Escribir para el cuerpo. Vicente Cué

La coreografía es un arte muy complejo, yo diría, que es un feliz concurso de circunstancias o una recopilación de toda experiencia extraída del movimiento, del paso, de la imagen, del espacio, de la música...

El gran problema del ballet hoy, como casi siempre, es el de encontrar buenos coreógrafos. Es difícil “escribir para el cuerpo”. La índole de la labor del coreógrafo es creadora, pero a la vez depende de muchos factores que no están completamente bajo su dominio. Como artista tiene que emplear, en lugar de colores o de arcilla plenamente sometidos a su albedrío, seres humanos con características físicas que circunscriben estrechamente sus posibilidades plásticas, y que además, poseen personalidad y voluntad propias.

En cualquier lugar del mundo, y en cualquier estilo o ritmo, puede suceder que un bailarín se ponga de pie y comience a improvisar un solo. Zorba a la orilla del mar, un bailarín en un café de España o unos jóvenes en una discoteca... bailan de forma intuitiva, sin planear nada, sin recordar luego lo que han bailado, salvo en los términos más generales. Reaccionan de forma intuitiva; no poseen la visión de un todo completo.

Pero la coreografía en el ballet, es una actividad totalmente diferente a la del baile solista ( o en grupo) improvisado. El arte coreográfico es aun más complejo, variado y altamente especializado. Y así como el mundo del teatro gira alrededor del autor teatral, del mismo modo el mundo del ballet se halla centrado en el coreógrafo (por supuesto, no hay que olvidar otros planos que también deben valorarse).

Sin embargo, por paradójico que parezca, y, a pesar del talento muy especial que se requiere, el arte de la coreografía es quizás una de las disciplinas artísticas que más estrenos celebra. Se estrena obra tras obra, siempre con grandes esperanzas, aunque según lo que se ve últimamente, el resultado suele carecer de lectura artística, de inventiva y de originalidad. Es raro asistir a un concierto sinfónico cuya música no haya sido compuesta por un especialista, sin embargo, el ballet se convierte con demasiada frecuencia en presa de aficionados. Y es que en nuestros días se cree con talento para coreografiar, siendo así, que muchas obras, en lugar de mostrar la grandeza escénica de la danza se convierten en un batiburrillo de mímica, teatro, luces, sonido, rarezas y excentricidades, incapaces de hacernos sentir la danza ni la gozosa unión de las artes.

Hoy se llama coreografía a casi todo lo que se mueve. Aunque de todos es sabido que “coreografía” es un término empleado en distintos campos. Por ejemplo, existe un contenido coreográfico especifico en las exhibiciones atléticas, militares y también en algunas evoluciones ecuestres. Incluso el cine presenta casos como los dibujos animados de “Fantasía” de Disney o el ya clásico e impresionante “Alexander Nevsky” de Eisenstein, en que la cámara es utilizada casi como un bailarín para crear secuencias visuales de significación sobre un acompañamiento musical cuidadosamente seleccionado y coordinado.

No importa el estilo que se elija: clásico, neoclásico, moderno, contemporáneo o lo más vanguardista; no importa el enfoque, ni tampoco importa si se trata de contar una historia o, sólo crear una atmósfera. Lo único importante es el ballet, es el efecto, la sensación o el relato que haya de ser comunicado sea necesariamente transmitido a través de la danza y que no se remplace por otro arte, sólo que se complemente; de no ser así, todo el empeño no pasaría se ser mera pérdida de tiempo y de esfuerzo.

Cualquier ballet o representación dancística es perfectamente compatible con el decorado, la iluminación, la plástica, los experimentos o la partitura más excéntrica, pero siempre y cuando no falte el toque mágico de la danza, pues si no, habría que llamarle otra cosa. Esta brevísima y parcial reflexión sobre la coreografía, por lo menos debería quedar claro, que en el ballet la danza es equivalente al habla; por medio de ella los coreógrafos comunican no sólo la contraparte visual de la música o una atmósfera de ideas y emoción creada con intensidad, sino una narración que incluye acción y descripción de carácter, del mismo modo en que lo hacen los novelistas o autores de teatro. En otras palabras, en la danza, los diversos impulsos del alma deben ser expresados con los movimientos del cuerpo.

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