Texto: Solo Soledad Sonando, de Eladio de Pablo

Personajes

Julio
Frodis
Marta
Román
Elsa
Cliente

Viejo en silla de Ruedas
Enfermera
Viejo del parque
Vieja del parque
Joven ( chica)
Joven ( chico)

Dos hombres ante una barra de bar o de discoteca sobre la que descansan vasos a medio vaciar. Son JULIO y FRODIS, que tienen el aire ausente y la mirada perdida de los especialistas en ver cómo no transcurren las horas de tedio. JULIO, el mayor, juguetea con un vaso pasándolo de una mano a otra, acariciando su borde maquinalmente. FRODIS apura su copa de un trago y vuelve a colgar su mirada vacía en el mismo sitio de antes.

            FRODIS.- ¿Qué hora será?

            JULIO. - Las doce.

            FRODIS.- ¿De la noche? ¿Es posible que sean las doce de la noche?

            JULIO.- No sé. Mi reloj es de agujas. Recuerdo de mi padre. (Pausa) Que lo heredó de su padre. Que lo heredó de su padre. Que lo heredó de su padre...

            FRODIS.- Se te ha rallado el disco o qué.

            JULIO.- No. Es que este reloj es antiguo de verdad. Mi padre lo  heredó de su padre, ¿sabes?

            FRODIS.- Ya.

            JULIO.- Que lo heredó del suyo, que a su vez lo heredó del suyo...

            FRODIS.- ¿Y anda?

            JULIO.- No. Le dio una trombosis y está imposibilitado en una silla de ruedas. Cómo quieres que ande.

            FRODIS.- ¿De quién estás hablando?

            JULIO.- De mi padre, por supuesto.

            FRODIS.- Yo me refería a tu reloj. Que si anda tu reloj.

            JULIO.- No. Siempre marca las doce.

            FRODIS.- De la mañana o de la noche.

            JULIO. - Depende cuando lo miro.

            FRODIS.- Ya.

            JULIO.- ¿Y el tuyo, anda?

            FRODIS.- ¿Mi reloj?

            JULIO.- No. Tu padre.

            FRODIS. - Supongo.

            JULIO.- ¿Supones? ¿No lo sabes?

            FRODIS,. La última vez que lo vi estaba sentado. Mirándome marchar con ojos de susto. (Hace un chiste) A lo mejor no se ha movido desde entonces.

            JULIO.- Entonces como el mío.

            FRODIS.- ¿El tuyo?

            JULIO.- Sí. Está siempre sentado en su silla de ruedas.

            FRODIS.- Mi padre no tiene silla de ruedas.

            JULIO.- Entonces deberías hacer algo al respecto, ¿no?

            FRODIS.- ¿Hacer? No comprendo...

            JULIO.- Comprarle al pobre viejo una silla de ruedas, en vez de andar por ahí malgastando el dinero en copas...

            FRODIS.- Perdona, pero mi padre está perfectamente sano de las piernas, no necesita para nada una silla de ruedas...

            JULIO.- Entonces que hace ahí sentado todo el rato.

            FRODIS.-¿Ahí? ¿ Dónde?

            JULIO.- Dónde le dejaste la última vez que le viste.

            FRODIS.- ¿La última vez? Pero si hace dos años que no le veo. ¿Cómo va a llevar dos años sentado?...

            JULIO.- Pudo haberle dado una trombosis, ¿no?. Justo al marcharte tú, atravesársele el trombo fatal y provocarle la parálisis de medio cuerpo. Y tú ahí sentado, tan tranquilo.

            FRODIS.- ¿Pero que estás diciendo? ¡Eso es imposible!

            JULIO.- ¿Por qué? A ver, ¿qué tiene tu padre que no tenga el mío?

            FRODIS.- Nada, no tiene nada...

            JULIO.- Entonces, reconocerás que si le ha dado a mi padre, muy bien puede darle al tuyo, ¿no?

            FRODIS.- Sí, pero...

            JULIO.- Pero es muy duro aceptar que eso sucediera justo en el momento en que uno deja tirado a su padre como una basura apestosa, ¿no?. Cuesta admitir que, quizá, esa marcha repentina tuya precipitase la indeseable coagulación de la sangre.

            FRODIS.- ¿Eh, eh...! ¿De qué estás hablando?

            JULIO.- ¿No se te ocurrió pensar en el disgusto que le causabas? ¿Por qué crees que te miraba de aquella manera? ¿Olvidaste que los sobresaltos del espíritu se traducen en bruscas mutaciones del organismo? ¿Qué a veces basta el más pequeño desaire para que la sangre se espese y el corazón renquee como una vieja reumática?.

            FRODIS.-(Atónito, confuso, mosqueado) Yo... ¿Eh? ¡Pero bueno...!

            JULIO.- Estoy viéndolo. Tu padre allí sentado, tu despedida seca, de una frialdad que hiela la sangre, mejor dicho, que la coagula. Pero tu padre, en un último destello de lucidez, tiende una mano implorante hacia ti, que no te vuelves, que sigues alejándote cada vez más deprisa, sin hacer caso de esa voz interior que te dice que a tus espaldas algo terrible le está sucediendo a tu padre, que tal vez sea la misma muerte quien le esté torciendo el gesto de la mitad del rostro y paralizando la mitad correspondiente de su cuerpo que ya cuelga de la silla como un muñeco deshinchado. Hostias, chaval, ¿tanto odias a tu padre?

            FRODIS.- ¿Yo? ¡Yo... yo no odio a mi  padre!

            JULIO.- Entonces, por lo menos ten un gesto y cómprale la maldita silla de ruedas de una vez, hombre.

            FRODIS.- Pero... pero esto es absurdo. Oye, si no te importa, vamos a dejar esta conversación, ¿vale?

            JULIO.- De acuerdo. A fin de cuentas se trata de tu padre, no del mío. (Pausa) ¿Qué hora tienes tú?

            FRODIS.- No tengo. Se me ha borrado. La pila, que se ha debido terminar.

            JULIO.- Es la ventaja de los relojes de agujas. Siempre te dan la hora. No dejan colgado como los digitales esos...

            FRODIS.- Bueno, me parece que voy a ir yéndome.

            JULIO.- Espera un poco, hombre. Si es temprano todavía.

            FRODIS.- ¿Y cómo sabes tú que es temprano?

            JULIO.- Por mi reloj. Son las doce. Las doce siempre es temprano, ¿no?

            FRODIS.- Pero., ¿no dices que está parado?

            JULIO.- ¡Ps! Igual coincide y es esa hora.

            FRODIS.- Qué va a ser.

            JULIO.- No tenemos otra.

            FRODIS.- Otra qué.

            JULIO.– Otra hora. Tu reloj, tan moderno y tal, y ya ves.

            FRODIS.- Qué tienes tú contra mi reloj, si puede saberse.

            JULIO.- ¿Yo? Nada. (Pausa) Pero vaya horita que ha escogido para quedarse en blanco.

            FRODIS.- Qué horita ni qué cuernos.

            JULIO.- Esta. Las doce. Cuál va a ser.

            FRODIS.- Yo me largo. ¡Camarero!

            JULIO.- ¡Aguanta un poco, hombre! Qué más da un sitio que otro.

            FRODIS.- Ya me cansé de estar aquí.

            JULIO.- ¿Tienes adónde ir?

            FRODIS.- ¿Qué quieres decir?

            JULIO. - Lo que he dicho. Que si tienes adonde ir.

            FRODIS.- ¡Pues claro que tengo adonde ir!

            JULIO.- ¿Adónde?

  FRODIS..- Pues... Algún chiringuito habrá abierto a estas horas, digo yo.

            JULIO.- (Conclusivo) No tienes donde ir.

            FRODIS.- ¿Y tú? ¿Eh? ¿Tú tienes donde ir?

            JULIO.- Yo ya no voy. Me quedo. Para mí, todos los sitios son idénticos. Así que me da igual quedarme en uno o en otro.

            FRODIS.- Pues yo me largo. ¡A ver! ¡Camarero! ¿Dónde diablos... ?

            JULIO.- Estás empezando a recordarme a mi madre.

            FRODIS.- ¿A tu madre? ¿Por qué?

            JULIO.- Era una cagaprisas, como suele decirse. Todo el día corriendo de acá para allá, de un lado para otro, vuelta para arriba, vuelta para abajo, sin darse ni un momento de respiro. ¿Y sabes a qué se debía ese endemoniado trajín? Tenía miedo a pararse y comprobar que, en realidad, no iba a ninguna parte, que no tenía adonde ir, una meta precisa, un destino si nos ponemos un poco trascendentes. Mi madre era como un reloj desmadrado, que en vez de marcar las horas, las persiguiera furiosamente sin saber por qué ni para qué. Al final el reloj se paró.

            FRODIS.- A las doce en punto, ya.

            JULIO.- Pues mira, no, señor sarcástico. Fue a las doce menos cuarto. Y si me preguntas que si de la mañana o de la noche, te diré con toda exactitud... que no puedo recordarlo, quizá porque el día era muy oscuro o la noche muy clara, o ambas cosas a la vez, no lo sé. Pero, bueno, cuando se te muere la madre, no reparas en ese clase de minucias, estás muy afectado, si eres un hijo como dios manda es un momento verdaderamente jodido para ti. Aquello de donde tú procedes ya no existe. La muerte ya está un paso más cerca de ti... Te ha cortado la retirada, como quien dice... (Pausa) Mi madre. Se murió yendo. No me preguntes adónde. Yendo, que era lo suyo. Un ataque al corazón. Fulminante. Zas. Luego vino la trombosis de mi padre...

            FRODIS.- Oye, no te parezca mal, pero yo me abro.

            JULIO.- Qué prisa tienes, hombre. Si acabamos de llegar.

            FRODIS.- ¿Que acabamos de llegar? Tengo el culo dormido de... ¡Camarero! Llevo horas pegado a esta barra.

            JULIO.- ¡Tú estás más p´allá que la otra orilla del río, chaval Ni una hora hace que estamos aquí. ¡Ni media!

            FRODIS. - No, si por ti, no hemos llegado todavía. ¡Camarero!

            JULIO.- (O enigmático, o coñón) Pues a lo mejor.

            FRODIS.- ¿A lo mejor? ¿A lo mejor qué?

            JULIO.- Pues que si cuando entramos aquí eran las doce, y ahora son las doce, a lo mejor es que no hemos llegado todavía, o que estamos a punto de llegar, o que no vamos a llegar nunca...

            FRODIS.- (Muy inquieto, mira a todas partes) ¿Dónde se habrá metido ese camarero...?

            JULIO.- ¿Y para qué quieres ahora al camarero?

            FRODIS.- Pues para pagar las copas. Para qué va a ser.

            JULIO.- Pero qué copas.

            FRODIS.- ¿Le has pagado tú? (Rebuscándose en los bolsillos) Entonces, dime qué te debo no me gusta que me inviten...

            JULIO.- Pero qué dices. Si yo no he pagado nada, chaval.

            FRODIS.- Entonces, yo voy a pagar lo mío y me voy. Tengo un poco de prisa...

            JULIO.- Pero si acabamos de llegar, no hemos tenido tiempo ni de pedir...

            FRODIS.- Y esto (Por su vaso y el que JULIO que sostiene en su mano), ¿qué es? ¿Una ilusión óptica?

            JULIO.- No sé. Lo he debido coger así sin darme cuenta... Pero esto no es mío, ¿eh?... (Olfateando el vaso) Esto es güisqui y a mí el güisqui me sabe a meados de gatos. Yo sólo bebo cuba libre de licor 43, ya me conoces.

            FRODIS,- ¿Yo? Perdona, pero yo a ti no te conozco de nada...

            JULIO.- Joder, Manolo...

            FRODIS.- Y yo no me llamo Manolo.

            JULIO.- Era una broma... hombre. A buenas horas no voy a saber yo cómo te llamas tú...

            FRODIS.- A ver. Cómo me llamo yo.

            JULIO.- ¿Que cómo te llamas tú? ¿Que cómo te llamas tú? Pero, bueno, so cantamañanas, estás de guasa o qué? ¿Me lo dices o me lo preguntas?

            FRODIS.- Te lo pregunto. Cómo me llamo yo.

            JULIO.- Hostias, Jorge, lo tuyo es peor que lo de Carmen Sevilla, ¿ eh?... (Se toca la frente con un dedo)

            FRODIS.- Yo tampoco me llamo Jorge.

            JULIO.- (Se ríe) ¿Lo ves? Has vuelto a picar. Pues claro que no te llamas Jorge, pardillo. ¿Qué pasa, que ya ni te acuerdas de tu nombre? ¿Te has quedado en blanco como la ganga esa de reloj que llevas? ¡Vaya melocotón que has cogido! ¡Se te han fundido las pilas, tío, que es que ni como te llamas sabes ya!

            FRODIS.- Cómo que no. Yo me llamo Afrodisio, para que te enteres. Afrodisio Galán. O qué.

            JULIO.- ¿Oqué es apellido?

            FRODIS.- No. O qué es o qué te habías creído.

            JULIO.- Pues lo que decía yo, ni más ni menos. ¿Qué te decía yo?

            FRODIS.- ¿Qué me decías de qué?

            JULIO.- Que aquí está pasando algo que no es normal.

            FRODIS.- (Irónico) Ah, ¿no?

            JULIO.- Pues no. Porque no sé qué pinto yo con un Afrodisio que no he visto en mi vida en una disco en la que no he entrado todavía y tomándome un güisqui que me revuelve  las tripas. Si te parece normal la cosa...

            FRODIS.- Me parece que el que está borracho eres tú, Julio...

            JULIO.- ¿No te digo?  Y ahora tú vas y me llamas Julio...

            FRODIS.- ¿Qué pasa? ¿Que no te llamas así?

            JULIO.- ¡Precisamente! Porque me llamo así. ¡A ver de dónde has sacado tú que yo me llamo Julio!

            FRODIS.- Bueno, tú me lo dijiste...

            JULIO. - Dónde.

            FRODIS.- En el servicio.

            JULIO.- ¿En el servicio? ¡Bueeenooo...! Mira, chaval, para que te enteres, yo en el váter no hablo con desconocidos. Por si las moscas, ¿sabes?

            FRODIS.- Oye, puedes pensar lo que te dé la gana, pero cuando nos quedamos atrancados en el servicio...

            JULIO.- ¿Atrancados?

            FRODIS.- Sí. ¿Lo has olvidado? La puerta no abría. Primero lo intenté yo y luego tú. Pero ni a la de tres. Tú insistías, decías jodida puerta, como me llamo Julio que te abro, vas a ver. Y la puerta en sus trece, que no cedía. Así es como me dijiste tu nombre.

            JULIO.- A ti no. A la puerta, que te quede claro. Yo, en los váteres públicos, sólo hablo con las puertas.

            FRODIS.- Ya, y las aporreas.

            JULIO.– Joder no íbamos a pasarnos la vida en un váter. Había que llamar la atención, ¿no?

            FRODIS.- Sí, pero con la música a todo gas, era como querer matar elefantes con mondadientes...

            JULIO.- ¡Hostias, la música...! ¡Ya no hay...! ¿Has visto qué silencio?

            FRODIS.- Ya me había dado cuenta. Y de que han apagado casi todas las luces. Cuando logramos salir del servicio ya estaba así.

            JULIO.- Eso quiere decir que estamos solos.

            FRODIS,- Pues claro que estamos solos. Hace horas que estamos solos.

            JULIO.- Pero qué horas ni qué horas. Sí acabamos de entrar.

            FRODIS.- Eso te lo parecerá a ti. Pero yo te digo...

            JULIO.- Cuando se está solo los minutos parecen horas.

            FRODIS.- Y cuando se está mal acompañado, siglos. ¡Camarero!

            JULIO.- “Sólo soledad sonando”.

            FRODIS.- ¿Qué has dicho?

            JULIO.- Un verso, chaval. (Recita) "Voz que soledad sonando/ por todo el ámbito asola,/ de tan triste, de tan sola,/ todo lo que va tocando./ Así es mi voz cuando digo/ -de tan solo, de tan triste-/ mi lamento... que persiste/ bajo el cielo y sobre el trigo./ -¿Qué es eso que va volando?/ -Sólo soledad sonando”.

            FRODIS.- (Pasmado) ¿Es tuyo eso?

            JULIO.- No. Robado. Pero no te detienen por robar versos. Y a veces quedan de puta madre. Escucha: “Sólo Soledad Sonando”. Ssssss... “Sólo Soledad Sonando". Chulo, ¿eh? Ángel González.

            FRODIS.- Y dale. Que yo no me llamo Ángel González.

            JULIO.- Es el autor de los versos, pollino. Un poeta como tú y como yo.

            FRODIS.- Yo no soy poeta.

            JULIO.- Quiero decir que le gusta ir a los bares, sólo, a emborracharse y a perder el tiempo escrutando el fondo de los vasos. Como a nosotros.

            FRODIS.- En eso te doy la razón. Yo a los bares vengo a estar sólo, no busco ninguna clase de compañía.

            JULIO.- Claro. Por eso aprovechas la casual avería de la cerradura del váter para hacer amistades...

            FRODIS.- Oye, qué te has creído...

            JULIO.- Yo sólo creo en lo que veo, chaval. Que mientras yo sudaba para abrir la puerta, tú, tan tranquilo, sacabas tu paquete de cigarrillos y me ofrecías uno, que yo naturalmente no acepté, porque yo en los váteres públicos...

            FRODIS.- (Estallando) ¡...sólo aceptas cigarrillos de las puertas, ya, ya lo sé! En cambio, cuando pudimos salir en vez de volver a tu mesa, ¿qué hiciste, eh, qué hiciste?

            JULIO.- ¿Yo?

            FRODIS.- ¡Sí, tú! Viniste a sentarte a mi lado en la barra. Tenías toda la barra para ti, pero no, tuviste que ponerte justo a mi lado.

            JULIO.- Bueno, la barra es libre. ¿no? En este país existe una cosa que se llama libertad de barra, digo yo, ¿no? ¿Qué pasa, que ahora hay que pedirte permiso a ti para sentarse en la barra?

            FRODIS.- ¡Para eso no! ¡Pero para darme la pelma con el rollo de tus desgracias familiares, sí, para eso hay que pedirme permiso! ¡Pero bueno! ¡Estoy hasta la coronilla de oír hablar de tu padre paralítico...!

            JULIO.- Trombótico.

            FRODIS.- De tu madre maratoniana y de tu ex mujer...

            JULIO.- ¡Espera, espera un momento! ¿Cuándo te he hablado yo de mi exmujer?

            FRODIS.- ¿Tú? (Se lo piensa mejor) ¡Nunca! ¡No me has hablado nunca de tu exmujer! ¡Es más, ignoro siquiera si estás casado, soltero, viudo o lo que sea! A fin de cuentas, me importa un huevo tu estado civil de salud o de lo que sea. Yo sólo quiero estar solo... ¿Es mucho pedir eso? ¿Cómo tengo que decirte, que suplicarte, si es necesario, que me dejes en paz, que de una maldita vez te vayas al otro extremo de la barra o adonde puñetas se te antoje y te olvides de mi. ¡No existo!, ¿vale? ¡No existo!. 

Pausa. JULIO mira a FRODIS con una rara expresión. 

            JULIO.- De acuerdo. Vale. No existes.

            FRODIS.- Eso es. No estoy aquí. No he estado nunca.

            JULIO.- No estás. No has estado. Perfecto.

            FRODIS.- (Bebe de su vaso y se encierra en una mudez granítica).

Pausa.

            JULIO.- Mira su reloj, bosteza, se rasca, puede hasta eructar o tirarse un sonoro pedo ahora que está completamente solo) Bueno... Habrá que servirse una copa para aguantar la noche... en soledad. Hay noches como túneles: largas, frías, interminables... (Se va detrás de la barra y se prepara una copa con la mayor naturalidad ante el asombro de FRODIS, que simula ignorar a JULIO sin perderse ni uno solo de sus movimientos) Como aquella en que Marta no regresó. Hay que ver cómo son las mujeres: constantemente disponibles, en combustión permanente. (Sale de detrás de la barra y se sienta en una de las mesas lejos de FRODIS, ignorándolo ostensiblemente) Como esas velitas de cumpleaños que, una vez apagadas, para tu asombro se vuelven a encender por sí solas. Y luego, que se empeñan en buscarle un sentido a todo, la cosa más nimia tiene que tener por narices un significado vital, desde la elección de un vestido al tono de voz con que le estás confirmando por enésima vez que la quieres. A Marta le gustaba hacer el amor en los sitios más increíbles; bueno, en realidad lo que pasaba era que se ponía tierna de pronto, en cualquier parte... El sitio más inverosímil que te puedas imaginar... Pues ahí. Y entonces tenía que llegar hasta el final, era de una intensidad explosiva y agotadora.. Como esas velitas que se apagan y se encienden, se apagan y se vuelven a encender... Pobre Julito. Te esforzabas en seguirle el juego, pero no te sirvió de nada. Te abandonó de todos modos. (Pausa. Habla a su vaso )Sinceramente, Julio, reconoce que, en el fondo de tu corazón, te sentiste aliviado. No soportabas que Marta te pusiera en un brete a cada momento. Venga, ten el valor de reconocerlo, ahora que estás solo ante tu conciencia (Echa un trago) Está bien, sí, lo confieso, fue como una liberación. Incluso que se llevase al crío con ella. (Hay un trémolo de nostalgia y hasta puede que de amargura en su voz.) Tenía sus mismos ojos, la misma fijeza en la mirada que te ponía de los nervios porque te daba por pensar que habías hecho algo mal o que no habías hecho lo apropiado o que habías desperdiciado una ocasión única para decirle aquello que ella quería que le dijeses en ese precisísimo momento... No, si él se hubiera quedado contigo habrías acabado por largarte al otro extremo del mundo, lejos de esa mirada... O se la habrías borrado a puñetazos, quién sabe... Nunca has soportado que te miren más de dos segundos seguidos sin partirle la cara al mirón...

            FRODIS.- (Que estaba mirando a JULIO fijamente, deja de hacerlo y dando golpecitos tímidos en la barra con el vaso llama con voz ahogada) ¡Camarero ...! ¡Camarero...¡

            JULIO.- (Como si no oyera a FRODIS)...así has ido cobrando fama de camorrista. El único empleo que has podido conservar al final ha sido este de guardia nocturno de discoteca cutre.

            FRODIS.- ¿El guarda? ¿Tú... tú eres el guarda?

            JULIO.- (Como si no le oyera) Y eso como un favor de amigo. Un modo de prestarme un agujero para pasar las noches las noches a cubierto y sin necesidad de mendigar una copa. ¡Porque Dime tú a mí, ¿a quién se le va a ocurrir asaltar de noche una discoteca de mierda como esta? ¿Eh? Aunque nunca se sabe. Según parece, a tu chaval le han pillado robando en un quiosco tabaco y revistas pornográficas. El muy cabrón se hace objetor de conciencia, pero asalta un quiosco manu militar. Tiene cojones la cosa. Pues lo mismo a alguien se le, ocurre ocultarse en el váter y esperar a que echen el cierre para pillar todo el tabaco y la bebida que pueda. Pensándolo bien, sería una suerte para ti, Julito. Si atrapas a un tipo intentando robar te aseguras el puesto. (Mira hacia el lugar donde deben de estar los servicios) Vamos a echar un vistazo; quién sabe si, como dice Serrat para mí (Canturrea) "hoy puede ser un gran día, duro con él...” (Sale FRODIS se dirige hacia la puerta de salida con el mayor sigilo, pero, al intentar abrirla, comprueba aterrorizado que está cerrada. Forcejea con la manivela, empuja con el hombro, da patadas, Reaparece JULIO)

            JULIO.- ¡Eh, eh, eh! ¿Quién eres tú? ¿Qué estás haciendo aquí?

            FRODIS.- ¿Yo? ¿Que quién soy...? ¿Que quién...? ¡Afrodisio! ¡Quién coño voy a ser!

            JULIO.- Ya. Y yo la virgen de Covadonga. Te estoy preguntando qué demonios haces aquí, por donde has entrado.

            FRODIS.- ¿Por dónde ... ?Pero si llevo horas aquí ...¡contigo!

            JULIO.- Me tomas por idiota o qué. Aquí no ha estado nadie más que yo desde la hora de cierre.

            FRODIS.- (Ríe de pronto) ¡Mira que eres cabronazo! Está bien. Vale. Lo reconozco. Admito que he estado un poco borde contigo...

            JULIO.- (Saca una navaja) Apártate de la puerta y acércate a la barra. Despacito y con las manos en alto.

            FRODIS.- ¡Pero. Julio, coño , que soy yo!

            JULIO.- ¡Vaya! Conque venimos informados. Pero me conozco el truco, chaval. Averiguas el nombre del guarda y, si te sorprende infraganti, sales con que eres un familiar lejano en visita de sorpresa, o un viejo amigo que regresa del olvido, como diría el poeta... A ver, ¿cuál de las dos cosas eres tú?

            FRODIS.- ¿Yo? Yo no...

            JULIO.- Las manos sobre el mostrador. Vamos, vamos.  Separa las piernas. Eso es. (FRODIS adopta la postura apropiada para el cacheo) Veamos si vas armado. (Comienza a cachearle de un modo equívoco)

            FRODIS.- (Volviéndose). Oye, tío, ya está  bien, esto es ridículo...

            JULIO.- (Esgrimiendo blandamente la navaja) De espaldas. No me gusta que me miren mientras trabajo. (Reinicia el cacheo; es casi una caricia) Puedes volverte. Despacito, ¡y con las manos en alto!, que ésta (Por la navaja) por nada se pone cachonda. (FRODIS lo hace) Bueno, ¿qué vas a decirme?

            FRODIS.- ¿Qué voy a decirte de qué?

            JULIO.- No tienes aspecto de ladrón, así que cabe dentro de lo posible que seas un lejano pariente o un viejo amigo que viene a hacerme compañía en estas horas solitarias.

            FRODIS.- ¡Por supuesto que no soy un ladrón!

            JULIO.- Eso vas a tener que demostrarlo. Porque a mí me viene de perlas que lo seas, ¿sabes? Tengo el puesto por una especie de caridad y si, cuando llegue el jefe, me encuentra herido y con un tipo al que le he abierto la barriga defendiendo su preciosa propiedad privada, me jubilo aquí con un buen sueldo por méritos propios. ¿Comprendes? (Se clava la navaja en un muslo) Mira, ¿ves lo que has hecho?,Ya me has dado el primer pinchazo.

            FRODIS.- Pero... pero tú estás  loco de remate o qué. ¿Se puede saber qué pretendes.

            JULIO. - Estabilidad seguridad. Que estoy cansado de dar tumbos de un lado a otro. Quiero un sitio donde quedarme. Y tú me vas a venir al pelo.

            FRODIS.- ¿Yo? ¿Por qué yo?

            JULIO.- Porque apareces de pronto aquí amenazándome con una navaja...

            FRODIS.- ¿Yo? Yo no te amenazo. Eres tú quien...

            JULIO.- (Se da un corte en el pecho)...pero yo, jugándome el todo por el todo, dispuesto a defender el puto tabaco y el alcohol de mi jefe con mí propia vida, te arrebato la navaja y te la clavo hasta el alma (Lo hace. Abraza a FRODI, y le clava la navaja en el vientre. FRODIS, demudado por la sorpresa, mira con aterrada incredulidad el rostro sonriente de JULIO, que tiene casi pegado al suyo. Permanecen un momento congelados en esta actitud, como si se hubiera detenido la vida sobre el escenario)

            FRODIS.- ¿Por qué? ¿Por qué?

            JULIO.- Porque a lo mejor es verdad que no existes y sólo eres un producto de mi imaginación para entretener las horas muertas. La imaginación es un territorio sin ley. Puede uno dar la vida y quitarla sin consecuencias.

            FRODIS.- Pero yo existo, estoy aquí... Soy Afrodisio...

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