Cine Digital. Juan Carlos García

A mediados de los ochenta el mundo de la imagen sufrió una transformación sin precedentes, tan sólo comparable a la experimentada allá por la década de los treinta con la aparición del sonoro. La informática entraba en escena revolucionando los medios creativos con su arsenal de unos y ceros, tan manejables, tan maleables, que eran capaces de satisfacer las más disparatadas alucinaciones de la imaginación más desbocada. 

Y las imaginaciones le pusieron un nombre pomposo, la revolución digital. Fueron tiempos de experimentación y como tales dieron lugar a verdaderas atrocidades, el coloreado de originales en blanco y negro pasará sin duda a la historia de la infamia. Pero como todo arte, fue madurando y encontrando las formas de expresión que le son propias y no la simple imitación de lo ya existente. La texturización, fotocomposición animada, remapeado temporal, y la integración de elementos virtuales son algunos de sus descubrimientos, junto con el coloreado, que hoy en día se aplica a imágenes en color como definición tonal, y que está mucho más próxima a la de la pintura clásica que a las primeras aberraciones revisionistas. Las nuevas tendencias incluyen el cine en 360º, el cine holográfico y el cine interactivo, todas ellas en proceso de búsqueda de su propia identidad narrativa, y que, por tanto, reclaman cierta magnanimidad a la hora de emitir juicio.
Cuando la mayoría aún no hemos acabado de digerir este primer plato tecnológico, llega a nuestras mesas la segunda revolución digital. Si la primera tuvo un carácter eminentemente técnico, la segunda se presenta como una revolución social. Su propuesta es simple, la democratización del medio. Y su estrella un nuevo formato de producción, el d.v. 
El d.v, digital video, es un formato de vídeo de alta calidad con una característica fundamental, es muy barato. En sus inicios hace apenas un lustro, el d.v. nacía con vocación de formato de consumo, claramente diferenciado de los formatos profesionales, pero hay quien dice que un error de marketing propiciado por la competencia entre las multinacionales del medio dio lugar a algo superior a lo esperado. El resultado fue una calidad muy similar a la del vetusto betacam analógico, pero a precios muy inferiores tanto en cámaras como en equipo de edición, y con una apariencia más cinematográfica, más agradable a la vista. La BBC, la CNN, la MTV y otras televisiones dieron un espaldarazo al medio emitiendo programas grabados en el nuevo formato digital. Cineastas como Wim Wenders, Mike Figgins, Jon Jost, e incluso fundamentalistas dogmáticos como Lars Von Trier lo santificaron. Hoy en día festivales como el Sundance, considerado el principal festival de cine independiente del mundo, admiten d.v. en su programación intentando equipararlo, al menos creativamente, a la tradicional película de 35 mm. y procurando favorecer así el espíritu de independencia. Otra muestra, Cannes, la película triunfadora está grabada al menos parcialmente en dv. 
La principal implicación de toda esta revolución es que hoy en día la producción para televisión está al alcance casi de cualquiera y la producción cinematográfica podría estarlo en breve. Cada vez más personas se abalanzan hacia los nuevos medios con y sin conocimientos previos, la implicación también es clara. Se van a hacer muchas malas películas, pero... ¿acaso no se hacen ya?. Toda esta corriente de aspirantes a cineastas, arrastra consigo una corriente de aspirantes a actores, aspirantes a guionistas y aspirantes a todos los oficios relacionados con el cine que tendrán la posibilidad de mostrarnos su talento o la falta de éste. Está claro que mucha gente va a tener la oportunidad de foguearse y aplicando la ley de los grandes números parece evidente que a medio plazo han de emerger una serie de talentos que de otro modo se perderían para siempre. La avalancha de producciones trae consigo una nueva exigencia. Canales de distribución. Los americanos, que siempre nos han hecho ver y escuchar lo que les ha ido viniendo en gana, ya han dado con la solución. Lo primero un poco de marketing. Una producción dramática grabada en vídeo digital no será vídeo digital, a partir de ahora se llamará cine digital. Y las salas de cine equipadas con un proyector de vídeo digital pasarán a llamarse teatros digitales. Los resultados parecen confirmar que la revolución será digitalizada. La gente acude sintiéndose partícipe de un acto de marginalidad y experimentación, a medio camino entre la frivolidad del entretenimiento corporativo y la aburrida cultura oficial. 


Lo cierto es que hasta ahora quienes se han acercado a este medio son en su mayoría aquellos que buscan una primera oportunidad, escasos de recursos y de experiencia. La producción en d.v. es casi siempre sinónimo de bajo presupuesto y aquí radica tanto su encanto, como su principal debilidad. Pero cuando directores de prestigio se han atrevido a dar el salto las cosas han cambiado. Aunque casi todos han buscado el campo experimental que los grandes estudios son reacios a producir, en sus manos el cine digital toma una nueva consistencia, no solo en el nivel de la producción sino también en la exhibición. En efecto, la calidad de la exhibición parece ser una de las claves, con un proyector de calidad el cine digital tiene poco que envidiar al cine tradicional. No es que no se distingan, simplemente son diferentes. Si ese concepto de teatro digital llega a imponerse algo habremos ganado. Con medios de distribución la libertad creativa parece garantizada. El cine digital puede ser tan barato para las productoras que poco tienen que perder. ¿Para qué controlar a alguien que te dará un producto terminado por el mismo precio que te costaría enviar a un ejecutivo a ver qué se hace con el dinero?. Incluso el milagro de la autofinanciación parece vislumbrarse a lo lejos. Puede que por primera vez estemos ante la posibilidad de ver un producto verdaderamente independiente, o incluso de realizarlo.

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