proletarios y no poder pagarles como es debido; dos: crear un producto cultural competitivo en el marco estatal, con muchos más problemas que las empresas del resto del Estado, por falta de recursos y ayudas; tres: que la Administración asturiana, desgraciadamente principal cliente del artista, o del actor-empresa asturiano, no asume que las empresas de espectáculos son yacimientos de empleo, generan trabajo y altas en la Seguridad Social igual que cualquier otro, y que puede beneficiarse ella y toda la sociedad asturiana de una política cultural con objetivos claros, y de su correcta proyección y difusión, cosa de la que está muy lejos. (Como ilustración de esto último, el otro día una amabilísima funcionaria de la Conseyería de Cultura me explicaba que el teatro no era un trabajo, que era un hobby).

El Principáu es otra cosa, porque hay aún muchas carencias, pero, en principio, en el conceyu de Xixón hay de todo: una Administración cultural compleja, organizada a través de la fundación, los centro de los barrios, Festejos y el teatro Jovellanos, bastante pobres, pero útiles, se echa bastante de menos el poder utilizar el teatro Arango; hay empresas de teatro asentadas en la ciudad, con más actividad de la posible; un tejido asociativo completísimo y envidiable por cualquier ciudad del Estado, agrupaciones de élite en todos los campos, y artistas, y artistas-proletarios. Con todo esto, creo que la política cultural a nivel global es un poco caótica, se difumina y pierde entre pasillos, despachos, programaciones paralelas, planificaciones, todas sin un criterio común; existen disfunciones en cuanto a programación de actividades, ayudas, personas; el presupuesto destinado para programar actividades culturales en los centros fue drásticamente reducido a 90.000 pesetas al mes, cosa que afecta muy directamente a la contratación de empresas asturianas de espectáculos y por tanto al trabajo de los actores; que sigue tendiendo, en contra de lo fomentado hasta ahora, a contratar actividades de muy bajo cachet, la mayor parte amateur; el Jovellanos no se destaca por tener un gran porcentaje de actuaciones de teatro asturiana es su programación, este verano, una; las infraestructuras no están acordes con el movimiento cultural generado por asociaciones y empresas; la utilización del teatro de la Universidad estará reservada para espectáculos de otra categoría, y el teatro Arango sigue ahí, pudriéndose; hace dos años se separaron las ayudas para colectivos profesionales del teatro del resto de las ayudas, entendiendo que debería tener un tratamiento especial; este año se redujo su cuantía, incluso por debajo de las de algunos grupos amateur, ya reducida de por sí.

Creo que directamente la política cultural debe orientarse, en el caso del asociacionismo, a seguir fomentando ese envidiable tejido asociativo que existe en Gijón, como se hizo hasta ahora y, a continuación, al desarrollo de los agentes que generan trabajo, empresas en al caso del teatro, por ejemplo, mediante convenios; eso más o menos se puede venir haciendo, pero sin un criterio claro que dé salida a las actividades; la diferencia que pienso que marcaría una política de izquierdas es por un lado la transparencia y democratización de la gestión cultural, y por otro, entender al trabajador, actor o artista, como el auténtico protagonista y destinatario de esa política, donde en definitiva debe revertir, (además de en el espectador, claro está) a nivel general, en un planteamiento desde la izquierda dentro del neoliberalismo, no creo que deba ser la Administración quien tome la iniciativa empresarial directamente, sino que debe posibilitar que la cultura tenga su correcto desarrollo como yacimiento de empleo a través de los agentes que generan esa actividad, y en función del trabajador, controlando el efecto de la política cultural sobre el mismo; y se debe vigilar para que no suceda como en políticas de derechas, que el fin de la cadena sea el empresario o intermediario, que la Administración delegue caprichosamente, en ciertas personas, o determinadas empresas allegadas a afines, potenciando únicamente el enriquecimiento del empresario en cuestión, de lo cual hay bastantes ejemplos.

Toño Caamaño es actor, secretariu xeneral de la Unión d’Actores d’Asturies

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